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Cuatro cosas que España puede aprender de Estados Unidos


Este post es una respuesta a “4 Things America Can Learn From Spain“, del blog de Trevor HuxhamA Texan in Spain“. Trevor da clases de inglés en Santiago de Compostela y dedica su blog a contar cómo es España desde el punto de vista, quizá algo indulgente, de un estadounidense. Desde que lo empecé a leer (con motivo de una necesaria guía para extranjeros sobre los cafés, en el que tuve el honor de ser citado) no he podido evitar verlo como una especie de reflejo de mi propia experiencia a este lado del Atlántico. Resulta más fácil entender las singularidades cuando se miran con cierta perspectiva, por eso me interesa especialmente qué puede llamarle la atención de España a un visitante, especialmente si es estadounidense, porque de alguna forma es como ver el lado opuesto del salto cultural transatlántico que yo mismo experimento. Pues eso, recomendado queda.

Aquí ya he dedicado bastante a contar lo que me llama la atención de Connecticut, desde acontecimientos singulares como nevadas de 70 cm, explosiones demográficas de cigarras, la espectacularidad del otoño y una vieja monografía de naturaleza de Nueva Inglaterra. Sin embargo al hablar de diferencias culturales creo que en retrospectiva me he cebado más con cosas que no me gustaban, como la dependencia del coche o el nacionalismo universitario, y eso es un poco injusto. Así que leyendo el post de Trevor he querido hacer también un ejercicio constructivo y hacer una lista personal de cuatro cosas estadounidenses que a mí me gustaría ver más en España.

1. Vivir en un huso horario que te corresponde

Vale, a mí también me gusta esa sensación de las tardes de verano españolas que parece que no se acaban nunca, pero la temporada que llevo viviendo fuera me ha convencido de que el desbarajuste horario que tenemos no es saludable. Ya sé que esto se está empezando a tomar en serio y que quizá regresemos al huso horario del que nunca debimos salir; si acaba ocurriendo creo que será para mejor.

Vivir más cerca de tu hora solar significa levantarse con menos pereza y de forma más natural (ayuda el no tener persianas, y no sé qué fue antes, si el huevo o la gallina, pero ahora creo que las persianas opacas españolas de hermética oscuridad son un invento demoníaco). Los conceptos de “tarde” y “temprano” se acaban adelantando una hora, y a la larga (opino) contribuyen a tener un ritmo más sano: las siete de la mañana no es “temprano”, sino que durante gran parte del año (a la misma latitud que Barcelona) ya luce el sol y casi que la cama te echa. Me ocurre con mucha frecuencia que me despierto a la hora adecuada antes de que suene la alarma del despertador, y en general llevo el insomnio (que sufro crónicamente) mucho mejor que en España. Incluso en fin de semana me despierto antes y me cunde más el día.

Aunque creo que debe existir un sano término medio entre comer en 10 minutos delante del ordenador y tirarte dos horas de sobremesa, me estoy acostumbrando a comer al mediodía (al mediodía de verdad: las doce) y a cenar pronto (a las siete, si se puede). No sé si esto es la herejía celtibérica definitiva, pero la verdad es que no me parece mal sistema y no me importaría mantenerlo independientemente de dónde acabe viviendo. Paradójicamente, acostarme un poco antes de domingo a jueves también me ayuda a dormir mejor (¡sobre todo ahora con el nuevo colchón de memory foam!), y esto, para un insomne, la verdad es que vale mucho.

2. Practicar la urbanidad… o lo que sea

Porque no sé muy bien cómo llamar al hecho de que aquí veo mucho más frecuente que la gente se comporte como debe comportarse, y esto se ve en infinidad de situaciones diarias. Voy a poner un ejemplo de nuestro viaje por California el verano pasado, en el que pasamos varias noches en campings. Al contrario de la idea que yo conocía de camping detestable, lleno hasta los topes, ruidosos, y sucios, los campings californianos resultaron ser un auténtico paraíso: tranquilos, espaciosos, muy cuidados, y llenos de gente respetuosa… vamos, que casi no notabas diferencia entre estar en un camping o acampar por ahí en mitad de un State Forest (que también lo hicimos, porque está permitido y la gente no lo deja todo hecho una pocilga). Lo fascinante es que en muchos de estos campings no veías ni siquiera al propio personal de la instalación: a la entrada había unos sobrecitos y en función de las noches que ibas a estar tú metías tu dinero en el sobre y lo dejabas en un buzón. Punto. Ahí nadie comprobaba si metías la cantidad justa ni si hacías un simpa. Este sistema en España se colapsaría en una semana, vamos, ¡es que hasta dudo que no nadie se llevarase el buzón lleno de sobres!

A este tipo de detalles me refiero: la mayoría de la gente cumple con una serie de normas básicas de convivencia, con mucha menos tendencia a la picaresca, el engaño o la falta de consideración. En mi recientes vacaciones en Madrid del mes pasado hubo muchas cosas que me llamaron la atención muy negativamente, unas más tópicas que otras, empezando por el ruido animal que había en la propia terminal del aeropuerto donde salía el vuelo (plagado de españoles gritándose unos a otros sin motivo) y acabando con camareros realmente maleducados con los que casi había que disculparse por pedirles que hiciesen su trabajo. Quizá ninguna de estas actitudes me hubiese extrañado mucho hace unos años, pero supusieron un curioso contraste con la amabilidad americana, que aunque a veces es excesiva, contribuye a hacer el día a día más agradable.

A veces me sorprendo conservando ciertos hábitos fosilizados con los años. Cierro concienzudamente la puerta de la oficina por miedo a que me roben el portátil, como pasaba a veces en mi antigua universidad; mis compañeros deben pensar que soy un poco raro, siempre pendiente de dejar la puerta cerrada, cuando nadie lo hace aunque vayan a salir del edificio. Sigo pasando un breve momento de tensión antes de comprobar que no me han robado la bici, pese a saber que aunque la hubiese dejado sin cadena seguiría estando allí (en el portal de mi casa en Madrid, una lucecita que compré no duró ni doce horas sin que desapareciera misteriosamente). El propio buzón de mi apartamento ni siquiera tiene llave. Esto al principio me ponía un poco nervioso, pero poco a poco voy asumiendo que nadie va a robarme el correo.

3. Creer que la diversidad es una virtud, e intentar llevarlo a la práctica

Vaya por delante que Estados Unidos sigue siendo un país de grandes desigualdades de todo tipo y que están lejos de quedar resueltas. Profundizar en este tema daría para mucho y no es lo que yo pretendo aquí, pero antes de caer en la tentación de señalar las carencias ajenas habría que ver hasta qué punto se ignora en España el hecho de que pese a la significativa población inmigrante, los puestos de trabajo de determinada enjundia siguen estando copados por españoles blancos, generalmente varones.

Soy consciente de que mi visión está muy limitada a lo que tengo alrededor, pero cuando me fijo en la composición multirracial y multinacional de mi departamento, creo que la universidad española está a años luz de conseguir algo así, y de hecho dudo que haya intención alguna de lograrlo. En el mismo pasillo donde trabajo hay gente de China, Irán, Bélgica, Sudáfrica, Nueva Zelanda, Irlanda o Colombia. Conozco a profesores universitarios ya con su tenure track completo de distintas etnias, y en mi propio laboratorio tan solo una persona es estadounidense. Desde hace un par de años, la universidad empezó a tomarse en serio estudios como este sobre el sesgo involuntario a favor de los hombres, y desde entonces las candidaturas a nuevas plazas se hacen a través de solicitudes sin mención al sexo de la persona candidata. Las becas y proyectos se basan en la igualdad de oportunidades, pero se considera un valor añadido (hasta el punto de determinar que se reciba o no financiación) la participación de minorías raciales y el estímulo en la educación y divulgación en comunidades poco favorecidas, y así un larguísimo etcétera. Podemos ponernos todo lo cínicos que queramos sobre la persistencia de desigualdades, pero opino que los estadounidenses están haciendo mucho más por evitar que los motivos de raza, nacionalidad y sexo estén detrás de esas desigualdades que nada que yo haya visto en España. ¿Exagero si digo que ante una misma oferta de trabajo tiene más posibilidades un español en Estados Unidos que un estadounidense en España?

Ser extranjero es una putada en cualquier parte: eres una persona “de segunda” para la administración, te ahogan en papeleos, en tasas, en esperas, te deniegan permisos, créditos y tienes que aprender a sobreviviren un mundo al que no estás acostumbrado con unas reglas que nadie te explica y que a veces tienes que aprender por ensayo y error. Pese a todo, y después de haber pisado ya mi buena docena y pico de países, creo que puedo decir que en ningún sitio que conozca es más fácil normalizarse siendo extranjero y pasar a ser “uno más” como en Estados Unidos, un país levantado por emigrantes, a fin de cuentas.

4. Ser visionarios

De nuevo, esto estará muy sesgado por cuál es mi ambiente ahora, y por lo limitado de mi experiencia laboral al mundo de la investigación científica, pero es que probablemente una de las cosas que más me gusta de vivir en Estados Unidos tiene que ver con algunos aspectos del ambiente de trabajo. Algo hay en todo ello de aquella dicotomía quijote/supermán de la que hablé en su momento, de ser un visionario, de saltar sin red y tener fe en la máxima de que el trabajo duro se verá recompensado (máxima que sigo sin creerme, como buen sanchopanza, pero que es necesaria para entender el caldo de cultivo necesario para que surja el milagro). Esa ingenuidad, esa ausencia de miedo a la derrota, esa confianza en uno mismo, reconozco que muy a menudo me produce auténtica envidia.

En el día a día de la investigación, eso se traduce en que los doctorandos son más libres a la hora de elegir sus proyectos, más apasionados, más propensos a caer en errores quizá, pero a la larga más capaces de superarlos con éxito, de trabajar de forma independiente. Se valora muchísimo la figura del mentor académico, que muestra un interés verdadero y desinteresado en el éxito y desarrollo de su discípulo (me vais a perdonar que me ahorre aquí una triste comparación).Es mucho más frecuente que la gente se alegre genuinamente del éxito ajeno, se es más abierto a la colaboración y el trabajo bien hecho se te reconoce sin ninguna traba. A la larga esto se traduce en una forma distinta de investigar y de trabajar.

No sé si esto es una tontería mía, pero viendo el estado de depresión colectiva de España, creo que si algo le vendría bien ahora es deshacerse de la muy pesada certeza de que nada de lo que se haga importa, que el trágico destino ya está escrito y que no se puede cambiar. Creo que una buena dosis de ingenuidad, de confianza en que los lastres, disfunciones, maldiciones y parásitos nacionales se pueden desterrar y que se puede iniciar un proyecto nuevo, es un remedio a considerar. Tener una visión no es garantía de que se cumpla, pero es razonable pensar que sí es una condición indispensable.

Living in America: urbanismo


Del choque cultural transatlántico quedaba por contar qué otro aspecto de la vida en EE.UU. me recuerda a un videojuego, y después de Los Sims tocaba hablar del SimCity. Que los estadounidenses dependen del coche muchísimo no es ninguna novedad, pero diría que las diferencias en el modo de entender el pueblo o ciudad y la dependencia del coche es lo que menos me gusta de este país, una de esas diferencias de concepto a la que mejor no darle muchas vueltas porque no vas a llegar a entenderla.

Mi mención al SimCity se explica de una forma curiosa. No sé si conocéis esa saga de videojuegos de gestión en los que eres el alcalde de una ciudad y vas construyéndola, ampliándola y solucionando los problemillas que pueda haber, desde terremotos a una invasión extraterrestre. Lo que hace un alcalde todos los días, vaya. A mí me gustaba mucho cuando tenía tiempo para esas cosas, y aunque viví la primera versión, las que más jugué fueron la de simcity2000 y 3000. En ellas calificas los terrenos de acuerdo a tres tipos de zonas distintas (residencial, comercial e industrial), las conectas con carreteras y vas añadiendo servicios, como escuelas y hospitales, y si tienes un día Fabra, puedes poner un aeropuerto internacional en tu aldea, sólo por hacer la gracia.

simcity

Gran juego

Una de las primeras cosas que intenté hacer era reproducir la localidad donde vivía en aquel entonces (Coslada, una ciudad dormitorio cercana a Madrid), y mis reproducciones siempre resultaron bastante mediocres. Intentaba reconstruir mi barrio, con sus bloques de pisos, pero en el juego la tendencia era siempre a colocar casas unifamiliares, que para mí eran sinónimo de residencias de lujo (algo que en mi barrio no había), y sólo conseguía algo parecido a un bloque si ponía zonas residenciales de muy alta densidad, que resultaban en unos edificios horribles y monstruosos que no venían a cuento, si no querías construir un “Manhattan”. Otro problema eran las carreteras. ¡Sólo había carreteras! ¿Cómo poner las plazoletas, bulevares, etc que tenía mi barrio? ¡No había manera! Además, entendía eso de que las fábricas estuviesen lejos, pero, ¿Qué sentido tenían las zonas comerciales segregadas? En mi barrio si querías comprar algo te ibas a las tiendas que estaban en los propios bajos de los bloques de pisos, todo estaba junto, no existía esa distinción residencial-comercial. El manual de instrucciones (sí, tuve el SimCity2000 original) decía que la idea era poner zonas comerciales en el centro, pero yo pensaba que incluso en el centro de Madrid la gente también vivía ahí, no sólo compraba. En fin, que nunca conseguí hacer una versión pasable de Coslada, y aunque disfruté mucho del juego (cumpliendo algunas hazañas tales como crear y mantener una ciudad de 500.000 habitantes en la que toda la energía procedía de fuentes renovables y toda la basura se reciclaba), siempre pensé que no poder reconstruir mi entorno se debía a que la simulación era muy básica y no daba para más.

¡Qué equivocado estaba!

Viviendo en Estados Unidos me he acordado a menudo del SimCity en un sentido muy positivo: ¡los diseñadores, lo clavaron! Con SimCity3000 podría levantar ahora mismo una réplica exacta de mi pueblo actual, sin echar nada en falta. La simulación era básicamente bastante buena, la diferencia, obviamente, es que se inspiraba en el urbanismo estadounidense. Algunos productos de aquella simulación, como tiendecitas aisladas en mitad de la nada, carreteras como única vía de comunicación o zonas de negocios donde no vive nadie han resultado ser el fiel reflejo de la realidad urbanística de todo un país.

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Érase una vez la vida (de los adultos)


“¿A qué viene esto?” Se preguntará alguno. Pues os recuerdo que en un post reciente dejé caer que existía la posibilidad de que contara cómo me enteré de en qué consiste el sexo y como sois unos cotillas morbosos, varios de vosotros, de los que nunca comentáis luego en las entradas de intrépidas expediciones a las montañas tropicales, enseguida confesasteis que, mira por dónde, eso sí que os interesaba saberlo. Así que vamos allá.

Seguro que no os sorprende si os digo que yo era un niño bastante empollón. No lo fui siempre, y en retrospectiva que empecé a serlo un día en el que la profe me dijo que había hecho bien un ejercicio que consistía en describir nuestra propia mochila (dicho sea de paso que no tenía ningún mérito y que quizá fue fruto del azar, pues me limité a seguir las instrucciones del libro de texto). Ese inesperado refuerzo positivo me hizo pensar que lo mismo se me podía dar bien eso de estudiar, y a partir de entonces, como perro pavloviano, nada librepesador, me esforcé en recibir ese refuerzo positivo en los años subsiguientes. Sin embargo, aunque joven y pipiolo, yo ya tenía mis preferencias claras  de frikismo, un tanto obsesivo, por las ciencias naturales.

Aquí tengo que hacer un pequeño inciso, porque sinceramente, no sé si fue antes el huevo o la gallina y no puedo distinguir si mi interés por las ciencias naturales fue causa o consecuencia de la llegada a mis manos de un conjunto de libros divulgativos de gran calidad que aún conservo. Siendo sincero me da incluso un poco de angustia pensar en la hipótesis de la tabula rasa y en que todo por lo que me interesé después y que me ha llevado a ser quien soy ahora dependiera de una contingencia tan fortuita como la de que mi tío (pescador y amante del campo) y por supuesto mis padres, me regalaran precisamente esos libros y no, qué sé yo, un álbum de cromos de la liga española de fútbol (En una realidad alternativa, un Copépodo fichado por el Manchester United, podrido de dinero, se congratula en una entrevista de que pasara juso lo contrario). Como están todos en Madrid no puedo decir aquí cómo se llamaban estos libros exactamente, pero muchos de vosotros quizá también los tuviéseis: unos eran una colección de libros con recortables de papel, (del cuerpo humano, animales, plantas etc) de forma que se podía ver lo que había dentro de las distintas estructuras, y otra colección era sobre naturaleza en distintos ambientes (ríos, bosques, etc), todos ellos muy bien ilustrados y escritos.

A pesar de todo eso de los animales y las plantas, en aquella etapa de mi vida yo lo que quería era ser médico, o esa era la conclusión de mi interés por cuál era el lugar de cada tripa en el cuerpo humano. Después de babear el expositor de la juguetería durante varios meses mirando un modelo anatómico para niños, mis padres accedieron al capricho como regalo de cumpleaños, y me dediqué en cuerpo y alma a montarlo y desmontarlo de forma compulsiva y a aprenderme el nombre y el lugar de cada piececita de plástico del muñecote. Coincidiendo con esta obsesión, comenzaron a emitir en la tele la serie de televisión “Érase una vez, la vida”, que seguro que todos recordáis bien (corría el año 1987 en su primera emisión, si la wikipedia no falla). Esa serie me fascinó desde el primer momento en que la vi, y me afianzó más en mi propósito de devorar todo lo que se pusiera a mi alcance que tuviese que ver con el cuerpo humano, y en este caso fue el coleccionable de libros basados en la misma serie (“Érase una vez, el cuerpo humano”), que exprimí hasta la última coma.

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No sé si lo leéis bien, pero en estas dos páginas hay todo lo que puedas necesitar saber sobre los glóbulos rojos para ir tirando

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Estudio longitudinal de la rizogénesis inducida en copépodos calanoideos sometidos a alopatría transatlántica. Año 1


Como quien no quiere la cosa, se ha cumplido un año de mi emigración. Me acuerdo de los días previos al viaje, llenos de incertidumbres y de despedidas. Finalmente me iba. ¡Quién me lo iba a decir!, ahí estaba yo haciendo justo lo que siempre había temido, algo casi imprevisto apenas unos meses antes, un salto al vacío. A lo largo de los años había visto a mucha gente irse, especialmente en el mundo de la investigación. Gente que me importaba y a la que me fastidiaba perder de vista. Ahora era yo, en primera persona, el que estaba en este otro lado. Era raro verme así. Siempre me ha gustado viajar, pero esta vez era distinto. No sabía (ni sé) si iba a volver. No tenía (ni tengo) forma de saberlo. Lo ideal sería que esa experiencia durase un número limitado de años, y luego poder volver al entorno donde siempre he estado y donde he construido una vida entera, un “hogar” que no apetece dejar de lado: amigos, referentes, recuerdos, experiencias e incluso posesiones materiales (¡mi biblioteca! ¡mi acuario!): un verdadero patrimonio social y afectivo. Se me ocurre, en retrospectiva, que quizá mi mayor temor no tuviese nada que ver con lo laboral. Quizá lo que más inquietud me provocaba esos días era el miedo al desarraigo.

Nunca me había planteado en serio hasta qué punto mi identidad podía estar relacionada con el lugar donde uno ha nacido o ha vivido; anteriormente me hubiese parecido un pensamiento demasiado básico y simplón, pero mirando de frente a la inminencia de mi partida, me surgían unas dudas que no esperaba tener: dudas de identidad. Me surgían porque, como decía antes, he visto a, y sabido de, gente que se iba y que no volvió y no porque no pudieran, sino (por increíble que pudiera parecerle a un “yo” súbitamente provinciano y enraizado) porque no quisieron volver; a pesar de su intención inicial, algo cambió en ellos y decidieron iniciar desde cero la construcción de un nuevo “hogar”. Esto no es en sí sorprendente, ya que como todo viajero sabe, el viaje te cambia: no eres la misma persona cuando sales que cuando regresas, pero en ese momento yo temía cambiar, cambiar hasta tal punto en el que prefiriera empezar una nueva vida en otro lugar, como le había pasado a los otros.

Aunque parecía que el día no iba a llegar nunca, finalmente me monté en el avión y llegué hasta aquí. No voy a negarlo: mis condiciones fueron muy buenas, privilegiadas, con un contrato debajo del brazo en un buen laboratorio, con respaldo económico (¡y moral!) de mi familia y con bastante conocimiento previo de la zona. Me imagino casos tristemente cotidianos en los periódicos en los que el emigrante lo ha hecho en unas condiciones precarias de verdad, incluso arriesgando su vida. Yo tuve la suerte de ir en primera clase (metafóricamente hablando, no os vayáis a creer), pero pese a todo, me tocaba empezar de cero en aquel piso vacío, oscuro y desolado de una noche de octubre que en aquel momento me hizo preguntarme qué cojones se me había perdido a mí en este sitio. Por suerte estos pensamientos eran rápidamente respondidos pensando en el desierto de alternativas y oportunidades que dejaba atrás. Una huída hacia delante, podría decirse. Movilidad exterior, lo llaman algunos caraduras.

El cambio de escenario me enseñó muchas cosas, por ejemplo, a conocerme mejor. Aprendí que era mucho más adaptable de lo que creía. Me sorprendió la naturalidad con la que me tomaba ser “el nuevo”, y cómo superaba situaciones incómodas o desafíos cotidianos con bastante facilidad, casi sin reconocerme: desde solucionar de forma autónoma marrones poco deseables a plantarme voluntariamente en saraos sociales donde sólo hay desconocidos. Nada resultaba tan difícil o tan desagradable al final. Una situación como esta también te brinda la oportunidad de inventarte a ti mismo y de atreverte a hacer las cosas de otra manera y demostrarte de qué eres capaz. Pese a la sensación de estar en un lugar “subóptimo”, de estar fuera del tiesto, desubicado, solo, el desafío resultaba inesperadamente interesante y enriquecedor. El invierno fue largo, pero no tan frío como me temía. Me di cuenta de que iba encontrando gente a la que merecía la pena conocer más y con la que me empezaba a sentir a gusto. Me tomé como un juego el sortear los roces culturales o el tratar de mimetizarme con mi entorno.

Y así pasaron las semanas, y los meses.

Un día, como quien no quiere la cosa, salgo del laboratorio después de una jornada intensa, satisfecho, aún concentrado en algún asunto que se ha quedado a medias. Me doy cuenta de que un día más, he disfrutado trabajando, sin malos rollos, sin sentirme alienado, en un buen ambiente. Me lo he pasado tan bien hoy que estoy deseando volver mañana. Es una sensación que hace… años que no tengo, ya ni siquiera estoy seguro si la tuve alguna vez. De camino a la parada del autobús atravieso la parte del campus que tiene cierto aire inglés. Hace una temperatura estupenda, parece que el invierno se ha decidido a esfumarse por fin, hay gente tumbada en el césped, cantan los “northern cardinals” y los “American robins” mientras un sol radiante se pone sobre detrás del dosel del bosque mixto de Nueva Inglaterra. Lo pienso y me doy cuenta de que no es que me encuentre bien, ¡es que estoy de puta madre! Sí, sigo echando de menos muchas cosas de Madrid, y sí, el futuro sigue siendo muy incierto, pero… ya no parece tan nefasto un escenario de traslado permanente, si por ahí me lleva el destino.

El balance de este primer año parece positivo: conseguí la reunificación familiar trayéndome a Alfie (gran sacrificio por su parte), laboralmente nunca he estado mejor (¡y me han subido el sueldo!), disfruto de una incipiente pero estimulante vida social (al peculiar estilo americano, eso sí), de una buena calidad de vida en general en la ruralidad neoinglesa (que incluye un tiempo de mierda, para qué negarlo) y, en resumen, puedo decir que soy feliz aquí. La idea de volver, poco realista y por desgracia muy difusa como plan serio, sigue estando presente, pero como decía ya no da tanto “miedo” contemplar la posibilidad de no hacerlo. El escenario parece algo distinto, ya no resulta tan extraño, tan “subóptimo” estar aquí, lo que me hace pensar que sí, que yo también estoy cambiando igual que les pasó a otros y que sí, que tu identidad sobrevive a las raíces.

Ahora bien: no querría que este balance hiciera pensar que he cambiado tanto como comulgar con la idea de que la emigración es lo mejor que te puede pasar en la vida, así, por sistema. Aclaro esto porque en algunas ocasiones en las que he sacado a relucir mi condición de refugiado económico (algo que mantengo y reivindico) he tenido que escuchar de ciertas personas, a menudo desde el mundo de la investigación, hablar de la emigración como si fuese bendición divina: todo son bondades y delicias y al que lo ponga en duda se le responde con cierta condescendencia y recriminación hacia su provincianismo y se le aclara que (y este es el argumento que me repatea) “la comunidad científica es universal, así que un científico nunca está fuera de casa”. Incluso como emigrante satisfecho, hasta el momento, con la experiencia, no puedo sino protestar ante simplificaciones de ese estilo que dan por bueno el “vivir para trabajar”, y no a la inversa, que obvian totalmente las consideraciones de ese patrimonio personal que comentaba al principio (empezando por la propia familia y su reubicación por culpa de la puñetera comunidad científica universal) y que dan por hecho que tu trabajo es tan importante que todas las demás consideraciones pueden ser solventadas de un plumazo. Pues no señor: emigrar siempre es algo traumático por lo que conlleva de ruptura, me niego a pensar que hay que tomársela a la ligera; que hay victimismo en recordar que te vas, no porque lo hayas decidido, sino porque tu país no te ofrece ninguna oportunidad; o que los momentos más desagradables que tu familia y tú habéis pasado en un aeropuerto son irrelevancias. Emigrar en busca de un futuro mejor es tan viejo como el ser humano, pero no creo que por ello haya que perderle el respeto a una decisión muy personal y a menudo muy difícil. La mía estuvo muy condicionada por la falta de oportunidades, y en retrospectiva (y viéndome reflejado en compañeros que estaban en una situación similar y se quedaron) creo que hasta el momento puedo decir que fue una decisión acertada y que este año me ha enriquecido mucho. Eso no quiere decir que crea que esa decisión tenga que ser ejemplar, ni que no eche de menos otras cosas.

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Seguiremos informando.

Back to the autoescuela


A estas alturas ya he dejado claro que disponer de un coche, por desgracia, se acaba convirtiendo en algo muy necesario en estas coordenadas. Durante muchos meses me desenvolví más o menos de aquella manera sólo con la bicicleta y el autobús. Esta temporada, que ahora recuerdo con incredulidad y asombro de mi determinación, incluía hazañas como salir de casa a las siete de la tarde en una negra noche lovecraftiana con una mochila llena de ropa sucia, dejar mi colada en la lavandería, ir al supermercado, hacer la compra de la semana en veinte minutos, volver a la lavandería a poner la ropa en la secadora, llevar la compra a casa, regresar, una vez más a la lavandería, recoger la colada, doblarla, volver a casa y colocar la compra y la ropa limpia antes de ponerme a hacer la cena. Muy a pesar de mi huella ecológica, ahora dispongo de un coche prestado y pronto me compraré uno. Quizá fuese inevitable.

El problema llega cuando te das cuenta de que la caducidad de tu permiso de conducir internacional (expedido sólo por un año) se acerca inexorablemente, y el “bah, ya lo haré luego”, empieza a comprometer tu vida motorizada. Me apetece tener un carnet de conducir local, no sólo para poder seguir sembrando el pánico entre los ciervos del lugar, sino por la ventaja de poder enseñar una identificación que no despierte preguntas y que no llame la atención. El carnet de conducir es la indiscutible acreditación que te identifica como “uno de los nuestros”, y no me extraña todo el rollo ese que hay con los carnets falsos y lo deseados que son por los borrachines prepúberes. Conseguirlo, incluso si peinas canas en el escroto y llevas ya algún que otro lustro al volante al otro lado del charco, es, como digo, un rollo. Por ir al grano: salvo si eres canadiense, francés o alemán (no sé si hay más excepciones), tu carnet no vale nada aquí: tienes que volver a sacártelo, y no contentos con hacerte pasar por un examen teórico (ya superado) y uno práctico (lo tengo el primero de octubre), tienes, obligatoriamente, que asistir a un “curso de conducción segura” de ocho horas de duración y de unos 125 dolaracos del ala de precio. A este menester he dedicado mis dos últimas mañanas de sábado, unas horas de mi vida perdidas irrecuperablemente y por las que he llorado chapapote enriquecido. Aunque suelo ver el lado bueno de las cosas, no conseguía encontrar nada que este meconio de curso me haya aportado, así que después de darle muchas vueltas he decidido sacarle algún partido… contándolo.

Preciosa mañana de sábado en Willimantic, heroine town, promesa de un día al que dedicar mil y una actividades maravillosas, excepto la de presentarse en una autoescuela a las 8:30 de la mañana. Atravieso el umbral de la puerta, me presento ante una señorita con mi humillante “Adult Learner Permit” (un carnet provisional que, teóricamente, sólo te permite conducir si estás acompañado y que que tiene un aún más humillante encabezado rosa -pero que aún no necesito porque mi permiso internacional sigue siendo válido). La señorita reconoce que he pagado ya por internet mi cuota y me señala dónde está la clase.

Mi entrada triunfal en la estancia es respondida por una treintena de pares de ojos que me miran al llegar. Ninguno de los presentes parece tener mas de veinte años. Me pregunto por un momento si se creen que soy el profesor. Me siento en un rincón, intentando no llamar más la atención, humillado. ¡Todo un doctor yendo a clase con unos adolescentes! ¡P’a lo que hemos quedao! La clase está plagada con las esperables señales de tráfico y con unos “collages” de “Don’t Drink and Drive” que por su manufactura parecen el producto de alumnos de preescolar. Decido no preguntarme por su origen. Al rato entra un grupo de chicos asiáticos (estudiantes de doctorado chinos, como sabría luego) que se sientan en una de las mesas y se ponen a hablar de sus cosas. Al rato, una señora que parece ser la única en disputarme mi rango como persona más veterana de la guardería, y unos minutos después, nuestro instructor.

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