Goodbye, linux

gbyelinux

Mi amigo Xema dice que la gente es propensa a contar sus éxitos, pero mucho más reacia a compartir sus fracasos, y me parecen unas muy sabias palabras. Precisamente porque determinadas historias se cuentan sólo si te salen bien, y si no, quedan en el olvido, yo hoy me he propuesto contar la historia de un fracaso: el de convertirme en un feliz y autónomo usuario de linux que no echa de menos Windows ni ningún otro sistema operativo “meinstrim”. Me da pena reconocerlo, pero a la vez lo siento como una liberación.

Que haya decidido contarlo aquí tiene doble intención: por una parte dejar constancia de cómo ha evolucionado mi opinión respecto a estos sistemas operativos después de algunos años usándolos en distinta medida, y por otra como testimonio informativo para los promotores del linux, para que consideren qué se le puede pasar por la cabeza a un usuario potencial que está convencido de las bondades del software libre, que quiere y desea usarlo a diario pero que decide dejar de emplear su tiempo peleándose con detalles que no le interesan. No hay acritud en este post, pero sí que creo que quienes desean un uso generalizado de estos sistemas operativos deberían tener en cuenta opiniones puramente pragmáticas, como la que desarrollaré aquí.

Que comience la crónica.

Me instalé por primera vez linux en 2008 en mi portátil personal, concretamente el Ubuntu 8.04 Hardy Heron. Lo hice porque me convencieron los argumentos por todos conocidos del software libre y porque me habían hablado muy bien de ubuntu y de su versatilidad respecto a las primeras distribuciones con interfaz gráfico que conocía de vissta (Red Hat). Las ganas de aprender y las convicciones sobre futuros réditos de eficacia, rendimiento y molonidad me hicieron superar bastantes obstáculos que no me esperaba simplemente para hacer funcionar el aparato con normalidad (sonido, conectividad con la wifi o con la impresora, etc), lo típico. Al contrario de lo que esperaba, no fui capaz de resolver este tipo de problemas sin ayuda, pero es cierto que los amigos linuxeros se apiadan de los novatos, y fui tirando, con la esperanza de irme volviendo autónomo con el tiempo.

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El expolio y destrucción del patrimonio sirio


No andamos precisamente escasos de tragedias humanitarias con las que horrorizarnos. Se suceden tan deprisa que las nuevas pasan a ocupar las portadas acumulándose sobre otras que continúan desarrollándose sin que parezca verse desenlace alguno. Aunque ahora estemos, inevitablemente, pendientes de lo que pasa en Gaza, los sirios están ya en su cuarto año de guerra civil. Por descontado que lo más trágico es el inmenso e irraparable daño en vidas humanas, que podría superar el cuarto de millón de muertes según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos y dos millones y medio de refugiados según ACNUR. Lo peor ya no es que el conflicto esté como olvidado desde el punto de vista informativo o diplomático (como tantos otros), sino que no parece tener pinta de mejorar.

Pero es que, superpuesto a este espantoso drama humano, hay otro que también se traduce en una pérdida insustituible, en este caso de un patrimonio cultural y arqueológico que no sólo pertenece a los sirios, sino a toda la humanidad. Resulta difícil creer que hace sólo unos años, Siria se anunciaba como un destino turístico emergente (he intentado, sin éxito, encontrar los anuncios que había en el metro). Los atractivos eran muchos, y es que aunque no sea quizá tan conocido como otros, el patrimonio artístico y arqueológico de Siria es simplemente abrumador (Con seis conjuntos reconocidos por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad y otros doce candidatos). Por desgracia no es la primera vez que la guerra se ceba también en la conservación de museos o yacimientos (como pasó en Irak o Afganistán), pero comprobar hasta qué punto han sido castigados es terrible. Recientemente, leyendo esta noticia me quedé asombrado de que simplemente usando el Google Earth se puede constatar el saqueo y la destrucción de algunos yacimientos.

El caso que más llamó mi atención es quizá el de Apamea, una espectacular ciudad romana famosa por conservar en buen estado la columnata de un Cardo Máximo de casi dos kilómetros de largo.

Apamea. Columna votiva
Unas ruinas impresionantes comparables con las mejores del Mediterráneo. A continuación podeis ver imágenes de Apamea tomadas de Google Earth correspondientes a julio de 2011 (izquierda) y marzo de 2012 (derecha).

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Si hacéis zoom en la imagen de la derecha se harán evidente los cientos de agujeros realizados por todas partes en busca de piezas que expoliar del yacimiento (fundamentalmente mosaicos que adornaban el suelo de muchas estancias y que no habían sido exhumados), cuya vigilancia, como podemos imaginar, ha dejado de ser prioritaria.

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El potencial de este yacimiento era, pues, enorme. Mientras los mosaicos siguiesen enterrados existía la posibilidad de que Apamea se alcanzase, con la financiación necesaria, un potencial extraordinario. Esa posibilidad se ha desvanecido por completo.

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La naturaleza de Cuba contada para europeos (2/3): Viñales y Península de Zapata


Reuniendo toda mi fuerza de voluntad, voy a continuar con la serie de naturaleza cubana (comentadme un poco, para animarme a terminarla, que estoy mayor). Os recuerdo de la primera parte que esta serie la estoy haciendo de memoria, sin mi cuaderno de campo (que se quedó en Madrid), que han pasado ya siete años desde mi visita a la isla y que se hace lo que se puede, así que va a ser un poco desastre, pero allá vamos.

Valle de Viñales, Pinar del Río

Valle de Viñales

Para esta segunda entrega he reservado la visita a dos zonas de la isla bastante diferentes, cada una con sus propios encantos: Viñales y la Península de Zapata.

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Valle de Viñales

Viñales es un pueblo de la provincia de Pinar del Río muy agraciado paisajísticamente y muy visitado sobre todo por la presencia de sus famosos mogotes, unos grandes montículos calizos muy característicos. El área de Viñales, como la mayor parte de la isla, disfruta o padece, según se mire, de un clima cálido de lluvias estacionales (con una estación lluviosa y otra seca).

Vista del Valle de Viñales
Los famosos mogotes de Viñales

La vegetación consistía originalmente en un bosque tropical más o menos deciduo, pero gran parte del valle está cultivado, así que aunque en las zonas más inaccesibles (los mogotes, mismamente) aún conservan en mayor o menor medida esta vegetación, en realidad lo que vemos es un mosaico con distintos usos agrícolas y forestales. Merece mucho la pena darse unos buenos paseos por la zona tanto para tomar contacto con la flora cubana como por conocer de primera mano algunos productos que nos resultan muy familiares pero que no solemos ver en nuestras latitudes.

Donde se seca el tabaco

Secadero de tabaco. Al fondo se ve un bosque secundario con representantes de la flora nativa

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El bosque tropical, refugiándose en las inaccesiblesparedes de los mogotes

La mayor parte del terreno está dedicada al cultivo del tabaco (Nicotiana tabacum), y de hecho la mayor parte de los visitantes que llegan aquí están especialmente interesados en conocer todo el proceso de fabricación de los puros habanos y tal, así que este es el lugar para los fumadores. Además se pueden ver otros productos interesantes como el mango (Mangifera spp.), la guayaba (Psidium guajava), el plátano (Musa paradisiaca), la piña (Ananas comosus) o el café (Coffea arabica).

Planta del café (Coffea arabica) Piña cultivada (Ananas)

Planta de café y una piña creciendo en las huertas de los habitantes de Viñales. Productos muy habituales en nuestra cesta de la compra pero que quizá no estemos muy acostumbrados a ver “en la mata”

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Cómo ver colibríes mientras desayunas


Este verano estoy disfrutando especialmente de las aves estivales de Connecticut. A estas alturas uno ya las va tratando con bastante familiaridad, y por las mañanas, especialmente si vas pedaleando hasta el campus, te puedes entretener contando cuántas especies distintas ves durante el trayecto. Habitualmente esta improvisada “checklist” supera la docena de integrantes. Muchas de ellas son ya viejas conocidas de los bosques (ver por ejemplo este post), y otras, típicas de ambientes más antropizados, las he ido descubriendo en estos meses que llevo viviendo en Willimantic. A quien esté familiarizado con las aves europeas, las especies norteamericanas en gran parte les parecerán (y con razón) parientes algo exóticos, pero claramente reconocibles (eso cuando no son exactamente la misma especie, como ocurre con las golondrinas, Hirundo rustica, sin or más lejos). Por ejemplo, el llamado petirrojo americano (American robin, Turdus migratorius), pese a su nombre es más bien un zorzal, o unos pequeños vencejos, chiquitillos y simpáticos, que anidan en las chimeneas de los molinos textiles del siglo XIX (Chimney swift, Chaetura pelagica) y que nos visitan cada verano, como hace Apus apus en Europa.

Para el naturalista europeo, sin embargo, lo más interesante por su novedad, está en las aves que no tienen ningún representante en el viejo continente, como por ejemplo, el urubú cabecirrojo (Turkey vulture: Cathartes aura), del que tenemos también una colonia en la zona. Los urubúes, también llamados auras o zopilotes, recuerdan mucho a los buitres (especialmente a los alimoches, en mi opinión), y sin embargo no están directamente emparentados con ellos, sino que  se trata de un ejemplo típico de convergencia evolutiva. En efecto, estos buitres del Nuevo Mundo o catártidos incluyen también a los cóndores, pero en ningún caso a buitres, alimoches o quebrantahuesos, que por algo son accipítridos, como otras rapaces diurnas.

DSC06115Cathartes aura, vigilándome de cerca

Pero sin lugar a dudas, las aves más espectaculares que puedo ver aquí de forma cotidiana y de las que no tenemos ningún representante en el Viejo Mundo son los colibríes. Estas aves no necesitan presentación, así que iré directamente a los datos curiosos: los colibríes son fundamentalmente neotropicales, así que en principio no son típicos de estas latitudes: la mayoría de sus 300 especies viven mucho más al sur, pero en verano, en este lado de Norteamérica disfrutamos de la visita de uno de los miembros más aventureros de esta familia: el colibrí de garganta rubí, Archilochus colubris.

Ruby-throated_Hummingbird-rangemap

Distribución del colibrí de garganta rubí. En azul, área de invernada, en verde, área estival, en amarillo, zonas de paso. La presencia de esta especie hasta latitudes tan altas es excepcional en el conjunto de los colibríes. Me recuerda a nuestro abejaruco: la mayoría de las especies de abejaruco son africanas, pero nosotros consideramos “típica” la única que se aventura a reproducirse en Europa.

No es difícil ver colibríes por aquí en verano, pero es más fácil aún si les pones un comedero. Coincidiendo con que nos hemos mudado a una casa más grande y que tenemos ahora un espacio para poner unas macetillas y tal, le llegó la hora a pillar un comedero especialmente pensado para colibríes. Básicamente consiste en un recipiente donde se pone el “néctar” y que se enrosca en una base con unos surtidores que están decorados con una rudimentaria flor de plástico. Una vez relleno el depósito, se cuelga, y a esperar.

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Más sencillo que el mecanismo de un chupete

La mezcla usada como “néctar” la venden por ahí, pero es tan sencilla como diluir azúcar en agua. Asesorado por un compañero de departamento que estudia precisamente colibríes, empecé con una mezcla 1:1 de agua y azúcar. Esta es una forma efectiva de que los colibríes aventureros recuerden tu comedero al principio: el néctar que les das es muy energético y es difícil resistirse a él. Una vez te lo tienen localizado, puedes rebajar la mezcla a los niveles habituales del néctar real (1:5 y menos), lo que además te asegura más visitas. Si, yo también he pensado en la diabetes aviar y en que la drogaína primero se regala y luego se cobra.

Colibrí (Archilochus colubris) alimentándose en un comedero from Copépodo on Vimeo.

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El “gizz”, o la validez científica del criterio experto


Continuación de el post de la epifanía molecular, más o menos.

Aguila_imperial_ibericaUna de mis visitas a Doñana la hice con tres compañeros de la carrera, dos de ellos especialmente aficionados a la ornitología (que nos procuraron un telescopio para mayor éxito de la expedición). Fue una visita muy fructífera con muchos avistamientos de especies interesantes, tanto de aves (fue la primera vez que vi garcillas cangrejeras) como de otros animales y plantas. Se me quedó grabado un episodio concreto que tuvo lugar en algún lugar buscando el acceso al Lucio de Cerrado Garrido, cuando paramos el coche para ver con calma una espátula que nos salió al encuentro. Antes de volver a iniciar la marcha vimos volar sobre la lejanía de la marisma la figura de un ave, posiblemente una rapaz. Cambiamos de posición el telescopio para acercarnos esa silueta, casi a contraluz, pero ni siquiera con ese aumento se podía distinguir nada por el excesivo contraste, poco menos que una línea negra en el fondo azul. Sospechábamos que podía ser un águila imperial (uno de los platos fuertes de Doñana, que ya habíamos visto en los días anteriores), pero aunque el bicho iba y venía, daba quiebros y giros, y la silueta en general era compatible con la de un águila, con esa luz era imposible saber si tenía las plumas escapulares blancas, típicas de las águilas imperiales adultas. Uno de los compañeros pajarólogos puso el ojo en el telescopio y observó atentamente para concluir que sí, que se trataba de Aquila adalberti. “¿Cómo puedes saberlo?”, le preguntamos los demás, “No se le ve si tiene los hombros blancos”. Nuestro amigo se encogió de ídem y nos confesó que no sabía muy bien explicar por qué, pero que por la forma de volar, y por la impresión general que le causaba, tenía la certeza de que se trataba de un águila imperial. La verdad es que no me convenció el criterio de este chaval en aquel momento dado, pero no porque su explicación me pareciese poco razonada, sino porque dudaba que tuviese la experiencia suficiente como para hacer una afirmación como esa.

Entre los fans de las aves se maneja un concepto llamado “gizz“, procedente quizá del acrónimo “GISS” usado en la jerga de las fuerzas aéreas de la Segunda Guerra Mundial (General Impression of Size and Shape), para referirse a la primera impresión producida por una aeronave. Dejando al margen otras grafías que no vienen al caso, el gizz se describe como una suerte de cualidad indefinible que una especie de ave en particular da, algo así como la “vibración” que transmite o la identificación que surge de la intuición del pajarólogo de turno. Así dicho es posible que este criterio os parezca tan dudoso como me pareció a mí la identificación de aquella imperial nunca confirmada o desmentida, en cuyo caso debéis sorprenderos porque no sólo es un criterio real, sino que además es tan fiable como experimentado sea el observador (y es en este segundo término de la comparación donde realmente reside el quid de la cuestión). En efecto, si habéis salido al campo con un ornitólogo bien competente os daréis cuenta de que éste es capaz de, digámoslo así, “ver cosas que para vosotros son invisibles”, y encontrar distintivo un movimiento o una silueta difusa. Son los años de observación los que permiten desarrollar esta suerte de intuición, que a menudo es difícil de explicar con palabras. Cuando has visto un águila imperial cientos o miles de veces, cuando has observado atentamente el movimiento y el vuelo de docenas de especies de rapaces a lo largo de los años, desde luego que puedes identificar a una imperial en unas condiciones que para un principiante serían imposibles.

Quienes estén familiarizados con la forma de trabajo de un taxónomo clásico encontrará ciertas semejanzas con este proceder.

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