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La especie de la semana: una araña sin nombre


Hoy estoy un poco vago, así que la especie de la semana la presenta Phil Torres. Se trata de una “araña titiritera“, que tiene por costumbre fabricar con restos vegetales una imagen bastante fidedigna y amenazadora de una araña más grande que ella. Lo realmente impresionante es que esta araña de mentira tiene ocho patas, prosoma y opistosoma, como las arañas de verdad. En este vídeo Torres lo explica todo con detalle y además se puede ver el metraje correspondiente al descubrimiento en sí de la araña, lo cual está muy bien. Aún no está confirmado que se trate de una nueva especie del género Cyclosa, pero por ahí parecen ir los tiros.

Aunque el descubrimiento tuvo lugar hace tiempo, la araña en realidad está sin describir aún, y como os dice Phil, aceptan sugerencias para el nombre, así que, animáos y participad.

Vía: BioTay, que también le puso el apodo de “titiritera”

En todas partes cuecen habas…

… y todos los países tienen sus peones negros:

Conspiracionismo

Este cartelito me llamó la atención este domingo en una calle de Harlem, Nueva York. Publicita alguna “teoría conspiratoria” sobre la autoría yanqui de los atentados del 11-S. “Another Pearl-Habour”, “9/11 was homegrown”, “I beg you to die for a lie”, y ese tipo de cosas, ya sabéis, “queremos de saber”. Otros cartelitos cercanos hablaban sobre los puntos negros de la investigación, datos que no encajan, la imposibilidad física de que el combustible de un avión pueda fundir las vigas del World Trade Center… en fin, que por un momento una extraña sensación de dejà vu me invadió y sentí que estaba leyendo “El Mundo“.

Pero hay que reconocer que el cartel mola, digno de una película protagonizada por Denzel Washington.

Hermida dixit, (tal día como hoy)

“Una cosa sí tengo clara y se la voy a decir. No sé ni cuándo no con quién, pero esto es la guerra.”

Jesús Hermida
11 de septiembre de 2001

Hoy hacen ya siete añitos del acontecimiento que más ha marcado este incipiente siglo. Supongo que todos más o menos recordamos qué estábamos haciendo ese día. Yo hacía el vago, que por algo era entonces estudiante todavía, y me planteaba qué hacer entre mis primeras vacaciones (las de agosto) y las segundas (las de septiembre), pero me estoy desviando. La cosa es que en cuestión de minutos, lo que parecía ser un incendio en un rascacielos se convirtió en el fenómeno informativo de la década. No recuerdo en qué canal (todos ellos, evidentemente, habían suspendido su programación) apareció de repente Jesús Hermida, al que algún redactor jefe había sacado del fondo de un baúl perdido en algún sótano. Para quienes no lo conozcáis, Hermida es un periodista español encantado de conocerse, bastante famoso en su día pero del que, al menos yo, no sabía nada desde hacía años y no lo he vuelto a ver en antena desde el 11-S. La cosa es que allí se puso a comentar la jugada con el presentador de turno. Tras el fin de fiesta, con la caída de las torres, y a modo de guinda final a su flamante intervención, por poner algo de cierta contundencia después de la pura incertidumbre que era aún todo aquello, dijo a modo de conclusión algo parecido a lo que cito arriba. Hoy me he acordado de esas palabras y la verdad es que no le faltaba razón. Es curioso, sin embargo, que siete años después sigamos (todos) aún en guerra. La guerra de la que hablaba Hermida no resultó ser la de Afganistán ni la de Irak, sino la guerra contra el terror, que, reconozcámoslo, queda muchísimo más molona en tu currículum si te dedicas a estas cosillas (“yo combatí contra el terror”, y tal). Qué grande, este Hermida, qué profeta visionario. Seguimos sin saber ni cuándo ni con quién.

Bien, hoy me hubiese gustado contar cómo es un 11 de septiembre en Connecticut, pero la verdad es que esto de vivir en el monte y no tener contratada la televisión por cable limita bastante mis capacidades, y casi lo agradezco. Alguna banderita extra en las puertas de las casas, las de la universidad a media asta y algún comentario de condolencia en la radio. Eso es todo. Lógicamente la vida sigue, pero la guerra contra el terror también.

No soy el periodista que están busssssscando…

Primeras impresiones

Hartford Downtown
Hartford Downtown

Estos días están siendo de infarto por aquello de poner a punto las gestiones y ubicarse un poco en el trabajo y en la vida diaria, pero parece que poco a poco las cosas van adquiriendo cierta agradable rutina. No sé si interiormente acabaré acostumbrándome a la forma de hacer las cosas aquí: comer a las doce, café horrible, trato aparentemente cordial y con dosis extras de amabilidad pero que se convierte en desinterés cuando hay una verdadera necesidad, el vapor saliendo de las alcantarillas, pulgadas, galones y libras y esas cosas. Lo que sí sé, y desde el primer momento, es que en muchos otros aspectos voy a echar mucho de menos esto cuando regrese, sobre todo en lo que respecta a cómo se trabaja aquí. Y es que se nota que donde hay dinero y entusiasmo (especialmente lo segundo tiende a escasear en las universidades españolas), las cosas pueden funcionar muy bien. Vale que me estoy canteando por opinar sobre esto después de llevar sólo unos días, pero se me ha pasado por la cabeza que algunas de las cosas del “Plan Bolonia” europeo podrían realmente suponer una mejora. También es cierto que estoy viviento en el microcosmos prístino de una comunidad universitaria aislada en mitad del campo, con estudiantes llevando orgullosos sus chapitas de Obama y librerías llenas a reventar de obras sobre evolución. (Pequeño inciso, hoy casi me da algo cuando he descubierto que las guías de campo -esa pasión irracional que no puedo controlar-, están aquí tiradas por los suelos. Por menos de $20 te agencias una guía buenísima de insectos, árboles o aves, y por apenas 60, con la flora de Canadá y norte de los USA, en tres tomos. Mi equipaje de regreso va a llevar peso de más). Pasearse por un “mall” de mala muerte con el propósito de ir al cine da una impresión mucho más decadente de la realidad del país y más familiar para los amantes de los tópicos. Ya tengo fichado un centro de reclutamiento (queda justo al lado de la tienda de productos de musculación para vigoréxicos, y muy cerca de la tienda especializada en tarjetas de felicitación, de gama inimaginable), tengo que echarle webos y entrar a preguntar un día de estos.

El domingo pasado nos fuimos a visitar Hartford. Craso error. Uno ya sabe que las ciudades estadounidenses no son como las europeas, que no hay mucho que ver en ellas y tal, pero hasta que no lo experimenta en sus propias cannes no se escarmienta. Un domingo por la mañana Hartford está totalmente desierto y está todo cerrado (y con eso quiero decir totalmente desierto y que todo está cerrado). Es bonito como decorado para rodar la escena de “Abre los ojos”, pero poco más. Lo único que te encuentras son frikis, pero de los de verdad, freaks, bichos raros (e indigentes, claro).

Total, que nos dimos dos paseos y nos volvimos para dar una vuelta por los bosques de por aquí, una opción mucho más acertada.

hongos en tronco

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