Diarios del Midwest (1)

Fuente: QC Times

4 de julio de 2017. Los parques y paseos fluviales de Rock Island y Davenport están llenos de gente esperando al espectáculo de fuegos artificiales del Día de la Independencia. Lo que da a esta celebración un toque especial es que los fuegos se lanzan desde barcas en el propio río Misisipi, entre Illinois y Iowa, con el reflejo en el río y el skyline de la ciudad que te pille enfrente. Había visto algunas fotos como la que os pongo aquí y tenía ganas de disfrutarlo en persona. Los fastos del 4 de julio me parecen un momento único para ponerte tranquilamente en una esquina y observar al personal desarrollarse en su esencia más ingenuamente provinciana. Se parecen más a las fiestas mayores de tu pueblo que al tópico que nos viene a la cabeza con Will Smith matando extraterrestres. La gente se lleva sus sillitas plegables y sus bocadillos, a la fresca, esperando. El despliegue en sí me deja ambivalente. Visualmente no decepciona, pero lo entorpece todo la manía que tiene esta gente de poner música a la pirotecnia, cosa que en sí no es un problema siempre que la sepas acompasar… y no es el caso. Las explosiones se suceden arrítmicamente mientras suena un batiburrillo de Beyoncé, Justin Bieber, y el himno nacional, acompañado de gritos de “Oh yeah!” que acaban dándole a todo el sarao una atmósfera un tanto cómica. Bienvenidos al Midwest.

Retomo el bloj para contaros algunas de las cosas que me pasan por aquí y para dejar prescindible constancia de mis descubrimientos en este rincón del mundo. En los posts de esta serie ahondaré, hasta que el cuerpo aguante, en los estereotipos y sorpresas de la zona, curiosidades de historia, sociedad y naturaleza, y batallitas varias de abuelo cebolleta.

El Midwest (derecha) no es Nueva York, ni California ni ninguna de las zonas que estamos más acostumbrados a ver en las películas. Sabréis de él quizá que es muy, muy grande y muy, muy llano y esto agobia un poco al principio cuando eres nuevo en un área tan grande y necesitas alguna referencia para anclarte y empezar a ir diferenciando dónde está cada cosa. Ya me pasó en su día con Nueva Inglaterra: no especialmente montañosa, todo lleno de bosque, y todos los pueblos aparentemente intercambiables. Con el tiempo, si eres como yo, necesitas sentir los referentes geográficos e históricos, y cuando los encuentras te vas dando cuenta de que cada lugar del mundo es único.

Más adelante contaré cómo para un castellano de pro lo de las planicies agrícolas no debe representar mayor problema, pero si tengo que empezar contando cómo empecé a dar sentido al territorio a mi alrededor, por narices tengo que empezar con el verdadero e indiscutible eje vertebrador de toda la zona: ¡el puto río Misisipi! Porque sí, lo de vivir justo al cuarto sistema fluvial más largo del mundo tiene sus cosas interesantes y da para contar.

En concreto os escribo desde una de las partes del río en el que el cauce se desvía caprichosamente al oeste, formando la característica “nariz” del Chef Mimal en el estado de Iowa. Pues sí, el Misisipi fluye aquí de este a oeste y deja dos ciudades al norte (Davenport y Bettendorf, en Iowa) y dos al sur (Rock Island y Moline), que en conjunto conforma el entorno urbano de las Quad Cities, con unos 400.000 habitantes. Rock Island y Moline limitan al sur con el Rock River, un afluente del Misisipi, por lo que acaban siendo una suerte de península.

En el tramo del río entre el centro de Rock Island y de Davenport, existen dos puentes, el del centenario (contruido entre 1938 y 1941) con una silueta característica de cinco arcos, y el del arsenal, que data de 1896 y del que hablaré luego. En el río queda la isla del arsenal, un territorio que aunque técnicamente pertenece a Illinois, está bajo el control del ejército, que tiene allí un cuartel.

 

Puentes del centenario y del arsenal

Panorámica del Misisipi entre los dos puentes, vistas desde Davenport (Iowa)

Lo mismo pero desde Rock Island (Illinois). Este tramo del río es muy estrecho (unos 620 m), para nada representativo de la anchura del cauce del Misisipi, otro día os cuento por qué

Ruta de la “Grand Excursion” con motivo de la inauguración del ferrocarril de Rock Island. Fuente: Roseman & Roseman (Eds.) 2010. Grand Excursions on the Upper Mississippi River. University of Iowa Press

Diría que una de las cosas que hace de este lugar un sitio interesante es que fue una intersección crítica entre el transporte por ferrocarril y por barco. En efecto, el ferrocarril alcanzó el Misisipi por primera vez en Rock Island, y a esta línea se le dedicó incluso una canción folk (aquí la podéis ver interpretada por Johnny Cash, nada menos). Esto ocurrió en 1854, y con motivo de tan singular acontecimiento se organizó un viaje promocional conocido como The Grand Excursion al que se invitó a todo tipo de periodistas, políticos y personalidades de la costa este. A los invitados se les convocó en Chicago, donde estrenaron el tren hasta Rock Island. Ocho horas se tardaba entonces, un trayecto que hoy se hace en dos horas y media por carretera. Una vez en Rock Island embarcaron en los típicos barcos de vapor (steamboats o steamers, cuya imagen asociamos a la navegación por este río) y remontaron el cauce hasta llegar a Saint Paul (Minnesota) unos días después. En aquellos tiempos toda esta parte del país se antojaba remotísima y salvaje, y esta “gran excursión” tenía mucho de propaganda política y de declaración de intenciones sobre la doma y control del territorio, muy recientemente arrebatado a las poblaciones nativas. De hecho, en la isla del arsenal había originalmente un fortín estadounidense durante la Guerra de 1812 y otros conflictos posteriores que acabaron constituyendo la derrota definitiva de la mayoría de los pueblos nativos de la zona, y en particular de los sauks. Hoy en día, el líder sauk Halcón Negro sigue protagonizando muchos de los topónimos de la zona (e incluso hoteles y bancos locales), lo cual me parece un poco hasta de mal gusto: no creo que le hiciese mucha gracia si levantara la cabeza.

Los steamers cayeron en desuso después del crack del 29, pero se conservan algunos con propósito puramente turístico, para celebrar eventos, o como casinos flotantes, aunque sólo una minoría son históricos y muchos menos aún siguen propulsados por vapor. Pese a todo, a este estilo de naves se les sigue llamando steamers funcionen o no a vapor. A esta altura del río existen unos cuantos. Alfredo y yo tuvimos ocasión de viajar de gorra en el Celebration Belle (izquierda), y la verdad es que fue una experiencia curiosa pese a que se trata de una embarcación de factura reciente.

Sin embargo, la navegación en el Misisipi es de hecho muy activa pese a la desaparición de los steamers, y se debe sobre todo al transporte de mercancías mediante gabarras (barges, que las llaman aquí), que se popularizaron a partir de la I Guerra Mundial. Las gabarras constan de un remolcador de empuje (me perdonen ustedes el oxímoron, pero al parecer ese es su nombre en español) y una carga dividida en enormes compartimentos rectangulares que normalmente se usan para el transporte de grano y materias primas.

La típica gabarra del Misisipi

Estas embarcaciones están estandarizadas y se ven por todo el río Misisipi y muchos de sus afluentes. Uno de los motivos del tamaño estándar de las gabarras es que, como quizá sepáis, o no, en el curso alto y medio del río Misisipi el agua no fluye libremente, sino que su flujo está controlado por un sistema de presas y exclusas. Esta iniciativa se realizó, creo, durante los años 30 del siglo pasado precisamente para facilitar la navegación y evitar zonas de rápidos (de hecho en Rock Island había unos rápidos hasta que se represó el río). Los puntos del río con presa y exclusa están numerados del 1 al 26 y son uno de los elementos de ingeniería más característicos de esta zona del país. En las Quad Cities está el sistema de presa y exclusa número 15, que se ve aquí desde el aire y que converge precisamente con el puente del arsenal.

Lo interesante de esto es cómo se articulan las distintas circulaciones (fluvial, peatonal, ferrocarril y tráfico rodado) y cómo se mantiene la diferencia de nivel entre las dos secciones del río. Esto último se hace a través de una presa dividida en segmentos con una serie de elementos parabólicos que hacen fluir el agua en bucles antes de liberarla por debajo (roller dam). Este sistema se usa para generar algo de electricidad, y además las secciones pueden alzarse durante épocas de crecidas (como en la foto de arriba a la derecha) para que el agua fluya libremente. Como dato curioso, la de las Quad Cities es la presa de este tipo más grande del mundo.

El puente del arsenal tiene un carril peatonal y para ciclistas, una carretera de doble sentido, y una doble vía de ferrocarril (por encima). Cuando toca dejar paso a la gabarra de turno, la sección más meridional del puente se gira permitiendo que las embarcaciones hagan uso de las exclusas. Llevo meses con la idea de hacer un timelapse, pero como no sé si me va a dar por ponerme, os pego este de la Wikipedia y os hacéis una idea. Lo de quedarse esperando en el puente a que pase la gabarra es una de las vicisitudes más típicas de la vida en las Quad Cities. La espera puede prolongarse 20 minutos o más, así que como vayas con prisa siempre es mejor ir por el puente del centenario. La otra precaución que tienes que tener con este puente es que, puesto que está bajo la jurisdicción del gobierno federal (por pertenecer al ejército), más te vale que no te pongan una multa en él, porque te crujen. Esto se aplica también a ir sin casco por el carril ciclista (prohibido en el puente, pero permitido en Iowa e Illinois), algo muy habitual porque este puente conecta las rutas ciclistas fluviales de ambas márgenes. No sé si esto es leyenda urbana o no, pero hasta la fecha no he visto ningún control en el puente.

 

Estas fotos son del verano pasado, en una espera cuando el carril ciclista estaba muy solicitado y se hizo hasta cola al cerrarse el puente. Como se puede ver lo de la obligatoriedad del casco no se toma totalmente en serio.

A pesar de que este proceso parezca lento y tedioso, el transporte fluvial de mercancías sigue manteniéndose por una razón muy sencilla y quizá inesperada: su eficiencia. La relación entre carga transportada por cantidad de combustible le da sopas con hondas a la de transporte por carretera o ferrocarril, y por tanto contamina relativamente poco. Otra curiosidad: el operario de la exclusa permitirá el paso de cualquier embarcación que lo solicite de forma gratuita, ¡cualquiera! (como si vas en kayak). Eso sí, en caso de que haya más de una nave, existe un rígido reglamento sobre quién tiene prioridad del uso de las exclusas y el cruce de las mismas tiene lugar por riguroso orden. Creo que me dijeron que las naves del gobierno tendrían prioridad sobre todas las demás, pero no me acuerdo bien. Con buen tiempo no es nada raro ver varias gabarras esperando su turno a ambos lados de las exclusas.

Panel con las insignias de las distintas compañías de transporte fluvial (para que te entretengas identificándolas desde la distancia, si te apetece)

En fin, que toda la vida en las Quad Cities se vertebra alrededor del río, y que como entorno gana muchísimo gracias a él y eso queda patente desde que te instalas. Sin embargo, mi verdadero descubrimiento del Misisipi tuvo lugar cuando un colega geólogo nos llevó en su barco de campo a navegar río abajo, por canales naturales de distintos islotes, llenos de bosque, totalmente inaccesibles de otra manera.

El bosque de ribera del Misisipi a estas alturas de su cauce está dominado por arce plateado (Acer saccharinum), inconfundible por sus hojas produndamente lobuladas y su envés gris. Este arce soporta muy bien tener las raíces sumergidas y en las riberas, durante las crecidas, no es raro ver los bosques completamente inundados. No se debe confundir con el arce azucarero de la bandera de Canadá (Acer saccharum), aunque al parecer también le debe su nombre a producir algo de sirope, de mucha menor calidad.

 

Y fue aquí donde empezamos a ver las colonias de pelícano blanco americano (Pelecanus erythrorhynchos). Aunque los pelícanos son muy comunes en verano y se ven a todas horas desde la ciudad, estos encuentros fueron espectaculares y muy emocionantes. Estos bicharracos llegan a tener una envergadura ¡de casi tres metros! y resultan impresionantes de cerca. Sus poblaciones se vieron muy mermadas durante la época del DDT, pero en las últimas décadas se han recuperado espectacularmente.

 

El río es una gozada para los ornitólogos. Los pelícanos son quizá mis aves favoritas de aquí, pero tengo que recordar que las águilas calvas se ven por docenas en invierno, y en general se dejan ver todo tipo de aves acuáticas. Esta excursión me abrió los ojos a una parte del río que sigue indómita, salvaje e innacesible a pesar de todas las presas y puentes. Me hizo pensar en lo que tenía que ser todo esto antes de la colonización: una auténtica selva. Esta reminiscencia de un Misisipi aún más salvaje e indómito la volvería a encontrar en otros viajes que haría más adelante y de los que os hablaré en otra entrega.

Pero como esto me está quedando ya muy largo, acabo con una frivolidad. Ya iré contando más detalles microsociológicos sobre el Midwest, pero uno que llama la atención es el complejo de falta de sofisticación. No lo voy a abordar en este momento, pero voy a dejar caer un detalle sobre… pizzas. Lo de las pizzas en EE.UU. es curioso, porque aunque se parecen poco o nada a las que encuentras en Italia, los estadounidenses se las acaban tomando tan en serio que han generado sus propios estilos, que protagonizan encendidos debates sobre cánones y purezas. Véanse los estilos más famoros, el de Nueva York (psé) y el de Chicago (una guarrada), cada uno con sus seguidores y detractores. Pues bien, aquí donde les veis, en las Quad Cities tienen su propio y original estilo de pizza caracterizado por (atención que vienen curvas) poner el queso encima de todo lo demás, y cortarlas en tiras en lugar de en porciones radiales.

Os dejo a vosotros la interpretación de esta innovación gastronómica y motivo de orgullo culinario. Para que quede claro: sigo cocinándome todo yo mismo.

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4 respuestas a “Diarios del Midwest (1)

  1. Graciela 1 marzo 2018 / 9:26

    Me encanta! mil gracias por compartir. Lo de los waterways me recuerda al sistema de canales británicos…una de las cosas que sí echo de menos al estar en España. Y me encanta la innovación culinaria, los pelicanos y que saques todo ese positivismo del flatland :)

  2. Anónimo 2 marzo 2018 / 14:06

    Como siempre muy interesante.
    ¡Qué maravilla poder navegar por estos enormes ríos viendo naturaleza! Y, efectivamente, que peculiares en sus tradiciones, ( desde nuestro punto de vista, claro). Aun recuerdo un 4 de julio en un pueblo de Kentucky, cenando pollo frito con la gente vestida de gala y rodeado de retratos del General Lee… todo muy suyo…

  3. Anónimo 3 marzo 2018 / 19:28

    Ah, por fin tu anunciado artículo sobre las esclusas. Oye, interesantísimo. Me parece flipante ese bloque de seis gabarras siendo empujado río arriba por ese remolcador de empuje. Qué pericia llevar ese mamotreto que ocupa prácticamente todo el ancho del canal. Como si tuviesen ruedas en las bordas para poder deslizarse por el canal sin dañarlo.
    Por cierto, los puentes no tienen ningún peaje, ¿no?
    Y sí, las pizzas que muestran los enlaces tienen una pinta asquerosa.
    Hace un chorro de años pasé un par de semanas en Alemania con un grupo diverso de gente de varios países. Un día cada uno mencionó cual era el plato típico de su país. Para no complicarme la vida, dije que la tortilla. Había una norteamericana. Dijo que el plato típico de EEUU era la pizza. Aunque no había ningún italiano en el grupo, a todos nos costó contener la carcajada.

  4. jmongil 3 marzo 2018 / 19:29

    El comentario anterior era mío. Le di a enter demasiado rápido.

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