Evolución sin más (III)

Respirar, masticar, oír y otros menesteres (1)

Hace tiempo que quería escribir un tercer post sobre evolución, a propósito también de las cosas que hemos estado hablando últimamente. Ya sé que son densos, pero en este blog hay sitio para todo, que no va a ser siempre jiji-jaja. Aclaro también que ya no los voy a llamar “Evolución vs. creacionismo” como en la primera y segunda entregas porque da la sensación de ser un debate entre ambas cosas y en el fondo yo sólo doy evidencias o explicaciones evolutivas. Así pues, se presenta en sociedad “Evolución sin más”.

Hoy quisiera escribir sobre uno de los procesos más fascinantes de la evolución: el origen de los mamíferos. El interés de este proceso es muy notable porque además de simplemente informativo es muy revelador. Fundamentalmente voy a referirme al devenir de los arcos branquiales en los mamíferos. “¿Branquias en los mamíferos?” os preguntaréis, pues sí, así es. Si bien como adultos no tenemos branquias, los embriones de todos los vertebrados terrestres muestran hendiduras branquiales (homólogas a las de los peces) en algún momento, y lejos de desaparecer acaban transformándose en estructuras concretas en un proceso paralelo al de la evolución. En el dibujo aparecen destacadas en morado.

Más que de branquias hablaré de los arcos branquiales (estructuras esqueléticas entre hendidura y hendidura). Pues bien, la evolución de estos arcos branquiales a lo largo y ancho del árbol evolutivo de los vertebrados-cordados es apasionante y nos ayuda a descubrir muchas cosas sobre nosotros mismos y nuestra identidad biológica. El primer arco branquial, ya desde grupos muy antiguos de peces, se articuló posibilitando abrir y cerrar la cavidad bucal inventándose así las mandíbulas. Los peces (en sentido amplio) conservan la mayoría del resto de los arcos branquiales en posición similar a la original, y como ya habréis adivinado son los pequeños arcos de “espina” que sostienen las branquias (acúdase con prontitud a la pescadería o descongélese una pescadilla no descabezada para comprobar este aspecto). Por tanto, los arcos branquiales, en los peces tienen una función respiratoria.

Los vertebrados terrestres no poseemos branquias, y sin embargo nuestros embriones muestran con claridad meridiana las hendiduras branquiales que nos vienen de serie desde nuestro super-tatarabuelo cefalocordado. ¿Qué es de estos arcos branquiales en los adultos de estos animales? La mayor parte de ellos se convierten en los cartílagos de la tráquea, pero lo realmente fascinante es que algunos pasan a convertirse en los huesos del oído medio, y aquí es donde enlazamos con el tema principal. Todos sabemos que los mamíferos tienen pelo y son vivíparos, por lo que nos vemos capaces de distinguir a uno de estos animales de, digamos, un reptil. Sin embargo, ¿cómo identificaríais un fósil de mamífero? Un esqueleto no nos dice si pone huevos o no, y posiblemente muchos antepasados de los mamíferos ya tenían pelo (Os recuerdo, por último, que los mamíferos primigenios sí que eran y son ovíparos).

La respuesta está precisamente en los huesos del oído: los mamíferos tenemos 3 en cada lado mientras que el resto de vertebrados terrestres (anfibios, reptiles y aves) tan sólo 1. La presencia de 3 huesos en el oído medio es uno de los caracteres definitivos que ayudan a un paleontólogo a afirmar que un fósil es de un mamífero. ¿De dónde han salido estos 2 nuevos huesecillos del oído? La respuesta puede que os sorprenda: de la articulación de la mandíbula. En este dibujo se muestra la condición mamiferiana del articular y el cuadrado (yunque y martillo en anatomía humana) y su situación de articulación de la mandíbula en los ancestros “reptilianos”.

Bien pensado esto no es tan descabellado, palpad con vuestros dedos la rama ascendente de la mandíbula inferior hasta llegar a su punto de articulación con el cráneo ¿dónde tiene lugar la articulación? Pues eso.

Este hecho que os cuento fue considerado una de las pruebas contra la evolución en el siglo XIX ni más ni menos que por el célebre anatomista francés Georges Cuvier. Venía a decir que cómo era posible que estos dos huesecillos se trasladaran gradualmente al oído abandonando su posición articuladora de la mandíbula sin desestabilizar las especies intermedias. En el momento en el que el articular y el cuadrado se separaran de su posición mandibular, la mandíbula dejaría de ser funcional y perdería las supuestas ventajas adaptativas conduciendo a la extinción de la especie. ¿Cómo pudieron los mamíferos dar un salto por encima de esta discontinuidad? ¿Se trata esto realmente de una prueba en contra de la evolución?

Como me está quedando un poco largo, pegaré la respuesta en uno o dos días. Mientras tanto pongamos a prueba vuestro ingenio:

Basándose en el paradigma evolutivo actual ¿podríais deducir alguna característica del esqueleto mandibular del grupo predecesor de los mamíferos? (me refiero obviamente a ese “vacío” que había en época de Cuvier entre las dos situaciones de las que os he hablado)

(Si sabéis la respuesta NO la digáis, y tampoco vale buscarlo y ponerlo, es sólo para amantes de los acertijos)

Pues eso, a darle al coco.

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3 thoughts on “Evolución sin más (III)

  1. JAvi 28 mayo 2006 / 13:21

    ¡¡¡Viva mi incultura!!!…por unos momentos pensé que un copépodo era un fiel oyente de la cadena cope…uff que alivio saber que no. Lo expuesto me ha parecido muy interesante. Un saludo

  2. Rafa 28 mayo 2006 / 14:21

    ¡Uy quita quita! yo paso de amargarme las mañanas ;-)

  3. Alfie 31 mayo 2006 / 19:39

    Joer con el acertijo, mira que esta noche me quedo sin dormir por tu culpa, me voy a pirar al hospital y me voy ha pedir que me hagan una ATM para averiguar la solución. ESpero que des la solución algún día.

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