Los osos polares que se volvieron pardos a base de polvos
Otra reflexión invertebrada sobre los conceptos de especie
Esto que voy a contar aquí es un corolario de este artículo de divulgación (que a su vez es un comentario de este estudio). Al contrario que el hipster gafapasta autor del susodicho artículo (no los autores del estudio, que es para quitarse el sombrero), intentaré no irme por las ramas e intentar llevaros directamente a una de las ideas que más me han entusiasmado sobre este descubrimiento, y que como ya os imaginaréis, tiene que ver con ese asunto tórrido, excitante y lujurioso que es el de la ontología de las especies y que tanto me gusta.
Como decía, intentaré ser breve.
Premisas
Entre las muchas especies de osos que se reconocen, están los inconfundibles osos polares (Ursus maritimus) y los osos pardos (Ursus arctos). Se considera que ambas especies están muy estrechamente emparentadas, a pesar de que el oso polar supone toda una rareza en el mundo osuno tanto a nivel morfológico como ecológico.
El oso pardo vive en una región muy extensa del hemisferio norte, por lo que como es de esperar presenta una variabilidad genética muy amplia. Tampoco sorprende mucho que el oso polar sea mucho más singular e invariable a este nivel.
Desde hace tiempo se sabe que los osos pardos y polares hibridan dando lugar a individuos fértiles, tanto en cautividad como en estado salvaje y no se ha acabado el mundo, que se sepa.
Hace tiempo se descubrió con gran sorpresa que los osos pardos del archipiélago ABC del sur de Alaska (así llamado por comprender las islas de Admiralty, Baranof y Chichagof), aislados y a más de 1.2oo km del oso polar más cercano, tienen un genoma mitocondrial idéntico al de los osos polares. Pese a que ha habido varios intentos, nadie había explicado de forma convincente qué pintaban estos osos en toda esta historia.
Resultados del estudio
Esta gente, vaya usted a saber cómo, extrajeron material genético de un puñado de osos polares, un oso pardo “normal” y un oso pardo de las islas ABC, y le aplicaron la secuenciación a tutiplén. Después hicieron muchas cosas molonas con los datos y llegaron a varias conclusiones:
- Los osos polares son genéticamente muy uniformes, los pardos no tanto (como ya se sabía).
- El genoma nuclear del oso pardo de las islas ABC tiene en una pequeñísima pero significativa proporción (0.75%) de genoma de oso polar, así hablando en términos generales.
- Sin embargo, si examinamos sólo en cromosoma X, esa proporción es de un nada desdeñable 6.5%.
¿Qué carajo ha pasado aquí?
Pista: el genoma mitocondrial se hereda exclusivamente por vía materna. El cromosoma X, si bien está presente en los dos sexos, está presente con doble copia en las hembras.
Modelo más plausible
Durante el último máximo glacial, el sur de Alaska era bastante diferente a como lo vemos hoy. No había salmones ni bosques de coníferas sino que probablemente se trataba de un paraje mucho más ártico donde los osos polares campaban a sus anchas. Cuando los hielos se retiraron, algunos osos polares permanecieron en el archipiélago ABC. Con el tiempo su color quizá desentonaría en una costa cada vez más templada, pero ¿qué narices? se las apañaron para vivir más o menos dignamente.
De forma inevitable, el clima templado trajo consigo la flora y fauna de la taiga, y entre ella, a los osos pardos. Es interesante puntalizar que los osos de esta especie que más se alejan de las poblaciones nucleares son los machos jóvenes y trotamundos que buscan aventura y oportunidades en otras poblaciones. Al parecer no sería de extrañar que en una Alaska ya repoblada de osos pardos, los machos jóvenes acabaran cruzando el estrecho brazo de mar que separa las islas ABC de la Alaska continental, encontrándose un exótico y sorprendente edén ártico con osas de buen ver. No es necesario entrar en detalles sobre si los machos de oso pardo tendrían más éxito adueñándose de los territorios de las islas ABC, basta tener en cuenta que a partir de cierto momento el flujo de machos pardos a las islas ABC sería continuo, durante generaciones, durante milenios, mientras que la población de osos polares nunca recibiría ningún refuerzo, pues sus congéneres más próximos se encontraban ya a más de mil kilómetros al norte. Era cuestión de tiempo que los machos pardos (y más concretamente los cromosomas de sus espermatozoides) fuesen, literalmente, erosionando el acervo genético polar al irse hibridando con la población local. Al principio serían una clara minoría, pero el flujo constante de genoma pardo en una población polar acabaría disolviendo con el tiempo casi todas las trazas de tan nobles ancestros. Sin embargo, puesto que los inmigrantes en las islas siempre son machos, el genoma mitocondrial (que se hereda estrictamente por línea materna) permanecería intacto. Asimismo, el cromosoma X, presente por partida doble en las hembras, acabaría reteniendo más genoma polar que los autosomas.
Implicaciones
Por increíble que pueda parecernos, esta historia es la que resulta más coherente con los datos de los que disponemos, y que además es perfectamente plausible desde el punto de vista biológico. Ahora bien ¿qué consecuencias tiene esto desde el punto de vista sistemático? ¿Cómo definiríamos a los osos de las islas ABC?
Llegado este punto, si empezamos a hacernos preguntas sobre especies, cada uno sacará su concepto fetiche del armario. El partidario del concepto ecológico lo tendría claro. Igualmente le pasaría al zoólogo de toda la vida: las diferencias entre osos pardos (sea cual sea su zona geográfica) y los osos polares es tan evidente que la duda ofende. La aplicación de estos conceptos ignoraría totalmente el resultado de este estudio y la portentosa transmutación de la población de las islas ABC.
Podría pensarse que el concepto biológico de especie y su aislamiento reproductivo nos resolvería la papeleta, pero no suele ser así. Este sería un caso de libro en el que un defensor del concepto biológico defendería que osos pardos y polares son en realidad miembros de la misma especie. Sorprendería mucho ver a partidarios de esta opinión, y al menos yo no tengo noticia de ello, en parte porque no tendría mucho sentido, y en parte porque en esencia, las poblaciones polares y las pardas sí que están básicamente aisladas reproductivamente. El hecho de que no hayamos presenciado hibridaciones no quiere decir que no las haya de forma regular (como se sabe que ocurre gracias a la huella genética que dejan) sin ser ello óbice para que los partidarios de este concepto sigan reconociendo aislamiento reproductivo.
El concepto filogenético difícilmente llegaría a ninguna conclusión, o mejor dicho, dependería mucho de qué set de datos escogiésemos. Si nos diera por usar el ADN mitocondrial, tendríamos un buen berenjenal que resolver, por ejemplo reconociendo tácitamente a los osos de la isla ABC como una especie críptica de osos polares (estas cosas se hacen mucho). Si los marcadores escogidos hubiesen sido nucleares, seguramente ni nos hubiésemos enterado de que los osos de las islas ABC son un tanto especialitos. En realidad, lo que tenemos aquí es una reticulación de libro en el árbol filogenético, una anastomosis entre dos ramas (¡anatema hennigiano!, ¡pecado cladístico!). Si contamos la historia se entiende a la perfección, pero los métodos estadísticos que usamos para reconstruir filogenias suelen forzar siempre la historia de las estirpes en forma de árbol dicotómico (esta es una de las restricciones metodológicas a las que hice mención en su día). Es interesante además que estas reticulaciones, estas transferencias horizontales en el árbol, son carne de cañón para interpretaciones rarunas llenas de transposones y de elementos de esos que hace que se le caiga la baba a los autodenominados neolamarckistas, pero es curioso cómo hemos visto que se pueden explicar incluso con la más ortodoxa y vertical de las herencias sin necesidad de un deus ex machina.
Así pues, tenemos dos entidades biológicas que a día de hoy son perfectamente reconocibles y distinguibles entre sí por multitud de criterios distintos, pero ninguno de ellos encaja con facilidad el hecho científico de que una de ellas se haya convertido en otra, cálida y rítmicamente empujada por los ardorosos envites de los osos en celo. Literalmente. Este ejemplo es cojonudo para entender que los conceptos de especie son herramientas para reconocer las propiedades emergentes que dichas especies tienen, pero no son definiciones en sí. Si lo fueran estaríamos asumiendo una posición esencialista de un fenómeno natural que intentamos entender y delimitar pero cuya plasticidad se resiste a nuestros encorsetados fonemas. Nunca me cansaré de recomendar los siguientes artículos sobre este tema, que cambiaron mi vida:
De Queiroz, Q. 2007. Species Concepts and Species Delimitation. Syst. Biol. 56: 879-886
Pigliucci, M. 2003. Species as family resemblance concepts: The (dis-)solution of the species problem? Bioessays 25: 596-602
Con el móvil hasta en la cama
Quizá porque me cuesta conciliar el sueño (sin duda debido a mis ponzoñosos pensamientos), valoro mucho lo que es un descanso reparador y un buen despertar. En su día ya os conté el idilio amoroso que tenía con mi despertador (idilio interrumpido como tantas otras cosas con mi traslado al yanqui). El despertador de marras tenía dos características molonas: que combinaba una lámpara de mesilla que se enciende gradualmente conforme se acerca el despertar y que en lugar de un horrendo pitido incluía una colección de sonidos campestres que eran los encargados de despertarte, también de forma gradual. La verdad es que aunque el madrugón no te lo quita nadie, es mucho más agradable despertarse poco a poco a lo largo de diez minutos, casi sin darte cuenta.
Otro problema persistía. A veces, independientemente de que duermas muchas horas, te despiertas hecho un trapo, y otras en las que duermes menos, te sientes más animado a salir de la piltra. La sabiduría popular, no sé si suficientemente contrastada, nos dice que esto tiene que ver con despertarse en mitad de una fase REM (si la interrumpes te quedas ya tocado para todo el día) o en una fase de sueño ligero; fases que se van alternando a lo largo de la noche. Lo difícil, claro está, es cómo controlar la duración y alternancia de dichas fases, ¡y hacérselo saber a tu despertador!
Sin embargo, nuestra capacidad de complicarnos la vida es insuperable y mirad lo que he encontrado por ahí:
La idea está clara: pones el listófono en el colchón, y su acelerómetro monitoriza cuánto te mueves. El teléfono interpreta los periodos de poco movimiento con una fase REM (sueño profundo), en las que el cerebro está activo y se producen la mayoría de los sueños, pero el cuerpo generalmente se mantiene atónico. Las fases de sueño profundo se alternan con otras de sueño ligero en las que se producen más movimientos. El teléfono conoce la hora límite a la que debes despertarte y un intervalo previo de tiempo que tú eliges (por ejemplo, 30 minutos) en los que, si detecta una fase de sueño ligero, puede despertarte. Como no podía ser menos, el tono del despertador también incluye una surtida colección de sonidos que puedes programar con volumen creciente para un comienzo del día menos brusco. Una cucada.
El gráfico superior es de un día que dormí bastante bien. La aplicación estimó un 56% de sueño profundo y me despertó en una fase de sueño ligero. El gráfico inferior es de una nochecita toledana que la pasé tosiendo. Sólo un 30% de sueño profundo.
El fundamento parece sencillo y tiene sentido, aunque sospecho que sólo es capaz de estimar de forma aproximada las fases del sueño y su duración. Llevo probando la aplicacioncita sólo unos días y la verdad es que me ha enganchado, porque combina mi interés obsesivo por el sueño con el placer científico de conseguir series de datos acumulativas y un registro completo de tu actividad nocturna. Me fascina ver por la mañana cómo se han alternado durante la noche fases de mucho y de poco movimiento, algo totalmente cotidiano pero de lo no nos damos cuenta.
Hasta tal punto he picado, que hasta he pagado por la versión desbloqueada (con acceso a mogollón de estadísticas molonas).
Y mirando esto te puede dar la hora de dormir
Otras cosas opcionales que hace el invento:
- Despertador inverso: te avisa de cuándo debes irte a dormir para dormir las horas que deseas (un poco inútil pero nunca está de más).
- Estadísticas de cosas muy molonas, como déficit de sueño acumulado, promedios del momento de la noche en que te quedas dormido, horas óptimas en las que irse a dormir…
- Nana: reproduce “ruidos blancos” o sonidos campestres o meteorológicos para ayudarte a conciliar el sueño. El volumen baja progresivamente a lo largo de un intervalo de tiempo dado hasta quedar en silencio. Esto me está encantando y es especialmente útil cuando la madera del suelo cruje estrepitosamente con los cambios de temperatura como pasa en mi actual apartamento. Nada como ponerse cantos de ballena para quedarse frito.
- Grabación de sonidos: puedes pedirle al teléfono que te grabe durante la noche (ronquidos, hablar en sueños,… psicofonías), si te atreves, claro. Se acabó el “yo no ronco”.
- Despertador captcha: ¿No os pasa que a veces automatizais el gesto de apagar el despertador? Si esto supone un problema, ponéos un captcha, que puede ir desde un juego visual hasta resolver una operación matemática de dificultad variable. Está bien pensando, pero es una guarrada.
- Inducción de sueños: puedes programar la aplicación para que reproduzca sonidos durante las fases REM. supuestamente esto estimula la capacidad de tener sueños lúcidos y fáciles de recordar. Lo probé una noche y sí que es cierto que recordé uno de los sueños que tuve (la verdad es que casi nunca los recuerdo), pero no sé si fue por esta función (que me pasó desapercibida) o por algún tipo de efecto placebo.
Me jode hacer publicidad directa, pero en el vídeo de Youtube pone cómo se llama la aplicación por si os interesa. Me consta que hay equivalentes para teléfonos de Apple. Por supuesto la aplicación tiene un “pero” importante cuando no se duerme solo, y es que parece difícil que distinga las fases del sueño de cada una de las personas que comparten cama. Cuando se me reconcilie la vida laboral y la familiar (en las próximas semanas) ya veré si se me ocurre alguna idea (calibrar el sensor al mínimo y enganchártelo en el tobillo con el brazalete de salir a correr o algo así), pero de momento aquí sigo yo de lo más entretenido. Eso sí, ya han conseguido que me lleve el móvil hasta a la cama.
Caligrafía nacional
La divagación irrelevante del momento: ¿Se os ha pasado por la cabeza alguna vez que la caligrafía puede tener patrones… nacionales? Hasta hace unos años me había parecido que la caligrafía era más bien algo muy personal, con más variabilidad intranacional que internacional, pero acabé sospechando que sólo en parte. Una vez hablando con uno de mis amigos griegos (uno con el que empecé teniendo correspondencia en papel, ¡qué tiempos!, y que por lo tando conocía mi letra) me dijo que le hacía mucha gracia cómo escribía la “z”, por aquello de cruzarle un trazo por el medio. Nunca había pensado en aquello, pero ciertamente él no lo hacía y no parecía que nunca se lo hubiese visto hacer a nadie excepto a mí. Fijándome a mi alrededor me di cuenta de que aunque había bastante variabilidad, era corriente que la gente cruzase la “z” y el “7″. Me parecía que quizá era algún tipo de sistema para evitar confusiones con el “1″ y el “2″, pero no sabía muy bien de dónde vendría aquello ni qué “fronteras” tenía esa costumbre, y sigo sin saberlo.
Por aquí por el yanqui, veo diariamente tubos, etiquetas, apuntes y notas de mucha gente, y nadie cruza el “7″ ni la “z”. Además me he dado cuenta de otra diferencia a la hora de escribir el número “2″, de una forma que me hubiese parecido un tanto infantil, exagerando mucho el bucle. Al principio pensaba que era de una persona en concreto, pero llevo fijándome varios días y en secretaría, en la oficina de correos… en todas partes trazan el “2″ con un bucle enorme, independientemente de la edad, el sexo la ocupación o cualquier otra cosa que no parezca ser la nacionalidad. Incluso los “6″ me parecen distintos, como muy inclinados.
Evidentemente si no tuviese nada mejor que hacer, sería estupendo llevar a cabo una encuesa científica sobre este tema tan apasionante, pero mientras tanto, lo dejo caer por aquí a ver qué os sugiere.
A la izquierda, el siete, la zeta, el dos y el seis como los escribo yo, a la derecha, idealización de cómo los veo escritos aquí. Ojito con el “2″, que de verdad que lo escriben así.
La nevada, sin más
Parte 1. Viernes 8 de febrero, 22:45
Una de las cosas que más temía de venirme a Connecticut era el invierno. Hasta ahora siempre había disfrutado de visitas otoñales, con todo el encanto cromático de los bosques de Nueva Inglaterra listos para disfrutar. El invierno quedaba en los mitos y leyendas que me contaba un doctorando panameño y buen amigo que sufría como pocos el aislamiento del “rincón tranquilo de Connectituc” combinado con el azote de los rigores invernales. Como uno se lo venía venir, me pertreché (o me pertrecharon) de buen abrigo, botas, calcetines, ropa interior térmica, guantes, la bufanda que Marple me regaló el año pasado (y que no usé en Madrid) y el gorrito tipo aviador (que tampoco pude usar en la meseta carpetovetónica durante el templado invierno pasado). Y de esta guisa vengo disfrazándome más o menos desde finales de noviembre. Poco importa que cierta fauna autóctona se pasee por el campus sospechosamente ligera de abrigo. Ande yo caliente…
La primera nevada cayó a finales de octubre, creo. El autobús se retrasó una hora. Alguna más ha caído y me dieron la oportunidad de experimentar sensaciones nuevas, como la de mancillar con mis pisadas la nieve absolutamente virgen con la que se me recompensaba por ser el más madrugador de mi calle. La nieve es bonita, da luminosidad al invierno y tal, pero una vez que deja de estar esponjosa y liviana y se vuelve sucia y resbaladiza ya sobra. Haber llegado a esta conclusión me hacía pensar que a estas alturas ya tenía despachado todo lo que la nieve podía ofrecerme, pero ¡no! Aún me faltaba conocer cómo era una nevasca. Desde hace unos días sabíamos que hoy viernes comenzaría una fuerte nevasca, tormenta de nieve, o ventisca de nieve (palabros que hasta hace un rato nunca había usado); lo que aquí llaman blizzard y que pese a tener nombre de quitamanchas es una nevada del copón, con fuertes vientos e incluso con aparato eléctrico. Le pusieron nombre y todo, como a los huracanes: Nemo.
Desmintiendo mitos y leyendas de la taxonomía (versión beta)
Este es un tema recurrente en esta santa casa, pero noto que incluso entre la gente interesada en biología la percepción que se tiene sobre la labor de clasificar los seres vivos sufre constantemente el mismo tipo de desconfianzas y empanadas mentales que poco a poco van ampliando mi lista de citas taxoescépticas, todas ellas malvadamente sacadas de contexto, claro que sí:
La taxonomía me pareció siempre una ciencia de segunda categoría
Los taxónomos modernos están recurriendo cada vez mas a los caracteres moleculares en vez de libros tremendamente densos
La taxonomía es como los culos: todo el mundo tiene uno
La linea de separación entre dos especies diferentes no deja de ser arbitraria en función del o de los criterios adoptados. Ni aún basandonos en criterios morfológicos mas o menos evidentes deja de ser una postura digamos que aventurada
A la gente le gusta ser el descubridor de una nueva especie, subespecie, o forma, y ponerle el nombre dedicado a su cuñao o a su mujer, por lo que hay descritas muchas más especies de las que debería
Son los propios taxónomos ‘muy analíticos’ los que describen especies y son los propios taxónomos ‘muy sintéticos’ los que las invalidan, y visto desde fuera, lo siento pero da la impresión de que el asunto es demasiado arbitrario, caprichoso y sujeto al cristal taxonómico de quien lo mire
Las clasificaciones no son reflejos de la naturaleza o la esencia de los seres vivos, ni tampoco son “descubrimientos” de grupos que están ahí. Son artificios que contruyen los humanos con una buena dosis de arbitrariedad, idiosincrasia, moda, estrategia, etc.
Toda clasificación es siempre una convención, en la actualidad la genética molecular ha desbancado a la morfología como fuente de criterios de clasificación taxonómica
¡No gano para disgustos con vosotros! ¡Me vais a matar!
Como me da la sensación de que este es un tema un poco árido por el que no mucha gente en la blogosfera hispana parece tener interés por escribir, de vez en cuando se me hincha la vena del cuello lo suficiente como para decidir escribir un nuevo post soporífero que si por mí fuese os obligaría a leer atados a una butaca y con los ojos abiertos en plan “Naranja Mecánica” (pero de buen rollo). Ya sé que os aturulla cada vez que a vuestra mariposa favorita la cambian de familia o cuando se decide que el endemismo de vuestro pueblo no merece ser considerado como tal, pero corazones, ¡es que estamos hablando de una labor muy chunga! Así que aquí os presento hoy mis nuevas reflexiones, que podrían resumirse de la siguiente manera:
Para no meter la gamba al hablar de cómo se clasifican los seres vivos, hay que tener muy claros las relaciones y distinciones entre los siguientes elementos relacionados con la taxonomía: fundamento, datos, métodos y nomenclatura. Vuestro amigo Copépodo os certifica que identificando de qué hablamos en cada momento entenderéis mucho mejor por qué ciertos aspectos de la taxonomía no son estáticos (por suerte).


























¡¡Ni me menees!!



