El congreso científico como microcosmos (y una anécdota de regalo)

Las vacas mugen, los perros ladran y los científicos se reúnen en congresos. Esa es una de las grandes verdades de la ciencia, aunque quien dice congreso puede decir simposio, coloquio, meeting, workshop, conferencia o reunión, pero lo importante es arrejuntarse con otros de la misma calaña.

El azar (o el destino) quiso que “celebrara” el día del orgullo friki en uno de estos congresos, cosa que me parece de lo más adecuado. La “frikidez” de estos eventos es mayor cuanto más específico es el tema y menos aplicaciones tiene. Investigar el musgo de los troncos de los enebros o el polen de las cacas fósiles de mangostas africanas carece del reconocimiento social (y la financiación) de los descubrimientos sobre el cáncer o nuevos métodos de cultivo de tomates, y eso curte, amigos del blogoplancton. Para dedicar la vida a indagar sobre “el ala de la mosca” (parafraseando a un antiguo profesor de filosofía) hay que estar un poco loco, especialmente si se tiene en cuenta las condiciones de precariedad existentes, y ser apasionado por el conocimiento en estado puro, y eso no es muy común. No tardan en llegar las preguntas de amigos y familiares tipo “¿y eso para qué sirve?” o, peor aún “¡Ah! ¿es que te pagan por hacer eso?”. Pues bien, ahora coged al puñado de personas que investigan sobre un mismo tema y juntadlos 3 días para que hablen precisamente sobre lo que les tiene sorbido el seso. El ambientazo es indescriptible (Imagino que en los congresos de humanidades debe pasar algo muy parecido).

La recepción de los congresistas, tempranito para aprovechar el día, comienza con el reparto de acreditaciones y las “chuches” variadas (mochilitas, bolis y cuadernos de los patrocinadores), imprescindibles para evaluar la calidad del evento. Aquí se reencuentran viejos amigos, o si eres nuevo, le pones cara a la gente de la que tanto has oído hablar. Seguidamente (quizá después de una conferencia inaugural por el “pope” de turno) comienzan las sesiones de paneles y comunicaciones orales que sumirían en el más absoluto sopor a cualquier persona normal. No es raro, sin embargo, que los asistentes se tiren 10 horas escuchando a la gente hablar sobre lo mismo una y otra vez. Algunas presentaciones en “pagüerpoin” consiguen levantar murmullos de admiración y otros de desaprobación sin razones aparentes para un lego. Muy curioso. Los momentos de descanso suelen ser muy productivos porque tienen lugar los mejores intercambios de ideas y no es raro observar a la gente entusiasmada con las ideas de los demás. ¡Imaginadlo! Después de meses o años de trabajo en tu burbuja, indagando sobre cosas que posiblemente nadie más sepa (quizá porque a nadie le importan) alguien se interesa por lo que has hecho y te pregunta ¡puedes reconocer públicamente que te parece interesante la forma del aparato reproductor de una polilla! ¡y nadie te mira raro!

Como colofón final suele hacerse una cena de clausura en la que el objetivo fundamental es demostrar que además de raros, los asistentes saben pasarlo bien. Estas cenas suelen acabar con cierto aire decadans al ver bailar “La Macarena” a los próceres del conocimiento humano sin asomo de vergüenza.

No sé si visualizáis la frikidez del asunto, lo mismo es que ya he perdido totalmente el norte.

Para darle más gancho a la entrada de hoy, os cuento una de las situaciones más estrafalarias que he vivido últimamente, precisamente en el congreso de la semana pasada, que tuvo lugar en una ciudad castellana de cuyo nombre no quiero acordarme. Básicamente había asistentes españoles y franceses, y siendo éstos últimos minoría (unos 15) tenían tendencia a hacer piña cuando la ocasión lo merecía. ¡Ay amigos! No me preguntéis cómo ni por qué, pero ¿a que no adivináis dónde acabé cenando la noche del primer día? Efectivamente. Embaucado por otra persona (cuyo nombre no mencionaré por pudor y por depender de ella mi futuro) terminé sentado en la mesa rodeado de franceses que sólo sabían decir “Holá, ¿qué tal?” (se descojonaban cuando alguno lo decía) en un restaurante de mala muerte. Sobre la elección del restaurante tengo un comunicado oficial que hacer:

Hipotético ami du blogoplancton que lees estas líneas:

Si algún día te hayas de visita por las Españas y cuentas con la compañía de indígenas locales, ¡por el amor de Dios! déjales a ellos elegir el lugar de la comida, cena o degustación ¿no ves que ellos conocen mejor los indicios para distinguir dónde se sirven buenos condumios y dónde rancho barato?

(Fin del comunicado)

Una vez en la mesa del restaurante (escogido por los franceses) y observando que mi único acompañante español pasaba de mi y se sentaba en la otra punta, me vi en una de esas situaciones incómodas de aislamiento lingüístico. Como es una situación que ya conozco sabía con certeza que si no ponía todo de mi parte por intentar integrarme un poco acabaría cogiendo fama de autista integral. Así pues, me agarré los machos y rebusqué en los estratos más polvorientos del telencéfalo mis amarillentos y quebradizos conocimientos de francés. ¿Alguna vez habéis intentado hablar un idioma que no tocáis desde hace dos años justo una semana después de haber hecho un examen oficial de una lengua totalmente distinta? Os garantizo que es una experiencia épuisante, sobre todo si te preguntan sobre la maduración de los dátiles del palmeral de Elche o las especies ibéricas de retamas. Estoy hecho un campeón.

El momento estelar fue, sin duda, el de la degustación de los caldos de la Iberia profunda. El señor camarero, quizá para mantener la inmerecidísima mala fama de los vinos españoles en Francia, nos trajo tres botellas de matarratas vino malo, con otras tres botellas de gaseosa (de la barata, barata) para evitar la intoxicación. Primer problema: los franceses (al menos estos) no conocen la gaseosa. ¿No va el tipo de enfrente y se bebe un vaso de gaseosa de un trago pensando que era agua con gas? La cara que puso fue bastante cómica, se le leían las ideas (“¿Qué coño es esto”? “Oh la la, Qu’est-ce que c’est?). Y luego claro, el vino a palo seco, ni se les pasaba por la cabeza la idea de mezclarlo ¡sacrilegio! Pues ni os imagináis el revuelo que se lió en la mesa porque la botella de ese extraño brebaje (la gaseosa) decía “0 calorías” y luego resultaba que en la letra pequeña sí que se marcaba un contenido calórico nada desdeñable…

En fin, ¡anda que no me meto yo en fregaos raros!

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7 thoughts on “El congreso científico como microcosmos (y una anécdota de regalo)

  1. Gabi 1 junio 2006 / 10:57

    Rafa, de verdad, me he partido de risa. Tu estilo es más que admirable.

  2. Gianna 1 junio 2006 / 16:45

    Me ha encantado esta frase:
    “¡puedes reconocer públicamente que te parece interesante la forma del aparato reproductor de una polilla! ¡y nadie te mira raro!” :-D

  3. edryas 1 junio 2006 / 17:53

    Añadiré algunos datos más sobre los congresos:

    Uno se entera de que ese académico/investigador/profesor/super-pollo-de-la-ciencia está casado/laado con esa académica/investigadora/profesora/super-estoooo-de-la-ciencia y que, además, le es infiel con una alumna de 4º.

    En la cena oficial (que acaba siendo cogorza oficial) además de bailar Macarena y Chayanne (cosas que uno nunca bailaría en su hábitat porque es una persona seria, pero que baila en los congresos porque ya ha demostrado que lo es) algunos suelen enrollarse (claro que quizá esto pasa a los que voy yo porque son de lingüística aplicada…mmmm….)

    Tengo que dejar de meter estos parrafazos en los blogs, que os los estoy ocupando como si fuera una vaina gigante.

  4. Rafa 1 junio 2006 / 22:20

    Edryas, puedes escribir todo lo que quieras, y lo mismo os digo a los demás ¡faltaría más! (incluso inmerecidas alabanzas, como Gabi), sobre todo si es para aportar datos de vital importancia, como es el caso.

    Lo de los rollos congresiles siempre me ha sonado a leyenda urbana, pero si tú lo confirmas me lo creo.

  5. biosfofo 2 junio 2006 / 12:11

    Estimado Copépodo, voy a tener que ponerte una negativa en tu cuaderno de guía turístico, porque si vienen franceses te los llevas de pedo, pero dónde tú decidas, para ello existe la frase: “Venid que conozco un garito con unas tías…” aunque no sea en absoluto verdad, porque la ciudad no la has visitado nunca. Esta estrategia es 100% efectiva cuando los efluvios etílicos sobrepasan lo aceptable por la DGT. Además, como todo el mundo sabe, cuanto más pedo vas, mejor hablas un idioma ¿no?

  6. Rafa 2 junio 2006 / 13:09

    ¡Puf! Me hubiese encantado ver la reacción de los franceses a la frase mágica, pero chico, que tenía que ser donde ellos decían, que si no rien de rien.

  7. biosfofo 2 junio 2006 / 14:16

    Pues en ese caso, sólo te queda una posibilidad. Te enfadas mucho y comienzas a discutir a gritos, una vez que has montado un pollo que te cagas dices: “Pues me escindo de la UE” y te quedas tan ancho mientras los franceses se preguntan por la salud mental de los españoles

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