Batallitas

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En algunos círculos soy conocido por aburrir a los abuelos. Cierto amigo os puede contar cómo, durante una temporada en las montañas de Zamora, tras toparnos con un abuelo del lugar, le abordé sin previo aviso para preguntarle por el uso tradicional del suelo y su evolución en las últimas décadas (una manía como cualquier otra). Es bien sabido que los abuelos se prestan muy amablemente a colaborar en estas situaciones, y así lo hizo él. Lo normal hubiese sido que la capacidad narradora del abuelo sobrepasara la paciencia de cualquier urbanita, pero en este caso no fue así, y mi amigo vio cómo el abuelo en cuestión intentaba deshacerse de mí tras un buen rato de charla.

Como os podéis imaginar soy el nieto ideal. Mis abuelos me han contado muchas batallitas de “La Guerra”, y en muchas ocasiones la misma una y otra vez. Hay una en cuestión que me parece apasionante (tranquilos que la voy a resumir). Mi abuela me la ha contado desde que era pequeño y a veces, incluso en tiempos muy recientes, le he pedido que me la repita. Viene a decir lo siguiente:

Mi abuela tenía unos 20 años cuando estalló la guerra. Por las cosas que me cuenta se nota que era una chica muy distinta a la típica “señorita” que debería ser: era independiente y descarada, y mi madre insiste en que, en realidad, se lo pasó bomba durante la guerra porque hacía lo que le daba la gana. A su madre y hermanas, dicha guerra les pilló en un pueblo del otro bando y ella se quedó con sus tíos en el suyo. Pasadas las primeras semanas de guerra “en serio” en el pueblo (aquí estarían los trágicos relatos de “el chorrillo de sangre que bajaba por el paseo” y “cuando vi caerle una bomba a un soldado”, que omitiré), todo estaba hecho unos zorros, con trincheras, con las casa agujereadas y soldados armados por las calles.

La cosa es que se sabía que iban a volver a bombardear y había una especie de “regla” que consistía en marcar las casas habitadas poniendo sábanas blancas en los tejados. Supongo que era un intento por evitar lo peor, pero no me preguntéis si realmente se había convenido no bombardear los tejados con sábana, si es que se puede hacer, pero nunca me lo aclaró.

Lo importante es que la casa de mi abuela (no la de sus tíos) estaba, en teoría, sin esa “protección”. Esa chica de 20 años atravesó todo el pueblo, a veces pasando junto a sacos de arena, atajando por el interior de casas agujereadas y arriesgando su vida, para extender sobre el tejado de su casa vacía una gran sábana blanca. Ignoro cuál es la veracidad del relato, pero me ha resultado increíblemente evocador desde la primera vez que me lo contó. La he imaginado mil veces, joven y guapa, entrando finalmente en la casa y buscando en los armarios apresuradamente la sábana de la cama de mis bisabuelos, salir al tejado con ella y extenderla en toda su longitud, quizá con una sonrisa de triunfo.

Mi abuela tiene casi 90 años y se ha caído varias veces esta semana. Sé que ya no recuerda la batallita de la sábana y eso, curiosamente, me perturba más que otros aspectos de su delicada salud: la memoria lo es todo, perderla es perder la identidad. Por suerte, hace mucho que se desarrolló la narración de historias y yo puedo ser depositario de ese recuerdo y ahora, por primera vez, también transmisor.

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4 thoughts on “Batallitas

  1. Julián 3 febrero 2006 / 9:42

    Es una historia de una acción muy valiente y simbólica: cubrir con una gran tela blanca una casa como para que quede inmaculada de la guerra. Yo creo que esa defensa era más psicológica que real, porque supongo que un bombardeo no tiene la precisión para evitar ciertas casas. Lo único bueno es que haría sentirse fatal a los que bombardeaban.

    Es una historia preciosa, de las que merece la pena recordar.

  2. biosfofo 3 febrero 2006 / 14:31

    La historia me ha parecido fantástica. Creo que deberías relatar lo que te decía tu abuela con relación al agujero de las monedas de 25 pesetas (siempre me acordaré)
    Doy fe, de la historia del lugareño intentado zafarse del pesado del copépodo que no hacía mas que preguntar sobre tonterías ;)

  3. edryas 4 febrero 2006 / 12:46

    Somos una memoria de palabras… working in a word mine

  4. Alfie 8 febrero 2006 / 14:22

    La memoria es el objeto más preciado del ser humano, dado qeu estoy de acuerdo contigo, que es una de las facetas humanas que te otorga identidad, aunque no la única, pero también la más frágil y delicada.
    Tu relato me ha parecido de lo más evocador y entrañable.

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