De cómo conocí la verdadera identidad de SS. MM. los Reyes Magos de Oriente

Este es un relato verídico sobre mi vida que probablemente no os importe pero que yo voy a colar aquí como si nada porque ya hace mucho que no suelto chorradas.

La noche de Reyes, con su encanto de Navidad venida a menos, con su olor a azahar y naranja del roscón, con la inminencia del regreso a la rutina y la promesa de sucesos paranormales sigue teniendo un lugar especial en mi podrido y corrupto corazón invertebrado y no hay cinco de enero que no me acuerde de lo que me pasó hace ya como veinte años (momento de vértigo temporal, leches). Aquel año yo estaba encaprichado con un juego que ya ni me acuerdo de cómo se llamaba, pero era como una isla llena de volcanes por las que iban avanzando las fichas y había trampas que se activaban, bolas rodantes en plan Indiana Jones, y no se qué leches más. Llamémoslo “La Isla del Volcán”.

Por aquellas fechas, mi familia se reunía con otras cuatro o cinco familias amigas que convivían en el mismo bloque de doce pisos de la metrópolis cosladeña y nos íbamos todos a cenar por ahí. La ventaja radicaba en que la horda de niños asesinos que conformábamos los dos churumbeles por pareja se desfogaba bien desfogada corriendo por lo que en aquellos días era un lugar de lo más “in”: el centro comercial primigenio de nuestro suburbio. Nuestros astutos padres difrutaban así de un momento de relax sin tener que estar muy pendientes de la chiquillería (no nos hacían ni puñetero caso, por muy llorones y acusicas que nos pusiésemos) y así romper un poco el agotador ritmo navideño de la familia con hijos. De esta forma, ya rayando la madrugada y con los ánimos más tranquilitos, se nos conducía al dormitorio más facilmente con la confianza de que no aguantaríamos mucho despiertos y dejaríamos que se bebieran las copitas de champán y el cubo de agua más tranquilamente.

En aquellos días yo era un crédulo más. No es que no hubiese oído a mi vecino el del 12 (alias “el espabilao”), que en realidad los reyes eran los padres, pero de alguna forma aún vivía con esa capacidad infantil para aceptar todo tipo de acontecimientos contradictorios sin pestañear. Debía tener 8 años, más o menos, pero a esas edades uno ya empieza a notar que el mundo se rige por unas reglas, unas reglas aburridas y predecibles, que no hay fantasmas, hadas ni brujas y que cuando uno empieza a volar, fijo que está soñando. A pesar de eso, una noche al año se realiza a nivel global un fantástico truco de prestidigitador, ¡y como para no creérselo! La noche de reyes es el sueño de cualquier conspirador orwelliano, ¡todos están de su parte! los padres, los abuelos, los tíos, los vecinos, el panadero y hasta los medios de comunicación, haciendo guiños constantes. ¿Quién eres tú, pobre individuo, para dudar del orden establecido? ¿Quién va a tener más razón, el vecino del 12 (con todo lo espabilado que sea) o la tele? No hay más que hablar: los reyes son los reyes.

Y así, ya de vuelta en casita y con el vertiguillo típico de la ocasión, me puse el pijama, me lavé los dientes, muy disciplinado que era, y me dirigí a mi cuarto para cerrar la puerta y no abrirla ya más hasta el día siguiente. Mis padres habían logrado mantener la ilusión un año más pese a los intentos de mi vecino. Sólo unos pasos más y volvería a vivir en el engaño toda otra temporada, pero… justo al cruzar por delante de la habitación de mis padres mi pequeña estatura me permitió ver cómo la caja de “La Isla del Volcán” asomaba por debajo del armario con sus letras mayúsculas de ardiente color naranja-lava impresas en su costado.

Comprendí instantáneamente qué había visto. Sentí como un mareillo parecido al que te da cuando donas sangre y me metí en la cama meditabundo y acongojado. A los pocos minutos mi padre vino a hacer la ronda de despedidas y me notó en la cara que no andaba bien. Me preguntó qué me pasaba y yo, en un susurro, le confesé que había visto “La Isla del Volcán” bajo el armario. Mi padre se puso a maldecir y a cagarse en tó en voz baja (en mi recuerdo, a toro pasado, es una situación muy cómica, la verdad). Al oirlo vino mi madre y mi padre le contó (sintiéndose culpable, porque fue él el que colocó la caja en ese lugar tan visible) que la había pifiado y allí me consolaron intentando que no montara mucho jaleo, que mi hermana pequeña dormía en el cuarto de al lado y mejor no tener un “dos por uno”.

Reconozco que hubo lagrimillas, sí. Por una parte por la ilusión perdida: efectivamente el mundo era un lugar mucho más predecible ahora en mi mentalidad infantil. Pero por otra parte me sentía un tontaina por haber vivido en una mentira tanto tiempo pese a la sabiduría de mi vecino el espabilao.

A la mañana siguiente me tocó mantener el tipo delante de mi hermana, claro. Años después mis padres me dijeron que lo hice muy bien y que fui muy responsable, pero en aquel momento sentía el vértigo de tener información privilegiada y a la vez la tensión de estar contribuyendo y perpetuando una mentira, igual que mis padres, que mis abuelos y tíos, que el vecino, el panadero y los anuncios de El Corte Inglés. En se momento entendí un poco mejor que ser adulto consiste en estar integrado en el sistema (musiquilla de “Aquellos maravillosos años”), pero que siempre me quedaría el consuelo materialista de “La Isla del Volcán” y que mi hermana en su ignorancia, tenía su muñeca igualmente (creo que le arranqué un brazo sin querer al día siguiente, pero por suerte tuvo arreglo).

Al abrir “La Isla del Volcán” descubrí que le faltaban muchas piezas. Mi padre intentó descambiarlo pero al final no había y me lo cambió por otra cosa (que si ya era mayorcito para entrar en el complot global de los Reyes, no podía montar un numerito porque no tuviese exactamente lo que había pedido), y así es como acabaron los reyes de aquel año: nunca llegué a jugar a “La Isla del Volcán”, pero oye, a los dos días ni me acordaba, que a los niños se nos quitaba la tontería muy fácilmente.

El corolario de esta historia sin pies ni cabeza tiene lugar unas semanas después. Hacía mucho frío. Creo que era febrero. Mi madre y yo estábamos en la calle, en la puerta de la clínica donde teníamos al médico de cabecera. No recuerdo qué esperábamos, pero sé que mi madre estaba de los nervios porque tenía que hacer mil cosas ella sola y arrastrando a sus hijos que estaríamos dándole la murga todo el día. Yo, de hecho, inconsciente de que no estaba el horno para bollos, no paraba de saltar y de hacer el mono contribuyendo a los estados alterados de mi sufrida mamá hasta que me dijo que estuviese quieto. Me puse a toquetearme con la lengua un diente de leche que me bailaba. Me puse a meditar profundamente hasta que, con el ceño fruncido y tono de gravedad le pregunté a mi madre por el producto de mi intensísima capacidad deductiva: “Mamá, entonces, el ratoncito Pérez tampoco existe, ¿no?”. Mi santa madre, flipando en colores con mi ingenuidad me respondió, “Pero niño, ¿tú estás tonto?”. No necesité oir nada más. Asentí levemente la cabeza.

Qué duro es hacerse mayor.

Anuncios

28 thoughts on “De cómo conocí la verdadera identidad de SS. MM. los Reyes Magos de Oriente

  1. Jezabel 5 enero 2009 / 22:28

    Jo, pues a mí me ha puesto triste la historia.

  2. Kanif 5 enero 2009 / 23:12

    A mí estas historia personales que se cuelan en un blog que va de otro asunto son las que más me gustan. Gracias por contarla.
    Yo no sé si será porque el alcohol ha arruinado mis neuronas, pero no me acuerdo de cuando lo supe; me veo ya comprando regalos para la familia, y poniéndolos a hurtadillas ante los zapatos. Manteníamos esa tradición aunque lo supiéramos, fíjate.
    Feliz año y felices reyes.

  3. Radagast 5 enero 2009 / 23:32

    Pues sí, Kanif. En mi casa igual: que te pillen poniendo los regalos es quedar muy muy mal.
    Yo tampoco me acuerdo de cuándo perdí esa inocencia.
    La edad, supongo.

  4. davidwolfen 5 enero 2009 / 23:50

    Yo creo que fue cuando tenía 10 años… no sé. Pero cuando noté que mis padres estaban un poco indiferentes frente al hecho de que tres tipos desconocidos se colasen en casa con tres camellos, empecé a sospechar. Recuerdo que el último año que me lo tragué, le dije a mi padre que pusiera una cámara o algo.

    Por esa época, yo pedía Power Rangers y tal… qué recuerdos. Recuerdo que el azul lo perdió mi primo porque mi madre me dijo que se lo dejase (¬¬), y el blanco se perdió cuando me mudé. Los demás, casi todos faltos de una pierna. Pobres.

    Cuando tenga hijos, les voy a aislar de la sociedad para engañarles toda la vida. (risa maligna).

  5. Lanarch 5 enero 2009 / 23:56

    Tu historia no se sostiene, maldito: yo, cuando dono sangre, no siento ningún mareíllo. ¡JA! Tus patrañas al descubierto.

    Cuando era pequeño mi hermano y yo hacíamos turnos de guardia para sorprender a los Reyes en plena faena. El muy mamón siempre se quedaba sopa. Y las trampas que ponía para capturarles tampoco funcionaron jamás.

  6. Radagast 6 enero 2009 / 0:29

    ¿Trampas?
    Jajajajaajjajajaja!
    Eres único, Lanarch.

  7. Copépodo 6 enero 2009 / 0:33

    Pero, pero ¿qué coño hacéis todos despiertos a estas horas?

  8. Radagast 6 enero 2009 / 0:33

    Además, todo el mundo sabe que los Reyes Magos son expertos en el arte de la teletrasportación y la duplicidad espacio-temporal.
    Y en comerse gigatoneladas de galletas y teralitros de leche con colacao en una sola noche.
    Mira que querer pillar a unos maestros con triquiñuelas de niño…
    Ahhh, iluso…

  9. Radagast 6 enero 2009 / 0:34

    Ehhh
    Pues a ver si les pillamos con las manos en la masa…

  10. Jezabel 6 enero 2009 / 0:36

    Habló, el que debía estar en la cama con una cataplasma de pimienta.

  11. Ahores 6 enero 2009 / 0:57

    Cuanta ternura toda junta :)

  12. la_Pé 6 enero 2009 / 2:18

    mi padre, que es muy republicano, nos decía q los reyes no iban en camello, sino en un ferrari descapotable, q pa eso eran reyes y vivían del cuento. y también decía q los regalos los compraban los padres (los reyes se encargaban del transporte nada más, por lo visto) pa q así no nos coláramos escribiendo cartas interminables.

    dejé de creer en los reyes cuando a mi madre le trajeron un equipo de música de cuatro plantas.

  13. eli 6 enero 2009 / 10:21

    Ya prometía esa cabecilla científica XD

  14. maria 6 enero 2009 / 15:00

    Gracias por tu cuento, es un auténtico regalo de reyes. Y yo, q tengo muchos más años q tú (49, pa más señas), sí he de decirte, aunq no sea una científica como tú, q existe la magia. Tú tienes magia, hay muchas personas q son mágicas, quizá no son suficientes pa remediar este mundo podrido de guerras y dolor, pero las hay, se nota nada más llegar a los lugares q te resultan acogedores. Tu casa cibernética es un verdadero placer visitarla, supongo q tu entorno real será igual.
    Así pues, no toda la ilusión infantil está perdida. Recuperémosla!

    un besote y cuídate, tu amiga, maría

  15. lalo 6 enero 2009 / 21:50

    encantador… la verdad es que a mi cuando me contaron mis padres la verdad de todo eso yo ya lo sabía, no es que los hubiera visto ni mucho menos, pero llegado a la conclusión yo solo de que ellos tenían que ser quienes me dejaban los regalos. a los años una tía me confesó que prácticamente todos los años mis papás le pedían que guardara los regalos en su casa…

  16. Copépodo 6 enero 2009 / 22:36

    Va a ser verdad que esto de leer blojs conlleva algo de voyeurismo. Cuento cotilleos de la infancia y caen 16 comentarios.

  17. jmongil 7 enero 2009 / 11:59

    Pues a mi lo que me ha puesto triste es que no pudieras jugar a “La isla del volcán”. Parecía interesante.

  18. agu2v 7 enero 2009 / 12:39

    Jej, yo ya lo sabía yo solito desde los 5 o así… si es q era mu espabilao. A partir del año siguiente el juego de las navidades era averiguar dónde habían escondido mis abuelos los regalos; y siempre los encontraba antes de tiempo :P.

  19. Ultranol 7 enero 2009 / 21:34

    Lo que más me ha llamado la atención es ese juego “La isla del volcán”. Efectivamente era un juego increíble. Me acuerdo que en el recreo del comedor del colegio lo tenían en una sala de juegos. Era inalcanzable ya que sólo jugaban los mayores, pero se congregaban hordas para verles mientras jugaban. El tablero era un volcán de plástico con puentes desmontables y de un tamaño considerable. Cuando te tocaba una carta de volcán, tenías que lanzar una canica roja que dependiendo de por donde caía iba tirando los puentes o pasando por casillas de tal forma que “mataba” al explorador que pasaba por ahi. El objetivo era subir a la cima, coger un diamante de plástico y bajar el volcán hasta un barco que era la meta. Yo personalmente llevo años buscandolo en ebays y cosas así y no hay manera. ¿Alguien que lo tenga?

  20. Copépodo 7 enero 2009 / 22:33

    Ey, Ultranol ¡ese es exactamente el juego! Olvidé el detalle del diamante. Pues imagínate mi decepción cuando allí estaba el volcán y no había ni canica ni puentes ni leches. Nunca más volví a saber de ese juego ni había conocido a nadie que supiera de él hasta hoy. ¿Se llamaba de verdad “La Isla del volcán”? Puse el nombre a voleo.

  21. Alfie 8 enero 2009 / 20:13

    Debe usted saber mi estimado Monsieur Copépodo que el ratoncito Pérez existe es cierto, hasta ha protagonizado recientemente una segunda parte de sus aventuras a lo largo y ancho del mundo ¡de veras! Vive usted totalemtne engañado, los que no existen son los padres, pero los Reyes Magos y el ratoncito Pérez exiten se lo prometo, y se lo puedo demostrar empíricamente. ¡Hacerse mayor!¡Hacerse mayor! ¡Mememeces!

  22. jmongil 9 enero 2009 / 8:33

    Pero ojo, que también existe el Hombre del Saco. En Madrid se esconde en los túneles del metro. Y le gusta secuestrar a los que no se acaban la sopa.

  23. ficcionario 10 enero 2009 / 13:35

    Y en la cima del volcan habia la cabeza de un monstruo medio gorila medio murcielago por cuya boca caia una de las bolas. Dependiendo del camino por donde la tiraras podia empujar otras bolas.
    Yo creo que todavía lo tengo pero no en esta casa. Eran 5 ó 6 las bolas de “fuego” que venían y el juego se llamaba

  24. Ultranol 10 enero 2009 / 14:24

    Asi no lo encontraba yo….si es que se llamaba “La isla de fuego”….
    Muchas gracias!!

  25. Ultranol 10 enero 2009 / 14:28

    En una subasta de ebay, ha sido 91.50 euros la puja ganadora…dios santo.

  26. Copépodo 11 enero 2009 / 11:09

    ¡Eso era! ¡La isla de fuego! Gracias Ficcionario, ha sido toda una experiencia ver las fotos en internet, me he trasladado veinte años al pasado. La verdad es que lo recordaba mucho más impresionante, pero imagino que es normal.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s