Crónicas épicas a metro y medio: Acto 2

El de los tomatitos

Moradores del blogoplancton:

Esta segunda entrega de la saga también es una historia absolutamente verídica (perdonad la insistencia) a pesar de lo escalofriante que pueda parecer. La protagoniza una planta de jardín denominada Pyracantha serrata, pero que era conocida por la sabiduría etnobotánica del barrio como “la planta de los tomatitos” (ver foto). Como ya habréis advertido, sagaces lectores, el nombre se debe a los diminutos frutillos rojos que esta planta produce con profusión durante el verano. Dichos “tomatitos” servían, principalmente, como munición del arma definitiva de los 80: el tiragüitos. Ya hablaré del tiragüitos en futuras entregas de la saga, de momento basta con decir que consistía en la parte superior de una botella de 2 litros de coca-cola y un trozo de globo, y que si te daba un tomatito (o güito, por razones obvias) escocía mogollón.

La historia comienza en el Parque, a eso de las 4 de la tarde de comienzos de agosto. Edad aproximada: 8 años. Marcos y yo nos cocíamos al sol mientras probábamos nuestros nuevos tiragüitos en un gato. Estábamos bastante aburridos porque no nos habíamos ido de vacaciones como Katerina (envidia cochina que se llama) así que la mente de Marcos, alias “el espabilao”, ideó un plan absolutamente soberbio.

Durante la ausencia de Katerina, llenaríamos el buzón de su casa de tomatitos para que, a su regreso, le inundaran cuando lo abriera. (Nótese qué idea de bombero acababa de desarrollar el chaval). Así, día a día, semana tras semana, al volver a casa Marcos y yo tomábamos un puñado de tomatitos de los setos que crecían en el parque y los depositábamos religiosamente en el buzón de Katerina. Ni un día se nos olvidaba. Mientras los echábamos compartíamos con regocijo nuestra fantasía (casi casi sueño húmedo) de presenciar el momento en el que Katerina abriese el buzón y una montaña de tomatitos se abalanzara sobre ella. No podíamos evitar lamentarnos de lo triste que era no estar presentes en tan magnífico acontecimiento (Ironías de la vida, como se verá al final).

Evidentemente Katerina volvió. Como era de esperar no supimos qué pasó cuando se abrió el buzón con la cosecha de un mes de tomatitos y ella, desde luego, no nos contó nada. El elemento fundamental de la historia es que, después de tantos días de costumbre, continuamos arrancando un puñado de tomatitos cada día y echándolos en el buzón. ¿Conducta inexplicable? Quizá, pero a nosotros nos parecía lo más normal del mundo. Un aciago día se dieron dos improbables coincidencias: mi madre me pilló echando los tomatitos en solitario por casualidad (ella salió del ascensor mientras yo procedía). Aunque me preguntó extrañada, conseguí confundirla y no le dio mayor importancia. Poco me hacía sospechar que los designios divinos querrían que se diera una segunda y fatal coincidencia tan sólo unas horas después.

Volvíamos del parque Marcos y yo con nuestras respectivas madres. En el portal se pararon a charlar un rato antes de coger los ascensores (había uno para plantas pares y otro para impares, Marcos vivía en el 12º y yo en el 9º). Y así, en lo que parecía el plácido fin de un día de vacaciones, entra por la puerta el padre de Katerina in person. Tras saludar sacó las llaves del buzón y lo abrió.

Amigos, yo que en ese momento estaba pensando en otras cosas me sobrecogí cuando vi caer al suelo del portal mi ridículo puñadito de tomatitos de aquel día. El tamborileo de los frutillos en el suelo me hizo consciente de la tragedia inminente que se desató con una frase que hizo retumbar el edificio hasta sus cimientos (tanto por el volumen como por el tono):

– ¡Cagüendiossssss!¡Ya está otra vez el gilipollas de los tomatitos!

Ya os imaginaréis que el fluir del tiempo se hizo lento y pastoso. Mi madre me miró verdaderamente sorprendida y no puedo evitar soltar un “¡Anda, pues si ha sido Rafa esta mañana!”. Así, de pronto, me hice el protagonista de la escena, todos me miraban en silencio y a mí no me salía la voz. Desesperado, miré a Marcos suplicándole apoyo en ese momento tan difícil, pero sólo vi hielo en su mirada de falsa (falsísima) reprobación. Con un hilillo de voz y titubeando dije desesperado “lo hicimos Marcos y yo”. La madre de Marcos, incrédula, miró a su retoño “¿Es eso verdad?” y el interfecto respondió con una sangre fría alucinante “¿Yoooo qué va? ¡Qué duro es sentir por primera vez la traición amigos! ¡Qué indignación más grande! Boquiabierto es poco, me quedé flipando en colores, no podía creer que mi amigo no hubiese acudido en mi ayuda. La escena se cierra con Marcos, su madre y el padre de Katerina desapareciendo en el ascensor de los pares, quedándonos mi madre y yo solos en el de los impares. Denso silencio y mirada de esas de “te vas a enterar en casa”.

TELÓN

Reflexiones

¿Qué pretendíamos exactamente con la inundación de tomatitos? ¿Qué sentido lógico tenía?

¿Por qué creímos que sería Katerina la que abriría el buzón cuando, obviamente, eso es labor de padres?

Y sí, sí, antes de que me lo digáis: la reacción de Marcos fue natural intentando escaquearse, pero de verdad que no me lo esperaba, insisto en que fue la primera puñalada de mi vida, mi primer paso para convertirme en adulto. Todo por un puñado de tomatitos…

¿Os podéis creer que sigo pensando en cómo fue el momento de la apertura del buzón tras las vacaciones? ¿Qué cara pondría el padre de Katerina? Seguro que me dais la razón en que debió ser una sorpresa espectacular.

Si en el fondo no era tan mala idea …

Preludio y crónicas publicadas

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8 thoughts on “Crónicas épicas a metro y medio: Acto 2

  1. etringita 21 abril 2006 / 9:25

    x’DD Ains, pobrecillo. No quiero preguntar la que te cayó tras el trágico momento de tensión frente a los buzones.
    A veces hacemos cosas de pequeños (y también de más mayores) que tienen poco sentido, pero que llevamos hasta su fin, sin importar las consecuencias. Más nos valdría recuperar esa actitud temeraria de vez en cuando.
    Besitos.

  2. Rafa 21 abril 2006 / 17:06

    Más de un vecino mío se merece un atracón de tomatitos …

  3. biosfofo 22 abril 2006 / 10:39

    ¡¡Qué vergüenza!! Acabar con la tranquilidad de un vecino, eres un incendiario. Menos mal que tu familia te metió en vereda, porque se empieza con tomatitos y se acaba quemando conteneores. ¿No tendrás nada que ver en la destrucción de los parquímetros?

  4. Graciela 22 abril 2006 / 17:23

    es más que tierno, sobre todo porque yo evoco al Rafa pequeño que no conocí echando tomatitos por un buzón en espera de ver qué ocurría. Yo, junto con mi hermana, hacía cosas más peligrosas. Un día tiramos garbanzos (mal llamados “marracos” para el mus) desde el piso 6º donde vivía mi tía solo por ver cómo caían e instigadas (aunque sin excusa) por otro primo. Cuando el enfurecido dueño de aquel BMW subió (sorprendentemente avieso en la identificación del piso responsable de semejante lluvia de legumbres)la bronca fue épica. Luego mi padre nos dijo que no pasaba nada-secretamente él también se reía-, pero la bronca fue monumental.

  5. Rafa 24 abril 2006 / 19:10

    Ninguno habéis destacado que en el fondo me había metido en esto porque lo dijo el “espabilao” de la pandilla (unos meses más mayor que yo, pero a esas edades eso era importantísimo). Seguro que todos hemos sido espabilados y/o espabiladores en la infancia.

  6. pipistrellum 28 junio 2013 / 19:56

    Que te dijo tu madre, tengo curiosidad.

    Yo creo que esto te resarcirá de tu peripecia.

    Mi padre tuvo una sorpresa similar en una casa vieja en la que le dejaba entrar, cogió una radio de las antiguas de una balda y empezaron caer avellanas. Hasta un 1,5 kg. Convertido en viajes con los mofletes llenos de avellanas debe ser bastantes.

    Mi padre decia que fue una rata, pero imagino que fue una ardilla un carpintero dudo mucho que sea.
    Por la zona habia ratas y ardillas, creo que no vio nunca una ardilla dentro de la casa.

  7. Anónimo 22 septiembre 2014 / 2:27

    Jajaja… Qué máquina! He llegado aquí por casualidad, buscando otra cosa pero la historia me ha enganchado desde el principio. Comparto tu infancia de tiraguitos y tomatitos (tapaculos los llamamos también por aquí), y me he reido un rato con el relato. Escribes bien, sigue así porque hay talento, has hecho de una simple anécdota un relato en toda regla. Un saludo desde las travesuras de la generación del 78, cuando no existían mas que las pantallas gordas y pesadas de TV, La 1 y la 2 con películas de dos rombos, jajaja…

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