Recordando a Wallace como se merece


wallaceSe cumplían ayer cien años de la muerte de Alfred Russel Wallace, naturalista británico y protagonista de uno de los más célebres descubrimientos simultáneos de la historia de la ciencia: el de la evolución por selección natural. Durante todo el año se ha podido visitar una web para estar al día. Además, el Biological Journal of the Linnaean Society  ha sacado un número online conmemorativo donde podéis leer entre otras cosas el artículo conjunto de 1858 que escribió con un tal Carlos Roberto. Recientemente me he enterado, además, de que ya está en marcha el proyecto para subir a internet toda su correspondencia conocida. La verdad es que tenía pensado un post conmemorativo para ayer siendo un poco crítico con cierta visión que se nos ha querido transmitir de Wallace como “el gran olvidado” de la historia de la biología, pero al final me ha pillado el toro y aquí ando, en bragas, pasado el día del aniversario.

En pocas palabras: Wallace no es una figura olvidada, el problema es que quizá conocemos a muy pocos biólogos y si nos sacan de las dos o tres estrellitas de turno enseguida nos perdemos. De hecho, aparte de la importancia del descubrimiento de la selección natural, Wallace es recordado especialmente por otras contribuciones entre las que destaca muy merecidamente un rol casi fundador de la biogeografía moderna. Es cierto que un descubrimiento simultáneo, o la publicación del mismo, conlleva cierto conflicto de intereses, pero para valorar si el caso de la selección natural estuvo bien o mal llevado, bueno, sólo hay que pensar en lo que pasó con Leibniz y Newton con aquello del cálculo.

Pero me estoy desviando. Me gusta intentar mejorar mi conocimiento sobre la vida de científicos del pasado porque suponen a menudo una inspiración para nosotros, y en el caso de la biografía de Wallace, el episodio que encuentro más digno de recuerdo no tiene nada que ver con su época de éxitos y descubrimientos en el archipiélago malayo, y ni siquiera está muy relacionado con el hecho de que Wallace, al contrario que muchos de sus colegas decimonónicos, no fuese un “niño bien” con la vida resuelta, que pudiese permitirse el lujo de ponerse a coleccionar escarabajos porque nunca le iba a faltar el plato de lentejas (algo que ya de por sí dice mucho). La vivencia a la que me refiero se remonta a los años mozos de este señor, siendo poco menos que un pipiolín, cuando se embarcó junto con Henry Walter Bates en el que iba a ser el viaje que todo naturalista decimonónico necesitaba para ser alguien, en este caso a la Amazonía. Allí se pasó cuatro años recolectando especímenes y datos, y cuando se encontraba de regreso a Inglaterra (esta vez en solitario), su barco se incendió. De milagro, él y parte de la tripulación salvaron la vida y fueron rescatados, pero la colección de sus últimos y más fructíferos años se perdió para siempre. Hoy me apetecía recordar esta tragedia y reproducir aquí extractos de una carta que envió a su colega, el botánico (de mi gremio) Richard Spruce, contándole la peripecia desde el Jordeson, el barco que les rescató (traducción cutre).

49º 30′ N 20º O. Domingo 19 de septiembre de 1852

Querido amigo,

Con la perspectiva de regresar a casa en una semana o diez días, comenzaré a relatarte las peculiares circunstancias que me han mantenido ya 70 días en un trayecto que sólo nos llevó 29 en nuestro viaje de ida. Espero que hayas recibido la carta que te mandé desde Pará el 9 ó 10 de julio en la que te informaba de que que había adquirido un pasaje para un barco con destino a Londres que iba a partir en pocos días. El lunes 12 de julio embarqué con todo mi equipaje y algunos artículos comprados o recolectados en el trayecto, así como el resto de ejemplares vivos (unos 20).

[…Los primeros días de navegación Wallace pilla unas fiebres, pero por lo demás, todo normal…]

El viernes 6 de agosto, cuando estábamos a 30º 30′ N y 52º O, a eso de las nueve de la mañana, después del desayuno, el capitán (que era el propietario del navío) vino al camarote y me dijo [atención a la flema del capitán] “me temo que el barco está ardiendo, mire usted a ver qué opina”.

[…Lo que al principio parece vapor, acaba siendo, tras abrir unas escotillas, un humarro negro incontrolable. Parece que sí que es fuego…]

Abrieron un agujero en el suelo del camarote y mientras el carpintero hacía esto, el resto de la tripulación empezó a liberar los botes salvavidas, el capitán recogía su cronómetro, sextante, cartas de navegación, brújula etc. Yo cogí una caja metálica con unas camisas y metí mis dibujos de peces y palmeras que tenía, afortunadamente a mano, también mi reloj y algunos soberanos.

[…estos fueron los únicos materiales que Wallace salvó del naufragio. Me parece simpático lo valiosos que eran los relojes entonces. Hoy habríamos rescatado el smartphone…]

Se oyó por un tiempo este borboteo y silbido, el calor en el camarote era muy grande, y las llamas empezaron a invadir camarotes y estancias, y en unos minutos alcanzaron la cubierta. Se ordenó a todo el mundo que se subieran a los botes. Eran las doce en punto, sólo tres horas después del primer avistamiento del humo. […] Permanecimos cerca del barco toda la tarde, observando el avance de las llamas, que pronto cubrieron la mayor parte del barco y se extendieron por las velas y los mástiles en una espectacular deflagración.

[hubo hambre y sed, pero la situación no era tan desesperada como para que Wallace pensara también en otras cosas]

Dado que estábamos prácticamente en la ruta de los navíos de las Indias Occidentales [colonias británicas en el Caribe], calculábamos que en cuestión de días nos toparíamos con un barco. No soy capaz de describir mis sensaciones y emociones  durante estos sucesos. Me sorprendía encontrarme sereno  y calmado. Apenas podía creer que hubiésemos escapado y que me hubiese arriesgado estúpidamente a salvar mi reloj y el poco dinero dinero que tenía a mano. Sin embargo, después de pasar en los botes algunos días, empecé a arrepentirme de no haber salvado unos zapatos, algún abrigo o pantalones etc, que no me hubiese costado tanto. Mis colecciones, sin embargo, estaban en la bodega y se perdieron inevitablemente. Es ahora cuando he empezado a darme cuenta de que todo el producto de estos cuatro años de privaciones y peligros se han perdido. Lo que hasta el momento había enviado a casa valía poco más que para cubrir gastos, mientras que lo que se perdió en el Helen calculo que podía valorarse en 500 libras […] toda mi colección privada  de insectos y aves desde que dejé Pará estaba conmigo y contenía cientos de especies nuevas y hermosas que (esperaba) habrían convertido mi gabinete, en lo que a especies americanas se refiere, en uno de los mejores de Europa. […] Pero además de eso he perdido  numerosos bocetos y dibujos, notas y obsevaciones de Historia Natural, además de los tres años más interesantes de mi diario, cuya pérdida, a diferencia de la económica, jamás podrá ser reemplazada. Como puedes ver tengo necesidad de cierta resignación filosófica para asumir mi destino con paciencia y ecuanimidad.

[No hace falta ser biólogo para entender la putada que supone algo así y que pese a poder estar contento por salvar la vida, la pérdida era irrecuperable: Wallace no sólo vivía de vender especímenes; además contenía una colección única que era el fruto de años de trabajo, y el propósito de cuatro años de penurias y sacrificios]

Pasamos díes días y diez noches así, aún estábamos a 200 millas de Bermuda cuando una tarde avistamos una nave y pudimos subir a bordo a las ocho de la noche, felices de haber escapado de una muerte en el océano, de donde nadie vuelve para contar su historia.

[Wallace y el resto de los supervivientes del Helen son escatados, y aún deben pasar algunas otras peripecias entre tempestades y demás. Poco antes de terminar la carta, aún sin haber llegado a Inglaterra, Wallace nos hace una confesión]

Desde que zarpamos de Pará, me he jurado cincuenta veces  que una vez que regresara a Inglaterra, jamás volvería a confiar en el océano ni una vez más. Pero las buenas intenciones pronto se desvanecen y ya estoy dudando  de si el escenario de mis próximas andanzas deben ser en los Andes o en Filipinas.

[…]

Y es cierto. A Wallace no se le calentaba la boca al decir que estaba ansioso de volver a navegar. Incluso después de un accidente gravísimo, que casi le cuesta su vida y en el que perdió todo por lo que había trabajado durante años, Wallace se levantó y volvió a empezar. Gracias a que tenía contratada una póliza de seguros (no sé si esto forma parte de la moraleja o no) subsistió un par de años en Inglaterra durante los cuales publicó un puñadete de artículos, incluyendo una célebre flora de las palmeras sudamericanas, y zarpó rumbo al archipiélago malayo, empezando de cero, en un entorno isleño en el que navegaría a menudo (olé por él) y en el que también estaría sometido a todo tipo de condiciones difíciles, no aptas para pusilánimes ni naturalistas de pacotilla. En menos de cuatro años, había colectado de nuevo miles de especímenes y escrito varios artículos, entre ellos un ensayo sobre la selección natural, que envió por correo a la Sociedad Linneana de Londres. El resto de la historia ya la conocéis: padre de la teoría de la evolución, ecólogo, escritor, biogeógrafo, socialista y defensor de las demostraciones empíricas (amén de varias cagadas famosas como su activismo anti-vacunas y su interés por el espiritismo, que todo hay que decirlo). Un genio, en cualquier caso, sobrado de talento y de perseverancia incluso (o precisamente) en las circunstancias más difíciles y una verdadera inspiración. Uno de los grandes.

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11 thoughts on “Recordando a Wallace como se merece

  1. Srta. Rottenmeier 9 noviembre 2013 / 11:55

    Mi contribución al aniversario de Wallace: un pequeño vídeo (encantador) del New York Times

    No puedo imaginar lo que debió ser ver el barco en llamas hundiéndose.

  2. pipistrellum 9 noviembre 2013 / 14:52

    Es curioso que calculase por cuanto iba a “vender” la coleccion. Quien se la “compraba”?

    Ahora el cientifico cobraria durante el viaje o no cobraria… Supongo que los que hacen docus se encuentran en una situacion similar, no cobran durante el trabajo sino hasta que consiguen vender el reportaje o emitirlo.

    Los barcos antiguos eran de madera, ¿se hundian del todo?. Creo que actualmente es facil que veleros pequeños de fibra se aneguen pero no se hundan. De todas formas, deben saltar a los botes, aunque mantener parcialmente el barco es una gran ventaja, puede conservar viveres y material.
    Historia real de un velero embestido por un mercante.

    La pagina de fondear es un filon, no soy nada entusiasta de la navegacion, pero casi todo lo que viene ahi me parece interesantisimo.

  3. pipistrellum 9 noviembre 2013 / 14:54

    Tal vez venga a cuento mencionar al lamarck

    “el pobre Lamarck anda siempre arrastrando la lacra de ser “el que se equivocó con el temita ese de la evolución”. Hay que asumir los errores como algo inevitable de la historia de la ciencia y no como un estigma para el científico de turno. Todos los grandes científicos de la historia metieron la gamba, a veces de forma espectacular. Newton soñaba con la piedra filosofal y el flogisto, Darwin la cagó intentando interpretar las glaciaciones, Pauling propuso una triple hélice para el ADN y tengo entendido que Einstein no estaba de acuerdo con algo fundamental de la mecánica cuántica, pero no recuerdo qué. Los errores no son estigmas, son parte del oficio.

    Además, Lamarck hizo por sí mismo un número apabullante de contribuciones “

  4. pipistrellum 9 noviembre 2013 / 14:55

    Corrijo enlace:

    La pagina de fondear es un filon, no soy nada entusiasta de la navegacion, pero casi todo lo que viene ahi me parece interesantisimo.

  5. Copépodo 9 noviembre 2013 / 15:19

    Srta Rottenmeier: ¡Qué chulo el vídeo!

    Pipistrellum: Wallace no sólo vendía especímenes, ¡es que vivía de ello! Los compradores eran estudiosos o coleccionistas ingleses

  6. pipistrellum 9 noviembre 2013 / 17:08

    El tema de la financiacion de la ciencia a lo largo de la historia debe ser interesante.

    Los coleccistas los compraba para recreacion personal y de las visitas o montaban fundaciones o museos privados?

    En USA debe ser tambien asi, con mucha financiacion privada.
    No se hasta que punto es bueno eso.

  7. Copépodo 13 noviembre 2013 / 1:09

    Ambas cosas. No siempre había un límite claro entre colecciones personales y científicas. Diría que hoy hay menos incidencia de ese fenómeno, pero sí que hay coleccionistas que pueden llegar a pagar sumas considerables por especímenes científicos, y se conocen casos famosos de gente que ha robado en colecciones institucionales y tal. En la universidad en la que estoy ahora, por ejemplo, los trabajadores del la colección, tanto animales como plantas, tienen prohibido tener colecciones personales para evitar el conflicto de intereses, pero no creo en absoluto que sea lo habitual.

  8. pipistrellum 14 noviembre 2013 / 19:57

    Interesante.
    No se si en esto hay modas, pero me parece que ahora hay mas coleccionismo privado de arqueologia y arte, por lo menos se ve más.

    El coleccionismo privado me parece un poco desproporcionado. La gente que paga cantidades altas es gente que “le sobra el dinero” y no se hasta que punto son los mas interesados en el tema. Los coleccionistas modestos no pueden acceder, supongo que tambien hay piezas asequibles.

    Por otra parte, la piezas en un lugar publico generan un beneficio mayor y veo mas justificado pagar un precio alto. Ademas, un equipo especializado las cuida e investiga. Puede sacar nueva informacion que un privado.
    Ademas, parte de la informacion no la da pieza en si sino su contexto. Donde estaba el animal o el objeto arqueologico.
    Es como un cuchillo en el lugar del crimen. No cuenta solo el cuchillo en la bolsita, sino donde estaba que habia alrededor.

  9. omalaled 7 diciembre 2013 / 21:39

    Estuve este verano pasado en Londres y fui a visitar el Museo de Historia Natural. Había muchas cosas, pero una me llamó particularmente la atención. Tras un vidrio había una página escrita de puño y letra por el propio Wallace y firmada por él. Reconozco que me emocioné viéndola. Incluso más que cuando vi la tumba de Newton en la Abadia de Wetminster.

    Salud!

  10. Copépodo 12 diciembre 2013 / 6:13

    Omalaled: pues estate atento, porque la próxima vez que vaya al archivo del jardín botánico de Nueva York voy a cotillear correspondencia de Wallace, ¡si encuentro algo interesante lo compartiré!

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