Archivos Mensuales: octubre 2009

VI edición de los premios Copépodo de Oro (convocatoria oficial)

¡Ya están aquíííííí!

copepodawards2009

Un año más la Excelsa Academia de los premios Copépodo de Oro (Copepod Awards) se vuelve a constituir para convocar el certamen más invertebrado del blogoplancton que en 2009 tendrá lugar el sábado 5 de diciembre.

Para quienes no lo sepan, esta competición (a veces cruel y desalmada) tiene una sección en la que cualquier bloj puede participar. ¿El premio? Un auténtico, preciadísimo y genuino Copépodo de Oro realizado a mano por Biosfofo, el demiurgo de los copépodos. Una obra de arte que se revaloriza con el tiempo, en edición limitada y firmada por su autor, que me comprometo a hacer llegar al ganador del concurso en cualquier parte del mundo. Sin embargo, el trofeo en sí no es nada comparado con el honor imperecedero que implica haber salido victorioso de tan magno evento, como os podrán decir las ganadoras de los años anteriores.

¿Será tuyo este año?

Si quieres información sobre las bases del concurso, acude raudo y veloz a la página oficial de los Copepod Awards 2009

¡Participa y gana!

PD: El logo de este año, como siempre cortesía de mi amigo Edu,  es un homenaje al 40º aniversario del Apolo 11.

La judía de Chicago

Chicago en B&N

Tenía la idea de que hacer turismo por ciudades estadounidenses era muy aburrido. Ya se sabe: no hay mucho monumento histórico que ver, son impersonales, el centro financiero se queda desierto el fin de semana y no hay vidilla. Esa fue la impresión que me llevé de Hartford, capital de Connecticut, por ejemplo. Nueva York es una excepción, claro, porque es enorme y aunque no tenga los típicos monumentos de una ciudad europea, no deja de ser la metrópolis de referencia de la era que nos toca vivir, y no por nada es una de las ciudades más antiguas del país. Boston tiene su encanto, también es una ciudad antigua a escala yanqui, y eso se nota, pero seguro que más al oeste todas son más bien como Hartford…

Pues bien, el fin de semana pasado hubo escapada, nada menos que a la ciudad de Chicago, y todas mis expectativas se quedaron muy cortas. Me rindo ante la evidencia: en Estados Unidos hay ciudades que merecen mucho la pena, mi idea original era puro prejuicio. Chicago es una ciudad con mucha vida, con mucho estilo y con muchísimo encanto. Para las personas interesadas en la arquitectura de los siglos XIX y XX hay pocos sitios comparables: desde el neoclásico al postmodernismo, art decó por aquí, brutalismo por allá y la Torre Sears (edificio más alto del mundo hasta 1998) como guinda del pastel.

Sin embargo, de lo que os quiero hablar no es de ningún edificio, sino de una escultura que me ha gustado muchísimo. Está en el “Parque del Milenio“, una de las zonas verdes más recientes de la ciudad, abierta como su nombre indica, con motivo del cambio de milenio y que alberga, por ejemplo, un auditorio al aire libre de Frank Gehry (el arquitecto del Guggenheim de Bilbao). La escultura en cuestión es del artista indio Anish Kapoor y se llama Cloud Gate (“La puerta-nube”, o algo así).

Cloud Gate

Como veis, es un mostrenco reluciente de 10 x 20 x 13 metros y más de 100 toneladas. Tiene una estructura interna de una espuma especial y está cubierta por cientos de placas pulidas mediante una tecnología cuasi-mágica que hace que no se noten para nada las juntas. Es como una inmensa gota de mercurio caída del cielo que refleja como un espejo el cielo y los edificios de Chicago, deformándolos en función del lugar desde el que se mire.

Acercarse y rodear la “Cloud Gate” (apodada “The Bean” -la judía- por motivos evidentes) es toda una experiencia. Uno se queda embobado viendo cómo se deforman y se mueven los reflejos de la gente y de la ciudad, te llama mirarla desde todos los ángulos posibles.

Cloud Gate Cloud Gate

Cloud Gate Cloud Gate

La sorpresa final está debajo, porque la forma arriñonada permite visitar el vientre de la escultura, donde puedes seguir experimentando con los reflejos. En el centro de la misma hay una especie de ombligo que hace un efecto curioso cuando lo miras desde abajo, ya que parece como si te estuviese viendo desde el cielo.

Los críticos hablan de puertas a otras dimensiones y cosas así. Aunque suene exagerado, es imposible no pensar que a Escher le hubiese maravillado, y que sí te hace recordar los esquemas del espacio-tiempo curvándose en un agujero negro.

Cloud Gate

Ombligo de la Cloud Gate

La judía esta me ha hecho pensar. Chicago me recuerda un poco a Barcelona. Son ciudades donde se cuidan los espacios públicos para el disfrute de la gente pero sin descuidar un toque de estilo, de buen gusto y de atrevimiento con el arte contemporáneo. Como madrileño estas ciudades me dan un poco de envidia cochina. Madrid cada vez es más pijo y cada vez me da la sensación de estar más separado del día a día de los madrileños. Las intervenciones recientes que intentan ir de modernas se quedan en un quiero y no puedo, mediocre, fuera de contexto (por suerte, también hay excepciones).

La judía esta costó la friolera de 23 millones de dólares. Supongo que estos despilfarros se favorecen en el sistema estadounidense, ya que no se empleó ni un centavo de dinero público y todo fueron donaciones e inversiones privadas. Las obras de arte moderno siempre son controvertidas y debe resultar dificilísimo poner de acuerdo a todos los concejales de una ciudad para gastar el dinero público de una cosa como esta. Aún así fue una obra muy polémica (entre otras cosas porque se descubrió antes de tiempo, cuando el pulido aún no la había convertido en una superficie totalmente uniforme), pero en la actualidad es un nuevo icono de la ciudad. Me pregunto si algún día tendremos algún espacio abierto comparable, pero me imagino que un día Madrid hubiese amanecido con una judía gigante de mercurio y me da la risa floja sobre lo que hubiese pasado.

Bueno, y que si tenéis la oportunidad de ir a Chicago algún día, que sí, que vayáis, que está muy bien.

Atardecer en Chicago River

Álbum de Flickr: Chicago, IL

Enésima marca en mi expediente aeroportuario

Hay que aprovechar las oportunidades que se tienen, y como ya me va quedando poco de estancia americana (al menos por esta vez) este fin de semana hemos hecho una visita relámpago a Chicago, una pedazo de ciudad que dará próximamente para un par de entradas por lo menos.

La cosa es que tomar un avión en EEUU, aunque esencialmente no es muy distinto a tomarlo en Europa, da un poco de congoja por la fama, merecida o no, de auténticos desgraciados que se han ganado los yanquis en asuntos de aduanas, vuelos y controles. Un servidor tiene, además, un modesto expediente de elementos sospechosos de su equipaje que han sido objeto de revisión minuciosa en distintos aeropuertos del mundo: tenedores de metal, jeringuillas de presencia difícil de justificar, polvos sospechosos, bolsitas con plantas, etc.

Por eso, y sobre todo recordando la experiencia del año pasado en la que detectaron trazas de explosivos en mi equipaje a la salida de EEUU, al hacerlo para el fin de semana creí ser muy cuidadoso: líquidos en botellitas pequeñas, a su vez en su bolsa de plástico correspondiente, ropa cómoda, zapatillas fáciles de quitar, calzoncillos limpios (nunca se sabe), etc. La idea era no tener que facturar equipaje para no perder tiempo (tratándose sólo de un fin de semana), así que en mi mochila de campo me cabía todo lo necesario.

Sin embargo, por una de esas casualidades del destino, a pesar de estar completamente seguro (hubiese puesto la mano en el fuego) de que mi mochila se hallaba libre de todo objeto sospechoso y de que todo el material campero había sido retirado de la misma, mi instinto me iba a jugar una mala pasada.

Después de atravesar el arco, arrebatada mi dignidad, descalzo y con el pasaporte en la boca, mientras esperaba que mi mochila saliese de la cinta, me pregunta una trabajadora del aeropuerto muy polaitemente: “¿Lleva algún objeto afilado en su mochila?”, a lo que yo, soberbio y confiado, a sabiendas de haber sido responsable con mi deber de buen ciudadano-oveja dije con cierto retintín de suficiencia “no, no lo creo”.

La señorita, muy profesional, me pidió educadamente revisar manualmente mi equipaje, y yo obviamente le consentí que lo hiciese mientras me ponía las zapatillas. Unos segundos después me dejó atónito, ojiplático, de pasta de boniato y rojo de embárasment cuando vi que sacaba del bolsillito lateral no una ni dos, sino mis tres hermosas navajas, una detrás de otra, ante la asombrada mirada del pasaje y miembros de seguridad.

Coge la primera. Típico cuchillo plegable de mango de madera, sin punta pero afilado, ideal para cortar queso y chorizamen. Lo inspecciona, comprueba su filo, lo deposita sobre la mesa. Primera mirada reprobatoria.

Segundo elemento. Típica navaja suiza multiusos. Nuevecita. La compré el verano pasado cuando jubilé a su predecesora. Esta no la abrió, ya sabía lo que era.

Tercer objeto sospechoso, el más exótico y por lo tanto, el más sospechoso de todos. Una navaja de vendimiar. Por si no sabéis cómo son, las navajas de vendimia vienen a ser una cosa tal que así:

navajavendimia

Adquirida en el Rastro hace pocos meses en sustitución de su predecesora (igualmente confiscada en un aeropuerto por un descuido similar), también ha tenido una vida útil muy corta. La señorita abre la reluciente hoja falcada de doce centímetros con los ojos abiertos. Miradas de mosqueo del resto de los pasajeros. Me pienso si merece la pena explicarle lo útil que es para un botánico una castiza navaja de vendimiar al recolectar plantas en el campo. Decido que no merece la pena, porque obviamente es un arma diseñada específicamente para cortar la yugular a los infieles cuando le dan a uno arrebatos yihadistas.

La señorita suspira y dice que lo lamenta mucho pero que con eso no puedo subir al avión (qué educados son estos yanquis para dar malas noticias), que si las quiero facturar. Yo a esas alturas sólo espero que no se pongan a cruzar los datos del año pasado y descubran que el apuesto joven de las tres navajas y apellido sospechoso es el mismo de las trazas de explosivos del año pasado, el que tenía un porrón de sellos en árabe en su pasaporte y que encima tiene un bloj comunista, así que le digo con la misma amabilidad que haga con las navajas lo que le salga de las narices y hago mutis por la terminal de turno.

¡Ains! Qué ganas tengo a veces de volver a casa.

Nota mental: ir al Rastro a comprar otra navaja de vendimiar.

Qué mala idea

Hoy os traigo unos videos muy divertidos (traducción: estoy hasta el culo de trabajo, no tengo ningún contenido nuevo y estoy pegando lo primero que he visto en el yutú). Tratan sobre desgraciados que despiertan a otras personas a mala leche. Espero que os gusten.

¡Ah! A la izquierda tenéis una encuesta sobre la última parida que estoy considerando: nombrar oficialmente (ya lo es de facto) a Cristina López Schlichting musa y madrina de esta santa casa. La dejaré puesta una semana y luego revelaré el resultado. Después haré lo que crea conveniente, pero no votéis a la ligera, seréis vosotros quienes tengáis que soportar la mirada reprobadora de la Chiflin desde la barra lateral mientras escribís vuestros comentarios.

Os dejo de momento esperando que lleguen días mejores.

Grisón, o sobre el aborto

SOCRATOIDES: Filósofo barbudo de carácter bonachón, tiene fama de corromper a la juventud con sus tonterías.

ROUKOS: Sumo sacerdote de perpetuo ceño fruncido por las preocupaciones que le asedian

GRISÓN: Efebo de buena familia, bien educado, interesado por el porqué de las cosas aunque un poco voluble

Afueras de Ateñas, un sábado de octubre, Socratoides toma el fresco sentado en una piedra y ve venir a Roucos y Grisón con una pancarta.

.

S: Buenos días ciudadanos, ¿De dónde venís y a dónde vais con tanta prisa, si se puede saber?

R: Vamos raudos al ágora, donde hay convocada una manifestación contra el aborto. Se espera que por lo menos acudan seis o siete millones de Ateñoles.

G: ¿Vienes con nosotros Socratoides?

S: Me uniría con ganas, Grisón, pues no tengo nada que hacer pero, contadme un poco: ¿Qué es eso de la manifestación?

R: Protestamos contra un genocidio cotidiano. Millones de personas son asesinadas impunemente cada día por culpa de Zapaterocles. ¡Terrorismo en estado puro!

S: ¡Un genocidio dices! ¡Eso es algo muy grave sin duda! ¡Algo digno de una manifestación o dos! ¿Quién y cómo está matando a tanta gente a espaldas de la ciudadanía?

G: Verás, Socratoides, cuando una mujer aborta mata a su hijo no nacido, ¡pero no por no nacido deja de ser menos hijo y menos persona! Abortar es matar a una persona y punto. De ahí que Roukos hable de amenaza terrorista.

R: ¡Bien dicho, Grisón!

S: Ojiplático me dejáis, amigos, ¡qué equivocado he estado todo este tiempo!

R: Únete a nosotros, aún llegamos a tiempo.

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