Archivo de la categoría: Empanadas mentales

12 de octubre: quijotes y supermanes


Aprovechando la efeméride voy a dejar caer otra entrada de “choque cultural”. De cómo son los estadounidenses se ha hablado ya mucho y es difícil aportar nada que sea nuevo, pero uno no puede evitar darle muchas vueltas a las cosas que ve cada día. Ya he comentado que no siempre es fácil poner negro sobre blanco por qué aquí todo se siente distinto, pese a ser más o menos familiar. Quizá una de las características de los gringos que me parece bastante evidente hoy en día es que son unos ingenuos. Como todo es cuestión de perspectiva, quizá sería más correcto decir que los españoles somos unos descreídos, pero como mi sistema de referencia es el que es, empecemos por este lado del microscopio y luego veamos a ver si podemos descubrir algo de nosotros mismos, y que Heisenberg nos pille confesados.

Ingenuo y crédulo, decía, son los epítetos de turno con los que definiría al estadounidense medio ideal, perfectamente esférico y sin rozamiento: pocas cosas me fascinan más que percibir en este ciudadano medio la convicción sincera y profunda de que el trabajo se ve recompensado. A partir de esta premisa, empezad a desarrollar todas sus consecuencias, para bien y para mal: si te esfuerzas y estudias conseguirás un buen trabajo, si trabajas duro conseguirás el éxito, el dinero, el reconocimiento y la felicidad: nada hay imposible si tienes la determinación necesaria y le dedicas las horas suficientes. El “sueño americano” no es sino la última de las consecuencias de este axioma vital. El reverso tenebroso del mismo también nos es conocido: el fracaso, la pobreza, la mediocridad, etc, son el resultado de no haber trabajado suficiente. Es triste, pero no podemos hacer mucho por quienes no han querido hacer de sus vidas un camino de virtud e industriosidad laboral, etc, etc. El trabajo también se convierte en fin en sí mismo, en la virtud por excelencia. Presumir de lo ocupado que se está, de cuánto se trabaja, del tiempo que hace que no te tomas unas vacaciones o de las horas a las que sales del laboratorio es justo lo contrario de la modestia: es pura presunción.

Nada de lo que he dicho os debe sonar muy nuevo, pero sus consecuencias siguen siendo fascinantes. Últimamente he conocido a varias personas a las que sólo podría calificar como visionarias. Llegaron, por ejemplo, a dar alguna charla o seminario al departamento, y sólo con su forma de comunicarse, tanto en público como en las distancias cortas, exuda iluminación casi divina: son personas que tuvieron una visión, creyeron en ella con toda su alma y, con la ayuda del axioma “nada es imposible si trabajas lo suficiente”, la llevaron a cabo. El resultado puede ser diverso: la creación de un jardín botánico con balance energético cero (cero… CERO), la renovación de una colección científica que estaba olvidada y abandonada o la consecución de una investigación que quizá sea revolucionaria en nuestra forma de extraer y secuenciar material genético. La palabra “emprendedor” se queda muy corta (y está muy devaluada): esta gente son visionarios. Y sólo podían ser estadounidenses. Da gloria escucharles contar cómo lo hicieron posible mientras lees en el brillo de sus ojos que se creen hasta la última palabra de lo que están diciendo: lo querían hacer no (sólo) por su propio reconocimiento o beneficio, sino por hacer las cosas bien, por rozar la perfección, por hacer algo bueno o dejar un legado al resto de la comunidad. Y sin lo dicen sin pestañear, sin bajar la voz ni desviar la mirada. No es (sólo) marketing: es pura ingenuidad.

Por supuesto, la abundancia de recursos puede traerse a colación como condición indispensable para catalizar estos logros. Es evidente que es así, pero tampoco hay que olvidar que Estados Unidos, como buen país capitalista, es muy, muy desigual, y que aquí convive gente en condiciones de vida lamentable con la más eficaz de las élites extractivas que podamos imaginar. Pero hay algo más. Para conseguir estos logros se necesitan recursos, pero empiezo a pensar que además, hace falta una visión, y la convicción de que es posible. No basta con quererlo, es necesario “saltar sin red”, dar el salto de fe de Indiana Jones en su tercera prueba en busca del Grial, nadar mar adentro sin guardarse las fuerzas para el regreso y no concebir en el fracaso.

Entonces pienso en España y en cómo funcionan las cosas al modo carpetovetónico en aspectos tan cotidianos como la vida universitaria. Iniciativas que en EEUU serían habituales (proponer grupos de trabajo con estudiante, implicarlos en la investigación, ofrecer un seminario) se ven inmediatamente con desconfianza. Todo son peros y trabas, ceños fruncidos o sonrisas paternalistas. No hay tiempo para fantasías ni para visiones, aquí nunca se han hecho las cosas así, si eso luego ya eso… ya le llamaremos. En mi departamento siempre había actitud de superviviente; hacer que las cosas funcionaran con regularidad ya era motivo de preocupación y de esfuerzo, la resistencia al cambio y la homeostasis se llevaba todas las energías, sin tiempo para innovaciones ni riesgos.

No es una crítica sin más, ojo: es cierto que la escasez de recursos es un limitante, no nos engañemos, pero nuestro estilo no es el de lanzarse sin red, el de ser tan ingenuos de pensar que todo va a salir bien porque estamos dispuestos a trabajar mucho por ello. ¡Las cosas no funcionan así! El cuento de la cigarra y la hormiga acaba con la cigarra poniéndose hasta el culo de jamón ibérico en noviembre tras desahuciar a todo el hormiguero. Sólo hay que leer las noticias para descubrirlo.

Y sin embargo, cuando escucho una de estas conferencias de visionarios, que sigo con deleite como si se tratase de un cuento de hadas, me siento tentado a pensar que aunque tuviésemos recursos, jamás tendríamos, como colectivo, la visión necesaria para hacer un salto de fe semejante, y me da por pensar que quizá haya cierto sustrato de identidad nacional que lo explique. Estados Unidos, la patria de Superman, en su breve historia parece que ha tenido siempre una flor en el culo: celebra el éxito y teme o esconde el fracaso. España, patria del Quijote, que ha sufrido más palos y se ha empecinado en llevar a cabo empresas desastrosas y estériles, se siente más identificada con el caído, aunque sólo sea para chasquear la lengua y decir “si es que… se veía venir, ¡que no hombre, que no puede ser! ¡Que el mundo no funciona así! ¡Que eres muy joven y muy verde!”.

Como decía, mi contexto es el que es. Es muy bonito ver todas estas hazañas yanquis hacerse realidad. No me cuesta admitir que no nos vendría mal un poco de fe en el futuro para conseguir alguna vez, y en particular en estas circunstancias, salir del hoyo y “ser dueños de nuestro destino”, o como queráis llamarlo. Pero cuando en conversaciones con los locales escucho a gente convencida de que el trabajo se ve siempre recompensado, o cuando confunden la justicia social con el menos afortunado con limosna sigo sorprendiéndome de cómo se puede ser tan inocente.

PD: Nunca olvidaré el discurso de Ana Botella ante el COI. Se me saltan las lágrimas de la risa cada vez que lo recuerdo. Hay muchos planos de lectura, y el más jugoso no tiene nada que ver con el inglés. Esa joyita de las intervenciones televisadas es dramática en el más puro estilo operístico del término porque el discurso lo escribió un estadounidense, con estilo estadounidense y visionario, haciendo el trabajo que le han enseñado a hacer. Sin embargo el discurso lo interpretó una española, no diré que arquetípica (¡Dios me libre!) pero sí carente de visión sincera: Ana Botella no piensa que tomarse un café con leche en la Plaza Mayor sea una experiencia insuperable ni de coña; lo dice porque es lo que toca, pero no tenía fe en ninguna visión (más bien esperanza en la lotería electoral), y así, de entrada, sin la limpieza en la mirada de un orador visionario, es imposible que el hechizo yanqui funcione.

PD2: recientemente comenté estas reflexiones con una irlandesa y una francesa y ambas coincidieron más en la perspectiva quijotesca que en la supermana. Hasta qué punto el quijotismo puede ser un rasgo europeo escapa al conocimiento de este descreído invertebrado.

La falta de varón, o cómo se las gasta Dios


Este post es el vivo ejemplo de por qué mi bloj nunca podrá ser algo serio por muchas cosas dentífricas que diga, pero en fin, a veces se me ocurren tonterías y no tengo dónde soltarlas así que allá va.

Supongo que no se os ha pasado por alto todo el follón este que ha habido por los cambios que Ana Mato (alias confeti-woman) quiere introducir en la ley de reproducción asistida. La verdad es que hace años que no me motiva nada escribir en el bloj cosas de actualidad, como que me sale un sarpullido en los dedos y me asfixio en mi propia bilis o algo así, y de hecho no voy a entrar en el hecho de si los cambios son una discriminación o no hacia las mujeres no heteroadecentadas (aunque lo sea). No. Mi reflexión es un absoluto off topic a la gloriosa frase que ha soltado nuestra ministra:

La falta de varón no es un problema médico

Qué cosa más rancia de mujer, por favor. ¿Qué clase de oración es esa? ¿Qué cojones significa “la falta de varón”? ¿Es el varón una especie de ingrediente físico del cosmos o del clima para decirse así, sin artículo ni nada? “La falta de varón no es un problema médico, de la misma manera que la ausencia de lluvia no es óbice para salir a la calle”. Me morderé la lengua y no ahondaré en si la ministra se cree que nos tiene que explicar en qué consiste la fecundación y os diré a qué me ha recordado eso de “la falta de varón”, esa forma de expresarse que sólo de leerla siento como si me cayese un cubo de caspa encima.

Coslada, 13 de mayo de 1988. Día de la primera comunión de Copepodín.

Además de celebrarlo en el parque de atracciones recibí algún que otro regalo, todos ellos hace tiempo que cayeron en el limbo del olvido excepto uno. Un cómic. Un cómic… del Evangelio. Sí amigos, ese cómic que aún conservo y que debe estar en alguna de las cajas con el resto de mis posesiones, cogiendo polvo en casa de mis padres. Qué circunstancia tan lamentable, me hubiese encantado escanearos algunas de sus páginas para que pudiésemos comprobar juntos que era un buen cómic en el fondo. Lo digo en serio, el guión es el que es y no se puede mejorar mucho, pero la parte artística estaba bastante currada, los dibujos eran muy buenos, realistas, con bastante dramatismo, un cómic, en definitiva bastante currado y que leí incontables ocasiones, porque 1) en aquel momento yo aún estaba sujeto a la impronta religiosa de mi infancia en una familia como Dios manda, y 2) yo leía cualquier cosa que se me pusiese a tiro, para qué vamos a engañarnos.

Las virtudes del cómic, como decía, incluían una buena calidad del dibujo que sabía transmitirte la vida de Jesús de una forma distinta a las estúpidas representaciones infantiles de la catequesis. Podías ver a Jesús de mala hostia echando a los mercaderes del templo, acojonado en el Monte de los Olivos, veías la sangre y la crudeza de la Pasión mucho antes de que Mel Gibson se dedicara a dar rienda suelta a su fanatismo, había homenajes a Dalí y a otros pintores, había un mapa sorprendentemente detallado de Jerusalén, los ángeles no eran querubines alados sino sombras oscuras y misteriosas; había un realismo crudo en la decapitación de Juan Bautista o en la perturbadora resurrección de Lázaro… bueno, en general era un cómic religioso distinto, que no parecía para niños. Quizá por eso me gustaba.

Pero claro: los textos eran los que eran: Biblia pura y dura, y eso era un bajón constante que no paraba de rechinarme a cada viñeta por ese lenguaje arcaizante. Y aquí llegamos al meollo.

La Virgen María recibe un visitante nocturno. Como decía, es una sombra de la noche, casi un espectro. Le dice aquello de que va a concebir al hijo de Dios, y ella le responde:

“¿Cómo puede ser eso, pues no conozco varón?”

¡¡El anticlímax!! ¡Hija de mi vida! ¿Aparece un terrible ángel de la noche, guardián de la oscuridad y le respondes así? Me parecía una respuesta tan poco natural, tan casposa, que desde entonces el propio término “varón” me transmite arcaísmo y ranciedad. Aunque por aquellos años no estaba al tanto del uso bíblico del verbo “conocer”, la idea la captaba porque yo ya había pasado por una catequesis y tal. La duda era razonable, ¿Cómo vas a tener un hijo sin copular? (otro día os tengo que contar cómo me enteré de en qué consistía el sexo, recordádmelo) y ante dicha duda el ángel le responde algo así como “nada es imposible para el Señor tu Dios”, y ella se dice a sí misma “pues será eso”, y oye, ni una palabra más.

Hasta aquí, bien, pero nótese la ausencia del artículo en varón: “no conozco varón”, igual que “la falta de varón” de la que habla Ana Mato, el único clavo ardiendo, el único factor común que tiene el titular de una noticia con el rollo macabeo que os estoy contando sobre un cómic que me regalaron en mi primera comunión. Ya me estoy arrepintiendo de haber empezado todo esto. En serio, estoy por borrarlo, lo borraría de no haber prometido en tuiter que lo escribiría, así que seguiré.

Como bien deberíais saber, el ángel no había estado ocioso. Unos meses antes había estado preparando el terreno y había visitado a Isabel. Isabel era estéril, y tanto ella como su marido Zacarías estaban ya muy mayores para tener hijos, pero eso no les impedía sentir cierta frustración por haberse quedado los dos solos. Así que Dios decidió que Isabel y Zacarías tendrían un hijo (al parecer Zacarías sí que tendría el privilegio de ser algo más que padre putativo), concretamente el hijo sería Juan el Bautista, que era un poco como el teaser de Jesús, pero la idea era la misma: mujer que no puede tener hijo, va y lo tiene.

En esta ocasión el ángel en lugar de hablar con la interesada habla con Zacarías, y le dice lo mismo: que sepas que tu mujer va a tener un hijo. Zacarías, tras recuperarse del susto, tiene la duda razonable y le dice al ángel que cómo puede ser eso, que tanto él como Isabel están un poco mayores. ¿Y qué creéis que le dice el ángel? ¿Le suelta algo como a María en plan “tranqui que Dios controla”? ¡No! ¡El muy cabrón va y… LE DEJA MUDO! ¡Mudo! ¡Le deja mudo hasta que nazca el hijo ¡Nueve meses de mutismo forzoso por poner en duda el poder de Dios! ¡Pedazo de cabrón!

Copepodín, cuando leía esto, iba una y otra vez de una página a la otra comparando las reacciones de María y de Zacarías. No eran tan diferentes. Ninguna palabra más alta que otra, no se cachondean del ángel, no le echan de casa… nada. Los dos expresan su duda sobre que tener un hijo en su circunstancia sea posible… pero a María le suelta un “ya verás, ya… ¡vas a flipar! ;-)!” y a Zacarías un “Ah sí, ¿eh? ¡Pues te vas a cagar ahora, por listo sabelotodo! ¡¡ZASCA!! ¡MUDO!”.

Aunque Dios cumplió su palabra y Zacarías recuperó la voz para poder glorificar al Creador cuando tiene a su retoño en brazos, a mí la exégesis de estos dos pasajes me dejaba muy, muy preocupado. ¿Qué clase de todopoderoso se comportaba de esa forma tan pusilánime? ¡Menudo peligro! Al menos saqué una provechosa enseñanza: en el hipotético caso de que en algún momento me cruzase con Dios (yo qué sé, en el peluquero o en los columpios) más me valía andar con mucho ojito, porque no era de fiar y tenía muy mal pronto. A su vez me recordaba a aquel chiste del autoestopista que no podía decir nada y… bueno ese si acaso lo cuento otro día, que si no esto va a parecer Inception. La cosa es que daba la sensación de que no importaba cómo te comportaras, al final lo definitivo es si le caías gordo a Dios o no. Creo que si la reflexión me pilla con más bagaje me hago calvinista.

Es tentador decir que aquella reflexión fue un inicio de rebeldía contra la impronta católica, pero aún me quedaban algunos años para eso. Me marcó lo suficiente, eso sí, para que cuando oigo a Ana Mato hablar de “la falta de varón”, como quien habla de que te falta un hervor o el graduado escolar, me chirríe igual que un cómic gráficamente atractivo pero lingüisticamente arcaico. ¡Brrrrrr!

Y además me pregunto si nombrarán a Gabriel el Oscuro como patrón de la reproducción asistida: que lo mismo te preña que te deja mudo.

Os dije que era muy largo para Tuiter.

Caligrafía nacional


La divagación irrelevante del momento: ¿Se os ha pasado por la cabeza alguna vez que la caligrafía puede tener patrones… nacionales? Hasta hace unos años me había parecido que la caligrafía era más bien algo muy personal, con más variabilidad intranacional que internacional, pero acabé sospechando que sólo en parte. Una vez hablando con uno de mis amigos griegos (uno con el que empecé teniendo correspondencia en papel, ¡qué tiempos!, y que por lo tando conocía mi letra) me dijo que le hacía mucha gracia cómo escribía la “z”, por aquello de cruzarle un trazo por el medio. Nunca había pensado en aquello, pero ciertamente él no lo hacía y no parecía que nunca se lo hubiese visto hacer a nadie excepto a mí. Fijándome a mi alrededor me di cuenta de que aunque había bastante variabilidad, era corriente que la gente cruzase la “z” y el “7”. Me parecía que quizá era algún tipo de sistema para evitar confusiones con el “1” y el “2”, pero no sabía muy bien de dónde vendría aquello ni qué “fronteras” tenía esa costumbre, y sigo sin saberlo.

Por aquí por el yanqui, veo diariamente tubos, etiquetas, apuntes y notas de mucha gente, y nadie cruza el “7” ni la “z”. Además me he dado cuenta de otra diferencia a la hora de escribir el número “2”, de una forma que me hubiese parecido un tanto infantil, exagerando mucho el bucle. Al principio pensaba que era de una persona en concreto, pero llevo fijándome varios días y en secretaría, en la oficina de correos… en todas partes trazan el “2” con un bucle enorme, independientemente de la edad, el sexo la ocupación o cualquier otra cosa que no parezca ser la nacionalidad. Incluso los “6” me parecen distintos, como muy inclinados.

Evidentemente si no tuviese nada mejor que hacer, sería estupendo llevar a cabo una encuesa científica sobre este tema tan apasionante, pero mientras tanto, lo dejo caer por aquí a ver qué os sugiere.

20130216_161427

A la izquierda, el siete, la zeta, el dos y el seis como los escribo yo, a la derecha, idealización de cómo los veo escritos aquí. Ojito con el “2”, que de verdad que lo escriben así.

El amante de Jesús y las dramáticas consecuencias del homoerotismo bíblico


juan1De todas las cosas que me han llamado como bloguero, quizá la que más ilusión me hizo fue aquella vez en la que me definieron como “irreverente”. Queda muy guay que te llamen irreverente, como muy alternativo y modernillo. Me hizo ilusión por lo inesperado, ya que no tengo mucha conciencia de serlo particularmente. Podría parecer por el título de este post que me propongo cumplir mi cuota mensual de irreverencia de forma facilona y premeditada. He releído dos veces el tochazo que os queda por delante y la verdad, no creo que sea así, pero no puedo evitar pensar que estoy poniendo un cebo jugoso para que se acuerden de mí y de todos mis familiares. Lo que vais a leer es una de estas ideas que tienes en el tintero durante años (yo antes hacía más cosas de este estilo), pero que nunca te animas a escribir porque no es el momento, o porque ya no estás para ciertos trotes. Reconozco que ha habido un suceso que ha sido el que me ha animado a retomar esta idea abandonada. Se trata, una vez más, de uno de esos ejemplos en los que la religión saca su comodín de excepcionalidad para que no se le pueda aplicar lo que en cualquier otro colectivo sería perfectamente aceptable. El uso de un ídolo en un cartel publicitario de un acto de una revista satírica (que podía haber sido mucho, mucho más cruel y blasfema) ha bastado para que afloren las lágrimas de cocodrilo, la susceptibilidad más encendida a flor de epidermis y la querella como remedio contra los mosquitos. Por eso me ha parecido que era un buen momento para animarme a compartir otra de mis reflexiones irrelevantes y así mato dos pájaros de un tiro: doy salida a la idea que llevaba años en el tintero, y de paso ejercito un poco el músculo de la libertad de expresión, no sea que se nos atrofie. Como ya habréis adivinado, pues sois gente enteradilla y avispada, vamos a hablar de Jesús de Nazaret y de si tuvo un amante de su mismo sexo, y luego divagaremos largo y tendido.

Antes de entrar en materia, un nuevo aviso: el primero que no se cree nada de lo que vais a leer a continuación soy yo mismo. No le doy ni el más mínimo crédito, oiga, nada, cero. Básicamente porque a Jesús de Nazaret no se le puede tratar como si fuese una figura histórica. Como dice un tío mío, profesor de historia (muy sabio él, aunque esto es una percepción mía que no tenéis por qué compartir si no os fiáis de mí), si hiciéramos una aproximación a Jesús usando las herramientas habituales de investigación histórica no obtendríamos un cagao; no pasa la prueba del algodón. Jesús no es una figura histórica. Si alguna vez os han hablado del tema, lo mejor os acordáis de Flavio Josefo o Suetonio soltando un par de frasecillas aisladas casi un siglo después de la supuesta crucifixión y que ni siquiera son sobre Jesús en sí, sino sobre los primeros cristianos. Lo cierto es que no hay ni una sola fuente fiable y contrastada, siquiera de la existencia del tal Jesús, y en caso de que existiese de verdad, de su vida sabemos lo que quisieron decir los sucesivos evangelistas, cuyos relatos ni son ni pretenden ser históricos, se escribieron en años muy posteriores a la vida de su protagonista, y guardan entre sí a veces significativas incoherencias. La aproximación a Jesús, o se hace desde la fe (cosa que este invertebrado no puede hacer), o se hace desde la mitología-literatura, cosa que sí podemos hacer todos para nuestro deleite y disipación. En resumen, hablar sobre la sexualidad de Jesús viene a ser como hablar de si a Ulises le olía el aliento o si a Quetzalcóatl le fastidiaba madrugar: es simplemente un ejercicio que se puede hacer para pasar el rato leyendo y aprendiendo curiosidades, pero ni es productivo ni tiene por qué acercarnos a ninguna realidad histórica. Obviamente esto tampoco es una investigación seria ni he realizado ninguna revisión bibliográfica, ni he hcho nada original que mereca la pena reseñar o que no se hubiese dicho antes. Esto es un bloj y lo que aquí cuento es como si lo soltara en el bar, (un bar un poco raro) avisados quedáis.

Lee el resto de esta entrada

El gen de “porque no me sale de los cojones”


Hace ya mucho tiempo que no hablo de “actualidad”. No sé muy bien por qué es. No es nada que haya querido hacer a propósito, simplemente no me ha apetecido. No creo que tenga nada nuevo que decir. Esto no significa que no esté puteado, como todo hijo de vecino, ni que haya sufrido ningún cambio personal y que ahora me la sude todo lo que pasa. Como nos ocurre a todos, o eso pienso, las conversaciones con amigos, conocidos y fruteros están dominadas por el monotema (no confundir con los mamíferos ovíparos) y todos discutimos alegremente durante horas, si es necesario, sobre los orígenes de la crisis, los culpables, las posibles soluciones, interrelaciones con factores internos, internos y todo tipo de pajas mentales variadas. Vamos, lo que de toda la vida se ha llamado “arreglar el mundo”.

Esta actividad hay que tomársela con calma para no amargarse la tarde y para que lo que empezara siendo una quedada con los amigos se convierta en un velatorio, pero sea como sea, es curioso ver cómo con mucha frecuencia, e independientemente de con quién estés, se puede acabar reduciendo cualquier problema a una serie de “primeras causas”, así, en plan aristotélico. Después de un tiempo hablando de cualquier conflicto se llega como a un núcleo duro de cuestiones irreductibles: cooperación-deserción, colectivismo-individualismo, bien-mal, yin-yang… como si todo fuera muy sencillo y los problemas complejos se pudiesen expresar como excrecencias, tumores y metástasis de situaciones cotidianas en las que demostramos que como colectivo, como especie “somos lo peor”. Lo mejor llegado este punto es pedir otra ronda y hablar de otra cosa.

La verdad es que a veces es muy tentador pensar que realmente llevamos dentro una capacidad innata de echar a perder cualquier proyecto colectivo. Hace poco tuvo lugar una anécdota en mi comunidad de vecinos que va en ese sentido, y como no tengo nada mejor que hacer, pues os la voy a contar.

Vivo en un pequeño y añejo edificio de Madrid. Entre unas cosas y otras (viviendas vacías, consultas ilegales de homeopatía y cosas por el estilo) somos en total seis (6, six, ni una más) “unidades familiares”  que convivimos a diario. Este reducido número nunca ha sido óbice para que esta pequeña finca recuerde a la de “La Comunidad” de Alex de la Iglesia, y os podría contar algunas historias de terror, como la del moroso que debe 11.000 napos, los pleitos entre familias, los insultos en las reuniones y el día en el que nos llamaron “pobres” a mi Alfie y a mí por sugerir que nos acogiéramos a una subvención para poner de una puñetera vez un ascensor. Bien, dejemos eso para otro día. El tema de hoy tiene que ver con la basura.

Nuestra comunidad es muy pequeña y no tenemos portero. La adecuada colocación de los contenedores de basura en la vía pública y su recogida por las mañanas depende de la buena voluntad de los vecinos. Ya os imaginaréis que la cosa funciona… así así. Una de las cosas más frustrantes es ver que en el cubo amarillo (destinado a envases de plástico, bricks y demás) aparecen constantemente grandes cantidades de cartón y papel. El hecho de que tengamos un contenedor específico de papel a menos de veinte metros de la entrada al edificio me sacaba de mis casillas. El contenedor está tan cerca y es tan accesible que no me entraba en la cabeza que hubiese alguien tan sumamente huevón como para no dar dos pasos más y tirar la basura donde corresponde. Como soy un ingenuo, tendía a dar el beneficio de la duda y pensar que el culpable quizá no conocía muy bien el asunto del reciclaje, o algo por el estilo.

Yo no soy nada de llamar la atención a los demás. Nunca he sido el héroe que lee en voz alta su libro al desgraciado que tiene la música a todo trapo en el metro, haciéndole que la apague avergonzado (¿leyenda urbana?). En una ocasión, hace como doce años, tuve la osadía de señalarle a una mujer, educadamente, que no se podía fumar en el autobús y sólo recibí insultos. Asumí que el papel de desfacedor de entuertos y justiciero cudadano no iba conmigo, y así fue hasta hace un par de semanas, cuando apareció en el portal un cartel del ayuntamiento que avisaba de un nuevo calendario de recogida del cubo amarillo.

En un arrebato de civismo, y acogiéndome a un buenrrollismo y talante zapateril, decidí escribir uno de esos letreros pasivo-agresivos tan típicos de portal. Mi padre estaría orgulloso. Podría bajar y hacerle una foto ahora mismo, pero paso de que os riáis de mí, así que os haré un resumen:

“Ya que estamos, recordad que el papel y el cartón NO van al cubo amarillo, sino al contenedor azul que hay justo enfrente del portal. No cuesta nada. Gracias”

Como veis, tiene mucho de pasivo y poco de agresivo, pero aún así no ha servido de mucho. Ayer mismo, frente a la puerta, había un montón de papel desparramado. Interpreto que el basurero, hasta los mismísimos cojones de recoger papel de nuestra comunidad, decidió tirarlos al suelo. Esta misma tarde volvía a haber papeles en el cubo amarillo. Mi cartel, ahí sigue, muerto de risa.

Me hubiese gustado una respuesta, un insulto, un feedback negativo, pero no: la más absoluta y completa indiferencia es mucho más elocuente. Quienquiera que sea de las seis viviendas simplemente pasa olímpicamente de todo y sigue echando los papeles por sus santos cojones en el cubo del plástico. Y antes de que lo digáis: no, no hay abuelos ni analfabetos ni ciegos en la comunidad. Ojalá os hubiese podido relatar una historia épica en la que le subo una pila de papel a un vecino y tenemos un pollo monumental, pero os tenéis que conformar con esta historia mediocre.

La reflexión:

Si seis familias no son capaces de colaborar en algo tan sencillo, tan fácil y tan accesible como tirar la basura a veinte metros del portal, ¿tiene esperanza una estirpe cuyo porvenir quizá dependa de la cooperación de miles de millones de personas? ¿Estamos condenados a la deserción? ¿Es el hombre un lobo para el hombre? ¿Es el lobo un hombre para el lobo? ¿Existe el gen de “porque no me sale de los cojones”?

Cita autocrítica:

“Todos llevamos un inquisidor dentro”

Julio Anguita

Seguiremos informando…

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 1.958 seguidores