Mis vacaciones en España contadas para americanos

Dear friends,

Muchos de vosotros me habéis preguntado estos días por mis vacaciones en España (Spain). Sé que lo hacéis en un 70% porque es lo que se espera de vosotros. Qué bien mandaos y qué majos sois. Para evitar malentendidos, voy a satisfacer al otro 30% (el de la verdadera curiosidad) con este post al que os remitiré cuando queráis algún detalle en concreto. Y así de paso practicais el español (aunque os ayudaré con las palabras más difíciles).

En resumen: me he tirado tres semanas en España y han sido unas vacaciones que podríamos caracterizar como cojonudas (fucking awesome). Algunos me ponéis cara de huevo cuando os digo que han sido tres semanas, tres, como los tres Dominios o las tres patas del banco. Sí señores, tres semanas sin ningún tipo de remordimiento y sin mirar el correo electrónico del trabajo. Aquí viene la primera revelación: me parece una desgracia que este detalle os resulte llamativo. Para explicar un poco este problemilla del choque cultural os aclaro que a las personas del otro lado del Atlántico se nos ocurren un montón de cosas con las que llenar el tiempo en lugar de trabajar. Sé que en este mismo momento estáis pensando que soy un vago, así que vamos a dejarlo aquí porque si no, no llegamos a nada.

Me gusta viajar a España. Estos años me han demostrado que soy un poco simple y que me gusta la sensación de volver. En el aeropuerto, no tengo que hacer ninguna cola especial para el control de entrada, sino que me planto delante del Immigration Officer (also known as picoleto), mira el pasaporte y me deja pasar sin mucho entusiasmo (No me pide papeles, pero tampoco me dice solemne “bienvenido a casa” como en vuestras películas, lo cual es una pena). Mi frustración viene cuando veo que en la cola de extranjeros apenas hay gente y os dejan pasar con fluidez. En reciprocidad creo que os mereceríais por lo menos media hora de espera y un escrutinio detallado del dobladillo de la ropa interior, pero así es la vida.

Tengo que reconocer que me adapto muy bien a cierto estereotipo que cuando vuelve piensa en comer. Me salté la cena y el desayuno del avión pensando en zamparme unas porras (fried dough) en condiciones a la llegada, deseo que papá-copépodo cumplió llevándome a la churrería de confianza. Justo antes de servirnos nuestra merecida ración, la camarera toma nota de la bebida: todos queremos café con leche… “¿Y cómo queréis la leche?“. Me basta esa encantadora pregunta para, ahora sí, saber que estoy en casa.

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Ya que había empezado con los churros y las porras voy a seguir diciendo que un viaje así es inevitablemente gastronómico, y no porque en EE.UU. se coma mal, como ya he dicho otras veces, ni porque no tengas a mano el 95% de los ingredientes habituales en tu cocina (mucho más caros casi siempre, eso sí). Pero esa insatisfacción que llevamos dentro siempre te hace echar de menos precisamente aquellas cosas que no puedes tener. Dejaremos de momento a un lado el debate, nada trivial, de si una vida sin jamón ibérico merece la pena ser vivida y alegráos conmigo de algunos ingredientes al azar que tenía en la lista de caprichos culinarios a los que les he hecho check con mayor o menor alevosía: El melón de Villaconejos (Bunnyville Melon), es más largo, de color oscuro por fuera pero claro y dulce por dentro. Los higos de verdad (nonridiculouslyoverpricedandinsipid figs). Cazón en adobo (marinated big ladle). Muy rico. Ración de oreja (Yes, we eat that) para que veáis que la grasaza no es patrimonio exclusivo vuestro.

¡Madrid, Madrid! (qué bien tu nombre suena, rompeolas de todas las Españas). Me llevaría mucho tiempo explicaros qué siento cuando vuelvo a Madrid. It’s complicated. Todo sigue en su sitio, más o menos, todo es familiar. Me enorgullezco de ver por fin el sistema de bicis públicas y la señalización de los ciclocarriles que nunca pude disfrutar. Todo el mundo me habla de los casos de vandalismo, pero me da igual: suben las cuestas que da gloria verlas y me gusta. Paseas y sacas fotos de lo que antes era parte de tu decorado cotidiano, cual replicante asustado de perder una parte de su identidad.

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(Como un turista, pagando para subir a una azotea. Ahora donde ya no me molesto en sacar la cámara es en Nueva York. How cool I am)

Una cosa que quizá os llame la atención es que el centro de Madrid huele a meados. Es una tradición milenaria que se ve acentuada cuando toca algún tipo de festejo como la Verbena de la Paloma, una encantadora celebración que permite ver en el mismo barrio a abuelos comiendo gallinejas (chitterling delights), señoras rezando a la virgen a las 2 de la mañana, un cruce atestado de gays hipsters borrachos y adolescentes con trajes regionales bailando vallenato. Eso sí que es multiculturalismo.

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Vivan

Paradójicamente, vengo dándome cuenta de que las vacaciones en España suelen ser bastante estresantes. Hay mucha gente con la que te quieres poner al día y, no es por nada, yo tenía mucha vida social en España (algo con lo que la esquina tranquila de Connecticut no ha podido competir, qué le vamos a hacer). Esto implica un cierto descontrol de horarios acentuado por la ya de por sí caótica agenda carpetovetónica.

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El entrecomillado no es casual. Curiosísimo: los horarios de comida del resto del mundo coincidirían con bastante buen tino justo en los huecos de estos escritos aquí

Así que casi sin planearlo, juntando el veranito y tal, estas vacaciones han sido muy revitalizantes (por no decir agotadoras) al conseguir que de forma recurrente me fuese a la cama a las tantas casi todos los días. Un tiempo muy bien aprovechado, eso sí.

Para evitar volver de vacaciones más cansado de lo que me fui (como ocurrió ya en el pasado), una de las semanas estuvo reservada al muy noble arte de no hacer nada. El lugar indicado para ello no fue otro que el Cabo de Gata (Cape Cat). Este ha sido un retorno muy emocionante. La primera vez que vine aquí, hace ya 9 años, fue un viaje de sustitución tras no poder viajar (porque había estallado la guerra del Líbano de 2006). Lo que iban a ser 20 días de viaje por Andalucía se quedó en una monográfica y detallada visita de este rincón único en el mundo, incluyendo el curso para bucear en aguas abiertas (una de las mejores inversiones que se puede hacer en la vida, por cierto). Ha sido muy reconfortante volver a estas calas y los cielos estrellados almerienses.

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Donde esté un buen secarral, que se quiten los bosques de Nueva Inglaterra

Mención de honor a las dos inmersiones “de refresco” (incluida una a la Restinga del ancla (the anchor’s shoar, que me hacéis buscar todo), donde hay una ídem (un ancla, no una restinga) del siglo XVII. No hay fotos del evento, y mejor así. Me he dado cuenta de que cargar con la cámara de fotos (nada compacta) en las inmersiones era un coñazo, y he disfrutado mucho más dedicándome sólo a mirar la posidonia y los pececillos.

Concluyendo (rhrhrhrapping up): España rules, pero hay que venir preparado.

6 thoughts on “Mis vacaciones en España contadas para americanos

  1. Radagast 8 septiembre 2015 / 23:34

    Algún día volveremos a coincidir, amigo invertebrado. Se os echa de menos.

  2. melbag123 9 septiembre 2015 / 18:49

    ¡Qué maravilla! Yo me muero por pasar unas semanas en España. Algún día iré a la Madre Patria. Me gustó mucho este relato de tus vacaciones en tu patria. ¡Olé!

  3. Moriarty 9 septiembre 2015 / 21:46

    Bunnyville melon… me he tenido que tragar la carcajada para no molestar a los vecinos. Y el resto del post, digno de antología copépoda, oiga.

  4. Aleix Valls 14 septiembre 2015 / 17:36

    Pienso igual que Moriarty, my pero que muy fan de los Bunnyville Melon!

  5. Pinus 30 septiembre 2015 / 20:40

    Jajajaja… Efectivamente, como dice Moriarty, una crónica digna de ti. Pero no sé si me he reído más con “Bunnyville melon” o con lo de “donde esté un buen secarral, que se quiten los bosques de Nueva Inglaterra”, jajajajaja, casi me muero de la risa.

    Y además de la gracia con que lo dices, genial la observación de los horarios del resto del mundo y el nuestro.

    Chapeau, Copépodo.

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