Archivos Mensuales: mayo 2007

“Todos somos Tinky Winky”

Polonia no investigará la sexualidad de ‘Tinky Winky’

Las autoridades polacas reculan ante la polémica que ha generado su intención de analizar si este ‘teletubbie’ es o no gay

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Tinky Winky. Imagen de archivo.

Hace pocos días saltó la noticia. Los políticos gemelos polacos (Pili y Mili para los amigos) hicieron saltar la alarma sobre la falta de idoneidad de la serie infantil “Teletubbies” para el correcto crecimiento y formación de la chiquillería de Polonia. La queja no tenía nada que ver con que la serie sea una gilipollez reblandecedora de cerebros sino porque uno de los Teletubbies, el llamado Tinky Winky, podría ser gay. ¿Los motivos de dicha sospecha? Es morado, lleva un triángulo en la cabeza y se le ha visto con bolso. Ante tales acusaciones, ya vertidas por el telepredicador estadounidense recientemente fallecido Jerry Falwell, el teletubbie se limitó a responder en una entrevista “¡No es un bolso! ¡Es una bolsa mágica, imbécil!” antes de tumbar con un puñetazo mágico al periodista y romperle el tabique nasal. La acusación quedó en el olvido después de que se lanzara una cortina de humo mediante el choque de dos aviones con el World Trade Center en 2001, pero parece que la peor pesadilla de Tinky Winky ha regresado dispuesta a mancillar los proyectos televisivos de los cuatro Teletubbies. “Esto es una puta caza de brujas” declaró Dipsy (el teletubbie verde) visiblemente enfadado en la rueda de prensa “parece mentira que sigamos con esto ¡Ni siquiera tenemos órganos genitales!”.

tw2.jpgAlgunos amigos de los Teletubbies salieron en su defensa firmando un comunicado redactado por el mismísimo Tintín y titulado “Todos somos Tinky Winky” en el que aprovechaba para salir del armario de forma definitiva y declaraba su amor no correspondido por el capitán Haddock aunque “seguimos manteniendo una estrecha amistad y nunca me rechazó cuando se lo dije”, aclaró el periodista. A raíz de su muy mediatizada firma del manifiesto, algunos tacharon a Epi y Blas de oportunistas y les recordaron sus comentarios homófobos vertidos en 1979. “Eran otros tiempos, no lo tuvimos tan fácil como Tinky Winky” respondió Blas visiblemente azorado “ya hemos pedido perdón por ello, y todo el mundo sabe que juntamos nuestras camas en 1999″. Otros signatarios del manifiesto han sido Yupi y Astraco, Petete, Waylon Smithers, Xena, la princesa guerrera, Poti-poti y Leonardo, la tortuga ninja. No faltó, sin embargo, el sector más recalcitrante cuyas protestas callejeras se oían desde el despacho de Tintín durante la firma. “Exigimos que se recupere la decencia en los dibujos animados y espacios infantiles” Gritaba Heidi enarbolando una bandera preconstitucional “Exigimos el derecho de los niños a seguir siendo niños y a que las natillas sigan siendo natillas ¿qué mariconada es esa de ‘Danet‘? ¡Vale ya hombre!”. El comunicado acabó presionando al parlamento europeo que ha dado un enésimo toque de atención a Pili y Mili. Éstos han desistido continuar la investigación de la vida privada de Tinky Winky y ya se están rompiendo la cabeza sobre otros elevados pensamientos abstractos que amenazan la integridad de su católico país, como la posible inmoralidad de las compresas con alas o la naturaleza demoníaca de la abeja Maya. Tinky Winky ha agradecido el apoyo de la comunidad del espectáculo y les ha invitado a unas cañas en la plaza de Chueca “que ya empieza el tiempo de las terracitas”, afirmó emocionado.

El otro lado de los exámenes

Tengo una pila de exámenes en la mesa. Es la primera vez que tengo la responsabilidad de corregirlos. Pensé que ahora, en plena vorágine de fin de curso, muchos lectores estudiantes sentirían curiosidad por saber qué les pasa a los exámenes cuando se entregan, o quizá no, pero estos días estoy teniendo una nueva serie de sensaciones.

Es como ser un superhéroe. Estoy descubriendo mis poderes y es una sensación curiosa. Los alumnos escriben, sudan, gruñen y murmuran cuando se les avisa de que el tiempo se acaba. También hacen toda clase de preguntas absurdas que, en cualquier otra circunstancia, un niño de 8 años habría sabido responder “¿se me ha acabado el boli azul, puedo escribir con el negro?” (qué cruel soy, recuerdo haber hecho exactamente la misma pregunta en un examen de fisiología vegetal). Para mí, como todo es nuevo, se parece a estar jugando a las casitas, como si no me creyera que lo que estoy haciendo es de verdad. Veo a uno que copia (descaradamente). Le miro fijamente hasta que capto su atención. Se sorprende pero me mira como diciendo “¡ey!, el profe enrollado…”, yo le miro y le transmito un “ya te vale tío”. Insiste una vez más, no le intimido. Empiezo a sentirme violento ¿este zote de qué va?. Lo hace una tercera vez, sin pudor, y yo dudo, pero finalmente me acerco, muy despacio, esforzándome en que el sonido de mis pasos resuene en el silencio del examen. Me pongo detrás de él, muy lentamente, me agacho ligeramente y le susurro al oído todo lo amenazador que puedo “como vuelvas a hacerlo te quito el examen sin avisar”, lo que, por supuesto es una vil mentira. Surte efecto, porque a pesar de su protesta se pone más rojo que el perianto que tiene delante. No es necesario intervenir otra vez. Tengo poderes.

Como para mí todo es nuevo, decía, hasta me hace ilusión la experiencia, que al parecer debería constituir un auténtico coñazo, así que saco los exámenes en el tren y me descojono de las pifias, de las divagaciones y de los tecnicismos inventados en la desesperación (atención al palabro: “BERMUCIO”, ¡Diosssss!).

Y ahora llega el momento de la verdad. Me he sentido tentado de poner una encuesta en el blog que sería tal que así:

¿Cómo debo evaluar los exámenes?

1. Como un cabrón, con el listón alto

2. Aprobado general y ya está

3. Tirando los exámenes al aire y aprobar a los que caigan sobre la mesa

4. Igual que el anterior pero aprobando a los folios que no se den la vuelta

5. Según mi estado de ánimo

En el fondo es una chorrada porque estaría comprobando tan solo vuestro nivel de sadismo, y menudo peligro tenéis. Noooo, el lado oscuro me llama, pero como todo buen superhéroe prometo usar mis poderes para hacer el bien., que soy un “pofesioná”.

Y que conste que no tiene nada que ver el hecho de que un grupete de alumnos esté empeñado en “tumbarme a base de cañas” cuando acaben los exámenes. Privilegios del “profe enrollado”, supongo. Si supieran que no sé cómo se llaman…

¿Y no tenéis un menú para insectívoros?

No sólo de pan vive el hombre, sino también de buena carne de cordero.

Friedrich Nietzsche

En una clase de inglés, hace ya mucho tiempo, me tocó defender la posición de un vegetariano. Ya sabéis: esos ejercicios en los que tienes que play un role para practicar el condicional, las subordinadas de sustantivo o la madre que le parió. Debí ser bastante convincente y adopté posturas que rozaban el veganismo más carca (“Yo soy vegan nivel 5, no como nada que arroje sombra…”), hasta el punto que, a la salida, varios compañeros y la profesora me preguntaron si era vegetariano en la vida real (se pensarían que mi michelín vive a base de tofu, o algo así). Los que me conocen saben que soy capaz de “calentarme” mucho en cualquier discusión, aunque al final es todo paripé para darle emoción, puro vicio, vamos. La pregunta de mis compañeros me sorprendió, porque me hubiese sentido mucho más cómodo defendiendo la postura del carnívoro.

He conocido a varios vegetarianos, la mayoría del sexo femenino, y a menudo he aprovechado la ocasión para preguntarles sobre las motivaciones que les llevaban a esa restricción en la dieta sin obtener nunca la única respuesta que me dejaría satisfecho: “no como carne porque no me gusta”, a lo que no tengo nada que objetar. La justificación “es que le meten muchas guarrerías y hormonas a la carne” es buena, pero no exime de comer carne de buena calidad, es decir, no eres vegetariano por no comer carne adulterada sino por no comer carne en absoluto. Esos vegetarianos lo son de forma puramente circunstancial, me gustaría verlos en una prístina granja pre-industrial. Hay otro argumento (“pobres, pobres animalitos, cuánto sufren”) que es casi peor, pues se deriva de no asumir la triste realidad: que mientras seas un animal o no hagas fotosíntesis debes matar para vivir. Si la ternera sufre al ser transportada, alimentada con pienso y sacrificada ¿no sufren también las truchitas en la piscifactoría, no sufre el huevo de gallina en su soledad unicelular? Y puedo ir más lejos: ¿No está acaso demostrado que las plantas sufren de estrés fisiológico en determinadas circunstancias? ¿Sufre el maíz en el campo y las manzanas cuando son arrancadas sin piedad de su árbol? ¿Es lícito que un vegetariano coma setas cuando éstas no son vegetales y, por ser, son muchísimo más próximas a los animales que a las algas del plancton? ¡Que no estamos hablando de la tauromaquia o de las pieles de animales! ¡Que hablamos de sobrevivir! Y luego, por fin, mi argumento favorito: “No debemos comer animales, pues el ser humano por naturaleza es herbívoro”

Pero vamos a ver, pedazo de gañancetes: vale que nuestra dieta tiene un suplemento cárnico excesivo, pero en cualquier caso nuestra dentadura es uno de los mejores ejemplos de generalismo, lo que nos permite comer de todo. Si realmente fuésemos vegetarianos tendríamos unos molares de crecimiento contínuo y una pedazo de mandíbula como la de nuestros tíos los parántropos, una línea de homínidos especializada precisamente en la herbivoría. Puestos a hacer gastronomía comparada (algo que, como sabemos tras nuestra experiencia de sexualidad comparada, no se debe hacer) veríamos con sorpresa que cuando nuestros otros primos los chimpancés no tienen el lujo de comer carne fresca suplementan su dieta con insectos. Y aquí quería yo llegar.

No sólo nuestra dentadura es perfectamente apta para comer insectos y nuestros antepasados, muy probablemente, los tenían en su dieta, sino que como sabéis, la entomofagia es de lo más común y saludable, si bien un tabú en nuestra exquisita sociedad que, sin embargo, consume marisco, caracoles, patas de cerdo momificadas, hamburguesas del Macdónals y chuches plasticosas variadas. La única pega que tiene comer insectos es la barrera cultural, que no es cualquier tontería, pero aparte de ello es nutricionalmente sanísimo.

En una ocasión, durante la carrera (qué de cosas se hacen en la carrera, ¿eh?) se nos presentó la oportunidad de… er… participar en un “seminario” sobre entomofagia al que una compañera azafata trajo algunos piscolabis mejicanos: unas hormigas gordotas gordotas en un táper y unos chapulines (saltamontes), o más concretamente, sus abdómenes, en otro. Llevarse a la boca un bicho es más difícil de lo que parece, eso de la barrera cultural EXISTE, pero yo me apunté a probar la experiencia ¿Mis impresiones? Bueno, las hormigas no me gustaron nada de nada. Sabían a metal, y por más que masticabas no sacabas ninguna chicha, todo era cutícula quitinosa de sabor metálico y tuve que enjuagarme la boca. Los chapulines eran crujientitos y sabrosos. No es que fuese un manjar pero creo que, superada la aprensión, sería capaz de acostumbrarme a ellos. Repetí un par de veces. Hay un artículo sobre entomofagia en México aquí y si algún lector de aquellas tierras quiere contarnos algo, que lo haga sin tapujos. Yo creo que disfrutaría más con una de esas larvas enormes, gordas como un pulgar, que se consumen en Sudamérica, o ya puestos, el abdomen de una termita reina tostado al fuego (eso lo vi en una película).

Pues eso, que si en la cafetería de vuestra facultad hay un menú disponible para vegetarianos os animo a que pidáis uno para insectívoros, porque puestos a ser snobs, que no nos gane nadie.

¡Mmmmm! Delicioso

Foto de la Wikipedia tomada en Bangkok. Escorpiones, langostas, crisálidas de polilla, larvas de coleópteros, dos especies de escarabajos buceadores y grillos. Todos ellos fritos y deliciosos.

Otro frikismo es posible

Amigos frikis del blogoplancton:

Lo primero es lo primero… ¡Felicidades!

Y ahora, aquí dejo unas reflexiones que sois libres de leer:

Lo “friki” y sus derivados se han puesto de moda como los lácteos desnatados. Podría pasarnos, al igual que si comiéramos demasiado “vitalineas” y “esvelteses”, que se nos olvide lo que es el queso de cabrales, o sea, olvidarnos de lo original y genuino. Me molesto en escribir esto porque creo que detrás de la quizá aparente frivolidad que encierra el frikismo hay algo mucho más serio que engarza con su etimología. La simplificación del término que provoca en parte su uso constante hace pensar a gran parte de la población que un friki es (solamente) un lector de cómics o un coleccionista de figuras de Star Wars. Friki viene del inglés freak y es un término que va más allá de lo “raro” (odd, weird, strange,…), lo freak es lo insólito, lo monstruoso, lo estrafalario, el capricho de la naturaleza, la feria de circo, la mujer barbuda… No por nada es, o al menos lo era originalmente, un vocablo terriblemente despectivo y destinado sólo a los “margis” de la clase (pasado que, para qué engañarnos, seguro que está marcado a fuego en gran parte el frikerío nacional).

Reivindicar la rareza como un orgullo es una iniciativa interesante, sobre todo por el relativo éxito popular que parece tener (hoy será el segundo día del “orgullo friki” y ya se puede prever que tendrá un seguimiento abrumadoramente mayor que el tercer centenario del nacimiento de Linneo). Es como si entre las dos tendencias contrapuestas que suelen afectar a nuestra vida social, la de pertenecer a la masa y la de la autoafirmación del “yo”, encontraran un espacio común de convivencia. Debe ser un fenómeno raro, y no me imagino a los genuinos freakies estadounidenses celebrando su día orgullosos en un mundillo social donde la popularidad del capitán del equipo de fútbol americano y jefa de animadoras es insuperable (todos mis conocidos que han visitado los Estados Unidos me confirman que la vida allí es como en las películas).

Celebremos hoy nuestra rareza, el orgullo de ser lo que somos, con etiquetas sin ellas, pero tengamos un poco de visión crítica: el motivo por el que alguien decidió que hoy sería el DDOF es porque coincide con la fecha del estreno de la Guerra de las Galaxias, saga que parece muy ligada a lo que Locke llama el mainstream alineante del frikismo. Me da un poco de cosa decir esto y sé que me expongo a insultos y amenazas: hacer con tus propias manos una maqueta de un crucero imperial es friki, pero saberte de memoria la saga y tener los DVDs en casa, aún siendo algo molón y deseable, es de lo más convencional. ¿Cómo se puede instaurar un movimiento popular de reivindicación de la rareza en una de las sagas cinematográficas más universalmente reconocidas y admiradas? ¿No os resulta algo contradictorio? El frikismo como movimiento, en sí mismo, es muy susceptible de provocar ironías, pues cuando los “raros” se agrupan, pueden dejar de serlo. ¿Se puede ser friki del Real Madrid? ¿Y de Fernando Alonso? ¿Y del tunning? ¿Se deja de ser friki cuando se está rodeado de ellos?

Ni soy ni quiero ser un teórico de esto del frikismo, pero quizá por deformación profesional me parece que lo raro, lo endémico y lo excepcional es bello y valioso por sí mismo, porque contribuye a la diversidad, y la diversidad es la clave de la supervivencia y el antídoto contra la endogamia, la decadencia y el pensamiento único; ahí es donde le veo yo la gracia a todo esto.

Por mi parte hoy pienso ir al trabajo con una toalla, que como reivindicación del día más adecuada que como Yoda hablar me parece (aunque sólo sea por el surrealismo).

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Huye de los convencionalismos, sé tú mismo: ¡otro frikismo es posible!

Bizarrismo electoral

Este domingo tocan elecciones (¿sí?¿en serio?¡No lo sabía!) así que me voy a permitir el lujo de frivolizar con el acontecimiento y pasar directamente al jamón serrano, a la fuente inacabable de bizarrismo que constituyen los videos electorales. Por las mañanas me trago todos los videos de los partidos minoritarios y así ya voy colocado a trabajar, de verdad que es maravilloso. Desgraciadamente no todos los partidos tienen colgados sus spots en YouTube, así que se quedan fuera algunos genialmente bizarros como el del partido “Madrid es Castilla”, pero aún así tenemos unas cuantas muestras de bizarrismo en las que regocijarnos:

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