El amor y las guerras de Carlos de Montúfar

Crnel. Carlos de Montúfar y Larrea. Prócer de la Independencia ecuatoriana, Comisionado de Regencia para Nueva Granada enviado por la Junta de Cádiz en 1810, creador del Estado de Quito (1810-1812), soldado del ejército bolivariano. Óleo sobre lienzo del pintor Manuel Salas Alzamora, expuesto en el Salón de los Próceres del Palacio de Najas (Cancillería)
Carlos de Montúfar

Carlos de Montúfar y Larrea-Zurbano nació en Quito (1780) y tuvo una de esas vidas que cuesta creer que no se hayan inventado para una novela o para una película. Mucho me temo que si no somos ecuatorianos su nombre no nos dirá nada, en parte porque siempre estuvo eclipsado por otras personas cuya huella en la historia ha sido tan superlativa que, inevitablemente, todo lo que las rodeaba ha quedado más en segundo plano. En el caso de Montúfar hay dos figuras que resultan imprescindibles para entender su odisea, figuras que irónicamente, se conocieron gracias a él: Simón Bolívar y Alexander von Humboldt.

Reconozco que mi motivación original para escribir este post no era hablar de Montúfar en particular, sino de Humboldt y de una de las facetas de su vida que más desconocidas resultan y que peor se trata por sus biógrafos: sus relaciones amorosas. Tenía pensado, de hecho, llamar a este post “Los hombres de Humboldt” y quedarme tan pancho, pero según leía más y más de Montúfar, al final decidí que merecía un protagonismo especial, aún cediendo a la tentación de hablar, inevitablemente, de Humboldt. Este quiteño de vida cinematográfica nos perdonará que, una vez más, le robemos su merecido protagonismo para hablar del gran Humboldt en la primera parte de esta entrada.

Que Humboldt era homosexual es, por así decirlo, un secreto a voces. Estos días estoy leyendo la tercera biografía de Humboldt que cae en mis manos: “The Invention of Nature“, de Andrea Wulf (las otras fueron las de Joaquín Fernández Pérez y la de Douglas Botting, ya hace bastantes años). En todas ellas, incluso en la más reciente (aunque con diferencia es la menos mojigata de las tres), el asunto de los amores de Humboldt se trata de una forma bastante esquiva. En parte esto se debe a la dificultad de conocer cómo era Humboldt en la intimidad dado que antes de su muerte destruyó casi toda su correspondencia personal (algo que se puede interpretar, precisamente, como un deseo de preservar sus relaciones más privadas). Sin embargo, a estas alturas hay bastantes indicios para concluir que a Humboldt le gustaban los hombres, y parece mentira que en 2016 cueste leer una afirmación como esta sin dar rodeos o sin chiripitifláuticas explicaciones previas sobre el amor platónico de la Ilustración. Ya he mencionado alguna vez la manía de muchos biógrafos de comportarse de forma ambigua sobre la sexualidad de sus sujetos de estudio cuando éstos se salen de la heteronormalidad. En el caso de los varones, ser mujeriego nunca es motivo de bochorno, y sin embargo la sospecha de tener relaciones homosexuales siempre se matiza y se señala adverbialmente con un “presuntamente” en algún párrafo perdido del texto para no volver a mentarse nunca más.

La (¡¡presunta!!) homosexualidad de Humboldt puede que resultara especialmente incómoda porque su vida es tan jodidamente perfecta y asombrosa, tan inmaculada, superlativa y radiante, que quizá para muchos el hablar de pasiones amorosas fuera de la norma pudiese entenderse como un fastidio. Observó y midió todo lo observable y medible que se le puso por delante; viajó hasta los confines del mundo conocido; militó por la libertad del ser humano y denunció los abusos de la tiranía y la esclavitud; escribió pensando en el erudito y también en el ciudadano medio; y a fin de cuentas, nos dio la noción moderna del mundo natural y dejó una huella indeleble en toda la ciencia del siglo XIX. No tengo espacio aquí para insistir en que Humboldt fue uno de los científicos más magníficos de la historia, el último hombre renacentista y a la vez el primer naturalista moderno y muchas cosas más. Si no conocéis la vida de Humboldt, haced un hueco inmediatamente en vuestra mesilla de noche, porque no os vais a arrepentir.

Uno de los pocos retratos de Humboldt antes de partir hacia América
Uno de los pocos retratos de Humboldt antes de partir hacia América

Pero hoy vamos a dar por supuesto que todos estamos familiarizados con el Humboldt viajero, geógrafo, científico, escritor e “influencer” político y vamos a insistir en conocer otra parte de su vida que no debería resultar incómoda ni superflua. Obviamente, Humboldt tenía motivos para ser discreto durante su vida, y por eso no resulta extraño que intentase maquillar su conocida falta de interés por las mujeres como una consecuencia de su trepidante ritmo de trabajo y su pasión por el estudio. “Un hombre casado es un hombre perdido”, llegó a declarar en alguna ocasión, afirmación que se une a otras a lo largo de su vida en las que insiste: su incansable ritmo de trabajo no le deja tiempo para otro tipo de dedicaciones más mundanas. “No sé nada de pasiones sensuales“, declaró también, afirmación que se ha usado para defender que Humboldt era asexual, pero que no es difícil de interpretar como una obvia manera de ocultar unas pasiones que podrían haber arruinado su carrera y su vida de haberse conocido hace dos siglos.

Sin embargo, incluso desde antes de su partida hacia “las regiones equinociales del globo”, se conservan algunos indicios de relaciones muy íntimas con algunos varones. Uno de ellos, de los que apenas sabemos nada, fue un tal Reinhard von Haeften, un teniente prusiano cuatro años más joven que él al que le escribió en 1794 “Yo cumplo siempre mi palabra, mi bueno e íntimamente querido Reinhardt. En pocas horas inicio mi viaje: cabalgaré mañana hasta Lauenstein, el 21 llegaré a Steben, y en la noche de Navidad espero arrojarme en tus brazos […]. Pueden otros hombres no tener comprensión para esto; eso me tiene sin cuidado. Yo sé, yo vivo sólo por ti, mi bueno y único Reinhardt, solo en tu cercanía soy completamente feliz“. Es sólo uno de los ejemplos que se salvaron de aquella época en los que mantuvo amistades, desde luego, muy íntimas y en las que declaraba su “inmortal y ferviente amor” o que se sentía “atado [a su “amigo”] como por cadenas de hierro“. Muchos de los biógrafos acudirán prestos a aclarar que en pleno Romanticismo no era nada inusual este tipo de declaraciones entre amigos varones, que lo que ocurre es que tenemos la mente sucia por el homosexualismo postmoderno y que no hay pruebas de que Humboldt sintiera ningún tipo de pasión amorosa por estos sujetos. Ya.

Pero en fin, trasladémonos a la gran odisea humboldtiana, su viaje al Nuevo Mundo. Una primera pregunta razonable que podemos hacernos es qué tipo de relación mantuvo con su inseparable compañero de aventuras, el botánico francés Aimé Bonpland, que participó de toda la expedición.

Humboldt y Bonpland (relegado a un segundo plano que sería habitual para él). Esta obra se completó 50 años después de la expedición y a Humboldt no le gustaba porque los instrumentos pintados no eran los de la época
Humboldt y Bonpland (relegado a un segundo plano, que sería habitual para él). Este cuadro se completó 50 años después de la expedición y a Humboldt no le gustaba porque los instrumentos pintados no eran los de la época

Al contrario que con el protagonista de esta entrada, no existe indicio alguno que sugiera que Humboldt y Bonpland tuviesen una relación más allá de lo profesional, pese a que esta fuese, indudablemente, excelente y duradera. Curiosamente, Humboldt escribió una carta a un amigo suyo antes de salir de España en la que dice específicamente “[Bonpland] me ha dejado muy frío durante los últimos seis meses, es decir, sólo tengo con él una relación científica“. Dejaremos que el lector interprete a cuento de qué viene la aclaración.

Bonpland es otra figura que merecería un post para él solo. Inevitablemente siempre sería el segundón de Humboldt, incluso cuando dejaron de trabajar juntos de vuelta a Europa. Fueron amigos durante el resto de su vida, a pesar de que Alexander tuvo que presionarle muchísimo para que publicara sus datos botánicos (Bonpland fue un gran procrastinador). Aunque su carrera haya quedado eclipsada por la de su amigo, Bonpland fue un gran botánico al que le aguardaron grandes proyectos tanto en Europa como en Argentina (al contrario que Humboldt, Bonpland sí regresó a América), y su vida sin Humboldt fue también bastante intensa, si tenéis curiosidad por consultarla.

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Itinerario del viaje de Humboldt al Nuevo Mundo. 1799-1804

Nos saltaremos los primeros años de la expedición, que transcurrieron, sobre todo, en la cuenca del Orinoco. Tras un primer interludio en Cuba, Humboldt y Bonpland regresaron a Sudamérica atracando en Cartagena de Indias y se encontraron en Bogotá con el ínclito José Celestino Mutis, que en aquel momento ya era la máxima autoridad en botánica sudamericana. La vida de Humboldt se mide no sólo por su propia obra, sino por los encuentros que tuvo con otros grandes estudiosos del momento, encuentros que me hacen desear tener una máquina del tiempo para presenciarlos. ¿Os imagináis? Humboldt y Mutis, Humboldt y Cuvier, Humboldt y Lyell… menuda gozada. El prusiano entendía perfectamente que la ciencia era una actividad social, y casi podemos decir que inventó el networking cuando, años después, desarrollase el concepto moderno de congreso científico.

José Celestino Mutis
José Celestino Mutis

Humboldt ya se estaba convirtiendo en toda una celebridad y en una de las personas que mejor conocía la América tropical. Además de por su indudable genio, Humboldt era alguien que se hacía querer, que irradiaba un encanto único, y al que políticos y científicos siempre quisieron tener cerca, sobre todo a partir del viaje americano. Mutis facilitaría contactos a Humboldt en Quito, su siguiente parada, que Humboldt y Bonpland usarían como centro de operaciones para escalar distintos volcanes andinos.

En Quito Humboldt fue recibido por el marqués Juan Pío Montúfar, el gobernador, un ilustrado de la época bien conectado con toda la sociedad cultural de la zona, y que le puso todas las facilidades posibles para el éxito de sus excursiones andinas. Destaca también por su relevancia para nuestra historia el científico local Francisco José de Caldas, alias “el sabio”, un erudito con el que Humboldt trabajó durante un tiempo y de cuya colaboración surgió la invención del hipsómetro. Siendo Humboldt, como era, un joven culto, encantador, que estaba más bueno que un queso (ver retrato arriba) y soltero pese a superar la treintena, no es de extrañarnos que le surgieran varias pretendientes. En esta lista se encuentra Rosa Montúfar, la hija del gobernador, quien se quejaría a sus amistades de la preferencia de Humboldt por el trabajo de campo antes que por las fiestas. Y sin embargo, el protagonista de esta historia no es otro que el hermano de Rosa e hijo del gobernador, Carlos.

Carlos de Montúfar tenía 22 años (diez menos que Humboldt) cuando se conocieron en 1802, y ya hacía dos que había concluido sus estudios en la universidad de Santo Tomás de Aquino. Aunque no tenemos retratos de quella época, nos fiaremos del que abre esta entrada y de otros testimonios para concluir que este yogurín morenazo de ojos negros y belleza criolla, también era culto, educado y compartía los ideales de la Ilustración, llamando por este motivo la atención de Alexander.  Como ya os estáis imaginando, Humboldt y Montúfar se cayeron de puta madre e iniciaron una sólida, platónica e íntima, (¡nada homosexual!) amistad.

Tan sólida fue dicha amistad que Montúfar se unió a Humboldt y Bonpland durante el resto de la expedición, pese a no tener formación científica (su maestría era en humanidades y filosofía). Las razones por las que Humboldt decidió hacer un hueco a Montúfar en la expedición son muy difíciles de entender si no se asume que ambos tenían una relación que iba más allá de lo académico. La prueba definitiva es que el erudito Francisco José de Caldas solicitó unirse a los exploradores europeos sufragándose sus gastos y Humboldt le dio largas. Esta negativa fue un golpe durísimo para Caldas, y no debe extrañarnos. Para un erudito como él, la oportunidad de unirse a Humboldt era el sueño de su vida, los celos se lo comieron vivo cuando se enteró de que lo que a él se le negaba, se le ofrecía a un guapito sin experiencia. De hecho, uno de los incidios más importantes que clarifican que la relación con Montúfar era más que platónica viene, precisamente, de una amarga epístola que Caldas envía a Mutis desahogándose por sus frustraciones.

Francisco José de Caldas
Francisco José de Caldas

“¡Qué diferente es la conducta que el señor Barón ha llevado en Santa Fe y Popayán de la que lleva en Quito! […] El aire de Quito está envenenado; no se respiran sino placeres; los precipicios, los escollos de la virtud se multiplican, y se puede creer que el templo de Venus se ha trasladado de Chipre a esta ciudad. Entra el señor Barón en esta Babilonia, contrae por su desgracia amistad con unos jóvenes obscenos, disolutos; le arrastran a las casas en que reina el amor impuro; se apodera esta pasión vergonzosa de su corazón, y ciega a este sabio joven hasta un punto que no se puede creer”

y en otra, hablando directamente de Montúfar

“El señor Barón de Humboldt partió de aquí el 8 del corriente con Mr. Bonpland y su Adonis, que no le estorba para viajar como Caldas.”

La presencia de Montúfar no fue ignorada por los biógrafos, pero en general se pasa de puntillas por este personaje y se le tiende a tratar como una especie de sirviente o criado. Pero Montúfar, aunque no fuese científico, tampoco era un simple criado (como hemos visto pertenecía a la élite social de Quito), sino un miembro de pleno derecho de la expedición. Montúfar estuvo presente en las distintas ascensiones a todos los volcanes andinos visitados por Humboldt y Bonpland, incluyendo la ascensión al Chimborazo (6263 m), uno de los momentos cumbres de la expedición al tratarse del punto más alto del planeta pisado por el ser humano en aquel momento (una hazaña del montañismo, si tenemos en cuenta las condiciones en las que se hizo). Montúfar estuvo allí y fue el encargado de tomar mediciones barométricas, además de sufrir algún que otro percance que casi se lo lleva por delante. Cualquiera que conozca la biografía de Humboldt podrá entender que formar parte de esta expedición tendría una profunda huella en Montúfar y en la forma en la que vería en adelante su propia tierra natal.

Humboldt, Bonpland y Montúfar, a los pies del volcán Cayambe
Humboldt, Bonpland y Montúfar, a los pies del volcán Cayambe

No voy a extenderme mucho más en esta parte de la expedición. Humboldt menciona a Montúfar (al que llama “Charles”) de vez en cuando en sus diarios. Existen varias anécdotas indicadoras sobre el tipo de relación que podían tener: se sabe que compartieron lecho; se sabe que en más de una ocasión se perdieron los dos solos durante algunas horas para regresar en plan “fíjate Bonpland qué despiste que creíamos que estábamos acampados en ese lado del valle y resulta que era en este”.

La cuestión es que Montúfar siguió junto a Humboldt cuando dejaron Sudamérica atrás y pasaron una temporada en México, le siguió durante su segunda visita a Cuba y durante el viaje a EE.UU., y siguió con él cuando la expedición llegó a su fin y Humboldt, en 1804, se instaló en París. Por estas fechas, Humboldt ya era uno de los científicos más conocidos del mundo, y París, durante los últimos coleteos de la Ilustración, el caldo de cultivo idóneo para que Humboldt diera a conocer un continente revelado de una forma completamente novedosa. Montúfar, a través de su padre, entró en contacto con los sudamericanos residentes en París entre los que destaca un joven Simón Bolívar. Según Andrea Wulf, probablemente fue Montúfar el que presentó a ambos, otro de esos encuentros que tendrían profundas consecuencias para los dos. Bolívar siempre reconocería el papel de Humboldt a la hora de desarrollar su visión de una nación panamericana unida. Humboldt, Bolivar y Montúfar estarían presentes en un acto que tendría consecuencias para todos ellos: la autocoronación de Napoleón como emperador en 1804.

napo

Poco después de este suceso, las trayectorias de Humboldt y Montúfar se separan. No sabemos exactamente por qué, pero su relación se enfría y empiezan a tomar rumbos distintos. A Humboldt se le conocen otras “amistades íntimas” posteriores, también interesantes, pero prometí que esta entrada se centraría en la vida de Montúfar, así que le seguiremos en sus andanzas que lo llevarían de la ciencia a la guerra.

En 1805 se traslada a Madrid, donde cursó estudios en la Real Academia de Nobles y recibió formación militar. Se conserva alguna carta que le envió a Humboldt por esta época, pero en definitiva, el rumbo de la vida de Montúfar ya no se cruzaría con la ciencia en el futuro. Como ilustrado, debió vivir con mucha inquietud, al igual que Bolívar, los derroteros de Napoleón y la paradójica situación de los liberales en España, atrapados entre un rancio Antiguo Régimen y la tiranía francesa.

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Francisco Javier Castaños

En 1808 estalla el motín de Aranjuez  y Napoleón entra en guerra con España y sus colonias. Montúfar pasaría a combatir a las órdenes del General Castaños durante gran parte de la Guerra de la Independencia española. El 19 de julio de 1808 se enfrentó a los franceses en la batalla de Bailén como ayudante de campo del general, la primera que derrotaría en campo abierto a un ejército napoleónico. Sobreviviría también a la derrota de los españoles en Somosierra (noviembre de 1808) y en Zaragoza (febrero de 1809). Fue condecorado por la Junta Suprema y ascendido a coronel. En 1810, el gobierno de Cádiz decide que Montúfar puede ser más útil en América, donde el vacío de poder y la ocupación de la metrópoli ya ha desatado varios levantamientos independentistas.

Así pues, se embarca en Cádiz en marzo de 1810 rumbo a su Quito natal con las instrucciones de promover una junta de gobierno provincial que apoyase a Fernando VII. Sin embargo, la situación que se encuentra en Sudamérica es muy distinta a la esperada y a la que se le había dado a entender desde la Península. Ya se han establecido distintos cabildos revolucionarios en ciudades como Caracas y Bogotá, y aunque en principio trata de convencer a la población de la esperanza que suponía el gobierno de Cádiz, conocer de primera mano los levantamientos de su propia gente, tuvo que tener un gran impacto en él. Llegó a Quito demasiado tarde para impedir la matanza del 2 de agosto que costó la vida de cientos de personas al intentar liberar a unos presos revolucionarios que se habían levantado contra el gobierno español en la ciudad. Se cree que la idea de Carlos era absolver a los presos para reducir las tensiones. El impacto de este acontecimiento fue terrible en toda la población y en el propio Montúfar, como reconocería en una carta a su hermana Rosa.

Relieve
Relieve en la base del monumento a la independencia en la Plaza Grande de Quito, que ilustra el comienzo del motín del 2 de agosto de 1810

El regreso de Carlos de Montúfar se vio con esperanza por los quiteños patriotas y con recelo por los realistas. Además, es de esperar que el padre de Carlos (que a esas alturas ya era ferviente defensor de la independencia) fuera determinante para que Carlos se uniera definitivamente a la causa independentista. En el fondo, esta transición protagonizada por muchos otros combatientes de la guerra contra Napoleón cuando regresaron a su nueva patria americana era algo que se veía venir. Si el propio movimiento liberal y afrancesado en la España europea siempre estuvo en esa encrucijada entre dos horrores indeseables, con mayor motivo deberían verlo quienes vivían en las colonias, sufridores del régimen de terror con el que España intentaba aplastar la disidencia. ¿Cómo justificar la lucha contra el imperialismo napoleónico sin ser conscientes de la represión imperialista que España ejercía en sus colonias?

El estado de Quito se proclamó en 1811 y contó con su propia constitución. Carlos batalló durante la defensa de esta nueva nación, frustrada por las tropas realistas. Tras victorias como la de Cuenca, sus tropas fueron derrotadas en Ibarra, lo que puso fin al efímero estado.  Delatado por una facción de independestistas distinta a la suya, fue capturado por los españoles y encarcelado en Panamá.

Sin embargo, la historia de Montúfar aún no había acabado. De alguna forma consiguió escapar de la prisión. En lugar de salvar su vida y huir a algún lugar seguro, lo que hizo fue unirse al ejército de Simón Bolívar y participar de sus campañas en Nueva Granada durante los años siguientes. Montúfar participó también en la batalla de la Cuchilla de Tambo, en el verano de 1816. Durante la batalla, perdió a su caballo y acabó combatiendo a pie para, finalmente, ser capturado una vez más por los realistas. La derrota de las provincias unidas de Nueva Granada supuso el final de las esperanzas de los independentistas por el momento. Habría que esperar tres años más hasta que Bolívar iniciase su campaña libertadora que, esta vez sí, desembocase en la independencia de la Gran Colombia. Demasiado tarde para Carlos de Montúfar, quien ya había sido condenado a muerte. Unas semanas después de la batalla fue trasladado a la ciudad de Buga donde le fusilaron por la espalda, como correspondía a los traidores a España y defensores de las jóvenes naciones iberoamericanas. Tenía 36 años.

Referencias

Barrios, Francisco. 2011. Una pasión no correspondida. Arcadia

Hampe Martínez, Theodoro. 2002. Carlos Montúfar y Larrea, el quiteño compañero de Humboldt. Revista de Indias 62: 711-720

Mena Villamar, Claudio. 1997. El Quito rebelde. Letranueva

Sagredo Baeza, Rafael. 2013. Ciencia y Pasión en América. En Gonzalbo Aispiru (Ed.). Amor e Historia. El Colegio de México

Wulf, Andrea. 2016. The Invention of Nature. Alexander von Humboldt’s New Wolrd. Knopf

 

4 thoughts on “El amor y las guerras de Carlos de Montúfar

  1. agu2v 28 noviembre 2016 / 0:29

    Muy interesante. Cuántas grandes historias de tantos grandes personajes tendríamos para contar si dispusiéramos del dinero q hay en Hollywood!

  2. anigv 28 noviembre 2016 / 14:47

    Qué interesante! Gracias por compartir!

  3. Aleix Valls 29 noviembre 2016 / 3:09

    Muy muy interesante! Subir Al Chimborazo en esa epoca y con equipo rudimentario tuvo que ser una gran aventura!

  4. jmongil 29 noviembre 2016 / 12:01

    ¡Apasionante! La de chuminadas que había que inventarse en aquella época para ocultar el “pecado nefando”.
    Y Bonpland de “sujeta velas”… jajajaja

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