Traspasando el límite del bosque en las White Mountains


Cuando uno viaja por los Apalaches del norte estando acostumbrado a las cordilleras europeas (o las de otros lugares de Estados Unidos, como las sierras de California) puede llamarle la atención que sus relieves son más bien suaves y sus cotas modestas. Para el senderista esto se traduce en que las rutas no son especialmente duras, el paisaje es relativamente uniforme y, bueno, digamos que uno puede dejarse llevar por la impresión de que los Apalaches, como montañas, son relativamente facilonas. Esta era más o menos mi opinión, aunque siempre añadía el corolario de que a los Apalaches hay que tratarlos con mucho respeto, puesto que es uno de los relieves más vetustos del planeta. Pero sí, en general esa ha sido siempre la impresión que me llevé desde la primera vez que visité las Green Mountains en Vermont, las White Mountains en New Hampshire y Maine y las Adirondacks en Nueva York (el año pasado, pero de las que ni hubo post). Estas son las tres principales unidades orográficas que componen los Apalaches del norte. Los característicos “relieves apalachianos” (ridge and valley, de los que hablamos aquí), también presentes en Sierra Morena, en realidad aparecen mucho más al sur.

NortheastAppalachiansMap

El pasado fin de semana pude ampliar mis horizontes gracias al Monte Washington, en New Hampshire, la máxima cota de los Apalaches del norte, con 1917 m de altitud. Efectivamente, sigue tratándose de una montaña modesta, que no llega a los 2000 metros (aunque como te lo ponen en pies, siempre parece más), pero que al menos sí que supone cierto desafío para el caminante y, lo que es más importante para nosotros, un mayor interés botánico.

Cima del Mt. Washington

Lo reconozco: había infravalorado a los Apalaches. Los apreciaba especialmente por el orgasmo visual que causan sus colores en otoño, y los he disfrutado muchas veces hasta el punto de sentirme ya un poco como en casa. Aunque había oído hablar de la “región alpina”, la imaginaba más como algo anecdótico, como las cumbres de Table Rock, y no como unas montañas que legítimamente sobrepasan el límite del bosque (la cota por encima de la cual no pueden crecer árboles).

Hay que aclarar que estos picos “alpinos” son la excepción, más que la regla, y que sólo unos pocos en todas las White Mountains entran en este selecto grupo, así que tampoco sorprende mucho si te los pierdes por despistado. Además, hay que recordar que el clima, a igual latitud, es mucho más severo en el este de Norteamérica que en Europa (por aquello de la Corriente del Golfo), y por lo tanto el límite del bosque en esta parte del Nuevo Mundo es mucho más bajo que, digamos, en los Pirineos.

… y eso por no hablar del glaciarismo

Pero a lo que iba: que muy bien. La ruta fue la que sale aquí (subiendo por el Ammonoosuc trail y bajando por el Jewell trail). Muy recomendable por si alguna vez estais en la zona, y deja ver progresivamente todos los pisos de vegetación. Una parte del recorrido pasa por el Appalachian Trail (el célebre sendero de más de 3500 km de largo) y además se puede parar en uno de los albergues del Appalachian Mountain Club, la asociación montañera más antigua de EE.UU. (desde 1876 nada menos) y que te deja boquiabierto de lo bien cuidado y equipado que está y lo respetuosa que es la gente (apreciación extensible a las áreas de acampada, de lo que tendría que hablar alguna vez).

IMG_20150607_143528853La cocina de uno de los albergues del AMC. El del Lonesome lake, concretamente

Antes de que nadie se emocione, hay que decir que el Monte Washington es accesible en funicular y en coche, motivo por lo que los domingueros en la cima están asegurados, y es cierto que le quita bastante encanto al lugar. Yo ya había visto muchas de esas pegatinas que aquí le ponen a los coches, estas en concreto rezando “este coche ha subido el Mt. Washington”. Supongo que sus dueños deben estar orgullosísimos de ello.

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El Observatorio Meteorológico del Monte Washington, además, por algún motivo que se escapa a mi entendimiento, fue durante muchas décadas el lugar donde se registró el récord de velocidad del viento en todo el planeta (372 km/h), excusa por la que se anuncia que esta cima tiene “el peor tiempo de América”. Cualquier visitante de la cima y de su centro de interpretación puede admirar una lista minuciosamente actualizada de las muertes que ha habido en la zona (la más reciente el 16 de febrero de 2015), supuestamente un recordatorio de que nunca hay que confiarse del tiempo traicionero de New Hampshire.

IMG_20150606_191232092_HDREl Mt. Washington desde la estación del funicular (que no es elque sale en la foto)

Pero vamos al turrón: esta caminata me ha descubierto algunas plantas interesantes:

El abeto balsámico (Abies balsamea), que es dominante en el bosque inmediatamente inferior al del piso alpino (junto con Picea mariana) pero que, sorprendentemente, integra luego el matorral subalpino cuando se cruza el límite del bosque. Es como los enebros rastreros que se observan en las cumbres de muchas montañas europeas, pero la verdad es que me ha sorprendido mucho que un abeto pueda adquirir estas morfologías achaparradas de montaña. Muy interesante. Además, de él se saca el famoso “Bálsamo de Canadá“.

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El abedul enano (Betula glandulosa). Todo un clásico de las plantas boreo-alpinas: los árboles miniaturizados que están presentes en la tundra ártica a altitudes bajas, pero que en latitudes más templadas sólo aparecen en las regiones alpinas. Estrechamente relacionado con Betula nana.

El té de Labrador (Rhododendron groenlandicum), anteriormente en el género Ledum, reconocible por los pelillos rojizos del envés, que me quieren recordar a los del rododendro de los Pirineos (R. ferrugineum). Al parecer, y como su nombre indica, te puedes hacer una infusión con él.

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El diminuto rododendro lapón (Rhododendron lapponicum), también muy característico de la flora ártica.

También en el género Rhododendron desde hace poco está la azalea alpina (R. lapponicum), anteriormente en el género Loiseleuria.

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Y cierro con mi favorita: Diapensia lapponica, típica matilla alpina de aspecto almohadillado, con unas bonitas flores blancas, integrante de una pequeña familia (diapensiáceas) con apenas 20 especies. La mayoría de las diapensias viven en el Himalaya, siendo esta especie la única con distribución boreo-alpina (de nuevo, presente en Escandinavia y el ártico canadiense al nivel del mar, pero más al sur, sólo donde las cotas que superan el límite del bosque se lo permiten).

Faltó, eso sí, encontrar al endemismo más característico de la zona alpina de Nueva Inglaterra: la diminuta Potentilla robbinsiana, una especie amenazada y muy escasa, al parecer, que sólo vive en los alrededores del Monte Washington y que habrá que buscar en otra ocasión.

 

4 thoughts on “Traspasando el límite del bosque en las White Mountains

  1. Moriarty 14 junio 2015 / 18:13

    Con el clima de Nueva Inglaterra, me imagino que el invierno en esas montañas será de aúpa, y que visualmente quedarán más “alpinas” todavía.

    Por cierto: si me dices que la foto del valle glaciar está tomada en Escocia me lo creo sin pestañear.

  2. Lisa 15 junio 2015 / 22:42

    Hola querido copépodo. Acabo de descubrir tu diario y los ojos me hacen chiribitas emocionados por tanta información apasionante sobre plantas y lugares del mundo. Me llevará un tiempo leerme todo lo que me interesa pero te mando un saludo y me hace mucha ilusión ver estas entradas sobre Nueva Inglaterra, la bonita tierra de mi madre y lugar de muchos recuerdos de mi infancia. ¡Un saludo!

  3. Multivac 18 junio 2015 / 0:35

    Qué chulada! Por aquí arriba tenemos los montes Chic-Chocs, que son los últimos coletazos de los Apalaches antes de hundirse en el mar. No pasan de los 1200 m, pero a esta latitud el límite del bosque se alcanza a partir de los 900 metros. De hecho, es uno de los lugares donde más rápido he visto desfilar los pisos de vegetación: desde un bosque templado de abedul, arce y algún abeto cerca del mar, hasta estructuras de tipo boreal con abetos achaparrados (en este caso Píceas) en tan sólo 800 m.

    Una de las plantas que más llama la atención en esos bosques boreoalpinos es Cladonia rangiferina, un líquen que tapiza el suelo en el bosque propiamente boreal y que supone la mayor fuente de alimento para el amenazado caribú de bosque. ¿Se llega a ver por allí abajo?

    Como siempre, una muy interesante entrada!

  4. Copépodo 24 junio 2015 / 1:41

    Moriarty: en invierno no me ves tú ahí arriba ni loco. No me gusta nada lo de andar en la nieve, soy así de nenaza

    Lisa: un saludo y muchas gracias por comentar

    Multivac: tienen que ser muy interesantes las Chic-Chocs esas. Píceas achaparradas también había, pero al menos por donde bajé creo que los abetos balsámicos estos eran más abundantes. Me quedé con las ganas de incluir una galería de líquenes, porque la verdad es que eran muy chulos y había bastantes, pero la cladonia de los caribúes (o caribuses) creo que no había.

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