Diarios del Midwest (2)

Cómo me perdí el eclipse total más visto de la historia
(Dramita TRAGEDIA en seis actos)

Han tenido que pasar más de diez meses para que las heridas que me dejó en el alma el aciago 21 de agosto de 2017 hayan cicatrizado lo suficiente como para que pueda compartirlos con vosotros. Aquel día tuvo lugar un esperado eclipse total de sol: la sombra de la Luna proyectada sobre la Tierra atravesó Norteamérica de costa a costa en uno de los espectáculos más celebrados que pueden verse en nuestro planeta y para el que me llevaba preparando casi dos años. Como sois gente perspicaz y despierta ya os imagináis que esta historia no acaba bien, así que si os queréis unir a mis lamentos, o echaros unas risas, allá vamos.

Acto 1. Proemio
Lo de que ver un eclipse total de sol es algo que quiero experimentar antes de morirme  lo tengo cristalino desde hace mucho, pero claro, a no ser que te sobre el dinero o seas uno de esos adictos a los eclipses, raramente te planteas viajar una gran distancia para presenciarlo. Es más bien una de estas cosas que confías en que quizá en el futuro no te vaya a pillar demasiado mal. Hay que aclarar que, por supuesto, me refiero específicamente a estar en recorrido de la totalidad, o como queráis llamarlo: el corredor que queda totalmente a la sombra de la Luna, donde se puede ver la corona solar, etc etc. Si no tienes claro por qué un eclipse parcial al 99% es cualitativamente distinto a experimentar la totalidad, busca un poco por ahí que internet está lleno de fricazos encantados de explicarte por qué es una de las experiencias más extraordinarias que puedes vivir. Pero aquí vamos al drama: yo ya había visto varios eclipses parciales, e incluso el eclipse anular que fue visible desde Madrid en octubre de 2005 (inolvidable), pero yo quería, obviamente, la totalidad, el caviar.

Lo de que en 2017 había un eclipse solar que pasaba por EE.UU. no me acuerdo muy bien desde cuándo me sonaba, y la idea vaga de intentar hacer un viajecito a la totalidad siempre me había seducido, pero quizá la primera vez que me percaté de que iba a estar viviendo en Illinois cuando vi el mapa del camino de la totalidad, las piezas encajaron .

Por primera vez, un eclipse total iba a pasar muy cerca de donde presumiblemente me iba a encontrar en la fecha indicada. ¡Incluso sin moverme de casa más del 90% del disco solar llegaría a ocultarse! Se trataba de una oportunidad única que no se podía desaprovechar y la idea se hizo firme en mi interior: el 21 de agosto de 2017, yo tenía que estar debajo de la sombra de la Luna e iba a hacer todo lo que estuviese en mi mano para conseguirlo.

Acto 2: Preparativos

Como soy de naturaleza intensita, lo del eclipse me lo tomé demasiado en serio desde el principio. Incluso a pesar del resultado puedo decir que disfruté mucho de todos los preparativos y que en cierto modo estoy orgulloso de ellos; hice todo lo que estuvo en mi mano por que el día fuese un éxito. Hay algo único en prepararte para algo así, un contraste brutal entre la previsibilidad demoladoramente exacta, precisa e inmutable del acontecimiento en sí, que ocurrirá con un rigor cronométrico, perfectamente predecible, y de todas las variables que tú tienes que poner de tu parte para que exactamente en un día y en una hora estés en el lugar indicado.

Lo primero fue elegir la zona idónea. Había con años de antelación mapas muy precisos de por dónde iba a pasar el eclipse (esta página web estaba llena de recursos, y cómo no, se debe usar el el famoso mapa interactivo de eclipses, extraordinariamente preciso). A este eclipse ya se le estaba llamando “El gran eclipse americano” (ya sabéis que a peliculeros no les gana nadie), y se esperaba lógicamente una gran afluencia por pillar tan a huevo a mucha gente de Estados Unidos, efecto que seguramente sería amplificado por redes sociales, etc. De hecho, los eclipses son un tipo de acontecimiento muy singular en la que mucha gente se agolpa en lugares muy concretos (a menudo rurales y remotos) en cortos periodos de tiempo muy específicos. No hay que extrañarse de zonas que se quedan sin alojamientos, gasolineras sin gasolina, colapsos de tráfico en carreteras que no suelen tener mucho flujo normalmente, y un largo etcétera. Este eclipse era el primero en tener lugar en suelo estadounidense en una larga temporada y el primero de esas características desde que apareció Facebook y cualquier cosa podía pasar. Quizá al final quedara todo en agua de borrajas (en plan efecto 2000), pero no estaba de más ser previsor.

Contando con todo ello, tuve que elegir una zona que estuviese relativamente cerca, alejada de rutas muy transitadas (anticipándome a colapsos de tráfico), llegar al menos el día de antes, reservando alojamiento, llevar comida y el depósito lleno. Se daba además la circunstancia de que técnicamente el 21 de agosto era la fecha de inicio de las clases, así que o bien me decidía a suspenderlas o me buscaba alguna buena excusa para ello.

Todo este rollo os lo cuento para que os quede claro que le dí muchas, muchas vueltas al siguiente plan:

La zona elegida como cuartel general para observar el eclipse serían los alrededores de Columbia, Misuri:

Los motivos de la elección: estaba relativamente cerca (a cuatro horas y media de mi casa); se podía acceder esquivando grandes autopistas (y esperables atascos); estaba más o menos equidistante de los dos polos de población de Misuri (Kansas City y San Luis), que previsiblemente iban a acaparar la mayor parte del tráfico y además estaba relativamente cerca del eje de la franja de totalidad, permitiendo que la fase total del eclipse duraría más de dos minutos. (Sí, todo este sarao era por apenas dos minutos de espectáculo, lo cual le otorgaba aún más epicidad).

 

Estimaciones de greatamericaneclipse.com sobre principales vías de afluencia en Misuri

Comprobaremos que mi obsesión por evitar aglomeraciones formará parte de la catástrofe de esta tragedia. Confieso que no lo hacía sólo por el tráfico, sino por evitar un detalle que me horrorizaba: en la mayor parte de los vídeos de YouTube que vi sobre eclipses totales (y fueron muchos), la gente se ponía a gritar en plan hooligan durante la totalidad. El que suscribe estaba ya escarmentado de castillos de fuegos artificiales del 4 de julio en los que la gente vocifera y pega alaridos sin parar, así que trasladarlos a uno de los momentos memorables de mi vida era un accidente a evitar. Además, casi que lo que más me apetecía era ver el eclipse en un entorno natural, y comprobar los cambios en la conducta de las aves y los insectos de los que la gente hablaba. Columbia era un gran destino en este sentido, pues en un radio cercano había algunas pequeñas reservas naturales donde podía plantearme ir. Eso si la movilidad era posible, a malas siempre podía quedarme en la ciudad.

Con bastantes meses de antelación reservé una habitación en un motel en Columbia, para llegar el día anterior y ahorrarme agobios. Anticipándome a también a potenciales acompañantes de último minuto, la habitación podía acomodar hasta a cuatro personas. Ni qué decir tiene que me hice con gafas con filtro solar (un pack de diez) igualmente con meses de antelación. Los días previos al eclipse, la gente andaba como loca intentando hacerse con unas gafas, y por supuesto todas las plazas hoteleras en la totalidad se habían esfumado.

Como era mi primer eclipse total, quise seguir en parte el consejo que te da todo el mundo de olvidarte de hacer fotos y de centrarte en disfrutar de los escasos segundos de gloria. Pero pese a todo, como buen científico, quise estar listo para documentar el suceso y conseguí un trípode y una cámara réflex con la que tomar fotos a intervalos. De nuevo, estuve practicando con ella los días anteriores para que apenas me quitara un instante (retirar el filtro del objetivo al comenzar la totalidad).

Podía extenderme bastante más sobre la cuestión de los preparativos, pero creo que os hacéis una idea del nivel obsesivo que alcanzó este plan, así que pasemos al momento inevitable de toda tragedia en el que los dioses ejercen su papel y modifican el destino del héroe trágico que, por si quedaba alguna duda, fui yo.

Acto 3: Cambio de planes

Por circunstancias varias que no vienen al caso, a mediados de verano el plan lo iba a acometer yo por mi cuenta, en solitario. Ya había mandado un correo a mis alumnos animándoles directamente a que se dejasen de clases y que hicieran lo que pudiesen por llegar a la totalidad y el resto de preparativos estaban más que finiquitados. Era cuestión de días que la danza cósmica tuviese lugar, y entonces una pareja de amigos, L y D, decidieron unirse. Yo encantado, claro. Les dije que lo tenía todo previsto, que en la habitación cabíamos hasta 4 y que tenía gafas de sobra, así que sin problema. A cambio ellos se ofrecieron a que fuéramos en su coche nuevo, cosa que agradecí porque el mío no estaba para muchos trotes y quedarme tirado a medio camino (¡ay!) era una improbable pero catastrófica posibilidad. Hasta aquí, bien.

El problema llegó cuando L quiso saber dónde nos íbamos a alojar en Columbia: el motel no era de su agrado. Con tono serio me hizo ver unos días después que (¡atención!) la valoración en TripAdvisor de mi motel no era suficientemente buena para sus estándares y que se preocupaba por mi (su) seguridad. A mí todo aquello me sonaba a chino. Reconozco que yo me había dejado llevar por mis impulsos ahorradores y que la calidad del hotel no estaba entre mis preocupaciones cuando hice la reserva, pero aquella crítica estaba fuera de lugar. Es verdad que no leí las valoraciones de clientes anteriores, pero a mí con tal de que me dieran techo y ducha lo demás me daba bastante igual. Conociendo a L no me extraña, a posteriori, que fuese mucho más sibarita con el alojamiento, pero en ese momento me pareció un problema menor: si no querían venir que no vinieran, ¡yo era imparable! A L le dije que las plazas hoteleras estaban completas desde hacía semanas, pero que si ella encontraba un sitio que le pareciese mejor y que fuese razonable, que me lo pensaría. Challenge accepted.

Unos días después apareció victoriosa: había encontrado una autocaravana en una granja que se alquilaba dentro de la zona de totalidad, cerca de un pueblo llamado Clark, a unos 40 km al norte de Columbia.

La principal ventaja de este cambio de planes es que permitía que durmiésemos ya en un área rural, en pleno bosque, sin multitudes. En ese sentido, bien, ¡qué digo bien! Inmejorable, un lugar mucho mejor de lo que hubiese esperado. La concesión que había que hacer era que al estar más lejos del centro de la zona de sombra, la totalidad en el nuevo emplazamiento solo duraría 1:40 minutos. Me lo tuve que pensar mucho, pero al final me pareció que el cambio merecía la pena y accecí, sellando el fatuo destino de la aventura.

Apostilla: L me dijo que puesto que íbamos a tener un descampao forestal enorme para nosotros solos, que le iba a decir a sus padres y a unos amigos que vivían en San Luis que se pasaran a ver el eclipse. Adelantándose a mis temores (que no tenía pensado verbalizar porque no soy tan borde) me aseguraron que no gritarían como si fuesen fans de Justin Bieber (cómo me conoce la jodía). Me jacté interiormente de mi genial previsión comprando diez pares de gafas con filtro solar homologadísimo y le dije que sin problema.

Acto 4: Road trip

El 20 de agosto de 2017, L, D y el menda nos pusimos rumbo a Clark con tiempo de sobra. Atravesamos sin contratiempo ni atasco la campiña misuriense gracias a mi hábil elección de vías secundarias y llegamos a Clark. Tras adentrarnos por un camino rural sin asfaltar dimos finalmente con la granja. Los dueños (un matrimonio relativamente joven) y en general la familia al completo (tres churumbeles, todos ellos haciendo cosas de granjeros cuando llegamos) y todo el decorado  eran puro estereotipo de la ruralidad del Midwest. El padre de familia nos recibió con una coloradísima camiseta del partido republicano. Había cierta desconfianza en su mirada, quizá la idea de meter a unos profesores con inclinaciones científicas, uno de ellos con acento raro, en su propia granja no era tan buena idea después de todo. Como supimos después, se enteraron del eclipse hacía unos días y decidieron poner a disposición de Airbnb su caravana, por lo que éramos sus primeros clientes. En aquel momento no se me ocurrió que a L no parecía importarle que una caravana en mital del campo, de unos rednecks desconocidos y sin ninguna valoración de Trip Advisor le pareciese más segura que el motel de Columbia. Hubiese sido demasiado tarde de todas formas.

La caravana en sí, como a medio kilómetro de la granja propiamente dicha y en el claro de un bosquecillo, parecía ideal. Dato curioso: en su interior había revistas sobre vida autosuficiente y “off the grid” (todo sobre paneles solares, compostaje, y un largo etcétera). No deja de tener su gracia cómo unos republicanos de pro, seguramente trumpistas hasta la médula y anti-gobierno de cualquier tipo acaben teniendo el mismo tipo de lecturas que los jipis más jipis de las cooperativas de Portlandia.

Cuando nos instalamos en la caravana quedó claro que ni L ni D eran especialmente camperos. Me dijeron que para mi tranquilidad, se habían traído un cuchillo para defendernos. Aquí casi se me cortocircuita el cerebelo. Yo no me sentía amenazado de ninguna manera, más bien estaba encantado de estar en el campo, ver las luciérnagas al atardecer y escuchar búhos, y aquí los autóctonos pensando en si nos iba a atacar una alimaña salvaje. Yo antes me hubiese inclinado a pensar que el mayor riesgo era el de la familia de granjeros de la que nadie sabía nada y a la que, seguramente, su colección de trabucos y armas semiautomáticas nuestro cuchillo se las traía al pairo. Debe ser parte del choque cultural el hecho de que esa revelación (la de que íbamos “armados”) no me tranquilizó lo más mínimo. Al menos no se trajeron una pistola. O quizá, ahora que lo pienso, se la trajeron y no me lo dijeron.

Por supuesto, la noche fue muy tranquila y sin incidentes, pero yo apenas pegué ojo, y no paraba de mirar la previsión del tiempo y de la nubosidad. Y aquí me toca hacer un nuevo inciso.

Mapa histórico de nubosidad por la tarde en días de agosto, que también estudié con detalle durante la preparación. El midwest estaba todo en una zona de lotería. Tendría que haberme ido a Nebraska occidental solo para haber reducido la probabilidad de nubosidad tan solo un 10%

Evidentemente, desde un primer momento yo era consciente de que todos mis preparativos y precauciones no valían para nada sin un cielo despejado, y esa, la de la nubosidad, era una de las circunstancias contra la que poco se podía hacer. Desde la semana anterior escrudiñé cuidadosamente todo tipo de predicciones de nubosidad, y los resultados fueron siempre imprecisos. Nubes y claros. Cualquier cosa podía pasar. Nubes y claros pueden ser todo un éxito o un desastre dependiendo de lo que pasara en una ventana de un minuto y cuarenta segundos. Lo demás daba un poco igual. Si bien había cierto margen de maniobra (tenía un par de localizaciones de emergencia pensadas), todo dependería de cómo se presentase el día siguiente

Acto 5: (Anti)clímax

El 21 de agosto amaneció luminoso y despejado en Clark, Misuri. Era difícil no emocionarse al creer que las nubes podían finalmente respetar la zona. Como según avanzaba la mañana aquello seguía estupendo, yo procedí a instalar el trípode en una zona de visibilidad óptima y me programé las distintas alarmas. Ya solo quedaba esperar. Nuestros invitados extra (los padres de L y unos amigos suyos) llegaron con tiempo de sobra y con sillas plegables. Yo repartí las gafas que nos quedaban y les di un briefing de lo que iba a pasar, de cuándo tenían que usar las gafas y cuándo no. En esos momentos era difícil no sentir un poco de presión, porque a fin de cuentas toda esa gente se había movilizado por una obsesión mía nacida muchos meses atrás. Ninguno de ellos hubiese cambiado de planes aquel día de no haber sido por mí. Esto era lo que pensaba mientras hacía pruebas con el aparato fotográfico, y me di cuenta de las pintas nerdy que tenía que tener para toda esa panda en ese momento, para la que yo quizá era tan espectáculo como el eclipse.

Con puntualidad milimétrica, el primer contacto (cuando un mordisquito del disco solar desaparece tras la Luna) fue visible a las 11:45 de la mañana hora local. Prácticamente al mismo tiempo, el destino reservado para los observadores de Clark, Misuri, se empezó a intuir en forma de nubecillas procedentes del oeste. Al principio todo pareció ser sólo una falsa alarma, pero cuando la reacción fue imposible, aquello se convirtió en un nubarrón tormentoso, negro como mi alma. El cielo se cubrió a velocidad asombrosa y hasta empezaron a caer goterones. Y yo al lado del trípode como un gilipollas.

Antes de la totalidad, hasta los dueños de la granja se pasaron a saludar, un poco frustrados ellos también por ver que el tiempo era tan malo. Yo notaba como que los padres de mi amiga y sus acompañantes dejaron de hacer bromas y chascarrillos, quizá al ver que yo no andaba muy de humor para aquello, y finalmente estuvimos L, D y yo mismo ahí en mitad del bosque cuando la alarma del inicio inminente de la totalidad sonó.

Pese a que estaba nublado, la luminosidad del cielo empezó a bajar muy rápidamente. Sí que pudimos notar cómo las ranas y los insectos se pusieron a hacer ruidos crecientes casi al mismo ritmo que oscurecía, llegando a dar una sensación clara de última hora de la tarde. En unos minutos nos alcanzó la totalidad. Estaba todo oscuro como si hubiese pasado una hora tras el atardecer, pero eran las 13:15. Guardamos un triste silencio durante los poco más de cien segundos que duró todo antes de empezar a notar cómo la luz volvía igual de rápido que se fue. No hubo gritos ni fuegos artificiales. Tras unos instantes más de recogimiento, L me dijo “me lo esperaba más oscuro”.

Gif con la nubosidad en EE.UU. el día del eclipse

EL DRAMAH

El viaje de regreso tuvo lugar sin intercambiar muchas palabras, y en su mayor parte atravesando unos soleadísimos campos de maíz. Pese a que hubo retenciones brutales en todas partes, nosotros no pillamos apenas atasco gracias a mi genial planificación. Para incrementar el efecto dramático, cuando me atreví a comprobarlo, unas semanas después, me enteré de que el eclipse en Columbia, aparte de una leve nubosidad, pudo seguirse sin mucho problema como atestiguan la infinidad de vídeos que se colgaron ese día.

Acto 6: Secuelas

Nunca le dije a L y a D que desde el aparcamiento de mi motel de mala muerte en Columbia, pese a su bajísima puntuación en TripAdvisor, el eclipse pudo seguirse felizmente. Total para qué. El comportamiento de las nubes era totalmente impredecible cuando tomamos la fatídica decisión y poco podíamos haber hecho en ese momento. Nos la jugamos y perdimos. Quizá por eso me toca un poco las narices que recientemente les propuse sacar el telescopio para ver la oposición de Júpiter y L me soltó algo así como “si es contigo lo mismo se nubla, jajaja”. Me contuve aquella vez, pero no lo haré una segunda.

Como quiero acabar con un tono positivo, me quedo estas dos anécdotas: al día siguiente una alumna vino a darme las gracias por haber suspendido las clases ese día. Gracias a ello se fue a San Luis con unas amigas y pudo ver el eclipse total, una experiencia que, según ella, jamás olvidaría. Otro amigo mío (que quizá se manifieste en los comentarios), a raíz de la turra que le di con el tema, se tomó unos días libres y viajó de DC a Kentucky donde igualmente tuvo la posibilidad de disfrutar del acontecimiento, y por su descripción, no debe ser algo que decepcione.

Por supuesto, este fracaso no ha hecho más que aumentar mis ganas de ver un eclipse y ya tengo el ojo echado a tres que transcurrirán en los próximos 10 años y que pueden ponérseme más o menos a tiro. Quizá en el futuro pueda contaros, si seguimos todos por aquí, si me he podido quitar esta espinita.

Corolario: no se me escapa la ironía de que un ferviente seguidor de #Llantocofrade haya visto frustrado una gran ilusión (más escasa aún que la Madrugá sevillana) por el tiempo. Ante esta demostración de perfidia kármica yo sí puedo decir que he demostrado ser un estoico: pese a todo, no lloré.

PD: He decidido cambiar el título del texto de dramita a tragedia tras percatarme de que el involuntario héroe trágico cumple con los elementos de la tragedia griega: no deja de ser esta una peripecia personal en la que el destino ha castigado mi hybris pensando que era capaz de controlarlo, pero claro, ha llegado mi némesis y me ha dado p’al pelo. Espero que al menos la resolución sea catártica para todos nosotros y que hayamos aprendido una valiosa lección: si vas a un motel en Misuri, fíjate primero en lo que diga TripAdvisor y lleva un cuchillo para osos.

 

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10 respuestas a “Diarios del Midwest (2)

  1. Xema Romero 17 julio 2018 / 15:07

    El karma… Seguro que este giro del destino te lleva a un lugar mejor… O a un eclipse mejor.
    Añadir, que sin tener nociones de la ideosincrasia del Midwest… El relato te transporta.
    Un abrazo!

  2. Xema Romero 17 julio 2018 / 15:09

    Por cierto que esto me recuerda a como llegue a tu blog cuando estuviste alojado en bitácoras… Yo me mantuve estoico ahí, tu te fuiste a wordepress, y yo perdió una década de blog….

  3. Astur 17 julio 2018 / 16:05

    Cope:

    no se si echarte la bronca por tenernos tan abandonados, o felicitarte por tu épico regreso.. como siempre, me encanta leerte, a ver si te prodigas más.. yo te tengo en el agregador de feeds y siempre es un subidón ver un nuevo post tuyo.

    saludos!!

  4. mariadocavo 18 julio 2018 / 9:08

    Querido Copepodo: me he enterado de que habrá un eclipso total de sol en Cabo de Gata en 2027… Muy improbable lo del nubarrón en Almería.

  5. Copépodo 18 julio 2018 / 19:39

    Gracias Xema, a ver si es verdad.

    Astur, tienes toda la razón y no valen mis excusas ni mis propósitos de enmienda que incumplo repetidas veces, pero me alegro de que sigas aquí

    María: ese, que también se verá en Cádiz (y Marruecos) es uno de los que tengo en la lista, justo el año anterior hay otro que se verá en gran parte de España. Es una suerte contar con dos totales tan seguidos. Verlo desde Cabo de Gata tiene que ser una pasada, pero intuyo que estará como una romería.

  6. jmongil 21 julio 2018 / 22:03

    El vídeo de Columbia, viéndose cómo se oscurece la ciudad y se encienden las farolas, es impresionante.
    Tengo una prima que compró plaza en un crucero para poder ver otro eclipse total. El evento tuvo lugar frente a las costas de Libia. El barco estaba plagado de frikis del eclipse, cargados de equipo para disfrutarlo. Fue un éxito.
    Oye, que me has despertado el interés.

  7. Exseminarista Ye-Ye 22 julio 2018 / 12:45

    Joer, puedo imaginar perfectamente la frustración; yo lo habría llevado muuuuucho peor, seguro.
    ¡Salud! y es un placer leerte de nuevo :D

  8. Epicureo 19 septiembre 2018 / 19:17

    Te entiendo perfectamente, porque me pasó algo muy parecido en el eclipse de 1999 en Francia, el único total que he podido ver. Iba con mi pareja, vimos París, todo muy bien, el día anterior un sol de escándalo, pero muy poco antes del eclipse empezó a nublarse y se nubló del todo. La totalidad fue de una oscuridad crepuscular, notamos una fuerte bajada de temperaturas y llovió. Somos gafes de eclipse.

  9. Greg 26 octubre 2018 / 21:06

    Copépodo, acabo de oir la entrevista que te han hecho en “In defense of plants”, y me ha encantado! ¡Enhorabuena, transmites tu pasión por los briofitos!

  10. Copépodo 6 noviembre 2018 / 10:56

    ¡Gracias!

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