El Cercanías y el Príncipe de Persia

¡Cómo me gustan los sábados de verdad, y no como aquel sábado-miércoles, que casi me echan del curro!

Homer Simpson, prócer de la cultura occidental

Hay días, especialmente los lunes pero también los sábado-miércoles a los que se refiere Homer, en los que todo va de culo incluso desde muy temprano. Si vas a tener un día “de esos” el transporte público es el indicador más fiable de todos. Entre mis aficiones estúpidas recientes está la de coleccionar disculpas del consorcio madrileño de transportes correspondientes a tantas otras hojas de reclamaciones. Una parte de ellas no se refiere a los retrasos sino al funcionamiento de este infernal artilugio:

Conoce a tu enemigo

Sí amigos, el torno automático. Su funcionamiento teórico es sencillo: introduces el billete y el torno se abre, pasas, y después el torno se cierra detrás de ti. Esta sencilla explicación, sin embargo, no siempre se cumple y de forma imprevisible ocurren cosas tales como que el torno se estropea y no se abre nunca (generalmente de forma masiva causando aglomeraciones en las horas-punta), bien se queda permanentemente abierto o, y aquí llega la diversión, se abre engañosamente para cerrarse justo cuando estás pasando (y entonces las dos hojas de metacrilato rematadas en goma aprietan sin piedad las carnes y los michelines del desgraciado pasajero interceptado). No hay patrón fijo definido: de vez en cuando al torno se le va la olla y se cierra cuando pasas, y oye, no es que te cause hemorragias internas, pero fastidia mogollón y contribuye a que el lunes o sábado-miércoles de turno sea especialmente funesto. Lo curioso es que cuando ya te han dado cuatro o cinco apretones empiezas a notar un condicionamiento pavloviano de lo más particular: yo meto el billete y acabo cruzando el torno lo más rápido que puedo, es un momento tenso, desagradable el de pasar por ahí en medio porque casi estás notando que se cierra sobre ti, lo estás esperando ¡que se cierra, que se cierra! Total, que parezco un paranoico, pero todo ha ocurrido en contra de mi voluntad.

princecuchilla.pngLa cosa es que esa sensación me resultaba familiar, y llevaba yo varios meses dándole vueltas a qué es lo que me recordaba (¿las esfinges de La Historia Interminable¿ ¿La primera prueba para alcanzar el Santo Grial?…) cuando, el otro día, vi publicidad de la nueva secuela del Prince of Persia. ¡Claro! A lo que me recordaba es a las cuchillas que aparecían en la primera parte del videojuego que, allá por el inicio de los 90, fue el primero que tuve en el primerísimo PC que compró mi padre. Y de repente, recorrer los laberintos subterráneos de Madrid se ha vuelto algo mucho más entretenido…

Yo no es que pueda dedicar mucho tiempo a esto de los videojuegos, que bastante tengo con el bloj, pero hubo un tiempo en que incluso tenía MicroManías por casa (cuando todavía tenían formato grandote, en plan periódico) y mis compañeros y yo intercambiábamos copias pirata de las primeras aventuras gráficas de Lucas Arts. A pesar de todo, siempre guardé un cariño especial por aquella versión primigenia del Prince of Persia. Haciendo una breve investigación a golpe de Gúguel he descubierto con regocijo que ¡¡el juego se puede descargar gratuitamente!! (aquí, por ejemplo) y que sigue contando con muchos nostálgicos seguidores. Así que, sin necesidad de una justificación más elaborada y con una excusa tan mala como los tornos del Cercanías, me propongo hacer un homenaje a la simplicidad, a los píxeles gordotes y a la musicorra basta de los juegos de entonces.

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La historia, como digo, es bien sencilla. Hace mucho tiempo, en la lejana Persia, un sultán muy malo, muy viejo y muy feo le tiró los tejos a una hermosa princesa. Como ésta le dio calabazas, el sultán (que resultó ser, además, un sultán mago) le dio sesenta minutos medidos con reloj de arena para pensárselo mejor o…, bueno, nunca se sabe qué es lo que le pasa a ella al terminar el tiempo, pero tú dejas de jugar. La cosa es que así se queda la princesita, acongojada y preocupada mirando cómo cae la arena.

La princesa está triste ¿qué tendrá la princesa?

Pero ¡no pasa nada amigos!, que para eso estamos nosotros (un tío descalzo con un pijama blanco) bien dispuestos a rescatar a la princesa y dar el braguetazo de nuestra vida para heredar el trono de Persia. El único problema es que nuestro valiente aspirante a héroe ha sido apresado en las laberínticas mazmorras del palacio persa. Tenemos sólo una hora para conseguir encontrar el camino a la sala del trono a través de grutas, pasadizos, trampas, entradas secretas, mecanismos, pinchos automáticos, cuchillas, caídas de decenas de metros, pócimas psicotrópicas y todo un ejército de bigotudos espadachines (secuaces del sultán) que nadie sabe de dónde han salido ni cómo se alimentan o cumplen con sus necesidades fisiológicas pero que ahí están dispuestos a dejarse la vida para evitar que continúes. A nuestro favor tenemos las sobrehumanas dotaciones físicas del joven persa: pega unos saltos de 7 metros sin despeinarse, se agarra como una lagartija a las losas, sube a pulso unos terribles desniveles sin rechistar y lucha con su espada una y otra vez. Para mí que se bebe los Actimel de cinco en cinco.

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A pesar de la (adictiva) simplicidad del juego, hay muchas sorpresas escondidas en sus 12 niveles: esqueletos que cobran vida, ratoncillos enviados por la princesa que nos sacan de más de un apuro, pócimas de efectos insospechados y, el más currado de todos, los encuentros con nuestro propio reflejo, que nos hará la puñeta en más de una ocasión y al que habremos de enfrentarnos en un momento dado, pues hasta los príncipes cargan con sus propios fantasmas…

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Si salimos victoriosos de todas las trampas, los laberintos y los duelos, accederemos a las regiones más recónditas del palacio donde el mismísimo sultán maligno nos retará a muerte, y de salir vencedor podremos, por fin, reunirnos con nuestra amada princesita.

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Pues bien, volver a dirigir los actos del príncipe de Persia activó unas neuronas durmientes que tenía por allí. Encontrar el camino correcto en cada nivel, esquivar las trampas e incluso manejar con destreza la espada me resultó tan fácil como si ayer mismo hubiese jugado por última vez (y de eso hace, como os digo, lo menos 12 añazos). Debe ser de esas capacidades inútiles que quedan fosilizadas en nuestra mente pero de las que es imposible desprenderse (como recordar melodías de anuncios de hace muchos años, saber la anchura a partir de la cual son obligatorias las luces de gálibo, fechas de acontecimientos que no importan a nadie o hacer aproximaciones de los logaritmos neperianos mentalmente -para ser franco, esto hace ya tiempo que lo olvidé-). Y sin embargo no puedo evitar henchirme de orgullo al contaros que llegué invicto al nivel 7 y que completé todo el juego en los 60 minutos reglamentarios a la primera. Es de estas cosas que, si no digo en el blogoplancton, no puedo decir a nadie sin levantar miradas de desaprobación o incomprensión, así que aquí queda dicho por si alguien comprende lo que quiero decir y, de paso, quiere echarse unas nostálgicas partiditas.

Y sin nada más que añadir por el momento se despide de vosotros este crustáceo deseándoos una buena semana, a ser posible sin miércoles-sábado y sin tornos traicioneros.

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9 thoughts on “El Cercanías y el Príncipe de Persia

  1. loximann 7 mayo 2007 / 6:35

    ¡Joder, Rafa, a la primera! Me dejas de piedra.
    El Príncipe de Persia es uno de los primeros juegos de los que guardo recuerdo… Yo aún era muy canijo, y sólo tenía edad para huir despavorido cuando el inútil de mi padre se empeñaba en ensartar cual kebab iraquí al pobre príncipe en las estacas. Y este año, me dio una temporada por los juegos antiguos. Por antiguos incluyo el Livingstone, Supongo y el Woody… Sigh, qué morriña.
    Y en Helsinki no hay tornos, jodeos todos.

  2. edryas 7 mayo 2007 / 8:30

    No sé, no sé, yo que he jugado a Las arenas del tiempo y ya tenía pensado que Colin Farrell protagonizara la peli… volver a estas cosas puede ser mi fin

  3. vespinoza 7 mayo 2007 / 9:04

    el “Livingstone, Supongo” me había olvidado hasta de que existía, que tardes de verano enviciado en el ordenador de mi primo.

  4. ricardo 7 mayo 2007 / 11:44

    Esto me recuerda a cuando me bajé el emulador de juegos del spectrum 48K, jeje, menudas viciadas me metí con los juegos de “pixeles gordos”

  5. biosfofo 7 mayo 2007 / 17:51

    Qué grandes juegos tenía el Spectrum, eran tan buenos que esperabas media hora hasta que la cinta cargaba, con ese sonidito que era como música celestial (aún recuerdo poner: LOAD “”). Se me cae una lagrimilla.
    Rafa, olvidas el fantástico truco del torno de joderte el billete del abono transportes y tener que cambiarlo (aunque si nop tenías suerte tenías que ir a las taquillas a enseñarlo y que te abriesen).

  6. Rafa 8 mayo 2007 / 23:21

    Pues sí, Biosfofo, ese truco también es bueno.
    ¿Alguno se ha descargado el juego? ¿impresiones?

  7. dick 9 mayo 2007 / 3:50

    jajajaja me parto macho me parto!

  8. Alfie 10 mayo 2007 / 19:28

    Es que no te das cuenta, Espe quiere que la peña se haga un lifting, así el cercanías te da un doble servicio, te quita la grasilla que sobra y por otro lado te desplaza a graaaaan velocidaaaad, porque cuando hay retrasos, no es lago mal intencionado, no pienses eso, es para que te relajes en el anden y veas pasar la vida. Así que no te quejes y dejate llevar por la cirugía plástica del torno del cercanías. Espe jode todos.

  9. -- 11 mayo 2007 / 14:44

    yo recuerdo el del nombre de la rosa, ese “proto 3D” de pixelotes en cga!!

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