Mi padre enseñándome química


20130426_154538Mirando este cuentagotas me acordé el otro día de una anécdota de mi infancia que tenía casi olvidada y que me ha gustado rescatar porque ilustra muy bien la entrañable faceta de mi padre despertando mi interés por la ciencia y las cosas merecedoras del mismo, así en general. Sí: mi padre no sólo me mandaba a hacer recados a la ferretería, también aprovechaba las ocasiones propicias para, ya desde muy niño, intentar (no siempre con éxito), que algún fenómeno curioso me iluminara las entendederas. Me acuerdo por ejemplo de cuando me explicó los eclipses usando una linterna y pelotas y balones que había por casa, o cuando me dejó rayadísimo construyendo una cinta de Moebius delante de mis propios ojos y demostrándome, pese a mi estupefación, que sólo tenía una cara. Mi padre tuvo también el acierto de dejar siempre a mano una enciclopedia que coleccionó y encuadernó por fascículos (Universitas, se llamaba, y hizo por mi educación más que muchas horas de clase) y con la que empecé mi relación sentándome encima para alcanzar la papilla en la mesa de la cocina, para pasar con los años a espantarme de miedo y fascinación con la foto de un celacanto mucho antes de que pudiera sacarle provecho a su lectura.

La anécdota en cuestión está bastante “borrosa” en algunos aspectos, así que es difícil precisar cuándo tuvo lugar, pero ciertos detalles los recuerdo con la nitidez suficiente como para hacer que me riese el otro día. No sé muy bien cómo empezó todo, aunque es posible que anduviera intentando romper un trozo de papel en el fragmento más pequeño posible, empresa en la que me afané en alguna ocasión. Lo mismo mi padre me vio y me preguntó, o quizá le pregunté yo a él, la cosa es que ni corto ni perezoso, me introdujo el concepto de átomo. No me acuerdo mucho de los detalles de su explicación, sé que en algún momento dibujó un átomo con núcleo y electrones, en plan Bohr, y que no me enteré de nada, así que rebajó el nivel de su explicación a un concepto mucho más daltoniano, y que entonces yo me sentí mucho más cómodo imaginándome bolitas indestructibles. Esa idea era fácil de asimilar, pero lo que me dejó “to loco” fue cuando me dijo que no había “átomos de papel” o “átomos de agua” sino que era la combinación de ciertos átomos, y entonces me puso como ejemplo la molécula de agua.

– …y por eso al agua de le llama también H2O, porque siempre es la agrupación de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, ¿ves? Hache-dos-o. Así se escribe, y así todo el mundo sabe a lo que te estás refiriendo, porque todas las moléculas de agua son iguales.

– (muy pensativo) ¿Cómo? ¿Todo el mundo lo llama igual?

– Claro, todo el mundo, eso es lo que es el agua, siempre.

(muuuy pensativo)

– O sea, que si yo pido un vaso de hachedosó…

– Te tienen que dar un vaso de agua – concluye mi padre categórico.

En aquel momento posiblemente mis entendederas estaban ya saturadas con el asunto de las bolitas indestructibles, pero me fascinó el asuntillo nomenclatural. Mi padre dijo que si lo pedía de esa forma me tenían que dar un vaso de agua, no había otra, porque eso era lo que estaba pidiendo. Era como una obligación porque a fin de cuentas si lo pides así es que sabes lo que es el agua en su más íntima naturaleza (tres bolitas muy pegadas), y con eso desarmas a cualquiera, porque sabes de lo que estás hablando. Todo aquello parecía realmente interesante: había un código para hablar de las cosas con total precisión, pero, ¿sería verdad que todo el mundo lo usaba? ¿Estaba exagerando mi padre? En mi vida había oído hablar del hachedosó como sinónimo del agua. La idea se me quedó rondando en la cabeza desde ese momento.

Un tiempo indeterminado después, mis padres estaban con un grupo de amigos tomándose algo en un bar. Sí: por aquel entonces si tus padres querían tomarse una caña, te podían tener por ahí dentro sin problemas, no sé cómo serán las cosas ahora. Normalmente los niños estábamos jugando fuera, y sólo teníamos venia para pedir un trinaranjus, pero si después, entre carrera y carrera, te entraba sed, tú sabías que podías pedir al camarero un vaso de agua, porque el agua es gratis.

A mí debió darme sed, y decidí ir a pedir un vaso de agua. Entonces se me encendió la bombilla, y decido que ésta y no otra es la ocasión para poner a prueba la lección de mi padre sobre formulación y nomenclatura. Como quien no quiere la cosa me planto delante de la barra, me pongo de puntillas hasta poder hacer contacto visual con el camarero y éste me pregunta que qué quiero. Haciéndome escuchar entre el ruido de fondo voy y le suelto con toda la inocencia del mundo:

– ¡Quiero un vaso de hachedosó, por favor!

Visto en retrospectiva, aquí podían haber pasado muchas cosas. El camarero podría no haberme oído bien, no tener ni idea de a lo que me podía estar refiriendo, se le podían haber hinchado las narices por tener a un mocoso pasándose de listo y mil cosas más. Para mí en aquel momento, que no tenía ni idea de estar haciendo nada fuera de contexto y que sólo quería testar la universalidad de la nomenclatura química, sólo cabían dos posibles consecuencias: o el camarero no sabía qué era el hachedosó, y por lo tanto mi padre se había sobrado en su explicación, o me daba un vaso de agua con la misma naturalidad con la que me la hubiese dado si la pido en román paladín. Lo que nunca, nunca me hubiese esperado, fue lo que pasó a continuación.

El camarero, tras escucharme, dejó escapar una risotada y me preguntó, agudo y divertido:

– ¿Con gambas o sin gambas?

Y eso ya sí que me dejó descolocado por completo. ¿Qué narices tendrían que ver las gambas con las bolitas indestructibles? Mientras intentaba procesar inútilmente una explicación, ya me inclinaba por abortar la misión, simplificar y pedir el vaso de agua sin más, el tío va y me pone un rebosante vaso de agua fresquita delante. Yo me quedé mirándola un rato, comprobando que parecía agua (y que no tenía gambas) y acto seguido le pego un trago. Sí, era agua. Le doy las gracias y me vuelvo pensativo.

Como hay que saber reconocerle a la gente sus méritos, fui donde estaba mi padre y sus amigos y le llamé, sacándole por un momento de la conversación “de los mayores” para confesarle mi experimento.

– He ido al camarero y he pedido un vaso de hachedosó.

(Mi padre tarda una fracción de segundo en entender qué es lo que ha pasado, me mira y luego mira al vaso y se ríe)

– Y te lo han dado, ¿no?

(yo asiento sin decir nada, pero queriendo expresar con el asentimiento “eres un crack” o, “me quito el cráneo”, verbalizaciones quizá demasiado complejas para mí en ese momento)

– Te lo dije

Y él volvió a lo suyo, y yo volví a lo mío, pero ahora con la certeza de que el agua estaba formada por bolitas durísimas agrupadas de tres en tres.

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7 thoughts on “Mi padre enseñándome química

  1. Anónimo 28 abril 2013 / 7:34

    Jajaajjaaaa… super entrañable la anécdota! Refrescante lectura para una mañana de domingo. También me quedo pasmado (siempre me pasará) con la capacidad que tenemos de recordar toda una batería de sucesos lejanos con solo ver un objeto… como tu cuentagotas. Esta entrada me ha reafirmado en mi intención de pasar a mi pequeña la capacidad de sorprendernos e interesarnos por esas pequeñas grandes cosas que conforman el universo. Gracias Rafa!

  2. anxova 28 abril 2013 / 8:51

    ¡Jajajajaja, qué bueno!

  3. pipistrellum 28 abril 2013 / 10:34

    Tenias que haber probado con el oxido de dihidrogeno.XD

    Me recuerdas a la vez que descubrí el humor absurdo.

    No se si es algo innato o simplemente es resultado de la asimilación inconsciente hasta que la haces tuya y te sale sin querer.
    Como cuando dices algo y te sorprendes :”¿Y esto por que lo sé?” o “De donde lo he aprendido”

    El caso es que un dia mi hermana dijo que “se le habia dormido la pierna”
    Yo sabia lo que significaba y no tenia nada que ver con el sueño nocturno.

    Y me dio por decir:
    “Pues ponle un despertador” Durante el proceso de pensarlo y decirlo, mentalmente pensaba: “Estoy diciendo una tonnnteria”, Pero aun asi no sé porque acabé diciéndolo.
    Y a mi hermana le hizo bastante gracia, no se si por mi edad o porque motivo. pero fue asi.
    y Yo me quede sorprendido que una estupidez asi hiciese gracia. Pero me gustó.

    En mi mi famlia no hay tradicion barera y creo que casi solo entramos si alguien nos lleva.
    Una vez un compañero de clase, me dijo que pidiesemos un vaso de agua en el bar, y pense que nos lo iba a cobrar.
    Yo no entendi muy bien donde estaba la ganancia del bar si no..
    Ademas, no me parecia bien hacerle gastar agua. En aquel momento, me parecia más perjucio el coste del agua que el de el tiempo de atendernos y volver a lavar el vaso.

    No esta relacionado, pero un dia tambien me di cuenta que la programacion televisiva habia que pagarla de algun modo, como el telefono y demas, pero pregunte en casa y me dijeron que no. No me termino de convencer.

    Volviendo a los bares.
    No termine de enterderlo. Ademas, habia una fuente bastante cerca.
    Todavia hay cosas que me cuesta asimilar. Por ejemplo, pagar despues de consumir y estar un buen rato de palique y tal, en vez de en el momento que se coge de la barra.
    ¿Como se acuerda qué habias pedido? Como se acuerda a tiempo que alguien se va sin pagar? los propios clientes no se olvidan que han pedido?
    Parece que a pesar de la fama de los usuarios de bar, son bastante honrados.
    Otra vez tenia un desperdicio en la mano y pregunté a mi primo (en Madrid): ¿Donde lo tiro?. El suelo estaba alfombrado en desperdicios y no se iba a notar pero yo queria tirarlo en un recipiente correspondiente.
    Mi primo miro para todos lados (buscando un sitio, no vigilando que no nos viesen) y me dijo “Al suelo”.
    En seguida vino un trabajador y se puso a barrer un poco. No creo que oyese nuestra conversación, pero puede que captase la expresion corporal.

    Hoy en dia no entro solo porque no voy a tomar nada. Es caro y no voy a entrar como una paloma a ver si hay algo para picar e irme

  4. Biónica Habla que escucho 28 abril 2013 / 20:25

    Ay, qué buenos recuerdos… :-D, me has recordado anécdotas similares (y sí, yo también tenía libros de Ciencias Naturales en casa, que me flipaba leer. A mí me daba asco pasar la página con el dibujo de la tarántula en el capítulo de Arácnidos xD)

  5. Rufo 29 abril 2013 / 2:46

    Pero que-historia-más-bonita. Me has arrancado una sincerísima sonrisa :) Abrazos, crack

  6. Dr. Litos (@DrLitos) 30 abril 2013 / 14:01

    Cualquier historia que incluya a Papá Copépodo después de aquel mítico post de la ferretería, tiene mi atención; y no ha defraudado. Mira que hemos comentado veces la de puntos en común que tienen nuestras existencias (¿será por la generación “de los 80”??), pero no dejo de sorprendeme. También yo recuerdo fascinarme al descubrir que algo tan complejo como el agua se podía concretar con esas 2 letras y un número, fue toda una revelación. Pero nunca llegué a desarrollar la curiosidad como para lanzarme a testar experimentalmente los datos de PapáLitos, en este caso ganas con creces en cuanto a científico y escéptico.

    Me encantan estos posts casi tanto como los de las anécdotas costumbristas en países extranjeros… bueno, qué naricees me encantan todos.

  7. S.Belizón 6 junio 2013 / 12:13

    este post debería ser de lectura obligada a padres,y sí! digo padres…, de chavales de 2º de la ESO.

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