Archivos Mensuales: septiembre 2009

El origen de las especies: apuntes para el lector accidental (1)

cd34Después de la pausa del mes de agosto, retomo la serie de entradas conmemorativas del bicentenario de Darwin. Como sabéis, se acerca el 150 aniversario de la publicación de El origen de las especies. El 24 de noviembre de 1859 fue el día en que estuvo disponible en la editorial de John Murray, pero la firma del manuscrito cumplirá siglo y medio mañana, 1 de octubre. He pensado que estaría bien hacer un breve recorrido por la obra y comentar algunos párrafos aprovechando que me lo volví a leer hace unos meses. La entrada de mañana será una especie de “guía de lectura” o de “aviso a navegantes”, especialmente para los no biólogos que eventualmente podría darles el punto y ponerse a leerlo. En la entrada de hoy haré una introducción más breve sobre las ediciones que hay disponibles y en qué tendríais que fijaros si os apetece haceros con un ejemplar.

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Antes de nada, ahora que nadie nos oye, voy a deciros un par de cosas:

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El origen de las especies es un coñazo. No os estoy recomendando que os lo leáis.

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Una vez atraída vuestra atención con unas palabras que quizá nunca os habríais esperado de mí, procedo a matizarlas. Por supuesto que es un libro importantísimo, visionario, revolucionario y magníficamente escrito, y si me lo he leído tres veces no es por masoquismo, me parece muy interesante. Lo único que digo es que no es algo para tener en la mesilla de noche antes de dormir. Requiere concentración, algo de contexto histórico y verdadero interés por la historia de la biología. No es un libro de divulgación científica, ni una introducción al pensamiento evolutivo, y posiblemente no aprendáis nada que no supiérais. Hay muchos otros libros que sí son adecuados para estos fines y que sí recomendaría a cualquier persona que tenga curiosidad por aprender más sobre Darwin o sobre el nacimiento del darwinismo (echad un vistazo a la sección de libros de aquí). Sobre si todo biólogo debería leerse o no esta piedra angular de la biología moderna, pues hombre, pasa un poco lo mismo. Probablemente si se está familiarizado con lo que es el darwinismo, leerse el origen no vaya a aportar nada nuevo, y como ya he dicho no es una lectura ligera, que cada cuál valore lo que significa para él leer las cosas de primera mano o si es suficiente con atenerse a lo que te han dicho del darwinismo desde siempre.

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El origen de las especies es un texto argumentativo con el que Darwin intentaba convencer a una sociedad científica de que su (entonces) hipótesis de la transmutación de las especies por selección natural explicaba mucho mejor que cualquier otra teoría, evolutiva o creacionista, la diversidad de la vida. Es un texto  escrito deprisa y corriendo, en unos pocos meses, pero después de más de 20 años de runrún en la cabeza, de pensar en los argumentos contrarios que podían esgrimirse, de ponerse el barro antes de que te pique el tábano y de muchos pies de plomo por la que se le iba a venir encima. Esto hace que a ratos sea una lectura densa, y que la estructura general de la obra nos deje un poco descolocados, como veremos mañana.

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Si a pesar de todo queréis dar un paso al frente y tirar p’alante, lo primero es decidir qué “origen” queremos leer. Hubo seis ediciones del origen de las especies, y difieren bastante unas de otras. Lo normal es que si os compráis ahora una copia o la pilláis en la biblioteca sea una traducción de la sexta (y “definitiva”) edición traducida por Antonio de Zulueta en 1921. Es el texto “clásico” en nuestro idioma y con el que la mayor parte de los hispanohablantes se han sumergido en la obra del amigo Carlos. Aprovechando la coyuntura del centenario os encontraréis todo tipo de ediciones conmemorativas muy resultonas, con ensayitos introductorios, notas, y tal, que según lo que busque pueden venir muy bien. Vaya, que hay mucha variedad donde elegir, desde precios muy asequibles. Eso sí, aseguráos de que se trata de la traducción de Zulueta, que hay traducciones espantosas rondando por ahí en los típicos libros de puestos de mercadillo en los que traducen “starfish” por “pez estrella” y cosas peores. El 99% de las personas interesadas en leerse el origen tienen más que de sobra con un ejemplar de la 6ª edición decentemente traducido. En Biblioteca de Traductores pueden verse y descargarse los 3 tomos de la traducción original de Zulueta (Tomo I Tomo II Tomo III) publicada por Espasa Calpe en 1921.

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Si nos ponemos un poco historicistas hay algunas opciones muy jugosas disponibles. La primera traducción de la obra de Darwin completa al castellano (no cuenta una anterior que se hizo por “fascículos” y que no se completó) fue de 1877 y el responsable se llamaba Enrique Godínez. La editorial Extramuros ha sacado a la venta una edición facsímil de esta traducción que incluye unas cartas de Darwin al traductor en las que daba el visto bueno (recordemos que Darwin aprendió bastante español durante el viaje del Beagle), si bien su delicado estado de salud en el que siempre se escudaba le había impedido hacer una lectura exhaustiva. Esta edición es básicamente una curiosidad, aunque el ensayo introductorio es muy extenso y detallado y contiene una amplia revisión de teorías evolutivas decimonónicas que me pareció interesante, sobre todo porque está escrito también en 1877 (creo recordar) y la perspectiva que presenta tiene mucho valor. No me la he leído entera, pero creo que la traducción de Zulueta es mucho mejor.

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También habrá un porcentaje de lectores que, ya puestos, prefiera leerse la versión original en inglés. A ellos les recuerdo por enésima vez que tenemos la suerte de disponer de la obra completa de Darwin en internet, incluyendo todas las ediciones del origen, en la página de Darwin Online. Por supuesto, en vuestra librería internacional de confianza habrá también ejemplares de la sexta edición a precios asequibles.

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Los bibliófilos fetichistas estarán contentos de enterarse de que hay varias ediciones facsímiles de la primera edición en inglés. Yo me compré esta, pero hay más, algunas de ellas comentadas. Sobre qué edición leer, hay varias opiniones. Se supone que la sexta es la versión más pulida y que contiene además todo un capítulo (el séptimo) completamente nuevo, recopilando objeciones hechas a su teoría desde la primera edición. Hay quien opina que la primera edición tiene el encanto de la espontaneidad, que es mucho más fresca y que en ella Darwin es más audaz, más atrevido (Acordáos del sutil pero significativo cambio del último párrafo entre la primera y la segunda edición), y por supuesto, si alguno tiene mucho interés le recomiendo leerse, por ejemplo, la sexta edición teniendo a mano la primera, para comprobar en algunos párrafos críticos si hay diferencias o no, es un ejercicio muy interesante; se ha leído mucho “entre líneas” a partir de los cambios de una edición a otra.

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Aunque el asunto de los cambios de una edición a otra interesa sobre todo a los estudiosos, y la mayoría de nosotros tenemos de sobra con la sexta edición (y si acaso la primera para los morbosos), recientemente podemos examinar de un vistazo qué pinta tiene la “evolución” en el tiempo de este libro. El responsable de todo es Ben Fry (del MIT, creo), un experto en visualización de datos. Si cotilleáis aquí podéis hacer que aparezca ante vuestros ojos el texto completo del origen en distintos colores en función de la edición en la que aparece por primera vez. Merece la pena entre otras cosas porque nos permite darnos cuenta de cómo el propio Darwin quiso perfeccionar su obra.

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Mañana seguimos.

Hoy es el día de la blasfemia

Pues eso, que no se me ha olvidado, hoy es el “día de la blasfemia”. Esto es una especie de chorrada reivindicativa a raíz de algunos acontecimientos no tan chorras como lo del asunto de las caricaturas de Mahoma con la bomba en la cabeza y una reciente ley irlandesa que multa las blasfemias. En el día de la blasfemia se reivindica que las religiones no estén al margen de la libertad de expresión, que se acaben de una vez los tabúes.

Hay un manifiesto oficial por ahí, y muchas propuestas para practicar en un bonito día como el de hoy. Por ejemplo:

- Poner altavoces en las calles para que la gente grite sus blasfemias sin censuras

- Hacer puestecillos ambulantes donde te dan algún dulce a cambio de tu alma

- Concursos al aire libre de dibujo de deidades (Alá y Jehová incluídos)

Bueno, ya os hacéis una idea. Chorradas, como os decía. La mejor, sin duda, es el concurso de blasfemias (en inglés), que podéis mandar a blasphemycontest@centerforinquiry.net (leed las reglas).

Es un momento estupendo para confesar que a veces tengo pensamientos impulsivos autodestructivos que me hacen que me tronche de risa sin poder evitarlo.

Por ejemplo, me imagino en la ópera, durante el momento álgido de la Traviata, o algo así, y en lo que hay un silencio de tenso dramatismo yo me levanto de mi butaca y digo “¡¡MENUDA PUTA MIERDA!!”, a voz en grito, con toda la fuerza de mis pulmones. Evidentemente no se trata de que la obra fuese mala o no, sino de irrumpir cual elefante en cacharrería en una situación donde todo el mundo está guardando la compostura. De verdad que me da la risa tonta de pensar qué pasaría si hiciese eso de verdad.

En la misma línea, las blasfemias y yo tenemos una laaaarga experiencia juntos. Uno de esos pensamientos suicidas que tengo ocurre en una catedral ejpañola durante Semana Santa. Está llena de gente viendo los pasos, como una hora antes de la procesión. Alguien se ha dejado el micrófono del altar encendido. Entonces subo yo, con pasitos parsimoniosos y carraspeo un poco para atraer la atención. Con una vocecita suaaaave y benevolente, en paz conmigo y con el universo, digo algo así como “Por favor, tengo algunos avisos importantes, os ruego un minuto de atención. Os recuerdo que  con motivo de los oficios de esta semana, los horarios de catequesis se han cambiado para que todo el mundo pueda disfrutar las procesiones, podéis consultarlos en la puerta de la sacristía. Además, la reunión de los jueves de blablablabla” (me tiro así un rato) “Muchas gracias”. Hago como que voy a retirarme, pero recuerdo algo y vuelvo al micrófono, con la misma voz “¡Ah sí!, una cosita más:” (y dejándome los pulmones y el esternón en ello grito) ¡”ME CAGO EN DIOS Y EN SU PUTA MADRE!”.

Pues eso, que la cosa esta del día de la blasfemia es, evidentemente, una tontería, pero que te cobren 25.000 euros en la civilizada Irlanda por cagarte en Dios o que te cuelguen de las tripas en Irań por hacer cosas parecidas no lo son, así que, por lo que a esta santa casa respecta, tenéis abajo un bonito espacio llamado “comentarios” para explayaros a vuestro antojo. Quiero leeros blasfemar, mucho y muy fuerte, sin censuras, sin restricciones, quiero que la pantalla arda como el fuego del infierno, que las retinas duelan y que os ganéis la condenación eterna.

Hale.

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Carril ciclista de Provincetown

Recorrido del carril bici, Provincetown

Esta entrada va por Eulez, divulgador de las bondades de las dos ruedas, y por Juliacgs, que se han recorrido un buen cacho de Danubio pedaleando.

Una breve reseña sobre las facilidades que hay por aquí para los ciclistas. No es que sean gran cosa, ya que ni en el campus ni en las carreteras de los alrededores hay carril-bici como tal, pero sí se ven señales de “Share the Road” recordando a los conductores que el asfalto es de todos. No por nada son muchos los estudiantes que se desplazan en bici hasta el campus, y me consta que algunos de ellos vienen de pueblos de los alrededores que están a casi 10 millas.

Donde vimos muchas bicis fue también en Provincetown, y en general, por todo Cape Cod. Aquí si que hay circuitos muy extensos de asfalto para ciclistas, a salvo de los coches, por las zonas más bonitas del Cabo.

Carril bici de Provincetown

El alquiler de una bici en la zona es bastante caro (20 dólares todo el día), cosa que sin duda se debe a que como destino vacacional es ciertamente algo pijo (y a que no hay tampoco mucha competencia entre los pocos sitios de alquiler que hay disponibles).

Carril bici de Provincetown

Carril bici de Provincetown

El carril de Provincetown visita tanto zonas de bosque mixto como de dunas costeras, con Pinus rigida. En general está en muy buen estado y lo transita mucha gente, aunque hay partes con el asfalto agrietado. En casi todo el recorrido se está a salvo de los coches y cuando hay que cruzar una carretera te ponen un tunelcillo no apto para altos.

Carril bici de Provincetown

Sin embargo sí que hay partes en las que hay que circular por la calzada, aunque los coches se portan con la paciencia debida.

En la isla de Nantucket (menos de 30 km de punta a punta) también hay varios cariles bici que salen radialmente del puerto y que te permiten llegar a todas las playas sin tener que conducir por la calzada. El precio del alquiler estaba igual que en Provincetown.

Y aunque no viene muy a cuento, parece ser que en unos años podremos disfrutar en Madrid de un sistema de alquiler de bicis como el de Barcelona (del que me han hablado muy bien). ¡A ver si es verdad! Lo realmente patético es el nombre que le quieren poner: “Mybici”, impresionant.

¡Ah! Y que yo también soy un mal español y un mal madrileño y prefiero que los juegos olímpicos se los lleven otros.

Si James Dean siguiera vivo

Curioso anuncio que le anarroseo al exeseminarista yeyé.

La cosa es que me ha gustado. Es de una compañía de gestión de inversiones. Es lo malo de la buena publicidad, que al final un producto mundano no está a la altura de un anuncio bonito.

La rebequita: orígenes y evolución del paradigma conceptual de la ropa de abrigo de entretiempo

Moradores del blogoplancton:

Estamos atravesando ese momento del año tan entrañable, el equinocio de otoño, que marca el fin de los pantalones cortos, las camisetas de tirantes y todas esas prendas que enseñan chicha y levantan el espíritu. Se acabaron las piscinas, las raves nocturnas al aire libre y los festivales de teatro vanguardista a los que sois tan aficionados. Llegan las noches en blanco, los abrigos plumíferos y el chándal para pasear al perro con el suplemento dominical de turno y la barra de pan debajo del sobaco. Visiones horrendas, sin duda, pero a las que toca ir acostumbrándose. Es una época muy dada a ciertas situaciones como la que os voy a relatar. Seguro que muchos de vosotros habréis pasado (o seguís pasando) por ellas:

Mamá copépoda- Niño,¿y la mochila? ¿qué pasa, que te vas?

Copepodín- ¡Ah! Sí, que me voy mañana a la sierra con mis amigos-copépodos

MC- Pues, ¿podías avisar no?

C- Ya, es que se me ha olvidado

MC- Hijo, eres de un despegao, ¿Y cuándo vuelves?

C- Pues no sé mamá, cuando nos cansemos

MC- ¿Y dónde vas a estar?

C- (Molesto, en plan adolescente coñazo) Pues por ahí mamá, ¿yo qué sé? Ya veremos

MC- Qué descastao que eres, de verdad. Bueno pues al menos llévate algo de abrigo por si refresca.

C- Qué va, si aún estamos en verano, mira qué día tan bueno hace hoy

MC- Tú llévate algo, una rebequita, que nunca se sabe

Ya sabéis cómo acaba la historia. Copepodín, en un arrebato de rebeldía sesentayochesca, no se lleva nada más que una camiseta y su mamá, capaz de controlar la atmósfera como si fuese Saruman con el Paso de Caradhras, le envía una tormenta o una brisilla heladora como escarmiento. Nunca subestimes la sabiduría de una madre.

Tras sufrir esta y otras experiencias similares, todos acabamos asumiendo que la prenda ideal para llevar cerca cuando parece que no hace frío pero refresca por la noche es una rebeca (o rebequita, si se quiere hacer hincapié en lo poco probable que es que cambie el tiempo, y lo poco que pesa la prenda del “por si acaso”). Son varias las personas de mi alrededor que usan esta palabra (no la prenda, como veremos enseguida), exactamente para esa situación de tiempo cambiante, y a menudo en un tono un poco jocoso, de adolescente escarmentado, que revela el origen materno-filial del susodicho palabro.

Después de un estudio muy minucioso que acabo de enviar al Journal of Chiripitiflautics os puedo adelantar que el 96% de las personas que usan el término “rebeca” no se refieren a lo que significa en sentido estricto, sino a un concepto mucho más amplio de ropa de abrigo ligera que puede ir desde un pañuelo a una cazadora vaquera. Sin embargo, muy pocos de los encuestados sabían de verdad qué era “una rebequita”. conocer este dato no es suficiente, así que la redacción de DDUC se puso manos a la obra para llegar al fondo de la cuestión y resolver estas dos preguntas.

¿Qué es, realmente, una rebeca?

¿Cuál sería el heredero moderno de esta prenda?

Reconozco que tenía una idea vaga de qué es una “rebequita” en sentido estricto. Hay palabras que uno tiene asociadas a determinados momentos de la vida, y si me pudieran hacer un test y ver qué imagen me viene a la cabeza cuando me dicen “rebequita”, sería una visión de mi abuela (q.e.p.d.), sentada en el sofá antiguo de su casa, amarillento indefinido con estampado de flores, ella con unas gafas ochenteras enormes de pasta negra y una especie de jersey marrón, aquí acababa  mi visión, no tengo más detalles. Ese era mi concepto de “rebeca”, el jersey marrón de mi abuela.

Así pues comencé la investigación con el que pensé que sería primer y único paso: buscarlo en el DRAE (no está mal el rollo que llevo soltando para una investigación de sólo un paso, ¿verdad?), y esto fue lo que encontré:

Rebeca. 1. f. Chaqueta femenina de punto, sin cuello, abrochada por delante, y cuyo primer botón está, por lo general, a la altura de la garganta.

Bien, esto aclara muchas cosas. En primer lugar es una prenda originalmente femenina, pero a pesar de todo, el concepto se aplica también si eres varón, lo cual sólo viene a confirmar que el uso que se le da está ya muy alejado del significado primigenio.

De la descripción de la prenda deducimos que el concepto original era algo sorprendentemente concreto (que, por cierto, iría muy bien en la visión que tengo de mi abuela, porque fue leer la definición y aparecer los botonzuelos en la imagen de mi recuerdo). Concluimos además que (reconozcámoslo) es una prenda más bien fea (ahora es cuando todos los que tenéis una rebequita genuina en el armario me deseáis la muerte).

¿Asunto resuelto? De hecho no. He ocultado el encabezado de la definición porque me he llevado una sorpresa y ha provocado que esta investigación se alargue un paso más. Reza el diccionario:

(Del n. p. Rebeca, título de un filme de A. Hitchcock, basado en una novela de D. du Maurier, cuya actriz principal usaba prendas de este tipo).

¡Acabáramos! Así que todo esto de la “rebeca” viene por el nombre de la protagonista de la película de Hitchcok “Rebeca” (Rebecca), de 1940. Es decir, que hay un origen muy concreto para esta palabra. Antes de esa fecha, esa palabra tan entrañable ¡no se usaba! ¿Cómo advertirían las madres a sus criaturas sobre el frío del otoño? Ese es un misterio que dejamos para más adelante, pues no podemos detenernos ahora, estamos a un sólo click de descubrir… ¡la rebeca original!

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Y ahí la tenemos. Una de las rebecas primigenias. La actriz es Joan Fontaine, que hace de segunda mujer del protagonista tras la muerte de la primera (Rebecca). Es decir, que la tal Rebecca nunca aparece en la película, pero sin embargo el nombre de la prenda toma el de este personaje (y título de la película).

Puedo imaginarme a toda una generación de futuras abuelas volviéndose locas en la España franquista por esos jerseys de botones tan majos y tan recatados, con el primer botón en la garganta, ideales para el traicionero otoño. Galerías Preciados debió quedarse sin existencias.

Así pues, misterio resuelto, pero nos queda sin embargo una duda pendiente: en caso de que la palabra “rebeca” caiga en desuso, ¿cuál sería la que ocuparía su nicho conceptual en futuras generaciones? Después de pensarlo un rato, yo creo que la prenda que me llevo a los sitios cuando, superada la rebeldía adolescente, quiero estar preparado para un imprevisible cambio de tiempo es el forro polar (uno finito, se entiende).

Así que, queridos lectores con intención de tener prole en el futuro: si algún día vuestro retoño se pone farruquito y se va a la calle en otoño sin estar suficientemente abrigado, recomendadle que se lleve “el forrito”, aunque quizá os estéis refiriendo a un “jarfaier”.

Eso es todo.

¡Y lleváos una rebequita si salís a la calle! ¡Haced el favor!

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