Archivos Mensuales: abril 2006

El abuelo cebolleta dice… (caspa a espuertas)

Amigos del blogoplancton:

A veces se dan una serie de sospechosas coincidencias que te hacen pensar. Durante los últimos días he leído por casualidad diferentes textos que ensalzan los 80 y su generación (de la que soy subproducto) y me pregunto si nos ha llegado ya la hora de hacer lo que se ha hecho siempre: mirar por encima del hombro a la generación anterior y posterior y erigirnos como adalides de la modernidad trasnochada y próceres de la cultura.

Lo digo porque tengo amigos pertenecientes a la llamada Generación X (la de los nacidos con el baby-boom de los 60-70) que se lo tienen muy creido, y ya va siendo hora de demostrar que también podemos mirarles con suficiencia porque son unos carcas y a la vez chasquear la lengua porque los niños de hoy en día no saben lo que es un tiragüitos y están todo el rato con la Play. Dado que la mayoría de los lectores habituales pertenecéis también a esta hornada, comencemos a darnos bombo a nosotros mismos y al que no le guste que no mire.

Vivir la infancia en los 80 marca. Los estudios más modernos sitúan el límite inicial de la generación en 1975-76. “Por la muerte de Franco”, diréis algunos ¡Pues no! ¡Listos, que sois unos listos! Nuestra generación está marcada por algunos acontecimientos que afectaron al hipotálamo de nuestras madres y provocaron un desajuste hormonal durante nuestros embarazos. Me refiero, por ejemplo, a ver desnuda a Marisol en la portada de Interviú (referente cultural de los 80 por excelencia) o ver a Camilo Sexto haciendo de Jesucristo Superestar. Traumatizante oiga. Si a esto añadimos el estreno de Tiburón, El Exorcista, y series como Espacio 1999 y Los Payasos de la tele, pues ya puede uno intuir cuál es el hábitat donde iban a crecer los retoños de la Transición.

Sobre la fecha de finalización no hay acuerdo por los estudiosos, pero yo me inclino a pensar que el límite estaría en los nacidos en 1985. Este glorioso año se da una conjunción astral mediante la que coincide el estreno de varias series televisivas culturalmente imprescindibles: Barrio Sésamo, El Equipo A, V, y El coche fantástico. Los nacidos después de este año no tuvieron conciencia suficiente como para vivir con intensidad el intervalo 1985-1989, clímax de la generación, afirmo.

Es evidente que la tele fue muy importante. La programación infantil no estaba tan descuidada como ahora y los padres podían confiar en ella la educación de sus hijos, porque, seamos francos, un erizo rosa da mucha más confianza que todo lo que ha venido después (aunque me considero un fan incondicional de los Lunnis, única esperanza de las futuras generaciones). Y ahora, venga, a recordar a Dartacán, a Willy Fog, los Diminutos, el Inspector Gadget, Dragones y Mazmorras, Mazinger Z, Ulises 31, Alvin y las ardillas,…

Claro que también se veían series de adultos, pero cuando eres un niño pueden llegar a marcarte mucho. Yo veo “V” ahora y me da hasta risa, pero en aquel entonces me horrorizaba y a la vez no podía dejar de verla. ¿Y os acordáis de las calcamonías de los chicles para que pareciera que eras un lagarto? ¡Pffffff! Tremendo. ¿Y la revista Tele Indiscreta? Otro icono cultural nunca superado. Y como rareza personal, os informo de que yo estaba enganchado a Falcon Crest. No me enteraba de nada, pero tenía un idilio platónico con Ángela Channing ¡qué mala era la jodía! ¡Mala con ganas!

Pasemos a los juguetes: el Tragabolas, los playmobil, … de todo eso seguro que os acordáis, pero a veces ¿no os vienen a la mente cosas totalmente desaparecidas pero que eran muy familiares? A ver, ¿quién de vosotros conserva algún chinito de la suerte? Los auténticos claro, los de madera, que luego había imitaciones cutres por ahí (que ni daban suerte ni nada). Funcionaban según el color del hilo, no del chinito (rojo amor, verde esperanza…) ¡Casposo es poco!, pues bien, yo guardo un chinito de esos, y no, no está en venta.

Otra cosa que me viene a la mente es el álbum de cromos de David el Gnomo, que fue el primero que hice. Los cromos venían con los yogures, y el álbum te tenía que tocar en la tapa de los mismos. Normalmente venía un “sigue buscando” y anda que no comí yogures y siempre el “sigue buscando” de las narices. Cuando por fin me tocó el álbum estaba confuso por no leer “sigue buscando”: ya había olvidado totalmente cuál era el objetivo de leer la tapa de los yogures. Luego vinieron los de la Pandilla Basura y el de Monstruos (¿teníamos obsesión por los monstruos o qué?).

Y de los libros, los de “Elige tu propia aventura” eran los que triunfaban. En clase teníamos una biblioteca hecha con las donaciones obligatorias de principio de curso, y los que siempre estaban pillados eran los de elegir aventura y uno de Pumuki (que en el fondo era un rollo, como descubrí cuando me tocó). Mi favorito: Ingo y Drago, del barco de vapor. La historia de un niño que esconde un dragoncito en su casa hasta que se hace demasiado grande y tiene que soltarlo. Me ha entrado algo en el ojo.

Como podría tirarme muchos párrafos diciendo tonterías, remito a los nostálgicos a esta página web, que contiene mucha documentación casposa. Mientras preparaba esto también he encontrado un blog y una página web dedicados a los 80 que es muy recomendable para los interesados. Además está inspirada en una película de culto para mí y mis amigos (los de crónicas épicas a metro y medio): Los Goonies. ¡Cómo nos flipábamos con esa película! Nos la sabíamos de memoria, y cuando la reponen ahora casi se me sale una lagrimilla y todo. No os perdáis la recreación del accidente de Rajoy y la Espe con clicks.

Sábado por la tarde

¿Qué contar un sábado por la tarde? pues es un momento como cualquier otro para poner algunas de las palabras que, vía gúguel, han servido a varios moreadores del blogoplancton para aterrizar aquí:

Gana por mayoría “copépodo” y cosas relacionadas:

    anatomia de un copepodo
    copépodo patas
    Copepodos fotos

Otras sólo tocan de refilón aspectos que se han hablado aquí:

    estambul stanbul sanguijuelas
    historia de la sangría

Y finalmente, están las búsquedas misteriosas:

    nombre del gusano en las llagas de los animales
    aprender encaje de bolillos gratis
    como potenciar los poderes mentales

Ante eso sólo puedo remitiros al video de Tom Cruise comiéndose la placenta de su hijo. Que disfrutéis.

Día del libro 2006 (con retraso)

Desde luego, soy lo peor. Se me ha pasado el día del libro sin hacer ninguna recomendación ni nada. Para resarciros he decidido hablaros de uno de mis libros favoritos y del que es, en mi opinión, el mejor libro de aventuras de todos los tiempos (ahí es nada):

La Anábasis de Jenofonte (Ed. Gredos),

también titulada en algunas ediciones “La expedición de los diez mil”.

Lo mismo arrugáis la nariz por que os recomiende un libro del siglo IV a.C., pero si os gustan los viajes y las aventuras leed hasta el final y dadle una oportunidad porque es una historia fascinante, de las que no se olvidan.

En primer lugar, dejadme que os presente al autor porque es importante para entender la obra. Jenofonte (derecha) nació en Atenas el mismo año en que comenzó la Guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta, el 431 a.C. en la que participó. Fue discípulo de Sócrates y un poco chaquetero, porque desde joven tuvo muchas relaciones con Esparta y para evitarse líos por traiciones y cosas así, decidió irse a las colonias griegas de Asia Menor (costa occidental de Turquía). Como lo único que sabía hacer bien por aquel entonces era guerrear, llevó una vida de mercenario. Aquí hay que aclarar que, como os podéis imaginar, la guerra en aquellos tiempos no eran como las de ahora y que había que tenerlos muy bien puestos para sobrevivir a las batallas. (Yo soy muy pacifista, pero las guerras antiguas me fascinan).

La cosa comienza cuando Ciro el joven, hermano del emperador persa Artajerjes II, arrejunta a 10.000 y pico mercenarios griegos de las colonias asiáticas, veteranos de la Guerra del Peloponeso, en una expedición militar contra unos pueblos sublevados de una remota región persa. Jenofonte accede porque le gustan las aventuras y el dinero que se gana con ellas (entiéndase, saqueando). La expedición parte de la ciudad de Sardes en 401. Mucho, mucho más tarde, los expedicionarios conocen el verdadero objetivo de Ciro: enfrentarse a los ejércitos imperiales de su hermano para derrocarlo y arrebatarle el trono de Persia. He hecho un mapita con el recorrido de la expedición con el GoogleMaps:

La expedición de los diez mil se enfrenta a las fuerzas de Artajerjes en la batalla de Cunaxa, muy cerca de Babilonia. Aunque ganan la batalla, Ciro muere y los griegos se ven sin líder en unas estepas remotísimas y en medio de un imperio absolutamente hostil, sin ninguna protección (trazo rojo). Los soldados, sin embargo, se resisten a rendirse y el espartano Clearco, junto con otros oficiales (incluido el propio Jenofonte) toman el mando de la expedición con un nuevo objetivo: regresar a casa sanos y salvos. Deciden marchar hacia las colonias griegas de la costa del Ponto Euxino (actual Mar Negro) donde serían recibidos amistosamente. Esta parte del libro es, sin duda, la más fascinante: cientos de kilómetros a pie, a través de ríos infranqueables, montañas nevadas, mesetas inhóspitas y estériles con el ejército enemigo pisándoles los talones, sufriendo el frío y el hambre… y se trata de una narración histórica, transmitida por uno de los protagonistas… ACOJONANTE. Hay detalles que me ponen la carne de gallina cada vez que los leo, como cuando tienen que acampar en la nieve y las hogueras van hundiéndose en ellas varios metros durante la noche (¡sin Goretex ni sacos de dormir de plumas!), o cuando los expedicionarios (que, como ya he dicho, tenían que ser auténticos Rambos física y psíquicamente) se derrumban y lloran pensando en sus familias, a tantísima distancia que en aquellos días debía parecerles infinita. A todo esto hay que añadir los problemas de convivencia, la tensión y las riñas

No sigo contando, pero como veis en el mapa la historia acaba felizmente, aunque los trazos verdes y azules no son tan interesantes y ocupan bastante menos. El clímax del libro, sin duda, es la llegada de los supervivientes a la colonia griega de Trebizonda (actual Trabzon), no os lo perdáis.

Una de las razones por las que este libro me impresiona tanto es por la oportunidad de conocer (durante un viaje de muestreo el verano pasado) parte del recorrido, en concreto el Lazistán turco y el Pequeño Caúcaso. Releí el libro antes del viaje y la experiencia de conocer esa zona recordando los acontecimientos fue maravillosa, porque paisajísticamente todo eso es espectacular. Del Lazistán hice una pequeña reseña en diciembre (que nadie leyó, me temo) y de la parte algo más meridional os pego unas fotos que tomé durante el viaje:


El inhóspito altiplano anatólico, al norte de Erzurum (Turquía). Por aquí pasaron los diez mil


Montañas del Pequeño Caúcaso (Turquía), por aquí también pasaron los diez mil

En fin, perdonad que me enrolle, espero que os haya merecido la pena llegar hasta aquí.
Feliz tercer día después del Día del Libro.

Nueva imagen

Amigos del blogoplancton:

Os presento, no sin orgullo, la nueva imagen de “Diario de un copépodo”. Es el resultado de muchos meses de ensayo y error y de alguna que otra dosis de casualidad, pero por fin tengo una bitácora con un diseño suficientemente personalizado como para que no se le pueda confundir con las plantillas impersonales de bitácoras.com o blogger. Todo ello con el gran mérito de mantenerme casi tan ignorante como al principio.

Principales novedades:

- ¡Nueva imagen corporativa! Colores glamourosos y modernos, ideales para los crustáceos

- ¡Ahora más participativa! con encuestas periódicas, libro de visitas, .. ¡no tienes excusas para no comentar!

- ¡Con pijadas! que iré renovando periódicamente (de momento un tag-cloud y una barra de noticias científicas)

- ¡Con una elitista selección de las mejores bitácoras del blogoplancton! (que no se diga)

- … Y muchas cosas más

(bueno, es que estoy muy contento de cómo ha quedado, si no lo digo reviento)

Fotos de Mérida

Para daros un poco más la coña con mis vacaciones de Semana Santa (¡Qué lejos han quedado ya!), añado un par de fotos de Mérida, una ciudad que no conocía y que me encantó.


El celebérrimo teatro romano


El no tan célebre (pero igualmente impresionante) acueducto de los Milagros

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