Wallace y los marcianos

Imagen sin conexión con el texto colocada estratégicamente para atraer lectores incautos

Vivimos rodeados de avances y de aplicaciones debidas a la ciencia. La biología no es una excepción: descifrar genomas, clonaciones, listas rojas, biotecnología del más alto nivel… Sin embargo desde mi punto de vista la verdadera “Edad de Oro” de la biología ya ha pasado. Hubo un tiempo en el que un solo hombre podía hacer gestas verdaderamente titánicas mediante una vida contemplativa, pero en absoluto como eremita enclaustrado, sino como observador perspicaz de la naturaleza. Además ese neologismo de “biología” ni se usaba: Historia Natural y punto, un término con muchísima más clase. Eran otros tiempos, desde luego, en los que el rincón más lejano del mundo no estaba perfectamente localizable a un click, sino que, muy al contrario era virtualmente un espacio virgen y prístino al que sólo se accedía tras meses de penurias.

Mi perfil ideal de biohéroe: Nacer europeo aburguesado (mejor si eres inglés). Cursar estudios de algo tedioso y árido (derecho, teología, filología copta…) para, con apenas 20 años mandarlo todo a la mierda, hacerle un corte de mangas a tus escandalizados padres y enrolarte en el primer barco que veas con destino a los trópicos. Te tiras años rodeado de marineros con escorbuto y gangrena para, en unas condiciones imposibles, hacer un inmenso acopio de especies vegetales y animales nuevas para la ciencia (sólo unos centenares, que hay que dejar algo para el que venga después) así como de una montaña de cuadernos de notas y pillas 2 ó 3 enfermedades tropicales crónicas con las que fardar cuando regreses a la civilización (“No, a las siete imposible, es cuando me suben las fiebres”). Para entonces, te tiras cuarenta años encerrado en un gabinete, puliéndote la fortuna de tu familia, intentando asimilar todo lo que observaste en tu gran viaje. Publicas una veintena de tochazos soporíferos sobre los temas más diversos, escandalizas a la sociedad científica de tu tiempo con ideas heréticas que sólo se verificarán en el siglo siguiente (la barba de profeta es indispensable llegado este punto) para finalmente morir en un cochambroso desván de Londres un invierno gélido. Eso era ser científico, lo demás son mariconeces.

Sorprende, sin embargo, cómo caen en el olvido estos próceres del conocimiento. Casi todos sabemos quién es Darwin, aunque sea de forma muy pobre: “el que dijo lo del mono”, oí en un programa de televisión. Claro, eso es lo que queda al final. Darwin era “el del mono”, Tales era “el del agua”, Marx era “el del capital” y Van Gogh era “el de la Oreja“. Pero, ¿que nos dirá el viandante si le preguntamos por Agassiz? La gente de hoy sacia su sed de aventuras con programas televisivos putrefactos por no querer sumergirse en un tiempo en el que las verdaderas aventuras épicas aún eran posibles.

Sin otro motivo que el hecho de que me ha dado por ahí, hoy en esta santa casa hacemos un sentido homenaje a uno de estos CIENTÍFICOS (una sola mayúscula no era suficiente) de antaño: Alfred Russel Wallace (1823-1913). Aquí tenemos varios retratos de este señor vistiendo la barba reglamentaria.

Wallace nace en 1823, y contraviniendo el prototipo antes mencionado, no era de una famila especialmente adinerada. Con apenas 25 añitos (izquierda), pagando su propio pasaje y con los ahorros de toda su vida (100 libras) se embarcó en el Mischief rumbo a la Amazonia. Lo acompañaba Henry Bates. “¿Bates el del mimetismo batesiano?” preguntará el lector perspicaz, “el mismo”, le respondo yo asintiendo gravemente. Allí en Brasil estuvieron dale que te pego con los insectos y todo lo que se pusiera a tiro intentando emular a sus ídolos, Humboldt y Darwin, cuyas aventuras naturalistas conocía bien.

Cuatro años más tarde regresó a Inglaterra dejando a Bates a lo suyo (se quedaría siete años más). Durante el viaje de regreso el barco sufrió un incendio y los tripulantes tuvieron que ser rescatados por otro barco. La colección de Wallace así como todas sus notas se perdieron. Esta auténtica catástrofe no le impidió publicar seis artículos y emprender con fuerzas renovadas un segundo viaje al archipiélado malayo en 1854, donde acabaría desarrollando la mayor parte de su labor.

Algunos de sus mayores méritos estuvieron en el campo de la biogeografía, cosa que no está nada mal siendo, como es, un territorio extraordinariamente complejo en ese sentido.

Por ejemplo, Wallace, tras recorrerse de un lado a otro todo lo que queda entre Nueva Guinea y Borneo, trazó la frontera entre Asia y Oceanía desde un punto de vista zoológico:

Esta línea aparentemente caprichosa, que separa islas que a veces distan apenas unas decenas de kilómetros, delimita la frontera real y manifiesta entre dos reinos biogeográficos (¡incluso en lo que a muchos animales marinos respecta!). Al noroeste quedan los tigres y los rinocerontes y al sureste los marsupiales y las aves del paraíso. No en vano es conocida como “la Línea de Wallace“.

Y podríamos tirarnos aquí horas glosando sus éxitos, que son innúmeros, pero para eso recomiendo una bibliografía al final. Vamos a quedarnos con el que posiblemente fue el más grande de todos: durante un ataquito de malaria se le ocurrió que quizá la evolución de los organismos se debía en parte a una supervivencia diferencial (lucha por la existencia, Malthus, etc) unida a una variabilidad en la descendencia. Esbozó esta nueva idea y se la envió por correo a un amigo suyo en Inglaterra. Corría el año 1858.

Este amigo suyo se llamaba Charles Darwin, y se quedó de pasta de boniato cuando leyó aquello.

En efecto, por una de esas casualidades cósmicas comparable tan solo a cómo Newton y Leibniz “inventaron” simultánea e independientemente el cálculo diferencial, dos naturalistas ingleses descubrieron de forma independiente y en la misma época la evolución por selección natural. Estas cosas dan qué pensar.

Con todo el mérito del mundo es Darwin el que más flores ha recibido por todo aquello (no en vano ya había escrito bastante al respecto, si bien no se había atrevido a publicarlo, además de contar con muchísima más documentación y estar su hipótesis muchísimo más elaborada y pulida que la de Wallace). La verdad es que resulta admirable con qué buen tino se desarrolló aquella coincidencia: Darwin y Wallace mantuvieron una estupenda relación y de hecho este último fue un entusiasta defensor del darwinismo.

De regreso a Inglaterra, ya cumplidas las 39 primaveras, nuestro biohéroe se dedicó a convertir sus cuadernos de nota en maravillosos libros de los temas más diversos. Cumplió con creces su sueño, pues “Viaje al archipiélago Malayo” se convirtió en un auténtico best-seller.

La rana voladora de Wallace (Rhacophorus nigropalmatus), vive en Malasia y Borneo. Fue uno de los organismos descubiertos por nuestro barbudo amigo.

Me provoca más aún si cabe la admiración que tengo por este señor el hecho de que dedicase sus años de madurez a desfacer entuertos como activista social oponiéndose al llamado “darwinismo social” y la eugenesia.

Sin embargo, su ocupación más bizarra y la que me ha provocado el impulso de escribir esto, fue la de investigar si existen los marcianos.

Todo ello porque desde 1877 una serie de astrónomos creían ver en la superficie de Marte una red de canales cambiantes que eran interpretados como sofisticadísimas irrigaciones de la superficie realizadas por una raza muy superior. Sin duda podemos situar aquí una de las raíces más importantes de la paranoia OVNI. Uno de los más férreos defensores de la autoría inteligente de estos canales fue el estadounidense Percival Lowell. Este señor debía ser bastante propenso al misterio, pues su otra gran obsesión fue la de buscar un planeta “más allá de Neptuno” que explicara las alteraciones gravitatorias que éste sufría. Ni corto ni perezoso lo llamó “Planeta X”. No fue hasta 14 años después de su muerte cuando el también estadounidense Clyde Tombaugh descubrió el no-planeta Plutón.

Aunque se dice que esos canales podrían ser causados por tormentas en el planeta y de esta forma explicar lo que Lowell y otros creían ver, lo cierto es que conforme se fue mejorando la óptica de los telescopios los canales dejaron de verse. Yo no quiero decir nada, pero tirarse demasiado tiempo mirando por un telescopio es como estar mucho rato dándole a los videojuegos: al final uno se pone un poco nervioso y ya no sabe qué es realidad y qué no. De nuevo un ejemplo de que, cuando uno tiene muchas, muchas ganas de ver algo, al final lo ve.

Canales de Marte tal y como los veía Lowell

Pues bien, Wallace el magnífico escribió en 1907 un breve libro titulado “Is Mars Habitable?” que podéis encrontrar íntegro aquí y que era una réplica brutal a la obra de Lowell. Es una auténtica curiosidad que considero muy recomendable si os queréis echar unas risas en la que muestra una lucidez científica extraordinaria habida cuenta de lapoca información que había de Marte en aquel tiempo. En él destroza sin piedad la postura pro-marciana mediante distintos tipos de argumentos, de los cuales mi favorito es este:

He also fails to consider the difficulty, that, if these canals are necessary for existence in Mars, how did the inhabitants ever reach a sufficiently large population with surplus food and leisure enabling them to rise from the low condition of savages to one of civilisation, and ultimately to scientific knowledge? Here again is a dilemma which is hard to overcome. Only a dense population with ample means of subsistence could possibly have constructed such gigantic works; but, given these two conditions, no adequate motive existed for the conception and execution of them–even if they were likely to be of any use, which I have shown they could not be.

Tampoco tiene en consideración la dificultad de que, si estos canales son necesarios para la existencia en Marte, ¿cómo alcanzaron sus habitantes la población suficientemente grande, con excedentes de comida y recursos que les permitiera ascender desde la condición de salvajes a la de una civilización y al conocimiento científico definitivo? De nuevo es un dilema difícil de superar. Sólo una población densa con amplios medios de subsistencia pudo haber construido esas obras gigantescas; pero, dadas estas condiciones, no habría un motivo adecuado para la concepción y ejecución de las mismas -incluso si hubiesen de tener algún uso, lo que he mostrado que no puede ser

¡Qué grande!

Canales de Marte en Microsiervos

Una página dedicada a Wallace

Libros:

Wallace. El explorador de la evolución
José Fonfría
Nivola 2003
ISBN: 84-95599-75-9

Viaje al Archipiélago Malayo
Alfred Russell Wallace
Espasa Calpe, 2005
ISBN: 978-84-670-1937-7

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Publicado el 16 abril 2008 en Ciencia y naturaleza, Libros. Añade a favoritos el enlace permanente. 11 comentarios.

  1. I love Wallace!!

  2. Qué suerte tienen tus alumnos, Doc.

  3. Cómo no biólogo reconozco que sólo me suena Wallace por lo de la carta a Darwin, pero gente así es la que mola. Se podría hacer una gran serie de televisión sobre su vida.

  4. La verdad que vida, aveces pienso lo mismo que tu, me hubiera gustado ser un naturalista del S.XIX… jejeje…
    por otro lado es curioso como toda esa gente importante ha tenido Barbas, digamos, conspicuas (otra buena costumbre antigua ahora desaparecida.

  5. Felicidades, adoro cuando te pones divulgativo.

  6. Este blog pretendía tratar sobre divulgación científica básicamente… y fíjate en lo que se ha quedado.

  7. Hm, interesante el librito de Wallace, a ver si me lo leo. Hace un año y algo me tocó escribir un ensayo cortito sobre la existencia de agua en Marte. Fue muy interesante escribirlo, porque tenía poco conocimiento del asunto. Siempre que puedo, intento explorar la perspectiva histórica, y este asunto tiene bastante miga. También estuve leyendo artículos recientes, en los que intentan demostrar como pueden que una vez existió agua en Marte. El más curioso, era un modelo sobre la erosión solar. El modelo probaba que por este mecanismo no podía haberse eliminado el agua. Como hay pruebas ultracontudentes de que hubo agua en Marte (ja), concluyen que todavía andará por ahí.
    Me parto. Igualicos que el bueno de Percy.

    Creo que todavía lo tengo por aquí. Si te interesa, te puedo pasar las referencias (porque el ensayo tampoco aporta muchas novedades, que recuerde). No soy ningún experto en la materia, así que la mayoría son Natures y demás. Hay un review muy chulo sobre los canales y demás pajas mentales.

  8. Hombre, si no te supone molestia estaría bien. Es un tema muy curioso. ¡Gracias!

  9. Estupendo e ilustrativo. Gracias

  1. Pingback: Mi especie extinta favorita « Diario de un copépodo

  2. Pingback: La especie de la semana: Rhacophorus helenae, con comentario crítico sobre las especies crípticas « Diario de un copépodo

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