Archivos Mensuales: diciembre 2011

Sexto aniversario de “Diario de un copépodo”


¡Guau!

Exacto amigos, hoy se cumplen seis años, ¡seis! de andanzas blogueras. Como siempre que llega este día me sorprendo de que este chiringuito siga en pie todavía, y posiblemente con muchos años por delante. Como sabéis, este es también el día indicado para iniciar un ejercicio introspectivo sobre lo que viene a ser mi ego.

Sin embargo, vosotros que sois lectores fieles, tampoco os extrañaréis si os digo que este año ha sido un año bastante regulero personal y digitalmente y si fuese rey lo declararía annus horribilis, pero como no lo soy, diré que ha sido un año de mierda. Por suerte, todo parece indicar que ya queda poquito para que pueda hacer mis deposiciones académicas y empezar a pensar en otras cosas. Pese a todo, sigo con falta de tiempo así que haremos un resumen rápido.

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Si por algo destaca este año bloguero 2011 en DDUC, aparte de por la sequía, ha sido por cómo se ha reflejado el creciente malestar popular en las calles. A finales del mes de enero me convertí, sin comerlo ni beberlo, en “violento antisistema” tras presenciar una injustificada violencia policial al término de una manifestación contra la subida de la edad de jubilación. Apenas un aperitivo para lo que llegaría después. Como decía, allá por el mes de marzo, tuve que echar el cierre temporal al bloj por primera vez en cinco años. Esta “criptobiosis” de seis meses sólo se interrumpió durante unos días de mayo para contar de primera mano lo que estaba pasando en la Puerta del Sol. Fueron unos días muy intensos e imposibles de olvidar y me alegro de haber realizado las mini-crónicas y de haber estado tuiteándolo en directo para los que no estábais aquí, sobre todo en esos primeros días en los que los cambios de un día para otro eran impredecibles. En el aspecto científico, este año comenzaron los “carnavales de biología” (aunque sólo he podido participar en dos, uno de ellos como “hospedador“), aunque sin duda lo más destacable es el nacimiento del JoF, la revista de divulgación científica en la que participo y con la que todos estamos muy ilusionados. Este año no ha habido viaje espectacular, aunque a falta de viajes siempre se puede intentar recrear un rincón de Brasil en el salón. Otros posts destacables que me gustaría recordar son el de “En un lugar de la Manga” , un ensayo que demuestra que la quintaesencia de España se encontraba genialmente recogida en una película de 1970 y que no hemos cambiado nada, y el ya clásico (por partida doble) post electoral: Zapatero Presidente. También fue en este año el día que se aplicó la iniciativa #S3C que fue una chorrada francamente divertida.

Para terminar, y como siempre, os agradezco a todos vosotros vuestra retroalimentación leyendo y sobre todo comentando (¡comentad, malditos!), porque si no hay nadie al otro lado, esto se vuelve bastante aburrido, la verdad. Gracias también, muy especialmente, por vuestra paciencia en esta temporada difícil con tantas patadas a la periodicidad. No está mal para un año en el que el chiringuito ha estado cerrado seis meses, pero sinceramente, esperemos que el año que viene sea mejor, en todos los sentidos. ¡No será por falta de ganas!

Lamarck no tenía razón (y Demócrito tampoco) ¡pero no tiene importancia! [cutrepost]


En lugar de volver a poner el bloj en barbecho durante los días aciagaos que me separan de realizar mis deposiciones académicas, inauguro la categoría de los cutreposts. Como su propio nombre indica un cutrepost es una idea a medio desarrollar, sin enlaces a la Wikipedia, sin apenas edición, sin la introducción para hacerla asequible al lector medio, sin dibujos molones ni citas bibliográficas. Yo dejo unos cuantos párrafos maltratados soltados al azar y allá ellos con su destino.

Periódicamente se leen titulares del tipo “Lamarck tenía razón” y vienen siempre de la mano de la epigenética. La epigenética mola, es muy chula y muy espectacular. “No tengo nada en contra de la epigenética, es más, tengo amigos epigenéticos”. Lo que no me acaba de convencer son esos titulares. El razonamiento habitual del que me quejo (que como digo renace periódicamente como el ave Fénix) es el siguiente:

Se descubre un caso más de un fenómeno mediado por procesos epigenéticos (lo que implica la herencia de información que originalmente no es estrictamente genética) por tanto la herencia de caracteres adquiridos existe. El lamarckismo implica herencia de caracteres adquiridos, por tanto, Lamarck tenía razón, Q.E.D.

Y no me hagáis mucho caso, pero a mí me da (y es una opinión personal) que esta afirmación es una gran metedura de pata, por muchas razones que se resumen en una: epigenética no es lamarckismo.

Para empezar, ni la herencia de caracteres adquiridos es exclusiva del lamarckismo (no faltará quien os saque a colación el párrafo de El origen de las especies en el que se elucubra sobre su papel en la evolución) ni es definitoria. En el lamarckismo la evolución de los organismos (además de ser lineal y gradual de acuerdo con una escala) está mediada por un “espíritu” o una “fuerza” (le pouvoir de la vie) interior de los seres vivos  que les conduce hacia su perfeccionamiento y mayor complejidad. Transversalmente, la interacción con el entorno (y sí, la herencia de caracteres adquiridos por “el uso y el desuso”) le darían su anatomía y fisiología.

Precisamente el motivo por el que el lamarckismo nunca podría ser el paradigma de una teoría de la evolución contemporánea es por la incapacidad de deshacerse de esa “fuerza interior” teleológica y ansiosa de complejidad y perfección que además nada tiene que ver con la observación de los procesos biológicos que nos rodean. Con todas sus carencias, que son muchas, el darwinismo consiguió dar un marco materialista y uniformista factible a los procesos evolutivos. Es esa la diferencia esencial entre darwinismo y lamarckismo, y no el asunto sobre la herencia de los caracteres, del que ni Lamarck ni Darwin tenían ni pajolera idea por motivos evidentes.

Pero es más, incluso aunque asimiláramos que lamarckismo=herencia de caracteres adquiridos, decir que los procesos epigenéticos a nivel molecular descubiertos en 2011 dan la razón a Lamarck me parece un abuso flagrante del lenguaje sobre algo que en el fondo es una coincidencia. Sí, una coincidencia.

Demócrito de Abdera hablaba en el siglo V a.C. de partículas inmutables e indivisibles y en efecto, seguro que se le nombra en el primer capítulo de cualquier libro de quimica, pero ¿Merece Demócrito crédito científico como “descubridor del átomo”? Yo creo que no desde el punto de vista de la ciencia moderna. Sus conclusiones nada tenían que ver con las del trabajo experimental de Dalton, que comprobó empíricamente que ciertas sustancias sólo reaccionaban en proporciones determinadas y le llevó a formular sus hipótesis de acuerdo con la experimentación. Demócrito acertó de chiripa (y además los átomos no son átomos en su sentido etimológico), y otro tanto le pasa a Lamarck con la epigenética: lo que sabemos hoy sobre procesos epigenéticos ni se basa ni se debe a ninguna aportación del lamarckismo.

Ahora bien ¿Esto importa mucho? Pues francamente, no lo creo. Está muy extendida de contar las cosas como si fuese todo un cuento de vencedores y vencidos y el pobre Lamarck anda siempre arrastrando la lacra de ser “el que se equivocó con el temita ese de la evolución”. Hay que asumir los errores como algo inevitable de la historia de la ciencia y no como un estigma para el científico de turno. Todos los grandes científicos de la historia metieron la gamba, a veces de forma espectacular. Newton soñaba con la piedra filosofal y el flogisto, Darwin la cagó intentando interpretar las glaciaciones, Pauling propuso una triple hélice para el ADN y tengo entendido que Einstein no estaba de acuerdo con algo fundamental de la mecánica cuántica, pero no recuerdo qué. Los errores no son estigmas, son parte del oficio.

Además, Lamarck hizo por sí mismo un número apabullante de contribuciones extraordinariamente valiosas que por desgracia pasan desapercibidas por el runrún de haber sido “el que se equivocó con la evolución”, empezando por la descripción de cientos de especies de plantas y un titánico trabajo sobre la clasificación de los invertebrados (incluyendo la separación entre insectos y arácnidos o la delimitación de los anélidos). Esto mismo le ha pasado a muchos otros cracks de la biología por los que siento especial devoción: Cuvier y Haeckel, y de hecho en tiempos mejores debería abrir una sección dedicada a ellos, ahora que lo pienso.

En fin. Es muy triste que con un curriculum que sólo un puñado de genios han conseguido emular se pase a la historia por un exceso de audacia, pero a las cosas hay que llamarlas por su nombre: resucitar el lamarckismo en nombre de la epigenética sería como darle a Demócrito el Nobel de Química. Póstumo, claro. A mí, o me traéis cuarto y mitad de pouvoir de la vie en un frasco, un tupper o lo que sea, o no me convencéis.

Por último, y no por ello menos importante, no hay que dejar escapar que una parte inherente de la titularitis sobre el neolamarckismo  tiene como propósito desafiar afectadamente el malvado paradigma darwiniano (grrrroannn), y este runrún es más cansino aún que el otro: la epigenética tiene mucho que aportar a la ciencia, pero no anula de un plumazo todo lo que la genética “normal” lleva ya andado.

Respuesta d) Todas las anteriores son correctas.

Genios del marketing

Como tengo el día tonto, hoy voy a soltar un par de perogrulladas que todos conocemos, pero ¡qué le vamos a hacer! es lo que toca. Cuando me da por fijarme en el mundillo de la publicidad no dejo de admirarme de su funcionamiento y sus efectos. Hay publicistas malos con avaricia, pero también hay gente buena, gente muy buena. Hay auténticos artistas que tienen un don para transmitir sentimientos y que en lugar de estar componiendo sinfonías, pintando cuadros o escribiendo poemas están dedicando todo su potencial a que consumas mierda y encima pidas más. A veces me sorprendo viendo anonadado un anuncio que más que venderme un refresco o una hamburguesa parece querer la paz en el mundo, casi me emociono y al final me tengo que avergonzar, por gilipollas, cuando descubro de qué va todo.

Cada vez con más frecuencia, la publicidad es incapaz de hacernos consumir el producto por lo que es y recurre a trucos para generarnos las sensaciones que el producto en sí nunca será capaz de darnos. Es maquiavélicamente maravilloso. Como podríamos tirarnos la vida poniendo ejemplos, me voy a limitar a un par de ellos en formato breve y dejaré para el final una maniobra de publicidad-marketing o lo que sea que realmente es para quitarse el sombrero.

Ejemplo 1: Telefónica. Y no me voy a referir al archicomentado mongoanuncio asambleario de Movistar, ni a tantos otros anuncios que dan mucho que hablar, sino a imágenes como esta, que hace unas semanas inundaban las marquesinas de las ciudades del reyno.

Tú vas tan tranquilo a tu rollo y de repente este niño tan rico y mofletudo te pregunta a ti, pobre y desgraciado transeúnte, si quieres jugar en su equipo. ¿Y quién es el guapo que le dice que no? Si la criatura te lo pide con esa carita, pues habrá que darle un gusto ¿no? Casi te imaginas el tono lastimero con el que tu sobrino, tu hijo o el niño del vecino te pide dinero para “los chuches”. Vamos, es que juegas en su equipo y le compras la pleisteision si hace falta. ¿Y qué te están vendiendo a todo esto? Pues el internet más caro de Europa o alguno de los famosos servicios de esta afamada empresa patria, pero la relación del producto con el anuncio se perdió hace mucho, mucho tiempo en el despacho de algún publicista. Te venden un concepto: el concepto de fidelidad (que es muy recurrente en tros anuncios de la misma empresa), de compromiso… ¡de pena! ¡Casi te están pidiendo que te hagas de Telefónica por pena! ¡Poniendo la cara de un niño! Ni a Matt Groening se le habría ocurrido. Fijáos en la calidad de la imagen, ¡Debió costar horas de trabajo y un indudable talento conseguirla! Este retrato ya lo querrían muchos aficionados a la fotografía en su galería (de Flickr). La foto es cojonuda, con el efecto del agua, el pelo mojado y estudiadamente despeinado. Te imaginas al chaval dándose tripazos en un barrizal y te viene a la cabeza tu propia infancia y… cuando te quieres dar cuenta te has hecho de Telefónica. Claro, imaginarte a un accionista de esta empresa que el año que obtiene su récord de beneficios quiere mandar a miles de trabajadores al paro a la vez que ofrece uno de los servicios más caros de Europa no vende mucho. Ponemos la carita de un niño y ya está. ¡A otra cosa!

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