Archivos Mensuales: octubre 2012

Esperando a Sandy



¿Quién dijo miedo?

A falta de otras novedades que añadir a mi aún embrionaria rutina, aquí llega como elefante por cacharrería el huracán Sandy. Como me consta que ha sido objeto de noticia también en España, supongo que sobran las presentaciones, pero por decirlo rápido y mal: el 18 de octubre, una borrasca caribeña tomaba suficiente fuerza como para pasar a considerarse una tormenta tropical de las que reciben nombre. Con los días acabó cogiendo rumbo norte y fortaleciéndose hasta llegar a ser huracán de categoría 1 en la escala Saffir-Simpson. A su paso por las Antillas ha dejado 51 muertos en Haití y 11 en Cuba. Hasta ahora ha continuado bordeando la costa este de EE.UU., donde acabará entrando a lo largo del lunes a la altura de Nueva Jersey. Nueve estados están en alerta, hay evacuaciones en puntos de la costa y se prevén extensos cortes en la electricidad que pueden durar días.

Obviando sus consecuencias trágicas, la verdad es que me fascinan los huracanes. Este es el tercer fenómeno de este tipo que me pilla cerca y el que más alarma está causando, y al principio no lo comprendía muy bien tratándose de un ciclón de tan “baja categoría”, con perdón.

En 2007, durante un viaje a Cuba, apareció amenazante el huracán Dean. El bicharraco, que rápidamente alcanzó la máxima categoría de la escala SS (o sea, la 5) se aproximaba por el este y las provincias más orientales de la isla entraron en alerta informativa. En los informativos, la previsión del tiempo tomó todo el protagonismo y me gustó mucho cómo los meteorólogos de la televisión cubana explicaban los porqués de los comportamientos del ciclón, cómo obtenía su energía a partir del calor del agua del mar, por ejemplo, y los efectos que podía tener en su futura trayectoria las altas y bajas presiones que hubiese a su alrededor.

Trayectoria del huracán Dean, de categoría 5, en el verano de 2007

Por suerte para nosotros, el Dean pasó de largo por el sur, aunque afectó gravemente a Jamaica y a varias regiones del Yucatán. De vuelta a España, me pasé unos largos ratos cotilleando la excelente información que hay en la wikipedia sobre series históricas , acumulación de trayectorias de distintas temporadas y demás material que os recomiendo si os interesa el tema.

Superposición de las trayectorias de todos los ciclones tropicales entre 1985 y 2005

Si examinamos esas series históricas, veremos que aunque los huracanes del Atlántico norte suelen generarse en el trópico, es muy común que sus residuos (a menudo debilitados en forma de tormentas tropicales), suban por la costa estadounidense. Así fue como en 2008 también conocí al huracán Hanna (o lo que quedaba de él), que trajo muy intensas lluvias y vientos a Nueva Inglaterra. Algo mucho menos habitual pero que muchos lectores recordarán, es que los ciclones del Atlántico norte acaben llegando incluso a Canarias o incluso a la península.

Trayectoria del huracán Hanna en 2008, ascendiendo por la costa este de EE.UU., una agonía habitual entre los ciclones tropicales del Atlántico norte

Por eso, cuando empecé a oír que se acercaba un huracán y tal, pensaba que se trataba de algo “rutinario”, pero al parecer no es así. La baja “categorización” de Sandy (que sólo alcanzó la caegoría 2 durante unas pocas horas, y que incluso perdió la categoría de huracán durante algunos días) no debe llevar a confusión. La velocidad del viento puede ser relativamente modesta en comparación con otros huracanes de mayor “gradación”, pero, al parecer, se trata de una tormenta tropical con un radio de acción extraordinariamente amplio (de más de 500 km) y con muy bajas presiones en su centro (tan bajas que en muchos puntos de la costa supondrán un récord en los registros). Además, se espera que la presencia de un bucle de una corriente en chorro convenientemente situada, le cargue las pilas aún más.

Según la previsión del Centro Nacional de Huracanes, Sandy alcanzará tierra firme después de experimentar un giro brusco, de forma que entrará de forma perpendicular a la línea de costa, algo poco habitual.

Cono de previsión de la trayectoria del centro del Sandy. Sus efectos se prolongarán varios cientos de kilómetros alrededor del mismo.

Debido la rotación típica ciclónica (antihoraria en el hemisferio norte), las zonas que queden al suroeste del ojo del huracán, soportarán vientos del noroeste, lo que va a provocar nevadas muy intensas en los Apalaches de las Virginias y las Carolinas. La parte que quede al norte del centro de Sandy sufrirá unos efectos muy diferentes. Aquí se recibirán vientos del sur cargados de precipitaciones. Esto, unido a las mareas vivas de mañana (por ser luna llena) asegura una subida de la marea de varios metros, con inundaciones más que probables por toda la costa de Nueva York y Nueva Inglaterra. Las rachas de viento y las lluvias intensas hace más que probables caídas de árboles y fallos generalizados del suministro eléctrico, que quizá se extiendan durante varios días.

Previsión de la subida de la marea, en pies

Cuando empecé a enterarme de que venía la tormenta, al principio pensabe que no sería para tanto y que se trataba de una de esas paranoias yanquis, pero para mi sorpresa la gente desde España me preguntaban también sobre el tema y la universidad acabó mandándonos un correo con un protocolo de recomendaciones a seguir, así  que no ha quedado más remedio que tomarse a Sandy muy en serio. Aquí todo el mundo da casi por seguro de que nos vamos a quedar sin electricidad (hubo un precedente muy reciente que se mantiene vivo en la memoria).

Toma borrasca

En casa tengo comida suficiente como para un asedio zombi (de una semana y pico) y todos los recipientes disponibles están llenos de agua, baterías cargadas, todo recogido, papeleo a buen recaudo y tal. Ya se ha confirmado que los autobuses no van a funcionar y que el campus estará cerrado mañana. Cuando he ido a comprar esta mañana, no puedo decir que hubiese desabastecimiento, pero sí se notaba algo de nerviosismo y algunos productos se estaban reponiendo con mucha frecuencia (agua embotellada, por ejemplo). Aparte de eso he tenido que ir a tres tiendas antes de poder comprar una linterna.

Cuando escribo esto (domingo por la noche), ni llueve ni hace viento y todo parece estar en calma. Si el Sandy va a ser tan tremendo como dicen, desde luego nada parece anticiparlo. Desde el búnker copepodil, seguiremos informando.

ACTUALIZACIÓN (30 de octubre):

Bueno, tras una noche movidita, al final ha habido suerte y por aquí no ha habido consecuancias graves. Varios cortes de luz en los alredores por árboles caídos pero poco más. Al parecer unas 40 personas han perdido la vida en EE.UU. por este huracán (que se suman a las 68 que se cobró en el Caribe) debido sobre todo a las inundaciones en las áreas costeras que se habían previsto, con mucha precisión. Devolvemos la conexión.

Austeridad española


Se cumple una semana de mi llegada al yanqui, y aunque están siendo unos días muy intensos, va tocando escribir algo. Típico post abierto a que amigos y conocidos reciban señales de vida y a que quien quiera husmee un poco y lea reflexiones inconexas que no vienen a cuento.

En resumen: que por aquí bien. Enterrado en burocracia, bastante liado por hacer un hogar del apartamento en el que he ido a parar, pero vamos, que estupendamente. Primera reflexión tonta del día: he sido consciente de cuál es el olor de EE.UU., porque nada más llegar es muy llamativa la bofetada olfativa que recibes de fritanguillas y comidas varias tan apetitosas (más que la comida de avión, desde luego) como hipercalóricas y arterioesclerosizantes. Vamos, que como bienvenida es bastante característica.

Tengo que aclarar, para quien no lo sepa, que ya conozco relativamente bien este sitio, pues estuve en sendas estancias otoñales en 2008 y 2009 acompañado por Alfie (quien en esta ocasión se reunirá conmigo con algo de demora). Esto ha sido muy importante a la hora, por ejemplo, de decidir dónde iba a poner el huevo; concretamente ha sido en Willimantic (nombre que en la lengua de los nativos de antaño viene a significar, “tierra de aguas veloces”, o algo parecido, en referencia al río).

Willimantic (que aquí se pronuncia algo así como “Güilimáni”) no es gran cosa, pero tiene su encanto. Un pueblecito tranquilo de Nueva Inglaterra, que vivió tiempos mejores pero que conserva bonitas casas victorianas y una calle principal con elementos tan destacables como una apañada biblioteca pública, un teatro y una cervecería con producción propia. También es conocido en la comarca por un museo textil de cuando la revolución industrial, una cooperativa alimentaria de productos locales y ecológicos y un puente flanqueado por cuatro inmensas ranas de bronce de cuya historia ya os hablaré en otra ocasión. Población aproximada: 17.000 almas, y algún que otro primigenio.

El puente de las ranas. Muy Lovecraft todo

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Otro que se va


Este es el típico post al que podría dársele un pomposo formato en forma de carta abierta al presidente del gobierno, al rey o a Perico el de los Palotes, pero mira, ¿a quién pretendemos engañar? Están todos muy ocupados con sus cosas (sobre todo el bueno de Perico) como para ocuparse de mis mundanas inquietudes, así que mejor lo dejamos en familia. El caso es que mañana me marcho a trabajar unos años como investigador postdoctoral al Departamento de Ecología y Biología Evolutiva de la Universidad de Connecticut. ¿Qué tengo que decir? Muchas cosas, pero si os digo la verdad, no sé muy bien cómo contarlo (y además alguno hasta se me ha adelantado); son demasiados detalles en los que pensar y muy escasa la concentración de estos intensos días de preparativos, pero algo tendré que decir, así que vamos a ver qué sale.

Para empezar, si hablamos de un investigador que se tiene que ir fuera para continuar con su carrera, quizá haya quien crea que esto se debe a la crisis y a la “particular situación española”, lo mal que está la cosa y tal… bueno, pues no. Para empezar habría que recordar que irse de postdoc al extranjero se llevaba considerando algo habitual en el “timeline” prototípico del investigador bueno que se comía sus espinacas y hacía los deberes. Yo lo sabía cuando, acabada la carrera, decidí seguir el insensato y temerario camino de la vocación investigadora. Me hablaban de los cursos de doctorado, del DEA, de la beca FPU y de la tesis doctoral, esa entelequia que por aquel entonces parecía taaaan lejana. ¡Qué tiempos aquellos! ¡Cuánta ingenuidad! Más allá de la tesis, como quien hablaba de monstruos marinos más allá de Finisterre en el siglo XII, había una cosa que se llamaba “postdoc”, y que consistía en que te tenías que ir de España para (¡ay!) para después poder volver ya como un dentífrico tutiplén, con barba y gafas, y todo eso. Desde las primeras veces que supe de este tácito acuerdo de emigración forzosa, nunca me gustó la idea, pero claro, como digo en aquel momento hubiese sido absurdo pensar en esa complicación. Pues bien, a todo cerdo le llega su sanmartín y aquí estoy yo, con mi título de doctor bajo el brazo y mi billete de avión en el bolsillo (esto es una metáfora, claro, porque el billete es electrónico y el título ni me lo han dado físicamente).

Bien, os voy a confesar una cosa, ahora que nadie nos oye. Resulta que yo soy un mal científico. Debo serlo a ojos de muchos. Un buen científico vive por la ciencia. Un buen científico no escatima el tiempo que pasa trabajando aún a costa de su vida personal, y por supuesto, un buen científico no duda a la hora de dejar toda su vida atrás y empezar de cero allá donde convenga sin pestañear. Bueno, esto puede parecer exagerado, pero hay mucha gente que lo afirma o lo promueve. Yo desde luego, no soy así. Nunca entendí que uno tenga que convertirse a los 31 años en un nómada, en un mercenario. Para mí la ciencia es un medio (uno de los varios posibles) para realizarme, pero no un fin en sí mismo a nivel personal. Durante un tiempo hubo esperanzas en que esta situación cambiaría, y aparecían aquí y allá casos ejemplares de gente que conseguía una postdoc sin salir de España. Eran una esperanza que hacía pensar que podías continuar tu carrera científica sin tener que resetear tu vida. También hubo un tiempo en el que parecía que había tímidos pasos hacia la estabilización de los postdocs retornados del extranjero, una especie de luz al final del túnel. Todo eso duró hasta que llegó la crisis y arrasó literalmente la ya paupérrima infraestructura científica española hasta convertirla en el erial que contemplamos ahora con estupefación. Hoy por hoy, las perspectivas en España para que investigadores precarios afiancen sus carreras tienden a cero y no parece que esto vaya a cambiar en un futuro cercano. Esto, sin duda, ha afectado mucho a mi decisión de irme fuera, pero hay que dejar claro que antes de la crisis ya se daba por hecho que un dentífrico “como Dios manda” tenía que irse al extranjero, aún con pocas o nulas posibilidades de reincorporación y sin rechistar.

Lo sorprendente (o no) es que estoy muy contento con mi situación. Mucho. Ansioso por tener nuevas experiencias y por cambiar de país, de costumbres y de oportunidades (después de medio año en el paro). Sí, a pesar de que siempre me temí que llegado este momento quizá me diese por mandar a la ciencia a tomar viento, estoy contento con la perspectiva de un radical cambio de aires. Me sé afortunado por haber recibido dos ofertas de postdoc antes de leer la tesis y haber podido elegir, afortunado por la oportunidad de embarcarme en un proyecto interesante, en un equipo bueno y en una zona que conozco, y sobre todo y por encima de cualquier otra cosa, afortunado porque mi pareja puede y quiere unirse a esta aventura (circunstancia sin la cual, sinceramente, no creo que estuviese tan querencioso de nuevas experiencias). No tengo más que fijarme en compañeros que han acabado la tesis en los últimos meses para comprobar que realmente debo sentirme así, porque para empezar, las postdoc del ministerio llevan sin convocarse desde 2011 y no hay indicios de que se las vaya a ver y para seguir, un tercio de la plantilla de mi ex-departamento corre peligro de ser “austerizados”.

Me voy, espero que no para siempre, aunque todos conocemos casos de gente a la que les ha ido muy bien fuera y no les ha interesado volver. No sé si es algo generacional, pero no le veo mucho sentido a hacer planes a largo plazo, prefiero disfrutar por el camino, ¿no es esa la finalidad de trabajar “en lo que te gusta”? Este es un tema curioso: nadie se mete en la investigación por el dinero, sino por otro tipo de satisfacciones. Sin embargo, conozco a mucha gente que debería ser feliz (por tener una plaza fija, por dedicarse a lo que siempre han querido, por ser un investigador y/o docente afianzado y en activo) y sin embargo no lo es. Algunos incluso derrochan amargura y no pierden la ocasión de joderle la vida al prójimo cuando tienen ocasión. ¿A qué se debe esta insatisfacción? Alguien debería hacer una tesis sobre ello, pero a mí me sirve para estar ojo avizor y no olvidar que la verdadera razón por la que inicialmente comencé con la investigación fue que me gustaba la ciencia. Hay que intentar no perder la perspectiva, y si al final me toca ponerme a plantar patatas en un huerto (muy probable), por lo menos estar satisfecho de haber disfrutado por el camino.

Todo esto responde a lo que me afecta como individuo, y como digo no sólo no me puedo quejar, sino que puedo estar más que satisfecho, pero ¿qué decir respecto a cómo nos afecta esto como país? No somos pocos los que nos vamos (que no nos vamos, vaya, que nos echa la coyuntura). Mientras España continúa hundiéndose en la mierda, expulsa por la puerta de atrás al “capital humano” (la fuerza trabajadora aún insustituible, la única capaz de generar riqueza) en silencio, casi parece que algunos suspiran con alivio al ver el goteo de jóvenes y no tan jóvenes que ya no engrosarán las cifras del paro. Igualito que los barberos aplicando sanguijuelas para curar la anemia, vamos. Si queréis leer más sobre el tema, os recomiendo la reciente serie de Rufo en cuatro partes: ::1:: ::2:: ::3:: ::4::, que lo cuenta con detalle y talento. Veremos lo que pasa en el futuro. Me he sentido hasta ahora muy implicado en las protestas y en las ganas de que las cosas cambien y espero que siga siendo así, aunque no sé si poner un océano de por medio influirá en mi percepción de la realidad social carpetovetónica. Por una parte, me fastidia irme en esta situación tan crítica, pero por otra tengo que reconocer que será un alivio librarme, al menos temporalmente, del ambiente tóxico y opresivo que se respira cada día. Como creo que las raíces de la crisis son mucho más profundas de lo que nos creemos, no espero que haya escapatoria a largo plazo a los problemas reales y serios que azotan al mundo y contra los que nos volveremos a encontrar estemos donde estemos. Sin duda vivimos tiempos interesantes, por desgracia.

Recapitulando: que me voy, apenado por unas cosas, y muy contento por otras, como tanta otra gente en mi situación. Si lo que os inquieta es lo que va a pasar con el bloj, bueno, eso al menos sí que podrá seguir como siempre, que Internet está para algo.

Hasta luego y gracias por el pescado.

Acuario: punto y seguido

Dice el bueno de Xema que con lo de los acuarios hay que tener un poco de cuidado sobre las cosas que se leen en foros de internet, porque la gente es muy dada a contar sus éxitos pero no sus fracasos. Supongo que es algo extensible a muchos otros campos.

Para no caer en la misma dinámica, hoy os voy a contar qué pasó con mi proyecto de acuario amazónico del que os hablé en ocasiones anteriores. Era un montaje en el que había puesto mucha ilusión, pero que no salió como esperaba, en primer lugar porque coincidió con un periodo de muchísimo trabajo en el que no tenía el tiempo ni las ganas necesarias para dedicar a dar forma al acuario, pero también por algunos errores de planificación y complicaciones para las que no estaba preparado.

El acuario de Río Negro, en su esplendor

La culpa de todo, además de Yoko Ono, la tiene el sustrato elegido. Se llama “Amazonia aquasoil” y no me dio más que problemas desde el primer momento. Fue un tremendo error escogerlo y en mi descargo tengo que decir que estuve mal asesorado por el responsable de la tienda de confianza. El Amazonia aquasoil será en todo caso un buen sustrato para acuarios muy plantados con mucho CO2, tipo holandés, que son la antítesis de la idea que tenía para este montaje en particular. Para empezar, suelta mucho amonio durante el ciclado (hecho que no por ser conocido, resulta menos engorroso), que se alargó muchísimo, como conté aquí. Además, y por mucho que digan en los foros, da muchos problemas de turbidez. No estamos hablando del típico tinte que dan los taninos, no, turbidez, turbidez de la buena, que dura semanas, que ennegrece y obstruye las superficies porosas del filtro biológicos y que reaparece a la más mínima alteración del suelo. Nada adecuado para peces de fondo esencialmente amazónicos como los Corydoras.

A esto hubo que añadir que lo de añadir hojarasca queda precioso, pero sinceramente, creo que no lo supe controlar. Los fosfatos se dispararon, y unido al exceso de abono del sustrato, que no era aprovechado al ritmo suficiente, porque el acuario estaba pensado con muy pocas plantas, provocó una explosión de algas verdes de las que no me pude librar sin recurrir a la química alguicida más directa. Un completo desastre.

Bueno, quizá esté exagerando: el acuario siguió dándome satisfacciones (e incluso la pareja de cíclidos enanos de Agassiz crió y todo), pero estando totalmente poseído por la fase final de la tesis, nunca pude plantearme en serio un arreglo definitivo. Como por el horizonte ya asomaba la inminente emigración a EEUU, decidí no insistir más con el proyecto de Río Negro y dejar a los peces supervivientes con unas plantas y ya está. Hoy, a pocos días de mi partida, toca decir hasta pronto al tanque que me ha dado tantas satisfacciones en los últimos años.

Los últimos pececillos, listos para ser donados a una tienda del barrio

En el futuro habrá nuevos retos acuaristas, no sé aún dónde ni cuándo, pero quería aprovechar para despedirme de él con algunas de las mejores imágenes y con el vídeo que conseguí, allá en los orígenes, del apareamiento del gourami perla.

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El gen de “porque no me sale de los cojones”


Hace ya mucho tiempo que no hablo de “actualidad”. No sé muy bien por qué es. No es nada que haya querido hacer a propósito, simplemente no me ha apetecido. No creo que tenga nada nuevo que decir. Esto no significa que no esté puteado, como todo hijo de vecino, ni que haya sufrido ningún cambio personal y que ahora me la sude todo lo que pasa. Como nos ocurre a todos, o eso pienso, las conversaciones con amigos, conocidos y fruteros están dominadas por el monotema (no confundir con los mamíferos ovíparos) y todos discutimos alegremente durante horas, si es necesario, sobre los orígenes de la crisis, los culpables, las posibles soluciones, interrelaciones con factores internos, internos y todo tipo de pajas mentales variadas. Vamos, lo que de toda la vida se ha llamado “arreglar el mundo”.

Esta actividad hay que tomársela con calma para no amargarse la tarde y para que lo que empezara siendo una quedada con los amigos se convierta en un velatorio, pero sea como sea, es curioso ver cómo con mucha frecuencia, e independientemente de con quién estés, se puede acabar reduciendo cualquier problema a una serie de “primeras causas”, así, en plan aristotélico. Después de un tiempo hablando de cualquier conflicto se llega como a un núcleo duro de cuestiones irreductibles: cooperación-deserción, colectivismo-individualismo, bien-mal, yin-yang… como si todo fuera muy sencillo y los problemas complejos se pudiesen expresar como excrecencias, tumores y metástasis de situaciones cotidianas en las que demostramos que como colectivo, como especie “somos lo peor”. Lo mejor llegado este punto es pedir otra ronda y hablar de otra cosa.

La verdad es que a veces es muy tentador pensar que realmente llevamos dentro una capacidad innata de echar a perder cualquier proyecto colectivo. Hace poco tuvo lugar una anécdota en mi comunidad de vecinos que va en ese sentido, y como no tengo nada mejor que hacer, pues os la voy a contar.

Vivo en un pequeño y añejo edificio de Madrid. Entre unas cosas y otras (viviendas vacías, consultas ilegales de homeopatía y cosas por el estilo) somos en total seis (6, six, ni una más) “unidades familiares”  que convivimos a diario. Este reducido número nunca ha sido óbice para que esta pequeña finca recuerde a la de “La Comunidad” de Alex de la Iglesia, y os podría contar algunas historias de terror, como la del moroso que debe 11.000 napos, los pleitos entre familias, los insultos en las reuniones y el día en el que nos llamaron “pobres” a mi Alfie y a mí por sugerir que nos acogiéramos a una subvención para poner de una puñetera vez un ascensor. Bien, dejemos eso para otro día. El tema de hoy tiene que ver con la basura.

Nuestra comunidad es muy pequeña y no tenemos portero. La adecuada colocación de los contenedores de basura en la vía pública y su recogida por las mañanas depende de la buena voluntad de los vecinos. Ya os imaginaréis que la cosa funciona… así así. Una de las cosas más frustrantes es ver que en el cubo amarillo (destinado a envases de plástico, bricks y demás) aparecen constantemente grandes cantidades de cartón y papel. El hecho de que tengamos un contenedor específico de papel a menos de veinte metros de la entrada al edificio me sacaba de mis casillas. El contenedor está tan cerca y es tan accesible que no me entraba en la cabeza que hubiese alguien tan sumamente huevón como para no dar dos pasos más y tirar la basura donde corresponde. Como soy un ingenuo, tendía a dar el beneficio de la duda y pensar que el culpable quizá no conocía muy bien el asunto del reciclaje, o algo por el estilo.

Yo no soy nada de llamar la atención a los demás. Nunca he sido el héroe que lee en voz alta su libro al desgraciado que tiene la música a todo trapo en el metro, haciéndole que la apague avergonzado (¿leyenda urbana?). En una ocasión, hace como doce años, tuve la osadía de señalarle a una mujer, educadamente, que no se podía fumar en el autobús y sólo recibí insultos. Asumí que el papel de desfacedor de entuertos y justiciero cudadano no iba conmigo, y así fue hasta hace un par de semanas, cuando apareció en el portal un cartel del ayuntamiento que avisaba de un nuevo calendario de recogida del cubo amarillo.

En un arrebato de civismo, y acogiéndome a un buenrrollismo y talante zapateril, decidí escribir uno de esos letreros pasivo-agresivos tan típicos de portal. Mi padre estaría orgulloso. Podría bajar y hacerle una foto ahora mismo, pero paso de que os riáis de mí, así que os haré un resumen:

“Ya que estamos, recordad que el papel y el cartón NO van al cubo amarillo, sino al contenedor azul que hay justo enfrente del portal. No cuesta nada. Gracias”

Como veis, tiene mucho de pasivo y poco de agresivo, pero aún así no ha servido de mucho. Ayer mismo, frente a la puerta, había un montón de papel desparramado. Interpreto que el basurero, hasta los mismísimos cojones de recoger papel de nuestra comunidad, decidió tirarlos al suelo. Esta misma tarde volvía a haber papeles en el cubo amarillo. Mi cartel, ahí sigue, muerto de risa.

Me hubiese gustado una respuesta, un insulto, un feedback negativo, pero no: la más absoluta y completa indiferencia es mucho más elocuente. Quienquiera que sea de las seis viviendas simplemente pasa olímpicamente de todo y sigue echando los papeles por sus santos cojones en el cubo del plástico. Y antes de que lo digáis: no, no hay abuelos ni analfabetos ni ciegos en la comunidad. Ojalá os hubiese podido relatar una historia épica en la que le subo una pila de papel a un vecino y tenemos un pollo monumental, pero os tenéis que conformar con esta historia mediocre.

La reflexión:

Si seis familias no son capaces de colaborar en algo tan sencillo, tan fácil y tan accesible como tirar la basura a veinte metros del portal, ¿tiene esperanza una estirpe cuyo porvenir quizá dependa de la cooperación de miles de millones de personas? ¿Estamos condenados a la deserción? ¿Es el hombre un lobo para el hombre? ¿Es el lobo un hombre para el lobo? ¿Existe el gen de “porque no me sale de los cojones”?

Cita autocrítica:

“Todos llevamos un inquisidor dentro”

Julio Anguita

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