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Caligrafía nacional
La divagación irrelevante del momento: ¿Se os ha pasado por la cabeza alguna vez que la caligrafía puede tener patrones… nacionales? Hasta hace unos años me había parecido que la caligrafía era más bien algo muy personal, con más variabilidad intranacional que internacional, pero acabé sospechando que sólo en parte. Una vez hablando con uno de mis amigos griegos (uno con el que empecé teniendo correspondencia en papel, ¡qué tiempos!, y que por lo tando conocía mi letra) me dijo que le hacía mucha gracia cómo escribía la “z”, por aquello de cruzarle un trazo por el medio. Nunca había pensado en aquello, pero ciertamente él no lo hacía y no parecía que nunca se lo hubiese visto hacer a nadie excepto a mí. Fijándome a mi alrededor me di cuenta de que aunque había bastante variabilidad, era corriente que la gente cruzase la “z” y el “7″. Me parecía que quizá era algún tipo de sistema para evitar confusiones con el “1″ y el “2″, pero no sabía muy bien de dónde vendría aquello ni qué “fronteras” tenía esa costumbre, y sigo sin saberlo.
Por aquí por el yanqui, veo diariamente tubos, etiquetas, apuntes y notas de mucha gente, y nadie cruza el “7″ ni la “z”. Además me he dado cuenta de otra diferencia a la hora de escribir el número “2″, de una forma que me hubiese parecido un tanto infantil, exagerando mucho el bucle. Al principio pensaba que era de una persona en concreto, pero llevo fijándome varios días y en secretaría, en la oficina de correos… en todas partes trazan el “2″ con un bucle enorme, independientemente de la edad, el sexo la ocupación o cualquier otra cosa que no parezca ser la nacionalidad. Incluso los “6″ me parecen distintos, como muy inclinados.
Evidentemente si no tuviese nada mejor que hacer, sería estupendo llevar a cabo una encuesa científica sobre este tema tan apasionante, pero mientras tanto, lo dejo caer por aquí a ver qué os sugiere.
A la izquierda, el siete, la zeta, el dos y el seis como los escribo yo, a la derecha, idealización de cómo los veo escritos aquí. Ojito con el “2″, que de verdad que lo escriben así.
El amante de Jesús y las dramáticas consecuencias del homoerotismo bíblico
De todas las cosas que me han llamado como bloguero, quizá la que más ilusión me hizo fue aquella vez en la que me definieron como “irreverente”. Queda muy guay que te llamen irreverente, como muy alternativo y modernillo. Me hizo ilusión por lo inesperado, ya que no tengo mucha conciencia de serlo particularmente. Podría parecer por el título de este post que me propongo cumplir mi cuota mensual de irreverencia de forma facilona y premeditada. He releído dos veces el tochazo que os queda por delante y la verdad, no creo que sea así, pero no puedo evitar pensar que estoy poniendo un cebo jugoso para que se acuerden de mí y de todos mis familiares. Lo que vais a leer es una de estas ideas que tienes en el tintero durante años (yo antes hacía más cosas de este estilo), pero que nunca te animas a escribir porque no es el momento, o porque ya no estás para ciertos trotes. Reconozco que ha habido un suceso que ha sido el que me ha animado a retomar esta idea abandonada. Se trata, una vez más, de uno de esos ejemplos en los que la religión saca su comodín de excepcionalidad para que no se le pueda aplicar lo que en cualquier otro colectivo sería perfectamente aceptable. El uso de un ídolo en un cartel publicitario de un acto de una revista satírica (que podía haber sido mucho, mucho más cruel y blasfema) ha bastado para que afloren las lágrimas de cocodrilo, la susceptibilidad más encendida a flor de epidermis y la querella como remedio contra los mosquitos. Por eso me ha parecido que era un buen momento para animarme a compartir otra de mis reflexiones irrelevantes y así mato dos pájaros de un tiro: doy salida a la idea que llevaba años en el tintero, y de paso ejercito un poco el músculo de la libertad de expresión, no sea que se nos atrofie. Como ya habréis adivinado, pues sois gente enteradilla y avispada, vamos a hablar de Jesús de Nazaret y de si tuvo un amante de su mismo sexo, y luego divagaremos largo y tendido.
Antes de entrar en materia, un nuevo aviso: el primero que no se cree nada de lo que vais a leer a continuación soy yo mismo. No le doy ni el más mínimo crédito, oiga, nada, cero. Básicamente porque a Jesús de Nazaret no se le puede tratar como si fuese una figura histórica. Como dice un tío mío, profesor de historia (muy sabio él, aunque esto es una percepción mía que no tenéis por qué compartir si no os fiáis de mí), si hiciéramos una aproximación a Jesús usando las herramientas habituales de investigación histórica no obtendríamos un cagao; no pasa la prueba del algodón. Jesús no es una figura histórica. Si alguna vez os han hablado del tema, lo mejor os acordáis de Flavio Josefo o Suetonio soltando un par de frasecillas aisladas casi un siglo después de la supuesta crucifixión y que ni siquiera son sobre Jesús en sí, sino sobre los primeros cristianos. Lo cierto es que no hay ni una sola fuente fiable y contrastada, siquiera de la existencia del tal Jesús, y en caso de que existiese de verdad, de su vida sabemos lo que quisieron decir los sucesivos evangelistas, cuyos relatos ni son ni pretenden ser históricos, se escribieron en años muy posteriores a la vida de su protagonista, y guardan entre sí a veces significativas incoherencias. La aproximación a Jesús, o se hace desde la fe (cosa que este invertebrado no puede hacer), o se hace desde la mitología-literatura, cosa que sí podemos hacer todos para nuestro deleite y disipación. En resumen, hablar sobre la sexualidad de Jesús viene a ser como hablar de si a Ulises le olía el aliento o si a Quetzalcóatl le fastidiaba madrugar: es simplemente un ejercicio que se puede hacer para pasar el rato leyendo y aprendiendo curiosidades, pero ni es productivo ni tiene por qué acercarnos a ninguna realidad histórica. Obviamente esto tampoco es una investigación seria ni he realizado ninguna revisión bibliográfica, ni he hcho nada original que mereca la pena reseñar o que no se hubiese dicho antes. Esto es un bloj y lo que aquí cuento es como si lo soltara en el bar, (un bar un poco raro) avisados quedáis.
El gen de “porque no me sale de los cojones”
Hace ya mucho tiempo que no hablo de “actualidad”. No sé muy bien por qué es. No es nada que haya querido hacer a propósito, simplemente no me ha apetecido. No creo que tenga nada nuevo que decir. Esto no significa que no esté puteado, como todo hijo de vecino, ni que haya sufrido ningún cambio personal y que ahora me la sude todo lo que pasa. Como nos ocurre a todos, o eso pienso, las conversaciones con amigos, conocidos y fruteros están dominadas por el monotema (no confundir con los mamíferos ovíparos) y todos discutimos alegremente durante horas, si es necesario, sobre los orígenes de la crisis, los culpables, las posibles soluciones, interrelaciones con factores internos, internos y todo tipo de pajas mentales variadas. Vamos, lo que de toda la vida se ha llamado “arreglar el mundo”.
Esta actividad hay que tomársela con calma para no amargarse la tarde y para que lo que empezara siendo una quedada con los amigos se convierta en un velatorio, pero sea como sea, es curioso ver cómo con mucha frecuencia, e independientemente de con quién estés, se puede acabar reduciendo cualquier problema a una serie de “primeras causas”, así, en plan aristotélico. Después de un tiempo hablando de cualquier conflicto se llega como a un núcleo duro de cuestiones irreductibles: cooperación-deserción, colectivismo-individualismo, bien-mal, yin-yang… como si todo fuera muy sencillo y los problemas complejos se pudiesen expresar como excrecencias, tumores y metástasis de situaciones cotidianas en las que demostramos que como colectivo, como especie “somos lo peor”. Lo mejor llegado este punto es pedir otra ronda y hablar de otra cosa.
La verdad es que a veces es muy tentador pensar que realmente llevamos dentro una capacidad innata de echar a perder cualquier proyecto colectivo. Hace poco tuvo lugar una anécdota en mi comunidad de vecinos que va en ese sentido, y como no tengo nada mejor que hacer, pues os la voy a contar.
Vivo en un pequeño y añejo edificio de Madrid. Entre unas cosas y otras (viviendas vacías, consultas ilegales de homeopatía y cosas por el estilo) somos en total seis (6, six, ni una más) “unidades familiares” que convivimos a diario. Este reducido número nunca ha sido óbice para que esta pequeña finca recuerde a la de “La Comunidad” de Alex de la Iglesia, y os podría contar algunas historias de terror, como la del moroso que debe 11.000 napos, los pleitos entre familias, los insultos en las reuniones y el día en el que nos llamaron “pobres” a mi Alfie y a mí por sugerir que nos acogiéramos a una subvención para poner de una puñetera vez un ascensor. Bien, dejemos eso para otro día. El tema de hoy tiene que ver con la basura.
Nuestra comunidad es muy pequeña y no tenemos portero. La adecuada colocación de los contenedores de basura en la vía pública y su recogida por las mañanas depende de la buena voluntad de los vecinos. Ya os imaginaréis que la cosa funciona… así así. Una de las cosas más frustrantes es ver que en el cubo amarillo (destinado a envases de plástico, bricks y demás) aparecen constantemente grandes cantidades de cartón y papel. El hecho de que tengamos un contenedor específico de papel a menos de veinte metros de la entrada al edificio me sacaba de mis casillas. El contenedor está tan cerca y es tan accesible que no me entraba en la cabeza que hubiese alguien tan sumamente huevón como para no dar dos pasos más y tirar la basura donde corresponde. Como soy un ingenuo, tendía a dar el beneficio de la duda y pensar que el culpable quizá no conocía muy bien el asunto del reciclaje, o algo por el estilo.
Yo no soy nada de llamar la atención a los demás. Nunca he sido el héroe que lee en voz alta su libro al desgraciado que tiene la música a todo trapo en el metro, haciéndole que la apague avergonzado (¿leyenda urbana?). En una ocasión, hace como doce años, tuve la osadía de señalarle a una mujer, educadamente, que no se podía fumar en el autobús y sólo recibí insultos. Asumí que el papel de desfacedor de entuertos y justiciero cudadano no iba conmigo, y así fue hasta hace un par de semanas, cuando apareció en el portal un cartel del ayuntamiento que avisaba de un nuevo calendario de recogida del cubo amarillo.
En un arrebato de civismo, y acogiéndome a un buenrrollismo y talante zapateril, decidí escribir uno de esos letreros pasivo-agresivos tan típicos de portal. Mi padre estaría orgulloso. Podría bajar y hacerle una foto ahora mismo, pero paso de que os riáis de mí, así que os haré un resumen:
“Ya que estamos, recordad que el papel y el cartón NO van al cubo amarillo, sino al contenedor azul que hay justo enfrente del portal. No cuesta nada. Gracias”
Como veis, tiene mucho de pasivo y poco de agresivo, pero aún así no ha servido de mucho. Ayer mismo, frente a la puerta, había un montón de papel desparramado. Interpreto que el basurero, hasta los mismísimos cojones de recoger papel de nuestra comunidad, decidió tirarlos al suelo. Esta misma tarde volvía a haber papeles en el cubo amarillo. Mi cartel, ahí sigue, muerto de risa.
Me hubiese gustado una respuesta, un insulto, un feedback negativo, pero no: la más absoluta y completa indiferencia es mucho más elocuente. Quienquiera que sea de las seis viviendas simplemente pasa olímpicamente de todo y sigue echando los papeles por sus santos cojones en el cubo del plástico. Y antes de que lo digáis: no, no hay abuelos ni analfabetos ni ciegos en la comunidad. Ojalá os hubiese podido relatar una historia épica en la que le subo una pila de papel a un vecino y tenemos un pollo monumental, pero os tenéis que conformar con esta historia mediocre.
La reflexión:
Si seis familias no son capaces de colaborar en algo tan sencillo, tan fácil y tan accesible como tirar la basura a veinte metros del portal, ¿tiene esperanza una estirpe cuyo porvenir quizá dependa de la cooperación de miles de millones de personas? ¿Estamos condenados a la deserción? ¿Es el hombre un lobo para el hombre? ¿Es el lobo un hombre para el lobo? ¿Existe el gen de “porque no me sale de los cojones”?
Cita autocrítica:
“Todos llevamos un inquisidor dentro”
Julio Anguita
Seguiremos informando…
Miguelito slasher (capítulo 3)
¡Continúa el horror neorrural! Si no sabes de qué va esto tienes aquí el capítulo 1 y en ¡Jindetrés sal! el capítulo 2
La cortina de macarrones se abre bruscamente con un ruido característico y la luz del exterior deslumbra a los parroquianos del bar. En el umbral, dubitativas, una mujer y una niña pequeña miran al interior, incapaces de distinguir nada. Son dos forasteras. Sin articular palabra, los parroquianos habituales (los de la partida de dominó, los del tute, Blasico Pisarranas y Herminio, el hijo del Nuevededos) miran con desconfianza.
Ignorando la bienvenida, Mamen tira del brazo de su hija y sin ni siquiera saludar atraviesa la estancia mientras doce pares de ojos siguen cada uno de sus movimientos. Ángela señala estupefacta la televisión que tanto llamaría la atención a su hermano unos minutos más tarde, cuando el horror se hubiese desatado. El tubo catódico emitía una mortecina imagen de “Cine de barrio” bajo lustros de polvo perpetuo.
- Vamos hija, ¡aguanta! – farfulla Mamen mientras abre la puerta del servicio. Lo que vio en ese rincón no tenía comparación ni siquiera en aquel especial de National Geographic sobre las fosas sépticas más asquerosas del mundo. La onda expansiva de los hedores más espantosos las proyectó un paso atrás, pero como la luz era aún más rápida, sus retinas quedaron también marcadas por un espectáculo… dantesco.
Miguelito slasher (capítulo 1)
El relato que se puede leer a continuación es una variante de cadáver exquisito escrito por el Dr. Litos y un servidor. Cada autor desconoce lo que tiene en mente el otro hasta que el capítulo sale publicado. Podréis leer cada semana, alternándose entre nuestros respectivos blojs, un capítulo nuevo de esta inquietante historia de suspense neorrural.
MIGUELITO SLASHER
Capítulo 1
En lo más profundo de la provincia de Albacete, un monovolumen surca la autopista exactamente a 123 km/h, gracias a su moderno y conveniente sistema de velocidad programada. Desde que adquirió este confortable vehículo familiar, Julián se ha ahorrado unas cuantas multas en los viajes de ida y vuelta a La Manga, y más de un berrinche también gracias a la posibilidad de enchufarles a sus hijos (o “los críos”, como les gusta llamarlos delante de los extraños) un poco de tele. Sin embargo, este regreso de la habitual segunda quincena de agosto en la playa está siendo algo más enervante de lo habitual y ni siquiera el DVD de High School Musical está sirviendo de mucho. Carlitos y Ángela llevan como 100km peleándose, minando lenta pero inexorablemente la paciencia de sus padres.
- ¡Ya vale! ¡YA VALE! – interrumpe finalmente Mamen – ¡Parad de una vez! ¡Me tenéis frita!
- Pero mamá, es que no me deja la…
- ¡Que os calléis!
- Pero…
- ¡Ni pero ni pera!
- Mamá, me hago pis – interrumpe Ángela, no demasiado intimidada por la subida de tono de voz de su madre.
- ¿Que te haces pis? – Mamen no sale de su asombro – ¿Cómo que te haces pis? Si te lo pregunté justo antes de salir… ¿Tú lo oíste, no? – dice dirigiéndose a Julián, al volante – Lo oíste que se lo pregunté y nada, que no quería. ¡Arrrg! – Julián se limita a encogerse de hombros. Lo cierto es que no recordaba haber presenciado ese diálogo – Pero, ¿Mucho pis?
Ángela la mira con cara de gravedad y asiente.
- Yo de verdad que no lo entiendo.
- Cari, no te preocupes, que paramos y ya está. Si además hay que echar gasolina, salimos aquí y listo. – Julián toma el desvío siguiendo una señal con el símbolo del surtidor de gasolina, provocando una reacción insospechada en Mamen.
- ¡Noooo! – dice gritando, y casi provoca un volantazo -
- ¿Cómo que no? -reacciona asustado- ¿No teníamos que parar? ¡Joder Mamen, no hay quién te entienda!
- ¡Pero en esta no! ¿No ves que no está en la autopista? ¡Nos vas a meter en el pueblo! – Mamen se lleva las manos a la cara. Hoy no es su día





















¡¡Ni me menees!!



