Archivos Mensuales: octubre 2011

VI Carnaval de Biología (Recapitulación)

Pues parece que fue ayer cuando anunciábamos el comienzo de la VI edición del Carnaval de Biología, pero el fin del mes de octubre ha llegado y toca prepararse para la siguiente edición. Durante las últimas semanas un total de 20 blogs distintos han querido participar en esta iniciativa de divulgación científica, ¡varios de ellos con más de una entrada! hasta un total de 27 posts de distintos temas.

A continuación os dejo con los enlaces a las entradas de esta edición y os recuerdo que en unos días comenzará la siguiente, que durante el mes de noviembre alojará el blog Curiosidades de la Microbiología.

¡No puedo creer que sea un sustrato para plantas!


Hoy vamos a hablar de plantas creciendo en sitios raros. Raros de narices.

ResearchBlogging.orgTenemos por costumbre ver que las plantas crecen en el suelo, hundiendo sus raíces en el sustrato y obteniendo de esta forma el agua que necesitan. Una planta arrancada del mismo se acaba muriendo cuando sus tejidos se secan. Sabemos también que las raíces pueden llegar muy profundo, de forma que la hidratación de la planta se garantiza aunque el suelo esté seco superficialmente. El suelo actúa como un reservorio de agua, como una esponja capaz de retener la humedad incluso cuando ha pasado mucho tiempo sin llover. Vivir en un buen suelo es una garantía, o al menos una ayuda, contra la sequía.

Sin embargo, las plantas no siempre viven en el suelo. Cuando eso ocurre, uno de los desafíos fisiológicos que deben asumir es el de la carencia de agua. Por ejemplo, ¿Cómo es vivir sobre una roca? Las rocas pueden ser más o menos impermeables o porosas, pero por lo general, después de un chaparrón, se secarán mucho antes que el suelo, donde a pocos centímetros seguirá habiendo agua. Una planta capaz de vivir aquí debe ser oportunista, aprovechar los momentos propicios para hidratarse y metabolizar y ahorrar y reducir gasto cuando no hay disponibilidad de agua. Hay dos estrategias muy comunes entre las plantas rupícolas.

La primera es la suculencia, es decir, desarrollar tejidos de acumulación de agua. Esto no lo hacen sólo las plantas rupícolas, sino todo tipo de plantas sometidas a sequías de diverso tipo, pero es muy habitual entre plantas rupícolas. Es una estrategia “ahorradora” basada en el gasto bajo y la acumulación que permite que los tejidos estén siempre hidratados (de otra forma la planta moriría).  Una segunda opción es la poiquilohidría. Las plantas no vasculares (musgos y plantas afines) y otros organismos -aunque no sean plantas- como los líquenes, simplemente evaden la “lucha fisiológica” contra la sequía: permanecen en criptobiosis mientran no hay agua y aprovechan los instantes de lluvia para, rápidamente, hidratarse y metabolizar mientras puedan. Pierden agua muy fácilmente y apenas pueden estar metabólicamente activas lo que dura la humedad ambiental, pero por otra parte, no sufren si pierden todo el agua de sus tejidos. Es una estrategia “estoica”, de utilizar según disponibilidad.

 

Plantas rupícolas en acción. Tanto esta tabaiba (Euphorbia balsamifera) como esta almohadilla de musgo (Grimmia pulvinata) son capaces de prosperar sobre roca desnuda, viviendo sólo de la escasa agua de escorrentía, aunque siguiendo dos estrategias distintas. La tabaiba almacena agua en sus tallos, el musgo aprovecha los intervalos favorables y permanece en criptobiosis cuando no llueve.

La siguiente vuelta de tuerca serían las plantas epífitas. Plantas capaces de vivir sobre otras plantas (generalmente, troncos o ramas de árboles). Este medio es aún más difícil desde el punto de vista del balance hídrico. La madera es bastante impermeable y suele disponerse en vertical, además de estar más expuesta a los vientos que una roca a ras del suelo. Por lo general, el ambiente epifítico es más duro que el rupícola, y sólo será posible la supervivencia si las precipitaciones son suficientemente frecuentes o si hay nieblas húmedas capaces de asegurar la hidratación de las plantas.

Por ejemplo, en la Península Ibérica es relativamente frecuente ver musgos en los troncos de los árboles (estrategia estoica, recordemos). En zonas muy, muy favorables, donde llueve mucho, de forma excepcional vemos plantas vasculares creciendo de forma epífita, como algunos helechos y crasuláceas.

 

Imágenes del Parque Natural de los Alcornocales (Cádiz), donde la alta pluviosidad y las niebas permiten ver, no sólo multitud de musgos epífitos, sino también helechos y otras plantas vasculares creciendo sobre la corteza de estos árboles (algo muy inusual en nuestras latitudes). Por ejemplo, en la foto de la izquierda se ven helechos del género Polypodium y la crasulácea Umbilicus rupestris sobre alcornoque. A la derecha, Davallia canariensis. creciendo sobre un tronco de quejigo andaluz.

Por supuesto, en los trópicos esto es diferente. En muchos lugares llueve tantísimo, que las plantas tienen muy fácil la vida epífita porque ni siquiera en esas condiciones tan extremas en las que el sustrato no acumula nada de agua van a sufrir ningún tipo de sequía. Las plantas epífitas tropicales pueden seguir alguna de las estrategias mencionadas (la ahorradora o la estoica), pero a veces ni siquiera es necesario. En muchos lugares las plantas epífitas pueden alcanzar tamaños y desarrollos tremendos que son totalmente imposibles en otros lugares del mundo. Cuando se vive en la opulencia (de agua) no es necesario ahorrar ni andarse con remilgos.

 

Epifitismo extremo en los trópicos. Un helecho (Asplenium nidus) del tamaño de una mesa camilla en Madagascar y algunas bromeliáceas en Cuba.

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¿Es peligroso dormir con plantas?


¡Por supuesto que sí! Pero quizá no por lo que tú te crees.

Muchas veces habréis oído entre esos consejillos seculares que se remontan a los albores de la civilización que no hay que dormir con plantas en el dormitorio. Al parecer “te roban el osígeno” y “te asfisias“, (probablemente de forma irreversible). La gente que me lo advertía me aconsejaba también que no comiera nada (¡NADA!) después de beber un vaso de leche: “a la leche, nada le eches”. Curiosamente sí podía optar por comerme lo que me diera la gana y ayudarme con la leche después, y es que al parecer el estómago humano tiene la capacidad de guardar memoria de qué te has tomado primero aunque luego se te mezcle todo. Cuando comentaba estas cosas se me respondía que no cuestionara “a los antiguos” que ellos “sabían mucho”.

Como somos muy desobedientes, vayamos al turrón. ¿Qué hay de cierto en los riesgos de tener un ficus en la habitación donde dormimos? Bien, empecemos diciendo que, efectivamente, las plantas respiran. Consumen oxígeno y liberan dióxido de carbono igual que todo hijo de vecino. A veces se dice que las plantas hacen fotosíntesis por el día y respiran por la noche, y como el balance gaseoso de ambos procesos es inverso (la fotosíntesis libera oxígeno y consume dióxido de carbono) da un poco la sensación de que los vegetales son un poco ciclotímicos o que tienen un rollete Dr. Jekyll/Mr. Hyde que no hay quién entienda. Esta idea se ve reforzada por esquemas como este que plagan los libros de texto.

Hoygan,  este esquema es parcialmente incorrecto. No lo usen en su tarea sin leerse todo el texto.

¡Qué cabronas las plantas! Por el día van de buen rollito y por la noche, ¡zasca! te roban el oxígeno. ¿Y esto por qué? ¿A qué se debe este doble intercambio tan contradictorio? Pues a que los procesos que los provocan son independientes y tienen además una historia biológica separada.

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El código de Melbourne


(novela de Dan Brown generada al azar gracias a esta simpática página)

ResearchBlogging.orgNo me he resistido a dejar este título sin más explicación porque le da un aire muy esotérico y browniano al post, pero no, me temo que no vamos a hablar de nada misterioso ni paranormal. O bueno, quizá sí. Allá por 2008,  lancé al aire una pregunta premonitoria que ha resultado cumplirse. Me refiero al post “Latinajos y malas hierbas“, que trataba sobre el uso del latín en la botánica.

La botánica es de los pocos campos del conocimiento que puede decir que aún hoy en día exige el uso del latín en una parte de su desarrollo. No me refiero al hecho de que los nombres científicos suelan darse en forma de binomios latinos o latinizados. A fin de cuentas eso también pasa en la zoología y tiene sólo efectos formales de nomenclatura. Un nombre es sólo una etiqueta, un significante vacío en sí mismo. Podríamos llamar a la especie humana Homo stultus o “AX-564″ que nos daría exactamente igual a efectos del trabajo de la biología siempre y cuando todos lo llamásemos igual. En lo que la botánica sigue siendo tan latinista como Benedicto XVI es que cada vez que se describe una especie nueva, la publicación debe incluir una breve diagnosis en latín de forma obligatoria. Es decir, el texto de la descripción puede estar en inglés, español, ruso o chino, pero entre otros requisitos formales, después de la asignación del nuevo nombre, debe haber unas líneas en latín que expliquen en qué se diferencia la nueva especie de las que son más similares. Y en su día puse este ejemplo.

McCallum, D. A. & Balkwill K. (2004) A new species of Ocimum (Lamiaceae) from Swaziland. Botanical Journal of the Linnean Society 145: 379-383)

Esta norma se explica, por supuesto, como una herencia histórica de los tiempos en los que el latín era la lingua franca de la ciencia, como hoy puede serlo el inglés. En su momento se trataba de una norma de carácter práctico y no de un capricho snob. Sin embargo, conforme el inglés fue convirtiéndose en la lengua de referencia y el latín desaparecía de la educación occidental, esta norma empezó a convertirse en un dolor de cabeza para muchos. Es muy habitual leer entre los agradecimientos de las publicaciones de taxonomía botánica que Fulano o Mengano prestó ayuda con la diagnosis latina, y es que cada vez son menos los profesionales que pueden solventar sin ayuda este requisito. Los más perjudicados resultan ser los botánicos de países no occidentales, cada vez más pujantes en cuanto a publicaciones científicas, pero en los que el estudio del latín nunca ha tenido presencia en la formación académica. Lógicamente, para muchos nostálgicos, esta norma era además seña de tradición, pero ya se sabe que las tradiciones no aguantan para siempre…

Este verano ha tenido lugar en Melbourne el XVIII Congreso Internacional de Botánica, uno de los acontecimientos más sonados del campo (ya veis que desde 1900, en el que fue el primero, sólo han tenido lugar 18, lo que los hace más exclusivos que las olimpiadas). Uno de los saraos ineludibles de este congreso es que se reúne la Sección de Nomenclatura, cuyos miembros son los únicos que tienen potestad para cambiar el Código Internacional de Nomenclatura Botánica (CINB), el que recoge la normativa para la correcta denominación de las especies. De hecho, este código suele llevar el nombre de la ciudad donde se celebró el último congreso. Como os contaba en 2008, el código vigente es el Código de Viena, resultado del congreso de 2005. Por lo tanto, ya os habréis dado cuenta de a qué responde el título esotérico del post.

El Código de Melbourne, que entrará en vigor en 2012, incluye novedades [1]. Bastantes. Supone un paso importante en la modernización del código de nomenclatura de las plantas, y modifica algunas de esas tradiciones que tarde o temprano iban a caer.

  • Para empezar, se le cambia el nombre al código. El antaño conocido como “Código Internacional de Nomenclatura Botánica” pasará a llamarse a partir del año que viene “Código Internacional de Nomenclatura de algas, hongos y plantas“. Esto es bastante irrelevante, pero de alguna manera se formaliza que el código se hace cargo de los nombres de algas y hongos por tradición y estabilidad, pero que, evidentemente (y como se sabe desde hace mucho), ni los hongos ni la mayoría de las algas son plantas.
  • Un hongo, un nombre” y “un fósil, un nombre“. Hasta la fecha, existían un par de lagunas en las cuales una misma especie podía recibir dos nombres distintos. Una de ellas eran las distintas formas (anamorfo y teleomorfo) que podían presentar los hongos en función de su estado reproductor, a menudo difícilmente correlacionables. Como este escollo cada vez es más fácil de salvar gracias a la genética, es lógico que se acabe con la laguna, fuente de confusión. Algo similar ocurría con los fósiles, que si eran de distintas partes del organismo, en ocasiones han recibido nombres diferentes. Este código acaba con ambas excepciones.
  • Publicaciones electrónicas. Hasta ahora, uno de los requisitos para que las publicaciones formales de nombres científicos fuesen válidas era su publicación impresa. De nuevo, esta especificación se hizo para asegurarse de que no se admitirían publicaciones manuscritas, sin considerar que algo como internet haría su aparición. Este código se adelanta al de zoología y se convierte en el primero de los dos que admite publicaciones exclusivamente electrónicas.
  • Bases de datos para nombres de hongos. Como experiencia piloto, una nueva señal de la adaptación de la taxonomía a herramientas en línea muy valiosas. Uno de los problemas seculares que arrastra la nomenclatura es la ausencia de bases de datos centralizadas de nombres. Eran impensables en el pasado, pero la cosa ha cambiado. Los primeros organismos que estrenan esta norma y cuyos nuevos nombres deben inscribirse en una base de datos centralizada oficial son los hongos. La base se llama MycoBank.
  • Modificación del requisito de la diagnosis en latín. El cambio más esperado (o temido). A partir de 2012 no será obligatorio que la diagnosis de las nuevas especies sean en latín, sino que podrán ser en inglés o en latín, (pero sigue siendo un requisito indispensable para que el nombre sea válido) con lo que esta solución salomónica posiblemente deje contentos a todos.

Como podéis comprobar, algunas novedades tienen cierto calado y son muy beneficiosas. Es lógico que un normativa como esta cambie lentamente, porque la efectividad de un código de nomenclatura está en su estabilidad, en poder usar los mismos nombres ahora que en 1735 o en 2503, pero no debemos olvidarnos de que los nombres son “sólo” eso, nombres, etiquetas. Los actuales códigos nomenclaturales de los organismos, derivados de Linneo, han demostrado ser bastante solventes manteniendo la estabilidad de un código necesario para la comunicación entre generaciones. En cuanto al asunto del latín, ¿Es relevante el cambio? El tiempo lo dirá. Es cierto que hoy puede ser un incordio recurrir al latín para publicar una especie nueva, pero si qusiésemos poner en perspectiva la labor de los taxónomos en un número muy largo de siglos, quizá el hecho de que haya varios idiomas de referencia acabe con la presencia de diagnosis en latín, inglés, chino o swajili, que era precisamente lo que la normativa quería evitar. Hoy por hoy, sin duda, para la mayoría de los autores va a ser mucho más práctico escribir la diagnosis en inglés. Eso no quiere decir que el latín vaya a dejar de ser necesario para bucear entre la bibliografía antigua cuando toca desenmarañar conflictos nomenclaturales, que haberlos, haylos, y a veces su resolución pasa ineludiblemente por entender las diagnosis latinas.

Referencia:

[1] Miller, J., Funk, V., Wagner, W., Barrie, F., Hoch, P., & Herendeen, P. (2011). Outcomes of the 2011 Botanical Nomenclature Section at the XVIII International Botanical Congress PhytoKeys, 5 DOI: 10.3897/phytokeys.5.1850

El “regreso” de dos viejos conocidos


ResearchBlogging.orgEn los últimos días hemos podido leer incluso en la prensa generalista un par de (buenas) noticias relacionadas con el redescubrimiento de dos especies que se daban por extintas en la Península Ibérica: una leguminosa y un ortóptero. Es muy interesante ahondar en las circunstancias de estos felices hallazgos porque dejan muy claro que no hace falta irse a selvas ni océanos lejanos para hacer contribuciones interesantes y relevantes para la conservación de la biodiversidad.

 

El primero de los casos es el del llamado “garbancillo de Tallante” (Astragalus nitidiflorus). Se trata de un miembro del género Astragalus,  leguminosas con casi 3000 especies y que en nuestra flora están representadas por más de 40 taxones, de los cuales nueve son endémicos. Muchos los conoceréis porque son leguminosas muy características, rastreras, a menudo espinosas que forman parte habitual de la vegetación mediterránea. En concreto, la historia de esta planta es muy interesante y a la vez muy breve. La recolectó por primera vez Francisco de Paula Jiménez, un botánico pionero en la herborización de los alrededores de Cartagena, en 1909 . Jiménez se la envió a Carlos Pau, quien publicó su descripción un año después.

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