La especie de la semana: Philodendron geniculatum


Mirad qué cosa más curiosa: esta planta llevaba cultivándose más de 50 años en tres continentes distintos. Se sospechaba que correspondía a una especie no descrita del género Phylodendron, pero como nunca se le había visto en flor, no se había podido comprobar. Finalmente, el pasado mes de abril, unos afanados botánicos consiguieron el prodigio en el jardín botánico Nymphenburg de Múnich. Con la inflorescencia delante, fueron capaces de confirmar la sospecha, e inmediatamente hicieron lo que hacen los botánicos en ese momento: arrancar, secar y prensar la planta para preservarla en un herbario. Leí una vez que alguien decía que los físicos trabajan haciendo chocar cosas y viendo lo que queda después. Los botánicos, en su caso, anadarían arrancándolo todo y prensándolo entre papeles de periódico. Cada cual con sus manías. En fin, la nueva arácea salió publicada hace unos días y se ha bautizado bajo el nombre de Phylodendron geniculatum.

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Phylodendron geniculatum. Que no se os olvide que el pirinchunflo no es una flor, sino una espádice.

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La especie de la semana: Cerviniopsis reducta


Estos son días de mucho lío, pero para intentar no abandonar la iniciativa en su tercera semana, ahí va un cutrepost de última hora:

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Cerviniopsis reducta sp. nov.

Como podéis ver, se trata de un bonito copépodo marino, recolectado en la bahía de Sagami (Japón) en 2002. Sería un ejemplo bueno para retratar el tiempo que pasa muchas veces entre que un espécimen se recolecta y el momento en el que se le identifica y describe como una novedad taxonómica. Además, me atrae bastante la forma de trabajo de la sistemática de copépodos (pese a que, como me ha tocado aclarar varias veces, no tengo la menor experiencia personal): los copépodos típicos miden menos de 1 mm, y sin embargo, su estudio detallado incluye una disección minuciosa y descripción de todos sus múltiples apéndices, siendo cada uno de ellos un alarde evolutivo de la complejidad.

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Verbigracia: anténulas, antenas y labro de C. reducta

Lo cual me recuerda que en estas fechas tan entrañables, los crustáceos en la mesa siempre dan para buenos temas de conversación. Pasadlo bien.

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Diario de un copépodo: séptimo aniversario


Pues sí, parece mentira: milagrosamente, este bloj caduco y marchito sigue dando señales de vida en su interminable estertor final.

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Behind the scenes: un día cualquiera en la redacción de Diario de un copépodo. La decadencia se ha adueñado de la otrora industriosa estación de musas.

Hace hoy siete años que se publicó el primer post de esta santa casa que tantas satisfacciones me ha venido dando, originalmente instalada en bitácoras (todavía colea el bloj original, como comprobé hace poco), y luego migrada a wordpress en algún momento del otoño de 2006.

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Otra imagen reciente y abochornante de la redacción. Mucha biodiversidad y mucha tontería sobre la que escribir, pero aquí no trabaja ni dios

Tradicionalmente esta es la ocasión en la que aprovecho para hacer autoumbilicoscopia, y coincidiendo con el final del año, un balance de la última temporada.

No estamos para innovaciones

En este contexto no parece muy sorprendente que ni siquiera me apetezca hacer el balance tradicional. ¡Hasta ese punto hemos llegado! Así que seré muy breve: este ha sido un año gran año, característico e irrepetible, de los que podríamos denominar. Ha estado marcado por el fin de la tesis y mi traslado a Connecticut como flamante refugiado científico. Han sido meses también de muchos viajes interesantes no traducidos (¿aún?) en entradas y grandes experiencias vitales como probar la sopa de almejas. Acabados los motivos de la supuesta sequía, el bloj siguió sin estar actualizado como antaño y su ritmo continuó errático e impredecible. Los esfuerzos por superar un mínimo de calidad se deben a proyectos colectivos en los que los editores me torturan y amenazan para cumplir los plazos. Este sería un buen momento para decidir cerrar el chiringuito, pero como en el fondo me lo sigo pasando muy bien, me temo que seguiré soltando chocheantes balbuceos de bloguero demenciado en el año venidero.

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La redacción en 2008. Imagen de archivo

Y como siempre, mi sincero agradecimiento a todos los lectores, especialmente a los comentaristas, que son los que realmente me habéis animado a seguir a pesar de suponer un atentado contra el buen gusto y el sentido común.

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Siempre en la vanguardia, estas imágenes corresponden al estreno de las nuevas técnicas de motivación empleadas en la redacción de DDUC para hacer salir adelante la serie sobre naturaleza etíope próximamente (o no).

La evolución de la teoría


De regreso a Madrid por (ponga aquí su celebración de solsticio de invierno favorita) me estaba esperando una sorpresita: El cómic-biografía de Darwin de Jordi Bayarri, un proyecto muy bonito que conocí gracias a SergioEfe y en el que participé infinitesinalmente mediante la plataforma de Crowdfunding en Lánzanos.

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Total, que ahora tengo un ejemplar de “Darwin, la evolución de la teoría” ¡dedicado!, un libro para colorear y unas postales muy chulas. Quería aprovechar para recomendároslo porque la verdad es que me ha gustado mucho. Aunque se trata de una brevísima biografía orientada a un público infantil-de-todas-las-edades, es una gran incorporación a cualquier biblioteca darwiniana y cienciófila en general, y ya si tienes churumbeles, ni te cuento. La síntesis biográfica es muy buena, y no era fácil seleccionar los momentos clave y las anécdotas para que una obra tan corta quedara una impresión adecuada: el entusiasmo de Darwin en su juventud, los roces con su padre, las primeras reflexiones sobre la variabilidad a bordo del Beagle y el largo retraso hasta la publicación del Origen, además de anécdotas varias. Sin embargo, lo más atractivo e irresistible es la labor ilustradora, lo majete que sale Darwin, la recreación de la sociedad victoriana y los distintos “cameos” que se van viendo (Fitzroy, Wallace, Lyell, Hooker,…). Pues eso, que os lo recomiendo. Se puede encargar aquí.

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Además hay buenas noticias: este no es sino el primer volumen de una colección de biografías de científicos, y es seguramente muy pronto salga el cómic de Galileo.

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La especie de la semana: Psilocybe allenii


¿Qué mejor forma de empezar la semana que con una especie recién salida del horno? Y si encima se trata de un hongo alucinógeno, quizá sea aún mejor. ¡Con todos vosotros: Psilocybe allenii!

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Psilocybe allenii Borov., Rockefeller & P.G. Werner, sp. nov

Estoy seguro, y pondría la mano en el fuego, de que ninguno de vosotros, que sois gente buena y saludable, sabía nada sobre los hongos del género Psilocybe, pero para eso estoy yo, para deciros que estas setitas tienen efectos psicotrópicos. Con la que está cayendo, bien podríamos empezar a buscar una forma de producirlos en masa.

La historia de esta especie es interesante: los aficionados a la (¿psico?)micología de la costa oeste estadounidense, venían encontrando con frecuencia unos monguis que no les encajaban mucho con las especies que conocían. En un foro incluso la bautizaron provisionalmente como P. cyanofriscosa, (en el artículo incluso citan el nick del autor de este nombre, lo que me parece un detallazo), pero al parecer no atrajeron la atención de ningún micólogo capaz de hacer la descripción. Un experimentado recolector que responde al nombre de John Allen, insistió repetidamente unos micólogos checos en la validez de esta especie, y finalmente les envió unos especímenes. Una revisión morfológica de estos y otros ejemplares recolectados en la costa oeste de EE.UU. llevó a los autores a la conclusión de que, efectivamente, existía una discontinuidad que distinguía a estas setas de las descritas anteriormente. Un (ya rutinario) pequeño estudio filogenético confirmó que existía también una señal genética específica para estas muestras. Como además, su distribución (desde el estado de Washington a California) tenía sentido, los autores asumieron que había evidencias suficientes para describir esta seta como una nueva especie para la ciencia. En señal de agradecimiento al recolector que tanto insistió con la validez de esta especie, han llamado al nuevo hongo en su honor: allenii, forma latinizada en genitivo singular de “Allen”. Y fueron felices y se lo pasaron muy bien.

PD: el holotipo se recolectó en el campus de la Universidad de Washington en Seattle. ¡Aguantáos esa risa floja, sinvergüenzas! ¡No van por ahí los tiros! A lo que voy es que este es un ejemplo más de que sin necesidad de irnos a lugares muy alejados de eso que venimos llamando “civilización”, estamos constantemente rodeados de especies aún no reconocidas o no descubiertas. ¡Andáos con los ojos bien abiertos!

PD2: la observación atenta de los seres vivos y el estudio de su morfología sigue siendo una parte esencial de la exploración de la biodiversidad, eficiente y barata.

PD3: según el Código de Melbourne (aunque no es ninguna novedad, pues ya pasaba antes) el nombre no oficial “cyanofriscosa” no sienta “jurisprudencia” (se dice que es un nombre inválido) por no haber sido publicado según los estándares de una descripción botánica. Por muy modernos que queramos ser, un foro de internet sigue sin ser un medio aceptable para la publicación de una nueva especie, (al menos de momento).

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Hallazgo gastronómico yanqui a reseñar

¡Paren las rotativas! El día de ayer, 14 de diciembre de 2012, pasará a los anales de la los hallazgos egoblogoirrelevantes copepódicos. Ayer conocí un plato genuinamente estadounidense… ¡y que está bueno! Pese a mi templanza y escepticismo, por todos conocidos, nada me había preparado para tan mayúscula sorpresa.

Todo empezó con una desgracia: se me había olvidado prepararme el túper con la comida. (Aquí puedo decir “túper”, e incluso “túpergüerr”, en lugar de fiambrera). Normalmente yo soy de los bichos raros que no comen enfrente del ordenador, sino que estiro las piernas, me voy a una sala común donde por norma general no hay nadie (y si lo hay, tampoco se nota mucho), me lleno el buche y luego me pido una especie de infusión suave, aguada y restituyente con aromas variados que llaman “coffee”, pero que pese a su semejanza fonética, no tiene nada que ver con el café. Sin embargo, ayer, yo iba sin mi túper y me veía obligado a comprar alguna guarrerida de las que tienen en la cafetería del edificio de Físicas. Un amplio surtido que incluye: sángüiches variados, ensaladas, bandejitas de un sucedáneo tristísimo de sushi, frutitas cortadas y yogures varios. Como ninguna de estas opciones me seducía, me acordé de que había un cartel por ahí que siempre recomendaba la sopa del día y al que nunca hacía caso y que hoy me recibía con un enigmático “New England Clam Chowder” (de ahora en adelante, clamchauder). A alguna neurona recóndita le dió un tembleque al leer esto, porque sí que me habían hablado de una sopa de almejas típica de Nueva Inglaterra. sopa de almejas. El propio concepto sonaba repugnante. Me imaginaba a los puñeteros puritanos neoingleses recorriendo la costa, cogiendo lapas y bivalvos sin ton ni son e hirviéndolos en un calducho paupérrimo. La imagen no era mucho más evocadora que el sucedáneo de sushi, pero me encontraba aventurero  y me pedí una, “large”, para más señas de mi atrevimiento.

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La mía me la sirvieron en una tarrina de cartón, pero os hacéis una idea

Pues bien, amigüitos, la susodicha clamchauder está sorprendentemente rica. Más que una sopa es una especie de puré o crema, con base de harina y leche, llena de tropezonzuelos de cebolla, patata, bacon y, claro está, almejas, todo ello aderezado con umbelíferas (perejil y/o apio) y una especie de galletillas, que se llaman oyster crackers y que son básicamente colines hexagonales. No me podía creer que hubiese encontrado un atisbo gastronómico de interés, pero ahí estaba. En la soledad de la sala común, me zampé la sopa como un señor, y como es calórica y consistente, me quedé más que satisfecho.

Luego, por supuesto, llegó la hora de investigar. Al parecer se trata realmente de un plato estadounidense. Me espero que en cualquier momento alguno corrijáis este dato, y aunque su origen británico me parecería igualmente sorprendente, sigo temiéndome que alguien venga en cualquier momento a decirme que en realidad fueron los pescadores portugueses los que la introdujeron. Lo que más me ha gustado de lo que he leído son los fanatismos:

– Una genuina clamchauder de Nueva Inglaterra NUNCA debe llevar zanahoria (esto se lo he leído a un señor haciendo comentarios en una receta). La zanahoria en la clamchauder debe ser como los guisantes de las paellas: un síntoma inequívoco de que es una paella madrileña. Mis lectores valencianos apreciarán que nunca, nunca más en la vida, vaya a añadir guisantes en la paella. ¡Así que haced el favor de no poner zanahoria en las clamchauders!

– La apoteosis del fanatismo la trajeron los neoyorquinos, pues no se les ocurrió otra cosa que hacerla con una base de tomate, en lugar de leche o nata (esto, al parecer, sí que fue una innovación venida de Portugal). Tamaña osadía poco menos que provoca un cisma. La clamchauder neoyorquina (llamada también, estilo Manhattan,) es más clara, y roja, y hay quien ni la considera clamchauder ni ná, y la pone de simple sopa. El detalle despiporrante es que la defensa de la ortodoxia clamchauderil llegó hasta el punto de que en 1939, en Maine se declaró ilegal añadirle tomate a la susodicha crema. Ahí es nada.

Me ha encantado que más allá de las fronteras de la vieja Europa, todo el mundo tiene derecho a ser gastronómicamente provinciano. Aquí, los connecticutianos defienden la clamchauder a muerte, la ponen hasta en las cafeterías de la universidad, y además los viernes como es costumbre. Creo que no va a ser la última vez que la pruebe, y el día menos pensado, me la llevo preparada de casa en el túper.

La especie de la semana: Solenopsis elhawagryi


ResearchBlogging.orgEsta es la última idea que he tenido para intentar “obligarme” a escribir más a menudo. Hoy presentamos en DDUC (fanfarrias, por favor) ¡La especie de la semana! Que como su propio nombre indica, y como no habrá pasado desapercibido a vuestra sagacidad, será (mientras dure) un espacio semanal en el que presentaré una especie nueva para la ciencia descrita durante los últimos días. ¿Y esto por qué? Bueno, en primer lugar, ya he dicho que estoy intentando recuperar cierta periodicidad. Asumiendo que los tiempos gloriosos en los que sacaba 2 ó 3 entradas por semana no volverán (y que ya no es achacable a la falta de tiempo, sino a la senectud de este bloj), me toca elegir temas con los que pueda sacar entradas que no me cuesten mucho trabajo, pero que tengan su nicho en la divulgosfera.

Lo cierto es que cada año se describen más de 15.000 especies de organismos. Quince mil especies, que se dice pronto, el triple que todas las especies de mamíferos conocidas. Cada año. Runrún, sin parar, diariamente. Me gusta decir que este proyecto, la completa descripción de todas las especies de organismos vivos, es una de las tareas más ingentes y titánicas de la ciencia, pues llevamos varios siglos afanados en ella y seguramente no habremos hecho ni la cuarta parte del trabajo. Es una empresa enorme que hermana a miles de científicos de todas las épocas y de todos los lugares del mundo, compartiendo un objetivo y una metodología. Algo grande, grande de verdad.

Sin embargo, a la hora de la verdad, compruebo una y otra vez que la sistemática necesita urgentemente más y más labor divulgativa, porque incluso entre gente que está al día en campos variados de la ciencia, es muy común una actitud desconfiada, cuando no despectiva, como he venido señalando en varias ocasiones.

Por todo esto, me propongo teneros al corriente de especies recién publicadas, calentitas, una muestra sencilla semanal, que ilustre un poco el funcionamiento de este campo de la biología, las formas habituales por las que haya tenido lugar el descubrimiento de turno, y/o por detalles que me hayan llamado la atención.

Estrenamos la sección con esta preciosidad:

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Solenopsis elhawagryi Sharaf & Aldawood, sp. nov

Obrera. Holotipo depositado en el Museo de Artrópodos de la Universidad Rey Saud, Riad, Arabia Saudí

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