Historia de una flora maldita

Charles Léo Lesquereux (1806-1889), mi héroe

El propósito de este post es únicamente dar a conocer un chascarrillo botánico-histórico del que me enteré realizando la tesis. Es una anécdota sin interés científico pero que me impresionó personalmente cuando fui consciente y me hizo admirar aún más el trabajo de ciertos botánicos del siglo XIX a los que a estas alturas les tengo verdadera devoción. A la mayoría ya les tenía en gran aprecio antes de enterarme de la anécdota en sí, y es que una de las grandes experiencias de mi doctorado ha sido la de enfrentarme a problemas taxonómicos que llevaban abiertos, literalmente, más de siglo y medio. En este tipo de proyectos es habitual sumergirte en la bibliografía que se manejaba en aquella época, en la que la diversidad del continente americano aún era en gran parte desconocida, y llegas a tener una relación casi de cercanía con los protagonistas de esa silenciosa epopeya científica a base de leer sus artículos y de examinar sus especímenes, preservados en los herbarios desde entonces, como pequeños tesoros.

Cuando, después de examinar cientos de ejemplares, de usar microscopía óptica y electrónica y filogenia molecular (métodos que sonarían a ciencia ficción para nuestros protagonistas) se llega a la conclusión de que algunas de las especies propuestas en la década de 1860 (y posteriormente olvidadas o ignoradas) son perfectamente válidas, uno no puede sino admirarse con toda sinceridad. En una época en la que el conocimiento era aún muy fragmentario y en el que la microscopía óptica estaba aún perfeccionándose, algunos de estos entusiastas hicieron gala de una intuición y una capacidad de observación absolutamente geniales; capacidades que no siempre alcanzaron algunos de los que llegarían después.

Esta admiración inicial creció cuando fui consciente del esfuerzo y el tesón que hubo detrás de algunos de sus trabajos, que, por supuesto, son absolutamente desconocidos para casi todo el mundo. Si la historia de la botánica no se encuentra precisamente entre los campos más populares, ¿qué os puedo contar de la historia de la botánica criptogámica (la de las plantas sin flores)? El chascarrillo que os voy a contar, pertenece a la historia de la briología: el estudio de los briófitos (musgos y plantas afines), que pese a ser el segundo grupo más diverso de plantas verdes, es relativamente minoritario en cuanto a su estudio y conocimiento. Incluso dentro de los que estudian las plantas hay “clases”, y ya os podéis imaginar que los que las algas o los musgos no venden tanto como las orquídeas. Esto siempre ha sido así, y tampoco es lo mismo un ornitólogo que un parasitólogo, para qué engañarnos: los estudiosos de los musgos, los priapúlidos, las amebas y los loricíferos siempre andaremos quejándonos de ser una minoría de frikazos incomprendidos.

A lo que iba: es muy posible que este post os parezca un rollazo intragable. Así me lo temo cuando lo releo intentando abstraerme de lo que estas personas significan para mí. Aún así he intentado transmitir lo que me ha llamado la atención. Los señores de los que voy a hablar son relativamente conocidos entre los taxónomos del gremio, pero casi siempre son simplemente unos nombres sin más. Una breve exploración biográfica permite familiarizarse con ellos y con sus vidas para comprobar que los problemas a los que se enfrentaban y el curso de los acontecimientos (y las serendipias que los rodean, haciéndolos siempre parecer asombrosos a posteriori) los llevó a trabajar en un objetivo común, a menudo sobreponiéndose de forma admirable a muchas dificultades.

La anéctota propiamente dicha la leí en una carta fechada en 1924, tiempo después de la muerte de los protagonistas, y que permanecía en un pliego del herbario Farlow de la Universidad de Harvard. Tras pensar tranquilamente en qué orden iba a contar los hechos, creo que es mejor dejar para el final autoría y contenido de la carta y empezar por la historia para la que dicha carta sirve de guinda. Avisados quedáis.

La historia tiene por principales hitos estos dos libros:

El primero de ellos es el Manual of the Botany of the Northern United States, de Asa Gray. Se trata de un ejemplar de la 5ª edición de 1868 del que estoy muy orgulloso y del que os hablé cuando lo compré. El segundo libro es un facsímil del Manual of the Mosses of North America, editado en 1884.

Ambos libros pertenecen al mismo “género literario”: son floras. Las floras son unos libros bastante esotéricos que sólo interesan a la gente realmente devota por las plantas. Hoy en día pueden ser bastante atractivos al incluir muchas claves, ilustraciones o fotos, pero en el siglo XIX, cuando los grabados no siempre eran asequibles, no eran raras las floras realmente áridas en las que se suceden enumeraciones y descripciones minuciosas de familias, géneros y especies durante cientos de páginas sin respiro ni piedad para el lector.

¡Son ideales para el insomnio!

Ni qué decir tiene que las floras son herramientas fundamentales para los botánicos, de uso constante, cual diccionario. Las floras se actualizan y se mejoran, pero ¿cómo se escribe la primera flora de un territorio? Es decir, ¿Cómo se inicia un diccionario desde cero, cuando no hay ninguno previo en el que basarse? Acometer la primera flora de una región es una empresa sólo adecuada para gente disciplinada en el trabajo y con grandes dotes de observación. Más aún si dicha empresa abarca un territorio tan vasto como la Norteamérica decimonónica, aún en gran parte inexplorada científicamente.

Dicho esto, toca explicar la importancia de estos dos libros. Aquí es donde entra nuestro primer protagonista: Asa Gray (del que ya se habló aquí en posts anteriores). Gray nació el 18 de noviembre de 1810 en un pueblo perdido del estado de Nueva York. A los 21 años ya era médico, oficio que dejó por la botánica (eso sí que es devoción). En 1842 funda el departamento de esta disciplina en la Universidad de Harvard. Al contrario que los demás protagonistas de la historia, Gray sí es mundialmente conocido, no sólo por ser groupie de Darwin, sino por su legado casi fundacional de la botánica moderna estadounidense. Gracias a un trabajo ingente de recolección, descripción y síntesis, publicó la primera flora de los EEUU de aquel entonces, que es justamente el manual que os he mostrado antes, editado por primera vez en 1848 (ya como un buen tocho de 800 páginas) después de tres años de trabajo exclusivo y mucho conocimiento acumulado.

Laboratorio de Gray en Harvard

Lo que la gente no suele saber es que Gray tenía (cosa rara entre botánicos de pro) un especial interés por los briófitos. Se convirtió, como veremos, en un empeño personal conseguir que existiese una flora completa también de estas plantas inconspicuas. Ya desde la primera edición, el Manual de Gray incluyó un apéndice con los briófitos que realizó su amigo y segundo de nuestros protagonistas, William Starling Sullivant.

Sullivant era el equivalente briológico de Gray: el fundador de la briología estadounidense. Hasta tal punto fue así que la actual American Bryological and Lichenological Society fue iniciada en su honor. Sullivant nace en Columbus, Ohio en 1803 donde realizó parte de sus estudios. Más tarde completaría su formación en la universidad de Yale, aunque regresó a Columbus después, donde vivió el resto de su vida. A diferencia de Gray, Sullivant no era botánico profesional, sino que se dedicaba a la gestión del emporio empresarial heredado de su padre. Para él la botánica era una afición que fue demasiado lejos. Tras publicar un catálogo florístico de Ohio, empezó a sentirse fascinado por los musgos (un agradable desafío para una persona minuciosa y observadora como él), y de forma autodidacta se convirtió en la mayor eminencia de toda la joven nación, reconocido incluso como tal por los briólogos europeos.

Cuando Gray quiso encargarle a alguien la sección briológica de su manual, no lo dudó un instante. El propio Gray, a la vista del resultado, escribiría sobre Sullivant:

A través de su trabajo, esperemos que estas bellas pero desatendidas tribus se vuelvan tan familiares para los botánicos como lo son ahora las plantas con flores.

No cabe duda que Sullivant era un botánico extraordinario. A lo largo de su vida acumuló la mayor colección científica de briófitos que existía en aquel momento en el país, con más de 18.000 ejemplares de 270 especies distintas, y publicó gran cantidad de artículos y tratados, mostrando incluso unas capacidades como ilustrador espectaculares (coincidiendo con una incipiente mejora de la microscopía óptica). Se puede decir que las ilustraciones de Sullivant permitieron que los briófitos se vieran como nunca se había hecho hasta entonces.

Un ejemplo de los grabados de Icones Muscorum de Sullivant

Sullivant no estuvo solo. A partir de la década de los 50 contaba con la ayuda del tercero de los protagonistas de esta historia, Charles Léo Lesquereux, sin duda una persona fascinante y que merece una reseña biográfica algo más detallada.

Lesquereux nació (como Asa Gray y un servidor) un 18 de noviembre. A él le tocó en 1806, y geográficamente en Fleurier, Suiza. Hijo de un relojero (qué adecuado para un suizo), ya desde niño demostró un gran interés por la naturaleza. A los 10 años, y precisamente triscando por el monte, sufrió un desgraciado accidente: se despeñó por un risco (que desde entonces lleva su nombre) golpeando en su caída rocas y árboles que le causaron heridas profundas, cortes en la cabeza y la rotura de un párpado, aunque ningún hueso roto. Unos obreros lo recogieron y lo llevaron de vuelta al pueblo, estuvo inconsciente dos semanas y finalmente se recuperó, aunque dejándole serias secuelas en el oído que le llevaron con los años a una sordera total. Sobra decir que a partir de este momento no tuvo en absoluto una vida fácil.

Lesquereux fue profesor en la Academia de Neuchâtel hasta que su oído le permitió y estudioso de la paleobotánica en esa misma institución. Si sus inquietudes acabaron desembocando en un campo como los musgos fue precisamente por la vertiente con valor más comercial que producen ciertos briófitos: la turba, usada como combustible y por lo tanto susceptible de ser investigada. El gobierno prusiano (que era de quien dependía el cantón de Neuchâtel por aquel entonces) financió durante años las investigaciones de yacimientos de carbón de Lesquereux.

Como es lógico, durante el desarrollo de sus proyectos conoció a otros científicos contemporáneos, destacando una prolongada amistad mantenida desde la infancia con el también suizo Louis Agassiz (de este también hablamos en su día en esta santa casa). Posiblemente este señor hubiese pasado toda su vida estudiando los carbones europeos de no ser por las circunstancias que le tocó vivir. Cosas de la vida, como decía antes el cantón de Neuchâtel era por aquel entonces monárquico y súbdito del rey Federico Guillermo IV de Prusia. En 1848 tuvo lugar una revolución que alteró esta circunstancia y el cantón pasó a estar integrado en la federación suiza en las mismas condiciones que los demás. Una de las consecuencias fue la disolución de la Academia de Neuchâtel y el fin de la financiación de sus investigaciones sobre los carbones fósiles; el sustento de toda su familia empezó a peligrar.

Agassiz, que por aquel entonces ya había emigrado a Estados Unidos y se había establecido en Harvard, animó a su amigo par que se uniese también al “sueño americano”, y de esta forma fue como Lesquereux cruzó el Atlántico, como tantos otros emigrantes de aquella época. Las condiciones de aquellos barcos debían ser realmente horribles, y nuestro protagonista no dudó en calificarla como “la experiencia más terrible de su vida”.

El suizo no lo tuvo nada fácil tampoco en América. Lo rechazaron en Harvard, quizá porque en aquella época ya estaba completamente sordo y tenía dificultades con el inglés escrito. (No así el oral: este máquina era capaz de leer los labios en inglés, francés y alemán). Finalmente se decidió a emigrar aún más al oeste, hasta Columbus, Ohio, donde fundó un nuevo negocio de relojes que prosperó, gracias a sus hijos, hasta bien entrado el siglo XX, mucho después de su muerte (habría que investigar si existe aún hoy). Por fortuna, sus nuevas circunstancias no le obligaron a dejar de lado la ciencia, como quizá se temía, sino que muy al contrario, le permitieron desarrollar al máximo su talento. Como ya os habréis imaginado, ese paso por Harvard y Columbus hizo que Lesquereux entrara en contacto con Gray y con Sullivant, uniéndose aquí al resto de la historia.

Reunidos nuestros protagonistas, continuemos con la historia de los libros.

El avance de la briología era tan rápido que Gray impulsó la idea de que Sullivant escribiera una flora exclusivamente de briófitos, sin que tuviese que ser un capítulo de la flora vascular norteamericana. Sullivant recogió el guante y aceptó. En la 5ª edición del Manual de Gray (1868, el que os he enseñado arriba) ya no se incluye el anexo de briófitos, y en su prefacio, Gray afirma:

En la presente edición se ha encontrado pertinente situar en un volumen suplementario los musgos y las hepáticas, tan cuidadosa y generosamente tratados en las ediciones previas de esta obra por mi amigo W. S. Sullivant (…) Es de esperar que los líquenes, si no todos los órdenes restantes de criptógamas, sean añadidos a este volumen suplementario para que nuestros estudiantes puedan extender su aprendizaje en estos recónditos y difíciles departamentos de la Botánica.

Orthotrichum ohioense, una de las muchas especies descritas por Sullivant y Lesquereux aquellos años

Ese volumen que Gray insinúa ya casi listo, tardó mucho en llegar. Pese a que el trabajo estaba ya bien encaminado y cerca de acabarse, el manual de briófitos no se publica hasta 1884. ¿Por qué? ¿A qué se debió esta demora de más de 15 años? Desconozco cómo de avanzado estaba el trabajo, pero eran ya muchos los años que Sullivant había dedicado a la flora briofítica americana. El manual sería la guinda final, el legado de Sullivant a la briología, y lógicamente, quería que fuese un trabajo exquisito. A su disposición tenía, como he dicho, la colección más impresionante del país y una biblioteca completísima. Sullivant, ayudado por Lesquereux, trabajó muy intensamente para completar aquel “primer diccionario”, la flora fundacional de los briófitos de Estados Unidos, y no es difícil imaginar cuánto deseó ver acabada esta obra. Por desgracia, la suerte no estuvo de su parte. En enero de 1873, Sullivant empieza a manifestar síntomas de neumonía, enfermedad que le quitó la vida tres meses más tarde.

La persona más adecuada para llevar a término el manual era sin lugar a dudas Lesquereux, pero tampoco las tenía todas consigo. Tenía 66 años y le estaba fallando seriamente la vista. Temeroso de que el proyecto quedase abandonado, Gray le pidió con insistencia que siguiese adelante. El paleobotánico, sordo y medio ciego, aceptó. Por si esto fuese poco, surgió una nueva dificultad en esta flora maldita. La colección de Sullivant, con sus 18.000 ejemplares, ¡la base de todo el trabajo! junto con su biblioteca y notas se había donado a la Universidad de Harvard, como dejó especificado Sullivant en su testamento. El pobre Lesquereux no estaba en condiciones de trasladarse allí, así que fue necesario contar con alguien que trabajase junto a la colección y que además de estar en constante contacto con Lesquereux en Columbus, fuese capaz, por ejemplo, de realizar el trabajo de microcopía. Esa persona fue Thomas P. James, y una vez más el encargado de persuadir a este briólogo afincado en Cambridge fue el propio Asa Gray, sin cuyo afán en ver terminado el manual, éste no habría sido posible.

El avance de los dos especialistas con el “marrón” heredado de Sullivant fue lento y se extendió durante casi diez años más. Esto se dice pronto, pero imaginémonos el día a día de un trabajo tan ingente como el que les ocupaba, estando todo a medias, en condiciones francamente malas (tanto por la salud de uno y de otro como por lo mal que funcionaba el Skype en aquella época). ¿Cuántas veces estarían tentados de tirar la toalla? James llegó incluso a viajar a Estrasburgo para entrevistarse con Schimper (la autoridad briológica europea) y enseñarle algunos especímenes, encuentro que se plasmó en la publicación de varias nuevas especies americanas.

Cuando el trabajo “experimental” ya estaba casi concluido, James murió de forma inesperada en 1882 dejando pendiente la recopilación bibliográfica del manual e interrumpiendo nuevamente su conclusión.

El estado de salud de Lesquereux, muy resentido con la edad, le impedía totalmente viajar a la biblioteca de Harvard y una vez más tuvo que pedir ayuda. El “agraciado” fue Sereno Watson, un botánico que sin embargo no era especialista en briófitos. El propio Lesquereux lo resume en el prefacio del manual:

Mi edad y enfermedad me impedían visitar la biblioteca del herbario para completar la parte bibliográfica del trabajo, que no podía hacerse con los pocos libros que tenía a mi disposición. En esta situación de emergencia, siendo admirador de cómo el señor Sereno Watson – que no era briólogo profesional – había elaborado los musgos de la Botánica de California, le supliqué ayuda sin comprender en aquel momento el peso que estaba imponiendo en alguien cuyo tiempo y energías ya estaban sobrepasadas. Esta labor de revisión y el encargo de ocuparse de llevar la obra a imprenta, fue finalmente aceptada por el señor Watson, especialmente por la estima a la memoria de su amigo, mi socio el señor James. [Este encargo] ha requerido una inmensa cantida de trabajo crítico y editorial y lamento no haber podido más que expresar, como hago profundamente, mi agradecimiento hacia él.

Los dos enmarronados: James y Watson

De esta forma, en mayo de 1884, dos años después de la muerte de James, once de la de Sullivant y 36 desde el primer suplemento de briófitos del manual de Gray, veía por fin la luz la primera flora de briófitos de Estados Unidos, el Manual of the mosses of North America, firmado por Lesquereux y James. Cuando intento hacerme una idea de lo que costó llevar a término esta empresa me pregunto, ¿qué sentirían los protagonistas al verlo acabado? Un manual que se había llevado por delante la vida de dos personas, la visión de otra y que había enmarronado durante años a gente que no tenía nada que ver con el proyecto. ¿Qué sentir al tomar entre tus manos a “la criatura”? ¿Satisfacción? ¿Hartazgo? El manual, fruto del empeño, de la perseverancia y del duro trabajo de hombres extraordinarios, se convirtió en una referencia básica para la briología norteamericana, aunque la inmensa mayoría de las personas que lo hayan usado alguna vez no se podrían ni imaginar que un librito de apenas 450 páginas tuviese detrás una odisea como esta. Tampoco puedo evitar pensar en la sucesión de contingencias que si no se hubiesen combinado, no habrían permitido que este libro existiese tal y como lo conocemos hoy (desde la caída por un risco a las amistades infantiles y las revoluciones en Suiza).

Y por fin llega el chascarrillo, para el cual todo el rollazo de arriba no ha sido más que una preparación.

Hace un tiempo, tuve que examinar algunos de los célebres especímenes de la colección del mismísimo Sullivant enviados a Madrid desde Harvard. Concretamente buscaba una supuesta variedad de Orthotrichum pulchellum para descartar que se tratase de una de las especies que finalmente íbamos a describir en uno de los artículos de mi tesis. El espécimen no aparecía por ningún lado, pero uno de los pliegos de la colección de Sullivant, recolectado en Oregon en 1871, incluía una carta de Elizabeth Britton, fechada en 1924.

Britton mirando por el microscopio en el Jardín Botánico de Nueva York, que ella y su marido contribuyeron a fundar

Britton (que bien merecería un post para ella sola) fue una brióloga afincada en Nueva York que pertenecía a una generación de botánicos que ya pudo disfrutar de la existencia de la flora de Lesquereux y James. Estudiosa además de las ortotricáceas, no era de extrañar que en su momento hubiese revisado esos materiales del herbario de Harvard. Además, conoció personalmente a algunos de los protagonistas de la historia, al menos a Sereno Watson. La carta aclaraba que el ejemplar que yo andaba buscando probablemente no existía en la colección Sullivant y que podía ser un error del manual. En la carta tuvo el gesto espontáneo de recordar algo que Watson le había transmitido:

El Dr. Watson solía decir que el manual fue publicado por alguien que no sabía nada de musgos (S. Watson), para un ciego (C. L. Lesquereux) y un muerto (T. P. James)

Me fascinó esta frase por resumir de forma concisa lo difícil que fue ver el libro impreso.

Como ocurre siempre, el tiempo pasa y el olvido despacha la vida de la gente. Los libros pueden ser algo más permanentes, aunque en casos como este, al tenerlo en las manos, consultarlo y hacer uso de él difícilmente se tiene conciencia de todo lo que hay detrás. La lectura de la carta de Britton me animó a investigar quiénes eran el ciego, el muerto y el hombre que no sabía nada de musgos y fue un tiempo muy bien invertido que me hizo acercarme a personajes de una gran talla científica y fuentes de inspiración pese a que siempre estarán en un discreto segundo plano. De todos ellos me quedo con Lesquereux, por lo fascinante de su vida, tan plagada de dificultades como de una voluntad inquebrantable, capaz de cumplir el deseo original de Asa Gray y de culminar el trabajo de su amigo y mentor. Qué grandísima persona.

El Manual de los musgos de Norteamérica se puede consultar online en la biblioteca virtual del Jardín Botánico de Madrid.

Esa es la historia de la flora de briófitos que tardó 36 años en materializarse desde que fue concebida y que fue publicada por alguien que no sabía nada de musgos para un ciego y un muerto.

Referencias:

http://www.huh.harvard.edu/libraries/Gray_Bicent/manual.htm

http://vodhdb.blogspot.com.es/2009/05/leo-lesquereux-william-starling.html

http://www.nasonline.org/publications/biographical-memoirs/memoir-pdfs/sullivant-w-s.pdf

http://www.google.es/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=1&cad=rja&ved=0CCkQFjAA&url=http%3A%2F%2Fwww.nysm.nysed.gov%2Fstaffpubs%2Fdocs%2F20264.pdf&ei=dlJYUNPeA8uXhQe4k4HYAg&usg=AFQjCNGQyW_eyZqAsT_nSadSnZ4jAyK4zQ

http://www.google.es/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=1&cad=rja&ved=0CCgQFjAA&url=http%3A%2F%2Fwww.nasonline.org%2Fpublications%2Fbiographical-memoirs%2Fmemoir-pdfs%2Flesquereux-leo.pdf&ei=SVdYUOa3As-4hAfppYCwCQ&usg=AFQjCNEnVmGjVpTxqL8jhtQGFb10Lols7A

Añado un agradecimiento a javigh por su perspicacia descubriendo preposiciones que se me habían escapado

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22 thoughts on “Historia de una flora maldita

  1. Bruno Taut 19 septiembre 2012 / 14:21

    Preciosa entrada, Copépodo. Enhorabuena. Y gracias, claro.

    BT

  2. Fernando 19 septiembre 2012 / 14:24

    Un artículo muy interesante, desde luego

  3. Electroforesis 19 septiembre 2012 / 16:18

    Apasionante. Eso es pasión.

  4. Murzuq 19 septiembre 2012 / 17:55

    Me ha encantado! La de gigantes que han pasado desapercibidos en la historia de la ciencia y bien por ti en descubrírnoslos.

    Salud!

  5. Pancho 19 septiembre 2012 / 20:15

    Fascinante! Me encanta lo ameno y apasionado del relato, capaz de dejar clavado a la pantalla a alguien que, como yo, no entiende nada de nada :) Gracias, Mr. Copépodo.

  6. Javi 19 septiembre 2012 / 21:17

    Una puntualización tonta, ¿no sería más acertado traducir esa frase asi?

    El Dr. Watson solía decir que el manual fue publicado por alguien que no sabía nada de musgos (S. Watson), PARA un ciego (C. L. Lesquereux) y un muerto (T. P. James)

    Es una chorradilla, la historia me ha encantado :)

  7. luzali 19 septiembre 2012 / 22:08

    Que amena lectura, gracias por tomarte el tiempo de escribir. Cuando vuelva a dar clases serás lectura obligada de mis alumnos

  8. Copépodo 19 septiembre 2012 / 22:23

    Muchas gracias a todos por comentar, estoy muy gratamente sorprendido del éxito de la entrada y me alegro de que os haya parecido tan interesante como a mí.

    César: pues sí, buenos relojes, que le dan una vuelta de tuerca a aquello de “el relojero ciego”

    Javi: ¡Coño! Pues tienes toda la razón. Habré leído la carta decenas de veces, pero ni veía ese “for” porque me anticipaba al contenido; como pasa a veces lees lo que crees que pone y no lo que pone de verdad. Muchísimas gracias por decírmelo, lo corrijo enseguida.

  9. Epicureo 25 septiembre 2012 / 19:20

    No hay nada mejor que un artículo como este, que hace interesante algo que nunca imaginaste que pudiera serlo. Gracias, Copépodo.

  10. lunularia5 26 septiembre 2012 / 11:24

    Magnífica entrada y muy bien contada. Enhorabuena. Merece la pena seguirte.

  11. Copépodo 27 septiembre 2012 / 17:08

    Me alegro mucho de que os haya interesado, gracias por los comentarios

  12. cantin 5 octubre 2012 / 10:41

    Me encantan este tipo de historia mezcla de historia natural, epopeya científica, y sobre todo desempolvar a grandes personajes cuya historia debe recordarse y hacer justicia a su aporte al conocimiento. Y más aún, con el toque friki de que sean grupos siempreolvidados, como los musgos. Magnífico!

  13. Ofelia 8 octubre 2012 / 9:10

    Aunque llego muy tarde, no lo quiero dejar pasar. Es un consuelo ver que hay gente que derrocha ternura y cariño en la narración de una odisea científica tan silenciosa como esta. Conmovedora la historia y también tu manera de relatarla. Y eso que ya la conocía por ti a grandes rasgos. Enhorabuena.

  14. Copépodo 8 octubre 2012 / 17:53

    Ey, dos lectores que hacía tiempo que no daban señales de vida. Gracias chicos, me alegro de que os gustara.

  15. Honorio 9 octubre 2012 / 20:47

    Buena, buena esta entrada. Mis más sincera enhorabuena.

  16. musguito 6 noviembre 2012 / 0:19

    Te ha debido llevar su tiempo el recopilar la información y has sabio contar muy bien esta historia, ha sio una lectura entretenida e interesante, la verdad es que uno no se imagina la intrahistoria que puede haber detrás de un libro. Por cierto muy curiosa la nota de Britton.
    Me alegro de que haya frikazos como yo gastándose la pasta en libros como estos ;)

  17. J.Fernández. 18 abril 2013 / 22:53

    Me encanta este tipo de anécdotas científicas, y ver como la gente se deja la vida (literalmente), por sus pasiones. ¡Muy buena entrada Copépodo!

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