Archivos Mensuales: noviembre 2006

Los xenoturbélidos me quitan el sueño

xenoturbella.jpgDe todas las cosas que uno puede ser, una de las peores es ser xenoturbélido. No quiero ni imaginármelo: todo el puñetero día metido en el lodo de las profundidades del mar Báltico, ahí, pasando el tiempo, comiendo almejas y sin ver los partidos del domingo ni nada. Los xenoturbélidos son lo más parecido al “cacho-carne” benderiano: un saco de músculo y… ya está. Ni branquias, ni tracto digestivo, ni hepatopáncreas, ni ojos, ni corazón, ni cerebro … ni siquiera gónadas (aunque sí gametos, claro). Sólo un saco amorfo con un único órgano -un estatocisto- que te dice dónde está “arriba” y dónde está “abajo”. Sin duda el día que repartieron los diseños anatómicos, los xenoturbélidos estaban meando (bueno, no, que no tienen riñones). Y ¿por qué hablo ahora de los xenoturbélidos? pues porque han pasado de ser un grupo de gusanos desconocido por cualquier persona normal a ser portada de Nature, con lo que ciertas personas normales se enteran de lo que son porque lo leen en los blogs de las personas anormales a las que estas cuestiones les quitan el sueño (no miro a nadie). Os pongo en antecedentes:

Estos bichos se descubren en 1949. Los zoólogos que lo describieron no tenían ni puñetera idea de lo que era, pero como eso queda muy poco profesional lo metieron dentro de los platelmintos (gusanos planos, como las tenias, las duelas y muchos otros bichos inmundos) porque eran los únicos a lo que se parecían un poco. Al igual que los gusanos planos, los xenoturbélidos sólo tienen un “orificio digestivo” (ver dibujo de abajo) con lo que ciertamente sí que tenían algún parecido. Durante décadas, los estudiantes de zoología tenían que empollarse que entre los platelmintos había una clase “xenoturbélidos” que invariablemente carecía casi por completo de descripción. El alumno miraba el dibujo de Xenoturbella bocki (cacho-carne vacío, sin nada que destacar), se encogía de hombros y pasaba a la siguiente página mientras olvidaba los xenoturbélidos para siempre (porque había que ser muy cabrón para poner a los xenoturbélidos en el examen, ¡a ver qué cuentas…!). Que en 1999 se describiera una segunda especie (X. westbladi) no cambió significativamente la poca relevancia de estos bichos.

xenoturbella2.jpg

Lee el resto de esta entrada

Pon una espiroqueta en tu vida (y otros artículos de interés)

Me entero gracias a Ñita de la existencia de los curiosos peluches comercializados por GiantMicrobes y no he podido evitar hacer una referencia aquí. No ha sido fácil resistir la tentación porque me hubiese resuelto algún que otro cumpleaños/Reyes/tesis etc, pero la carne es débil. Por menos de 10$ se pueden conseguir todo tipo de microorganismos y algún que otro parásito pluricelular en versión peluche. Algunos son un poco sosos, y muchos rebosan de “humor negro”, por decir algo (¿quién querrá un peluche del VIH?), pero no deja de ser una cosa curiosa.

Mis favoritos: la espiroqueta de la sífilis (Treponema pallidum), la cianobacteria Anabaena, con heterociste y todo, y el tripanosoma de la enfermedad del sueño.

microbiopeluches.jpg

Y ya que estamos, menciono de pasada que en CafePress hay todo tipo de camisetas temáticas y otros productos con diversos motivos, incluyendo los biológicos. Así, podemos dejar claro que somos organismos eucariotas, nos pueden hacer una camiseta con nuestro nombre en forma de cadena polipeptídica, juegos de palabras y un sorprendentemente largo etcétera.

biocamisetas.JPG

En ThinkGeek también tienen camisetas y todo tipo de artículos insólitos. En concreto, y ciñéndome a lo biológico hay también hormigueros de gelatina, huevos de crustáceos (concretamente Triops, del estilo de los Sea Monkeys pero ambos sin el glamour de los copépodos), plantas carnívoras y esta “planta dinosaurio” que revive cuando se le echa agua (ya ves tú qué chorrada, como un briófito cualquiera)

plantadinosaurio.JPG

La tribuna de despotricar. Hoy: Renfe

 

De niño adoraba los trenes. En ocasiones, mi padre me llevaba a montar en cercanías el fin de semana sólo por el viaje en tren. Daba igual si íbamos a Atocha o a Alcalá de Henares, eso no me importaba porque el objetivo del viaje era usar el tren (y a ser posible, ser el que le diese al botón para abrir la puerta convenientemente aupado). Dibujaba trenes, convertía todo tipo de objetos en trenes y los padres de mis compañeros de guardería (próxima a una vía de ferrocarril) se sorprendían al oír afirmar a sus hijos que a la hora del recreo pasaban exactamente un Talgo, un “largo recorrido” y dos trenes de mercancías de los largos con contenedores y vagonetas. Si por aquellos años alguien me hubiese dicho que “de mayor” usaría el tren todos los días con certeza me hubiesen hecho el niño más feliz del mundo y me habría envidiado a mí mismo por ser tan afortunado. Con los niños… ya se sabe.

 Todo esto viene porque este fin de semana lo he pasado en Valencia, para lo que he tenido que ir en el “Regional Express” que tarda tres horas y veinte minutos ir de Murcia a Valencia, o eso es lo que se esperaba, porque llegué con 45 minutos de retraso. El viaje fue una tortura gracias a la colaboración del típico niño-cognazo que lo mismo te pasaba la escavadora de juguete por la cabeza que te tiraba una bolsa de plástico con envases de zumo usados o se ponía a buscar motes inoportunos a todos los viajeros. Vamos, el típico niño que cuando su madre le intentaba mantener a raya se ponía a llorar con la rapidez de un experto y el volumen de una sirena. Un encanto de crío al que no le gustan los trenes tanto como a mí. Es una suerte que los niños-cognazo me reconozcan inmediatamente como un individuo peligroso con el que no se debe jugar porque yo no suelo ponerme condescenciente por el hecho de que mida menos de un metro de alto y sea un malcriado, así que refugiado detrás de la biografía de Arthur Evans sólo tuve que soportar los llantos mientras miraba el reloj con desesperación.

 El retraso en sí no me sorprendió lo más mínimo, ¡claro! Un servidor lleva así como ocho años cogiendo el cercanías casi a diario y ha experimentado en sus propias carnes la degradación de Renfe, apreciable en todos sus servicios (quizá excluyendo la Alta Velocidad). La cosa es que con tantos años de retrasos, de averías recurrentes, de trenes que se paran mucho tiempo sin explicación, de descoordinación en las estaciones y un largo etcétera, uno ha tenido mucho tiempo de pensar en estas cosas. El tiempo es sin duda la clave. ¿Cuántos días de mi vida he desperdiciado con los retrasos de Renfe? (un transporte público virtualmente independiente del tráfico y del estado de la atmósfera). Prefiero ni pensarlo, aunque sobre las causas sí que he podido exprimirme el cerebro muchas veces. Los trabajadores de Renfe son muy propensos a las huelgas, y seguramente no les falta razón (otra cosa distinta es que su planteamiento tenga otro efecto a parte de joder hacer perder el tiempo a los usuarios). Todo viene por la progresiva privatización que está sufriendo el sector, un tema que viene desde ya hace bastante y que no sé en qué punto concreto se halla, aunque ya podemos comprobar con los anuncios de televisión que, por ejemplo, las estaciones ya no están bajo control público.

 Las empresas públicas tienen tendencia a ser un pozo sin fondo de dinero y a funcionar mal, pero son nuestras, son de todos, y su objetivo es dar un servicio al ciudadano. Privatizándose esa vocación pública, por mucho que nos lo maquillen, se pierde y los nuevos dueños tienen como objetivo primordial lucrarse a costa de un patrimonio que un día fue de todos y que sin preguntarnos nos quitaron.

 Hace unos pocos años sufrí un retraso de los históricos. Con la excusa de una avería en el tendido, mi tren se quedó detenido en la vía 55 minutazos mientras pasaban para un lado y para otro trenes que debían funcionar por energía solar porque si no, no me lo explico (y no había ninguna huelga ni nada de eso). Aquella fue la única vez que puse una queja por escrito. Me dirigí a los responsables muy educadamente y les pedí una disculpa y la devolución del precio del billete, vamos, una petición más simbólica que otra cosa. Jamás me respondieron, pero gracias a eso me puse a hablar con el trabajador de la taquilla de mi estación de destino y me contó de primera mano que muchos de los problemas de Renfe se debían a los recortes de personal. Antes solía haber varios operarios en la estación, pero ahora sólo había uno, por lo que si había cualquier problema en las vías alguien tendría que venir desde Madrid para arreglarlo porque lo demás estaba todo automatizado. Por aquel entonces ya se hablaba del tema de la privatización y esos recortes de personal no eran más que intentos por rentabilizar la empresa (con el evidente deterioro del servicio al ciudadano). Ya sé que me pongo muy pesado, pero es que no hay derecho.

 Lo que me lleva a escribir sobre esto no son los retrasos en sí, sino la campaña publicitaria absolutamente hipócrita y demagógica que encima los usuarios tenemos que soportar y que a mí al menos me parece un auténtico insulto a nuestra inteligencia. Por si no os habíais dado cuenta, Renfe está en pleno cambio de imagen corporativa. Cambia el logo, cambian los colores, cambian el mobiliario de las estaciones y cambian la pintura de los trenes. Todo es un cambio de apariencia (quizá coincidente con la anunciada privatización, supongo) porque lo que es el servicio sigue empeorando con una cadencia pasmosamente constante. Lo peor es que estoy convencido de que este cambio de envoltorio termina teniendo un efecto entre los usuarios y, por alguna misteriosa razón de percepción subconsciente muchos de ellos terminan asumiendo que esa imagen de modernidad y eficacia (las nuevas letras son más aerodinámicas y ¡moradas! ¡guau!) es síntoma de una eficacia del servicio también. Por si fuera poco, en las propias marquesinas de las estaciones hay que aguantar el nuevo lema: El tiempo es tuyo, conviértelo en lo que quieras. Pues esa falsedad, ese engaño manifiesto, esa forma de tratar con los usuarios, es lo que me saca de quicio. Por lo que a mis posibilidades comunicativas corresponde sólo puedo decir que no os dejéis engañar: Renfe es basura.

 El viaje de vuelta fue en un Talgo, así que en lugar de 45 minutos de retraso sólo fueron 25. No hubo niño-cognazo y todo transcurrió con la normalidad esperada, aunque tuve que soportar que en lugar de unas disculpas por el retraso una vocecita me diera las gracias por haber elegido Renfe y que esperaban verme a bordo de nuevo muy pronto. Escribir esto no cambia nada, pero me jode que me tomen por imbécil y que se piensen que por enseñarme un logo morado se me van a caer los calzoncillos.

 Otro día: Iberia

El Ilusionista

The Illusionist

Neil Burger (2006)

estrella.PNGestrella.PNGestrella.PNG

Norton haciendo un truco

El Ilusionista no pasará a la historia como el peliculón del año, pero podría afirmarse sin ser arriesgado que es una película que deja muy buen sabor de boca y con posibilidades de gustar a (casi) todo el mundo. Con los sustos que da la cartelera de vez en cuando, encontrarse con una película que destaca por la actuación de los protagonistas, por la belleza de la fotografía y la banda sonora y por un argumento, si bien algo previsible, muy bien cuidado, ya es para darse con un canto en los dientes. Como habréis adivinado, si es que no lo sabíais, El Ilusionista va de magia, y de magia de la buena, por lo que recomendaría a quien la vaya a ver que se deje llevar por el espectáculo cual niño inocente e impresionable, casi como si en lugar de a una proyección asistiera precisamente a un gran truco de dos horas de duración.

El protagonista es un hombre que se hace llamar Eisenheim (Edward Norton) y que desde bien pequeñito se dejó seducir por el ilusionismo a raíz de un encuentro casual con un auténtico y desconocido profesional. Años más tarde, y después de recorrer medio mundo, empieza a ofrecer multitudinarias actuaciones en un teatro de Viena, donde sorprende a la aristrocracia con sus espectaculares números. Por supuesto, también está “ella”, que en este caso es Sophie (Jessica Biel) y conoció a Eisenheim cuando ambos eran niños. Pero claro, como ella es aristócrata y él sólo un pobretón artista famosísimo que llena teatros y gana dinero a espuertas pues claro, su amor es obviamente imposible (¿de qué me suena esta historia?). El otro problema del protagonista es que su amada está prometida ni más ni menos que con el príncipe Leopoldo (Rufus Sewell), el hijo del emperador del Imperio Austro-húngaro, que además de malo malísimo y borrcahín es un escéptico que no se deja impresionar por la magia de Eisenheim. Y aquí lo dejamos, que no conviene que se sepa más.

Si os gusta la magia vais a disfrutar mucho, aunque previendo la duda evidente que os puede asaltar tras disfrutar de las “ilusiones”, ya os respondo yo: no, no todos los trucos de magia que se ven a lo largo del metraje son efectos especiales. Edward Norton aprendió magia a través de James Freedman, que a nosotros no nos suena de nada, pero que de ilusionismo sabe mogollón, hizo de doble de las manos de Norton en algunas escenas y asesoró sobre estos temas durante el rodaje. Concretamente los trucos que hace Norton son sobre todo los de juegos de manos y otras cosas sencillas con monedas y pelotitas (hay que ver, estos actores de Jólidub qué versátiles que son que lo mismo aprenden a dar cates que a hacer desaparecer monedas). De todas formas yo diría, viendo lo documentados que están los guionistas, que todo lo que se ve forma o ha formado parte de sesiones reales de ilusionismo, que yo después de haber asistido a un espectáculo de David Copperfield, tras asombrarme de las mágicas propiedades del ácido bórico y en vistas del truco tan cojonudo que hizo Saddam Husseim haciendo desaparecer sus bombas atómicas sin dejar rastro, pues qué queréis que os diga, ya me creo cualquier cosa.

Un par de curiosidades más: aunque se trata de una historia ficticia, hay una parte basada en hechos reales relacionada con Rodolfo, el hijo del emperador Francisco José I de Austria-Hungría, que os recomiendo leer sólo cuando veáis la película. Por último quería contar que en un momento de la película se dice la palabra “fornicar” (to fornicate, en inglés), y esto no nos llamaría la atención si no fuera porque en el rodaje original, el susodicho personaje dijo “fuck” (lo que es follar de toda la vida, vamos), pero fue doblado secundariamente para que la película fuera para todos los públicos. Así va el mundo.

Copepod Awards 2006. Sección oficial

logoca2006membrete.jpg

Con apenas 40 minutos de retraso sobre la hora prevista, los 16 participantes de la tercera edición de los Premios Copépodo de Oro se reunieron ayer por la noche en el madrileño Paseo de Recoletos. Su misión: descifrar un jeroglífico de una civilización perdida donde se contaba con exactitud dónde se hallaban ocultos los cuatro copépodos de oro del presente año.

Las rivalidades de las ediciones anteriores se habían encargado de que todos estuvieran deseando llevarse el ansiado premio y que se presentaran en el punto de encuentro en perfecta forma física y mental para resolver los enigmas pertinentes que una mente macabra y retorcida había dejado en el camino (y si no que se lo digan a algunos que yo me sé).

Así pues, se dio inicio a la prueba después de explicar las reglas del juego y los cuatro equipos se lanzaron corriendo a las Torres de Colón, el Centro Cultural de la Villa, El Palacio de Comunicaciones o la verja del Palacio de Buenavista según les hubiese tocado. Como incidente destacado hay que mencionar la contramanifestación del 20-N que estaba teniendo lugar en Cibeles, por lo que los jugadores se encontraron con un obstáculo inesperado. Parece ser que a Fer lo retuvo un miembro de los cuerpos de seguridad del estado, quizá mosqueado por verle corriendo en medio de la manifestación (todo son ganas de liarla, seguro) y le dejó marchar cuando explicó que éstaba concursando en los prestigiosos Copépodos de Oro.

En un despliegue sin precedentes de rapidez mental y forma física, el equipo integrado por Marple, Beni, Jorge y Fer resolvió el jeroglífico en apenas media hora y unos diez minutos más tarde ya estaban en el dolmen de la Plaza de Dalí, el punto de llegada de este año, mantenido en secreto por la organización desde hace más de un mes. Poco a poco fueron llegando los otros tres equipos, que coincidieron en el enrevesamiento del acertijo del Palacio de Comunicaciones (especialmente el equipo ganador de 2005, que se quedó atrancado demasiado tiempo y no pudo revalidar el título).

recorridoca2006.JPG

El fin del concurso marcó el inicio de la cena de entrega de los premios (y de inmerecidos y fabulosos regalos a un servidor). Además de los Copépodos de Oro oficiales se entregaron unos premios honoríficos a Biosfofo (Demiurgo de copépodos, hacedor de trofeos), a Edu (Creador del logo de este año, que está de Erasmus en Munich) y a Mar (secretaria de la organización). Y con esto y dos pizzas fantasma que aparecieron en la cuenta como por arte de magia se clausuró el concurso y unos se fueron a su casa y otros siguieron de juerga un poco más.

copepodos-party.jpg

Foto de familia. Copepod Awards 2006 (Babs en la cámara)

Gracias a todos

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 1.961 seguidores