Novedades biblio-botánicas adquiridas de forma prácticamente involuntaria (lo juro)


Quizá recordéis un post de hace unos meses en el que conté cómo, en visita rutinaria al herbario del Jardín Botánico de Nueva York, me topé con una liquidación de chuches que tenían repetidas en la biblioteca y llegó a mis manos esto:

Un ejemplar original, sin cortar ni encuadernar, del Icones Muscorum de Sullivant, la obra publicada en 1864 que recopilaba algunas de las especies de musgos norteamericanos más singulares que se estaban descubriendo hasta la fecha en un continente aún salvaje e inexplorado. Aparte de su interés científico-histórico, el Icones incluye 129 grabados en plancha de cobre que supusieron todo un hito en el virtuosismo y detalle con el que se pueden ilustrar los briófitos.

Thelia hirtella, un bonito musgo muy frecuente aquí en Nueva Inglaterra, guapamente ilustrado

Tuve un poco de conflicto por quedarme este libro, puesto que me había prometido no adquirir libros en papel mientras siga siendo un nómada postdoctoral, pero ¿Quién se resiste a algo así? Toda regla debe tener su excepción, y de inmediato el Icones pasó a convertirse en el nuevo niño mimado de mi biblioteca.

Aunque el estado de la obra era estupendo y estaban todas las láminas, me pregunté si debía encargar que me lo cortaran y lo encuadernaran, pero en los comentarios fuisteis muchos los que dijisteis que eso era una barbaridad a estas alturas y que lo mejor era conservarlo en su estado actual. Después de demasiadas semanas por ahí guardado de cualquier manera en un cajón de la oficina, con el cordón rosa ese de la primera foto como única protección, me dije que esto no podía seguir así. Por consejo de Ms. Rottenmeier, busqué una caja para materiales de archivo en Gaylord.com, y acabé decidiéndome por una caja apañada y baratilla (14 dólares) de material no ácido, adecuada para libros antiguos.

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Esto es otra cosa

Hasta aquí todo normal, y tengo que destacar la ausencia de intención por mi parte de adquirir el susodicho libro, que prácticamente me cayó sin comerlo ni beberlo.

Pero aquello era sólo el principio.

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Señales y venados


Una de las primeras reacciones de los europeos que visitan Norteamérica y van algo más allá de las ciudades (no hace falta irse tampoco muy “a lo hondo”) es la sorpresa ante la abundancia de mamíferos silvestres en las zonas rurales y periurbanas. Los parques están atestados de ardillas, y a poco que se circule por una carretera tranquila se verán ciervos, alces, mapaches, zarigüeyas y todo tipo de bichos por el estilo, e incluso ciertos tipos de lince y zorro son también fáciles de avistar. En los estados más boreales y en la zona pacífica son conocidas los problemas que dan los osos (animales muy peligrosos, y de esto hablaremos en su momento), sobre todo a los excursionistas. Por eso tampoco sorprende mucho encontrar en los márgenes de las carreteras animales atropellados con una frecuencia, o al menos esa es la impresión que me da, significativamente superior a la que estaba acostumbrado en España. Al principio avistar ciervos cruzando la carretera hace mucha ilusión, pero a todo acaba acostumbrándose uno, y con el tiempo, debido a lo peligroso que es atropellarlos, acaban siendo por encima de todo una fuente de problemas. Por ese y otros motivos, una de las señales de tráfico que más se ven por estos lares es esta:

deer crossingY en principio, no hace falta decir que se trata de una señal de precaución por animales en libertad, muy parecida a la nuestra: cuadrado amarillo americano en lugar del triángulo de borde rojo típico europeo, pero mostrando un ciervo macho saltando. Sin embargo, siempre que la veía notaba que había algo que no encajaba en el esquemático perfil: concretamente la cornamenta del ciervo no me parecía nada natural, pues parece que está proyectada hacia delante en lugar de hacia atrás. Al principio no le daba mucha importancia, porque las señales no siempre son exactamente iguales y no es raro ver algunas (y seguro que conocéis ejemplos) en los que se nota que el diseño no es el estandarizado (dejando al margen, por supuesto, las señales no oficiales, que no comentaré aquí).

Si os fijáis en la señal europea estándar de animales en libertad, la cornamenta del ciervo, si bien muy esquemática, está proyectada hacia atrás, de una forma mucho más natural y acorde a los ciervos “de verdad”.

ciervos

Aquí algunas imágenes del ciervo europeo occidental, Cervus elaphus, para que se entienda de lo que estamos hablando.

celaphus celaphus2

Acabé dando por hecho que la caprichosa forma de la cornamenta de las señales americanas era un giro disléxico del diseñador de turno que había quedado fosilizado en las señales de tráfico por siempre jamás, hasta que, hace unos meses, pude ver algunos machos de ciervos americanos, y cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que la forma de los cuernos era muy diferente. Aunque en su nacimiento comenzaban con una proyección trasera, los ejemplares más grandes mostraban cuernos con una torsión muy marcada, de forma que la parte ramificada del cuerno volvía a proyectarse hacia delante:

White-tailed_deer3

White-tailed_deer2 White-tailed_deer

OdocoileusareaEn realidad, los ciervos que vemos por aquí son primos lejanos del ciervo europeo, y ni siquiera se trata de una especie perteneciente al mismo género. Se trata del ciervo de cola blanca (white-tailed deer), Odocoileus virginianus, presente en casi toda Norteamérica, Centroamérica y llegando incluso a Colombia, Perú y Venezuela, ¡ahí es nada! (distribución a la izquierda). En EEUU está ausente en algunos estados del oeste y de las Rocosas, donde es sustituido por su especie hermana, O. hemionus, también de cuernos proyectados hacia delante. Me sorprendió muy gratamente este resultado de mi propio sesgo hacia los ciervos europeos y le di mi visto bueno personal a la señal de tráfico oficial americana: sin duda una buena elección de acuerdo con la fauna local, pues posiblemente el ciervo de cola blanca es el cérvido más común del país… aunque no el único.

De mis viajes por el norte de Nueva Inglaterra me acordé de las señales de tráfico que advertían del peligro de atropello de alces (mucho más grandes y por lo tanto más peligrosos que los ciervos). Sin embargo, aunque el icono es impecable, no se trata de una señal estandarizada “oficial”, ni siquiera en esos estados.

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Sin embargo, examinando señales de fauna que sí son oficiales en algunos estados de EEUU sí que encontré un nuevo cérvido digno de mención:

w11-3aazEsta señal es oficial, pero sólo se usa en Arizona y advierte de la presencia en la carretera de “elks”, o ciervos canadienses (Cervus canadensis), este sí, en el mismo género que el ciervo europeo y con los cuernos, igualmente, proyectados hacia atrás. El ciervo canadiense es un bicharraco más grande que el de cola blanca, presente en regiones frías y templadas de Norteamérica y Este de Asia.

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Foto y distribución del “elk” (Cervus canadensis)

Curiosamente, en Canadá (donde además de a los elks también tienen caribúes, de gloriosos cuernos proyectados hacia atrás), parecen asimilar el estándar estadounidense del ciervo de cola blanca, con sus cuernecillos girados hacia delante.

Hasta en los detalles más insospechados se puede encontrar un razonable choque cultural transatlántico. Lo importante viene a ser, mayormente, que no los atropelles.

ciervosACTUALIZACIÓN: Dicen varios comentaristas que en realidad la imagen de la señal europea no es un ciervo sino un corzo (Capreolus capreolus). Aunque al principio no me acababa de convencer, creo que hay que dejar abierta esa posibilidad. No cambia mucho la reflexión sobre los cuernos hacia delante de los venados americanos, pero quizá sí que ayude a centrar un poco la identidad de las señales europeas. La más común de ellas tiene cuernos poco ramificados, quizá muy largos para un corzo, pero con una forma parecida (y, según dice pvaldes, con unas proporciones más imilares). Existe otra variante europea, aunque yo nunca la he visto en carreteras, que creo que sí que muestra indiscutiblemente una cornamenta cervuna. Os dejo ambas posibilidades para que opinéis vosotros mismos. Muchas gracias a Llamparego y a pvaldes por sus contribuciones.

cc

 

Octavo aniversario de Diario de un copépodo

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¿Quién lo iba a decir? Parece que fue ayer cuando tuve aquella tarde tonta de 2005 y decidí abrirme un bloj de esos, y ya han pasado ocho años, nada menos. Tradicionalmente en esta efeméride suelo hacer una pequeña entrada introspectiva para repasar lo que han supuesto los últimos 365 días, y ya puestos, lo voy a hacer hoy también, hala.

Por primera vez en varios años, lo cierto es que estoy bastante satisfecho con mi experiencia bloguera reciente, y veo más y más lejana la idea de cerrar el chiringuito, por el simple motivo de que sigo pasándomelo muy bien escribiendo. En aniversarios anteriores estaba demasiado preocupado porque ya no escribía con tanta frecuencia como antaño y cosas por el estilo, pero en esta ocasión me ha dado por hacer una lectura crítica de los posts de la supuesta edad dorada de esta santa casa y, la verdad es que me he sorprendido y me he dado cuenta de que tenía aquella época de (de 3-4 posts semanales) bastante idealizada. Las entradas con cierta enjundia no eran mayoría, y por el contrario abundaban anotaciones breves y un poco tontas compartiendo un chascarrillo, vídeo de youtube o viñeta de actualidad (vamos, lo que todo hijo de vecino hace hoy en día en otras redes sociales que en aquel entonces no existían o no eran tan populares como ahora. Si pusiese en el bloj toda las tonterías que digo o comparto en Tuiter, desde luego que saldrían 3 y 4 posts semanales). Eso por no hablar de entradas antiguas que me producen auténtico sonrojo, ora por su candidez, ora por cualquier otro defecto. Sin embargo esa era una de las dimensiones que desde el principio me parecían también interesantes del asunto bloguero: dejar un rastro de ti mismo y de tu evolución personal, y ocho años ya empieza a ser un intervalo suficiente para darme cuenta de que he cambiado bastante en distintos aspectos, y supongo que eso está bien.

Puede que no escriba tanto como antes, pero estoy razonablemente satisfecho con la experiencia y el esfuerzo de 2013, y aunque escasas, este año han visto la luz muchas entradas que me han dejado buen sabor de boca, empezando por la serie de Naturaleza de Etiopía contada para europeos ::1:: ::2:: ::3:: ::4:: ::5:: (¡Con un año y pico de retraso, pero lo conseguí!), y recordando otros rollos taxonómicos como Desmintiendo mitos y leyendas de la taxonomía o Los osos polares que se volvieron pardos a base de polvos. Hubo tiempo además para hablar sobre alimentación y uso de recursos en Soy científico y prefiero los “alimentos naturales”, con comentarios muy interesantes de algunos lectores. Entre las mejores experiencias naturalistas que he tenido este año se incluye el Bioblitz del 31 de mayo, del que tenéis una crónica aquí y también la observación de la explosión de cigarras periódicas del noreste de EEUU que acudieron a su cita después de 17 años (Cigarreando). En verano hice un viaje a California que, espero, se vea reflejado en algún momento en su propia serie de entradas (posiblemente centradas en flora y vegetación), aunque antes de ello también me pasé por Luisiana, donde conocí por fin un ecosistema mítico: los bosques inundados de Taxodium (ver Degustación de la flora del delta del Misisipi). Por supuesto, hubo muchas entradas relacionadas con la vida yanqui, y estuvo muy bien compartirlas con los lectores. Por ejemplo, el post sobre la nevada más extraordinaria, quizá, de mi vida: 70 cm en una noche (La nevada, sin más), el nacionalismo universitario o el regreso a la autoescuela. Añadiremos además alguna de las empanadas mentales que más he disfrutado escribiendo en este bloj: El amante de Jesús y las dramáticas consecuencias del homoerotismo bíblico

Y la actualización de los datos generales: 1.906.198 visitas (700 promedio en 2013), 856 entradas, 11.332 comentarios.

Gracias a todos por hacer esto posible (no tiene mucho sentido escribir si no te lee nadie), ¡comentad malditos! (y todo eso), y seguiremos por aquí como hasta ahora, y por tiempo indefinido.

 

¿Para qué sirve?


200px-Leo_Lesquereux_1864Estos días estoy disfrutando de la biografía de Charles Léo Lesquereux (1806-1889), briólogo y paleobotánico suizo del siglo XIX, refugiado científico en EE.UU. durante la mayor parte de su vida y uno de mis héroes personales, especialmente tras conocer la historia de la flora maldita que os relaté en su momento. Hay varios motivos por los que este señor me tiene desde hace un tiempo bastante enganchado, algunos profesionales (por compartir gremio briológico y por haber tenido el privilegio de examinar especímenes de su colección), otros por pura curiosidad histórica (su vida es toda una fuente de inspiración y reflejo de un momento irrepetible y fascinante de la historia de la biología) y alguno que otro meramente anecdótico (en general me cae bastante simpático el buen hombre). Siempre que he tenido oportunidad me he agenciado separatas suyas, incluyendo esas microbiografías que se publican tras la muerte de un científico por las distintas sociedades de turno (bonito detalle). Más recientemente, por simple curiosidad (pero también con la débil esperanza de atar algún que otro cabo suelto que quedó pendiente en uno de los artículos que resultaron de mi tesis) también husmeo en las cartas personales que se conservan en archivos como el del jardín botánico de Nueva York y el herbario de la universidad de Harvard, con lo que quizá pueda hacer algo chulo en algún momento. Vamos que soy un poco como un groupie, pero siglo y pico después. Un mal groupie en todo caso, pues si bien pensaba que sería estupendo que alguien escribiese una biografía de tan ínclito briólogo, tardé bastante en enterarme de que, en realidad, esa biografía llevaba publicada ya unos cuantos años. El libro en cuestión (titulado “Letters from America”), incluye una biografía breve propiamente dicha, una introducción histórica y, finalmente, la transcripción del francés original de una serie de cartas que Léo escribió desde Ohio para lectores suizos contándoles cómo era la sociedad y la naturaleza americana y que constituyen el grueso del libro. Mi firme promesa de no adquirir libros en papel durante mi vida precaria en América tuvo que hacer una concesión inmediata.

Como ocurre a menudo con grandes personajes históricos, lo que hace enormemente atractiva la vida de Lesquereux no es sólo que consiguió convertirse en una eminencia del estudio de los briófitos (musgos y plantas afines) y fósiles vegetales norteamericanos, sino que lo consiguió sobreponiéndose a dificultades de toda índole: nunca le sobró el dinero y pasó frecuentes apuros económicos en sus inicios, se quedó totalmente sordo a los 26 años (aprendió a leer los labios en tres idiomas distintos), acabó su vida casi ciego y recordará siempre el cruce del Atlántico en un barco con su mujer y sus hijos (junto a otros doscientos y pico emigrantes apiñados) como la peor de sus vivencias.

Las cartas de Lesquereux describiendo a sus lectores suizos los paisajes americanos e intentando diseccionar el ethos estadounidense me hacen mucha gracia: es curioso cómo a los europeos siempre nos ha gustado poner a parir a nuestros vecinos del otro lado del Atlántico Norte en cuanto nos quedamos a solas, pero hace poco, leyendo la primera de estas cartas, hubo un párrafo que me llamó mucho la atención. Lesquereux explica que la mayoría de los estadounidenses tienen un sentido muy pragmático de entender la vida y pone como ejemplo algo que le ocurrió en un viaje en barco a través del lago Erie. Por culpa del mal tiempo, el capitán tuvo que refugiarse junto a una isla y atracar, una isla, al parecer, cubierta por un bosque primario, intacto. Al bueno de Léo le hicieron los ojos chiribitas y ni corto ni perezoso, se bajó a la isla y se tiró recolectando musgos hasta las tres de la tarde. Él mismo nos cuenta las reacciones del resto de los pasajeros cuando volvió.

[a mi regreso] todo el barco estaba intrigado. Un pasajero que se va por la mañana, pasa el día en el bosque, se olvida del almuerzo, y regresa con una especie de caja de una forma raísima a la espalda… ¿Quién narices puede ser este individuo? El más inteligente me tomó por por un experto agrimensor, pero en opinión de la mayoría, no era más que un pobre lunático. Sin embago, la curiosidad y sorpresa de la multitud aún no había llegado a su apogeo. Cuando abrí la caja y tomé mis paquetes de papel y empecé, con toda seriedad y sin reírme, a limpiar ramitas de musgos y líquenes y, con todo el cuidado, colocarlos como si fueran muestras de encaje, todos los pasajeros, hombres, mujeres y niños, se apiñaron a mi alrededor con tal aire de grotesca estupefación que no me atreví a levantar la mirada con miedo a no poder contener la carcajada delante de tanta gente refinada, lo que habría sido una falta de educación, cuando menos. Nadie me dirigió la palabra. Durante los tres días anteriores fui conocido entre el pasaje como un extranjero sordo, que sólo hablaba y entendía usando un lápiz, pero las observaciones siguieron su curso, y pronto el más atrevido me escribió una nota que esperaba y cuyo contenido conocía de antemano: “¿Para qué sirve?” Mis explicaciones científicas: “museos, colecciones, estudio de la naturaleza“, se recibieron con deferencia sin ser comprendidas lo más mínimo, pues tras un nuevo parlamento entre las partes interesadas, una nueva anotación, “¿Para qué sirve?” apareció en mi papel. Y entre esto y aquello, después de todas las aclaraciones mediante las que traté de defender mi ciencia contra su incredulidad, me cansé y empecé a hablar de farmacología, de plantas usadas como medicinas, y entonces todo el mundo pareció entenderme, se dieron la vuelta y se marcharon. [...] En este caso, fui tomado por un comerciante de hierbas, recolector de té suizo. ¡Bien! Esa es una profesión respetable; pero botánico, geólogo, naturalista: alguien que trabaja en algo y no obtiene beneficio económico por ello, es alguien que no existe.

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Parecidos de familia en la flor más grande del mundo

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ResearchBlogging.orgLa botánica… ¡Ah, la puñetera botánica! Podríamos definir la botánica como la ciencia en la que una avellana es una nuez, una nuez es una drupa y una bellota es un glande. ¿Así cómo es posible aclararse? Si la botánica puede llegar a ser una pesadilla para algunos estudiantes seguro que en gran parte se debe a no poder liberarse de la sensación de que no te puedes fiar de las plantas: en ellas nada es lo que parece. Lo que en principio se asemeja a una hoja acaba siendo un tallo modificado, lo que parece una flor en realidad es una inflorescencia, y así con todo. Hacer equivalencias entre una estructura y otra muy parecida a menudo es tan tentador, que muchísimas veces se ha dado por hecho que se trata del mismo órgano, algo que de no ser así, puede traer errores, por ejemplo, a la hora de interpretar la evolución. Acabo de enterarme de un ejemplo muy claro en la familia a la que pertenece la flor más grande del mundo.

09_rafflesiaRafflesia arnoldii, la flor más grande del mundo

Inciso: como sabéis en este bloj tenemos reservado un sótano oscuro y maloliene para aquellos lectores que sigan pensando que Amorphophallus titanum es la flor más grande del mundo. No lo es. Reincidir en el error sólo provocará que añadamos horas de inserción de una espádice en antesis de la susodicha arácea allá por donde gastrulan los deuteróstomos. Avisados quedáis.

Nuestra amiga la rafflesia, pese a originar floripondios de hasta un metro de diámetro, es más bien una planta discreta que no nos muestra ni raíz ni tallo ni hojas: su vida vegetativa transcurre totalmente como parásita en el interior del cuerpo de otras plantas y sólo se asoma al exterior para florecer con un exceso en tamaño y hedor (pues la polinizan moscas de las que frecuentan carroña y las debe atraer como está mandado). Hasta aquí, lo que más o menos todos sabíamos, pero reconozco que tenía yo una laguna importante en lo que a la anatomía de la flor de la rafflesia se refiere. Si veis la foto, distinguiréis cinco lóbulos radiales a modo de pétalos, y a continuación una membrana central abierta en un orificio circular por cuyo centro adivinamos más estructuras de aspecto pútrido y viscosillo. El lugar ideal para meter la mano si te hacen un test del Gom jabbar.

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A la membrana circular en cuestión la llamamos diafragma, y delimita una cámara floral donde las moscas deben sentirse la mar de a gusto. El disco central que se ve desde fuera, plagado de tentáculos en realidad no  contiene sobre él las estructuras sexuales (estambres o carpelos, pero no ambos, pues las raflesiáceas son dioicas), sino que éstas están justo en el borde inferior de ese disco, y por lo tanto no son visibles sin hacer una disección de la flor. Helo:

rafSección de una flor de Rafflesia

Las relaciones evolutivas de las rafflesias no son nada obvias, especialmente porque los organismos parásitos típicamente sufren una, digamos, aceleración en su reloj evolutivo, y experimentan modificaciones de forma muy brusca, con lo que a menudo es difícil rastrear a qué equivale cada estructura. Las rafflesiáceas no son una excepción [1]. De hecho, hasta hace poco más de diez años, se incluían entre las rafflesiáceas se incluían toda una cohorte de otras plantas endoparásitas variadas, con una forma de vida muy parecida, pero que, ¡oh, sorpresa! tras los estudios moleculares de turno resultaron no tener nada que ver con ellas.

Cytinus.ruberTípica actitud de meter en el mismo saco aquello que no se sabe muy bien cómo ha podido ocurrir: Cytinus estuvo considerado durante un tiempo como una rafflesiácea, pero no parece que eso sea muy fiel a la historia evolutiva de estas plantas

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