Archivos Mensuales: febrero 2013

Caligrafía nacional


La divagación irrelevante del momento: ¿Se os ha pasado por la cabeza alguna vez que la caligrafía puede tener patrones… nacionales? Hasta hace unos años me había parecido que la caligrafía era más bien algo muy personal, con más variabilidad intranacional que internacional, pero acabé sospechando que sólo en parte. Una vez hablando con uno de mis amigos griegos (uno con el que empecé teniendo correspondencia en papel, ¡qué tiempos!, y que por lo tando conocía mi letra) me dijo que le hacía mucha gracia cómo escribía la “z”, por aquello de cruzarle un trazo por el medio. Nunca había pensado en aquello, pero ciertamente él no lo hacía y no parecía que nunca se lo hubiese visto hacer a nadie excepto a mí. Fijándome a mi alrededor me di cuenta de que aunque había bastante variabilidad, era corriente que la gente cruzase la “z” y el “7”. Me parecía que quizá era algún tipo de sistema para evitar confusiones con el “1” y el “2”, pero no sabía muy bien de dónde vendría aquello ni qué “fronteras” tenía esa costumbre, y sigo sin saberlo.

Por aquí por el yanqui, veo diariamente tubos, etiquetas, apuntes y notas de mucha gente, y nadie cruza el “7” ni la “z”. Además me he dado cuenta de otra diferencia a la hora de escribir el número “2”, de una forma que me hubiese parecido un tanto infantil, exagerando mucho el bucle. Al principio pensaba que era de una persona en concreto, pero llevo fijándome varios días y en secretaría, en la oficina de correos… en todas partes trazan el “2” con un bucle enorme, independientemente de la edad, el sexo la ocupación o cualquier otra cosa que no parezca ser la nacionalidad. Incluso los “6” me parecen distintos, como muy inclinados.

Evidentemente si no tuviese nada mejor que hacer, sería estupendo llevar a cabo una encuesa científica sobre este tema tan apasionante, pero mientras tanto, lo dejo caer por aquí a ver qué os sugiere.

20130216_161427

A la izquierda, el siete, la zeta, el dos y el seis como los escribo yo, a la derecha, idealización de cómo los veo escritos aquí. Ojito con el “2”, que de verdad que lo escriben así.

La nevada, sin más

BCnPb3mCUAAXz06

Parte 1. Viernes 8 de febrero, 22:45

Una de las cosas que más temía de venirme a Connecticut era el invierno. Hasta ahora siempre había disfrutado de visitas otoñales, con todo el encanto cromático de los bosques de Nueva Inglaterra listos para disfrutar. El invierno quedaba en los mitos y leyendas que me contaba un doctorando panameño y buen amigo que sufría como pocos el aislamiento del “rincón tranquilo de Connectituc” combinado con el azote de los rigores invernales. Como uno se lo venía venir, me pertreché (o me pertrecharon) de buen abrigo, botas, calcetines, ropa interior térmica, guantes, la bufanda que Marple me regaló el año pasado (y que no usé en Madrid) y el gorrito tipo aviador (que tampoco pude usar en la meseta carpetovetónica durante el templado invierno pasado). Y de esta guisa vengo disfrazándome más o menos desde finales de noviembre. Poco importa que cierta fauna autóctona se pasee por el campus sospechosamente ligera de abrigo. Ande yo caliente…

La primera nevada cayó a finales de octubre, creo. El autobús se retrasó una hora. Alguna más ha caído y me dieron la oportunidad de experimentar sensaciones nuevas, como la de mancillar con mis pisadas la nieve absolutamente virgen con la que se me recompensaba por ser el más madrugador de mi calle. La nieve es bonita, da luminosidad al invierno y tal, pero una vez que deja de estar esponjosa y liviana y se vuelve sucia y resbaladiza ya sobra. Haber llegado a esta conclusión me hacía pensar que a estas alturas ya tenía despachado todo lo que la nieve podía ofrecerme, pero ¡no! Aún me faltaba conocer cómo era una nevasca. Desde hace unos días sabíamos que hoy viernes comenzaría una fuerte nevasca, tormenta de nieve, o ventisca de nieve (palabros que hasta hace un rato nunca había usado); lo que aquí llaman blizzard y que pese a tener nombre de quitamanchas es una nevada del copón, con fuertes vientos e incluso con aparato eléctrico. Le pusieron nombre y todo, como a los huracanes: Nemo.

Lee el resto de esta entrada

Desmintiendo mitos y leyendas de la taxonomía (versión beta)


Este es un tema recurrente en esta santa casa, pero noto que incluso entre la gente interesada en biología la percepción que se tiene sobre la labor de clasificar los seres vivos sufre constantemente el mismo tipo de desconfianzas y empanadas mentales que poco a poco van ampliando mi lista de citas taxoescépticas, todas ellas malvadamente sacadas de contexto, claro que sí:

La taxonomía me pareció siempre una ciencia de segunda categoría

Los taxónomos modernos están recurriendo cada vez mas a los caracteres moleculares en vez de libros tremendamente densos

La taxonomía es como los culos: todo el mundo tiene uno

La linea de separación entre dos especies diferentes no deja de ser arbitraria en función del o de los criterios adoptados. Ni aún basandonos en criterios morfológicos mas o menos evidentes deja de ser una postura digamos que aventurada

A la gente le gusta ser el descubridor de una nueva especie, subespecie, o forma, y ponerle el nombre dedicado a su cuñao o a su mujer, por lo que hay descritas muchas más especies de las que debería

Son los propios taxónomos ‘muy analíticos’ los que describen especies y son los propios taxónomos ‘muy sintéticos’ los que las invalidan, y visto desde fuera, lo siento pero da la impresión de que el asunto es demasiado arbitrario, caprichoso y sujeto al cristal taxonómico de quien lo mire

Las clasificaciones no son reflejos de la naturaleza o la esencia de los seres vivos, ni tampoco son “descubrimientos” de grupos que están ahí. Son artificios que contruyen los humanos con una buena dosis de arbitrariedad, idiosincrasia, moda, estrategia, etc.

Toda clasificación es siempre una convención, en la actualidad la genética molecular ha desbancado a la morfología como fuente de criterios de clasificación taxonómica

¡No gano para disgustos con vosotros! ¡Me vais a matar!

Como me da la sensación de que este es un tema un poco árido por el que no mucha gente en la blogosfera hispana parece tener interés por escribir, de vez en cuando se me hincha la vena del cuello lo suficiente como para decidir escribir un nuevo post soporífero que si por mí fuese os obligaría a leer atados a una butaca y con los ojos abiertos en plan “Naranja Mecánica” (pero de buen rollo). Ya sé que os aturulla cada vez que a vuestra mariposa favorita la cambian de familia o cuando se decide que el endemismo de vuestro pueblo no merece ser considerado como tal, pero corazones, ¡es que estamos hablando de una labor muy chunga! Así que aquí os presento hoy mis nuevas reflexiones, que podrían resumirse de la siguiente manera:

Para no meter la gamba al hablar de cómo se clasifican los seres vivos, hay que tener muy claros las relaciones y distinciones entre los siguientes elementos relacionados con la taxonomía: fundamento, datos, métodos y nomenclatura. Vuestro amigo Copépodo os certifica que identificando de qué hablamos en cada momento entenderéis mucho mejor por qué ciertos aspectos de la taxonomía no son estáticos (por suerte).

Lee el resto de esta entrada

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 2.039 seguidores