Archivos Mensuales: febrero 2011

La nueva ferretería o el ocaso del macho alfa


Los niños se parecen a los padres en según qué cosas. Quizá por alguna aplicación espúrea de la ley de acción y reacción, para algunas cosas nos parecemos a ellos pero por otras podríamos ser hijos del butanero. Por ejemplo, yo aborrezco el bricolaje. Que mi padre (en adelante “Papá Copépodo”) sea un auténtico manitas, ¿es un contraste curioso o es la causa de mi desinterés hacia el mundo de las chapuzas caseras? Dejemos estas cuestiones para los filósofos y los investigadores y vayamos al meollo de la cuestión: un post sin ningún interés (dejad de leerlo si tenéis algo mejor que hacer, como cortarle las uñas al canario) sobre la ferretería de mi barrio.

Premisa: odio las ferreterías. Este odio es visceral y se remonta a los orígenes de mi existencia, a mi más tierna infancia. Papá Copépodo (que para cuando yo nací ya incluía en su curriculum haber hecho con sus propias manos los muebles del tendedero) quería que su hijito fuese un hombre de provecho el día de mañana, que no tuviese que pagar por lo que podía hacer él mismo y que disfrutara del placer del “yo me lo guiso-yo me lo como” del bricolaje. Papá Copépodo, con toda su buena intención, hacía que el joven Copepodín se despertara temprano un sábado por la mañana para ayudarle en su nueva empresa: instalar las nuevas cortinas del salón, tapizar el sofá, arreglar la cañería o incorporar un nuevo punto de luz al cuarto de baño. La tarea, que pretendía enseñar al pequeño crustáceo las bondades del trabajo en equipo y afianzar los lazos paterno-filiales acababa siendo un suplicio para ambos. Para Copepodín nada de aquello tenía sentido cuando lo que tienes en la cabeza son cosas propias de una larva de 10 años, y además siempre incluían labores aburridísimas como sostener en alto una madera horizontalmente mientras Papá Copépodo hacía no se sabe muy bien el qué. La tarea era sencilla, pero Copepodín pierde la atención, se queda mirando a las musarañas, pensando en sus cosas, sus brazos se entumecen, la madera pierde su horizontalidad y Papá Copépodo se mosquea para todo el día. A episodios como este habrá que añadir el glorioso día en el que a Papá Copépodo se le escapó la grapadora mientras hacía nosequé con ella y la grapa de marras le fue a dar a Copepodín en la mano, para gran congoja, llanto y reprimenda de Mamá Copépoda hacia su cónyuge.

Las ferreterías entran en escena como el odioso lugar cómplice de aquellas actividades malignas de sábado por la mañana. Papá Copépodo necesita, qué sé yo, un par de escuadras niqueladas de 2.5 cm y cuatro agujeros y una cajita de tacos para broca mediana. En su incesante empeño por convertir a Copepodín en un crustáceo de provecho (y después de que éste haya demostrado varias veces su completa inutilidad), le envía a la ferretería con instrucciones precisas. La ferretería, local hostil, siempre está llena de gente. Una selecta representación de bricómanos del barrio, todos muy contentos de conocerse y de hacer por sí mismos los muebles del tendedero. Son habituales, parroquianos del lugar, saludan al tendero por su nombre -Andrés- y (aquí llega el intríngulis), no necesitan esperar cola de ningún tipo porque saben muy bien lo que quieren y posiblemente tienen cuenta propia. Cuando llega el turno de Copepodín (que a estas alturas ya no se acuerda muy bien de si los tacos tienen cuatro agujeros o si las brocas son para usar con la escuadra, éste abre la boca pero el macho alfa de turno (que tiene mucha prisa para colocar la estantería), se cuela vilmente. “Andrés, pásame una caja de alcayatas del 3, anda, te las pago luego”. el tal Andrés, sin dudarlo un segundo, ignora a Copepodín (aún boquiabierto intentando acordarse del recubrimiento de las escuadras) y sirve a su amiguete la caja de alcayatas para después hablar un par de minutos sobre el acabado que le ha dado a la madera de la puta estantería. Cuando se despide de él y repara en que Copepodín aún sigue ahí, éste le pide las escuadras y Andrés, quizá porque tiene el día tonto, le replica “¿Pero las quieres para clímper o sólo son de tristación?”. Copepodín, que no ha sido advertido por su padre de la diversidad (Qué digo diversidad, ¡del universo!) de las escuadras niqueladas de 2.5 cm y cuatro agujeros vuelve a quedarse boquiabierto ante la impaciente mirada de Andrés, el tiempo justo para que otro macho alfa entre por la puerta y sin esperar su turno le pida a Andrés un tubo de silicona y dos bombillas de 50 W, quizá soltando algún “perdona, chavalín, es sólo un momento” que desde luego no espera ningún tipo de permiso. De nuevo, Andrés y el nuevo macho alfa intercambian conversaciones propias de hombres de verdad, capaces de sostener una madera en perfecta horizontalidad durante horas sin que se les entumezcan los brazos y que, además, tendrían clarísimo si las escuadras que necesitan son de clímper o de tristación. Cuando el nuevo visitante se va, después de presumir de cómo le está quedando la bañera, Copepodín ya casi ni se acuerda ni de lo que venía a comprar y ante las preguntas del tal Andrés y su paternalismo impaciene, decide adquirir las de clímper por acabar cuanto antes con aquella tortura. Un tercer macho alfa interrumpe la compra durante el pago de las escuadras y los tacos, pero parece que por fin la compra ha terminado y Copepodín regresa a casa donde comprueba que, como estaba claro, las escuadras necesarias eran las de tristación.

Quede claro que Papá Copépodo, pese a ser fanático del bricolaje, hacía muchas otras cosas con Copepodín los sábados por la mañana, como llevarle al zoo, al teleférico o al tren (a Copepodín, de pequeño, le obsesionaban los trenes), pero por desgracia para su legado y para Copepodín, nunca le supo transmitir el placer por hacerse los muebles y las chapuzas uno mismo.

Copepodín creció y se convirtió en un apuesto mozo que tuvo que buscarse los garbanzos y las estanterías por su cuenta. Sin embargo, los tiempos habían cambiado y en el intervalo que pasa entre que Copepodín tiene ganas de meterle al ferretero una escuadra de clímper por el recto y que se ocupa de las chapuzas de su solución habitacional ha aparecido una empresa alineante y globalizadora llamada IKEA, que hace que montar el escritorio desde el que ex-Copepodín os escribe estas líneas sea pan comido. (Inciso: queridos todos: montar muebles del IKEA no os hace unos manitas. Hasta yo puedo hacerlo). Sin embargo, ir a la ferretería es algo que toca hacer de vez en cuando.

A Copépodo, ya con sus pelitos en los huevos, no se le cuelan los machos alfa en la ferretería, pero aún así las sigue odiando. Odia las escuadras de clímper y los tacos rojos, e intenta que su estancia en este comercio sea rápida e indolora, aunque el tiempo es más que suficiente para descubrir que pese al éxito de IKEA, existe aún una fauna de machos alfa que van a las ferreterías y se cuelan cuando hay un niño pequeño cuya mañana de sábado se ha echado a perder por culpa de las nuevas cortinas del salón y un padre demasiado voluntarioso. Sin embargo, algo ha empezado a cambiar.

La ferretería de mi barrio es muy grande y en los últimos tiempos, además de escuadras, tornillos y taladradoras ha empezado a incluir una gran variedad de menaje de cocina y pequeños electrodomésticos. De hecho la mayor parte de la superficie del local está dedicada a estos menesteres. Este cambio de mercancía ha provocado el aumento de la frecuencia de otra especie autóctona: la maruja. De la noche a la mañana el ferretero pasó de hablar de las bondades de las regletas alargadoras a comparar qué batidora hace mejor el puré de lentejas. Las marujas exigen ese tipo de atención personalizada y la han conseguido. Este hecho acabó provocando la inclusión de un elemento extraño en la ferretería, plagada de marujas el sábado por la mañana: el número.

Al igual que en la pescadería, un panel luminoso indica el número de cliente que debe ser atendido, para lo cual tienes que sacar tu papelito de un cacharrín que hay a la entrada del local. Recientemente, Copépodo acudió a la ferretería para comprar un elemento fundamental en todo hogar español: una jamonera. Con su número en la mano (58) espera pacientemente la cola de marujas mientras piensa en cómo se va a deleitar con el sabroso manjar. De repente, un macho alfa entra como una exhalación, rebasa a la cola de marujas y crustáceos e increpa al ferretero: “tú, anda dame una caja de escuadras para tristación, que tengo la estantería hecha una mierda y le voy a hacer un apaño”. El ferretero, consciente de las nuevas reglas del juego, le responde: “coge número”. El macho alfa se queda boquiabierto, con los esquemas rotos, sin saber qué hacér. Balbucea: “¿número? ¿qué número?” las marujas le señalan voluntariosamente la rueda. el macho alfa coge número: 68. Mira al lector: 51, y un rictus de pánico e indefensión se apodera de su rostro. Ojalá Copepodín pudiese verlo.

Reforma en el acuario (4). Ciclo del nitrógeno


El contenido de esta entrada es consecuencia de tres factores. El primero, que mi afán por dar forma al nuevo acuario sigue su curso, y ya tocaba contar cómo ha transcurrido lo que se conoce como “ciclado” del acuario. El segundo es que la entrada más vista de la historia de este bloj es una relacionada, precisamente, con el ciclado de los acuarios y el establecimiento del ciclo del nitrógeno en el mismo. Esa entrada correspondía a cómo fue el ciclado del acuario en su fase anterior, pero el proceso estaba explicado muy por encima y he pensado que esta es una buena ocasión para hablar con más detalle de este tema, aparentemente tan solicitado. Por último, este mes estrenamos el Carnaval de Biología, y como el tema propuesto es “las bacterias“, ¿Qué mejor tema para participar en el carnaval que mostrando el trabajo de las bacterias en el acuario? Pues nada, vamos allá.

Un acuario es un sistema absolutamente artificial. Su prevalencia en el tiempo dependerá siempre de las atenciones y los cuidados de su dueño, desde el aporte de comida a los peces, la luz adecuada para las plantas, los cambios de agua, etc. Sin embargo, en su aspiración de representar una porción de un ecosistema real, sí que es cierto que determinados procesos ecológicos tienen lugar en el acuario como en la naturaleza, por ejemplo, la fotosíntesis que realizan las plantas oxigenan el agua permitiendo a los peces respirar, o también la circulación de ciertos elementos como puede ser, el nitrógeno.

El nitrógeno está presente en todos los seres vivos. Forma parte de todos los aminoácidos (y por lo tanto, de las proteínas que éstos forman) y de los nucleótidos de los que están compuestos los ácidos nucleicos. En la materia viva, el nitrógeno se encuentra normalmente en forma reducida, como grupo amino o imino, pero en la naturaleza es habitual que el nitrógeno pueda encontrarse en formas oxidadas (por ejemplo, como ión nitrito o nitrato) y, más habitual todavía, como nitrógeno gaseoso, formando el 78% de la atmósfera. Cómo el nitrógeno pasa de unas formas a otras, se recicla, se expulsa y se incorpora a la biosfera es un proceso complejo que se denomina, predeciblemente, ciclo del nitrógeno.

Ciclo del nitrógeno, en general

Visión esquemática del ciclo del nitrógeno

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Cosas que aprendí en Madagascar sobre la burbuja del cebú


Seguramente habréis escuchado o leído en anterioridad referencias al “mito del buen salvaje”. Si bien en nuestros días se le suele poner lo de “mito” durante mucho tiempo, la idea del “buen salvaje” fue un tópico muy extendido entre los occidentales, que pensaban que de forma ancestral las comunidades humanas vivían en perfecta armonía con la naturaleza, todo era prístino y maravilloso, y así se mantuvo hasta que el malvado desarrollo vino a cargárselo todo. Por extensión, aquellas comunidades humanas que aún viven igual que hace 10.000 años, por ejemplo en las selvas del Amazonas o Nueva Guinea, son igualmente representaciones de este estilo de vida ancestral y no puede haber mejor interacción hombre-naturaleza que la que se da en estos pagos. Abusando un poco de este mito, también hay tendencia, incluso en la actualidad, a asociar los “usos tradicionales del terreno” con una relación excelente con los recursos naturales, permitiendo su renovación y la felicidad de las personas.

Ni qué decir tiene que esto no siempre es así, y que si bien en muchas ocasiones los usos tradicionales son mucho más sostenibles y deseables que los actuales, no faltan ejemplos en los que el ser humano ha demostrado su capacidad destructora desde mucho antes de las autopistas de peaje, el AVE y las redes WiFi. Un triste ejemplo de cómo los “usos tradicionales” del terreno pueden resultar horriblemente destructivos en contextos históricos modernos lo podemos encontrar en Madagascar y en uno de los elementos más importantes de la economía de este país: el cebú.

Cebú

Un puto cebú (Bos taurus indicus), pieza clave de la economía malgache

El cebú es una subespecie bovina, supuestamente derivada de los uros que habitaban el sur del continente asiático hace 8000 años. Se les reconoce muy bien por su gran tamaño, cuernos amenazantes, papada colgante y una característica joroba. A los pocos minutos de llegar a Madagascar se empiezan a ver cebúes por los caminos, los campos de arroz y las carreteras, y así se siguen viendo por todas partes y durante todo lo que dure la estancia. No se sabe muy bien cuándo se introdujo esta res asiática en Madagascar, pero muchos otros países del este de África también adoptaron a estos animales como ganado preferente, aunque su penetración en la cultura de Madagascar es especialmente notable.

Rebaño de cebúesLos cebús son relativamente versátiles: son excelentes animales de carga (y para muchos miles de malgaches su medio de transporte principal), su carne y su leche son comestibles y de su piel y huesos también se saca provecho. Sin embargo, dicha carne de cebú se consume sólo en determinadas ocasiones y la leche no es que sea ninguna maravilla, y si bien tiran de carros que da gusto verlos, raramente serán necesarios más que un par de ellos para una familia normal. A pesar de ello, la cría del cebú es una auténtica obsesión en Madagascar. Se ven por doquier rebaños enormes de estos tremendos bóvidos sin que aparentemente tengan otra función más que simplemente estar, y como veremos comprometen el tiempo y los recursos de una parte enorme de la población. ¿Y por qué? Porque por encima de todo, por encima de su valor tractor y alimenticio (y de forma parecida a como ocurre en otros países), los cebús son símbolo y ostentación de riqueza, son los ahorros familiares, los planes de pensiones y la dote de las hijas. Los cebús son, por encima de todo, la moneda del país.

Durante mi visita a la isla, por más que escuchara anécdotas y tradiciones relacionadas con los cebús nunca dejaron de resultarme sorprendentes, cuando no totalmente absurdas. A los occidentales nos resulta muy difícil entender a qué viene tanto afán de ahorrar y gastar dinero en la compra y cría de animales enormes que exigen un espacio, un cuidado, un pastoreo y una roturación del terreno constante sin que ello reporte ningún tipo de beneficio directo. Los ganaderos crían y compran cebúes sabiendo que no se los van a comer y que nunca tendrán una cantidad de carros tal que necesiten decenas o cientos de reses. simplemente los crían como quien ve crecer sus inversiones en bolsa (quien las tenga), aunque ciertamente contiene un gran significado puramente cultural. No podemos hacernos una idea de las sensaciones que despiertan entre los malgaches un saludable grupo de cebús caminando apaciblemente hacia el río para beber.

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Dos vídeos con copépodos


Casualidades de la vida, en apenas unas horas he podido ver dos vídeos en los que los copépodos llevan algún peso protagonista (aunque en ninguno de los dos casos salen mal parados). Por alusiones , y porque son interesantes, los pongo aquí con todo el morro.

El primero es una secuencia en la que una Utricularia devora a un copépodo. Las utricularias son plantas acuáticas de la familia de las lentibulariáceas que desarrollan unas vesículas de alrededor de un milímetro de diámetro (utrículos), que ante determinados estímulos se llenan violentamente de agua atrapando al animalillo del plancton que haya tenido la desgracia de estimularla. Esto es lo que se va a ver en este vídeo, aunque la verdadera gracia es que el proceso está ralentizado diez veces, con lo que nos hacemos una idea de lo vertiginosa que es la captura. Gracias a las técnicas de vídeo en alta velocidad se ha podido, por primera vez, estudiar en detalle el mecanismo físico del cepo. Podéis echar un vistazo al artículo original aquí. Básicamente el utrículo en reposo mantiene una tensión con sus paredes y cuando el estímulo adecuado se produce en los filamentos de la entrada, se produce una violenta succión. El mecanismo parece sencillo, pero los físicos le sacan mucha chicha que a mí se me escapa.

(Vía Amazings)

Figura del funcionamiento del utrículo.

El otro vídeo es uno desarrollado por la Universidad de Vigo para explicar lo que llaman “hipótesis de alarma contra ladrones”, una posible explicación de la bioluminiscencia de las algas microscópicas Noctiluca. Como lo explican muy bien en el vídeo, casi que lo dejo.

Me han encantado lo bonitos que les quedan los copépodos. Podéis ver otras piezas parecidas realizadas por el grupo Divulgare.

Gracias a Cendrero y a Evovagario por los avisos, aunque sean para ver desgraciados congéneres siendo devorados sin piedad.

ACTUALIZACIÓN: Jciczgz nos presta unos vídeos que grabó en su microscopio en los que se ve agua de una charca con muchos copépodos y algún que otro rotífero. Se ven además varias hembras con los sacos de huevos tan característicos  de los copépodos. ¡Gracias!

El largo, largo camino a los Apalaches


Si te gusta caminar, Estados Unidos es un buen país. También lo es si te gusta Kafka, las armas o el surrealismo aplicado a la vida cotidiana, pero si disfrutas de largas caminatas por el campo, en yanquilandia encuentras todos los senderos y rutas que puedas imaginar, perfectamente señalizados, bien cuidados y mantenidos, asociaciones de senderismo, guías, grupos, facilidades etc. Ya se sabe que es gente a la que le gusta mucho cuidar lo suyo.

Como para todo hay clases, (incluso para los senderos), supongo que si hubiese que destacar algunos senderos a pie (no me valen aquí las carreteras asfaltadas famosas) del país, la gente que entiende nos saldría con la triple corona del senderismo en EE.UU., a saber, el de la Cuerda del Pacífico (4300 km), el de la Divisoria Continental (5000 km) y el de los Apalaches (3500 km). No es que los europeos tengamos mucho que envidiar al respecto: algunos de nuestros grandes recorridos superan los 10.000 km, pero hoy toca hablar de aquello que hay al otro lado del charco, al menos para empezar.

La triple corona del senderismo estadounidense

Concretamente me apetece hablar del último de ellos, el Sendero de los Apalaches (Appalachian Trail), porque salió hace poco en la prensa por un motivo curioso del que hablaré luego, y porque (qué le vamos a hacer) me trae muchos recuerdos.

Mapa del Sendero de los Apalaches (fuente)

 

The Appalachian Trail

Otoño en Vermont Cima de Table Rock

Fotos de 2008 y 2009 de lo que se puede ver por el “Appalachian Trail” a su paso por Vermont y Maine. La primera vez nos costó mucho dar con él, porque a pesar de que uno se espera algún tipo de calzada de losas amarillas, al final es un humilde caminillo. Impresiona pansar que son más de 3000 km de recorrido ininterrumpido.

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