Divagación sobre el libro electrónico en general y el kindle en particular


En el que se cuentan a destiempo las virtudes y los vicios de un ingenio adquirido hace dos años como si fuera cosa novedosa y merecedora de interés a pesar de tratarse de una cuestión conocida por todos y de debate obsoleto

Lo he dicho varias veces, pero me voy a repetir: echo de menos mis libros. “Sufro” pensando que están metidos en cajas en un garaje en lugar de junto a mí, como les corresponde. Me acuerdo de ellos a menudo, y en muchas ocasiones he echado en falta alguno en concreto que hubiese necesitado consultar. Otras muchas veces simplemente echo de menos tenerlos ahí. Me he dado cuenta de que antes, cuando estaba en casa sin nada en concreto que hacer, matando el tiempo, a veces simplemente me plantaba frente a una estantería y me ponía a navegar por los lomos, a veces incluso acariciándolos con la mano además de con la mirada, o incluso accediendo al segundo (y a veces hasta el tercer) nivel de profundidad de las baldas más pobladas, como quien pasa revista a un batallón, cediendo de vez en cuando al impulso de elegir a uno de ellos sólo por el gusto de releer algún capítulo suelto, alguna frase, comprobar alguna ilustración, algún dato, o lo que fuese. A veces la inspección duraba sólo unos segundos, y otras veces me quedaba con ganas de más, y el libro en cuestión pasaba a la mesilla de noche o al escritorio para una relectura parcial o total. La mayor parte de las veces el gesto se repetía unas cuantas veces hasta dejarme satisfecho o hasta que tuviese que ponerme con otra cosa.

Nunca vi como una actividad productiva estos ataques de vagabundeo literario, sino más bien un resultado de mi indecisión, pero ahora que llevo, literalmente, años sin poder hacerlo me doy cuenta de cómo esos momentos a la deriva tenían un efecto sedante e inspirador. Esta es una de las cosas que estoy aprendiendo con su ausencia: es cierto que una biblioteca es un conjunto de libros (o sea, de textos), pero para mí existe un valor añadido en el hecho de que se trata de una acumulación de objetos físicos.

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Mis pecados americanos (2 de n): el cactus blossom


A menudo se dice que en Estados Unidos se come mal, de forma poco saludable. Esto hay que aclararlo, porque no es cierto así como suena: aquí se come como tú quieras comer, y nada te impide tener la dieta más saludable del mundo siempre y cuando estés dispuesto a buscar ingredientes de buena calidad y a dedicarle el tiempo necesario a cocinar. Siendo esto una verdad aplicable a casi cualquier lugar del mundo, también hay que decir que lo que sí es cierto es que comer bien en Estados Unidos sale más caro que en España.

Al contrario de lo que podría parecer, uno de los elementos que más estoy disfrutando de la vida en el yanqui es justamente la gastronomía. En gran medida se debe a que Nueva Inglaterra en general, y esta esquina de Connecticut en particular, mantiene una saludable actividad de la agricultura y ganadería minorista que permite disfrutar de materias primas estupendas. Por supuesto, echo de menos muchos productos patrios que aquí son completamente imposibles de encontrar (a no ser que los consigas de importación en alguna tienda española de Hartford o Nueva York, a precios astronómicos): además del jamón ibérico (que no podía faltar en la lista), un buen surtido de quesos a precios razonables, la variedad de pescado a la que te tiene acostumbrado Mercamadrid y algunas de mis frutas favoritas como el melón “de Villaconejos” y los higos.

A cambio, tengo que decir que la leche que tomo aquí es la mejor que he probado nunca, que los yogures y derivados no tienen nada que envidiar a los que se hacen en Grecia, que hay unas frutas y verduras de temporada que son una gozada y que el marisco local me ha dado alguna sorpresa agradable. Estas cosas también hay que decirlas, porque hay mucho provincianismo gastronómico y al final acabamos tomándonos demasiado en serio que los plátanos de Canarias son, objetiva y claramente, superiores a todos los demás, y tampoco es eso.

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Mis pecados americanos (1 de n): me gusta Nueva York


Tarde o temprano tenía que pasar, por aquello de que nunca te bañas dos veces en el mismo río, y todo eso: tras dos años en el yanqui, ya no soy el mismo que cuando vine, y he cambiado de opinión o adoptado nuevas costumbres. Todas ellas se deben a lo que he aprendido de esta experiencia, y hay bastante de prejuicios superados. Los voy a llamar “pecados” por lo que tienen de traición a mi yo del pasado, pero más por hacer la gracia que otra cosa: en el fondo estoy contento de ver que sigo siendo capaz de aprender cosas nuevas. Además, ¡Que le den a mi yo del pasado! ¿Qué ha hecho por mí? Empecemos:

Manhattan, desde el "Top of the Rock"

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Jilin Tach: la sanidad del futuro


Esto de ver los toros desde la barrera (me refiero a la actualidad en las Españas) te da cierta perspectiva, sobre todo en lo que se refiere a los aspectos en los que las barbas del vecino fueron remojadas, peladas, e incluso parece que van a volver a crecer justo a tiempo de que rasuren las nuestras. O las vuestras. O bueno, lo que sea. A lo que voy es que no puedo evitar seguir bastante pendiente de las cosas que ocurren al otro lado del charco, y cómo los servicios públicos, y concretamente, la sanidad y la educación, hacen funambulismo. Irónicamente observo los acontecimientos desde un país en el que la sanidad y la educación se conciben de una forma muy parecida a como la sueñan las élites extractivas patrias. Tengo pendiente una entrada para hablar de lo raro que resulta darse de bruces con el sistema sanitario estadounidense (por suerte sólo basándome en las revisiones anuales obligatorias y cosas muy leves). Por decirlo brevemente para los impacientes: todo lo que nos habían contado, todas las leyendas negras extendidas por los rojillos comeniños sobre el resultado último de la externalización seriada de la sanidad, era cierto. La sanidad es un negocio muy, muy lucrativo, y no me extraña que haya quien babee de gusto sólo de pensar que esa parte del pastel puede pasar a disposición de los buitres de turno hasta el punto de continuar con el runrún de lo eficiente que es la gestión privada.

En lo que llega (o no) el día en el que trate la impresión que me genera esta sanidad, como ya lo hice con la universidad, os ofrezco hoy un aperitivo que encontré el otro día en un hospital tras la visita a un especialista. Los hospitales aquí, avanzo, no parecen hospitales, sino más bien… yo qué sé, notarías: todo decorado como si fuese el salón de tu casa, con moquetas, macetas… todo muy acogedor y para nada semejante al frío azulejazo de los hospitales madrileños. Esto poco tiene que ver con el funcionamiento del servicio (insisto ya hablaremos de ese asunto en otro momento), lo importante es esa impresión y ese aspecto de cercanía, eficiencia y sofisticación. Como norma general, en Estados Unidos existe el cutrerío, vaya que sí, pero será siempre un cutrerío espolvoreado en purpurina, y por lo tanto se tratará de un cutrerío caro. Avisados quedáis.

La cosa es que en ese hospital purpurinesco y cool voy y me encuentro con esto:

20140921_170629Programa Healing Touch (“toque sanador”). Tenemos la tecnología para tratar y la compasión para curar

Pues sí: un tríptico que te anuncia que en ese maravilloso hospital te ofrecen como servicio adicional que te curen por imposición de manos. Como no podía creer lo que veían mis ojos, me traje uno para leerlo con detalle y fotografiarlo. Os reproduzco visualmente el tríptico al completo y traduzco al azar algunos párrafos gloriosos.

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¿Qué es “Healing Touch”? [En adelante, Jilin Tach]

Jilin Tach es una terapia de energía en la que los practicantes usan sus manos de forma consciente e intencionada, dirigida al corazón para facilitar la salud física, emocional, mental y espiritual.

El objetivo de Jilin Tach es restituir la armonía y el equilibrio en el sistema energético humano generando un ambiente óptimo para que la tendencia innata del cuerpo a curarse tenga lugar.

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Goodbye, linux

gbyelinux

Mi amigo Xema dice que la gente es propensa a contar sus éxitos, pero mucho más reacia a compartir sus fracasos, y me parecen unas muy sabias palabras. Precisamente porque determinadas historias se cuentan sólo si te salen bien, y si no, quedan en el olvido, yo hoy me he propuesto contar la historia de un fracaso: el de convertirme en un feliz y autónomo usuario de linux que no echa de menos Windows ni ningún otro sistema operativo “meinstrim”. Me da pena reconocerlo, pero a la vez lo siento como una liberación.

Que haya decidido contarlo aquí tiene doble intención: por una parte dejar constancia de cómo ha evolucionado mi opinión respecto a estos sistemas operativos después de algunos años usándolos en distinta medida, y por otra como testimonio informativo para los promotores del linux, para que consideren qué se le puede pasar por la cabeza a un usuario potencial que está convencido de las bondades del software libre, que quiere y desea usarlo a diario pero que decide dejar de emplear su tiempo peleándose con detalles que no le interesan. No hay acritud en este post, pero sí que creo que quienes desean un uso generalizado de estos sistemas operativos deberían tener en cuenta opiniones puramente pragmáticas, como la que desarrollaré aquí.

Que comience la crónica.

Me instalé por primera vez linux en 2008 en mi portátil personal, concretamente el Ubuntu 8.04 Hardy Heron. Lo hice porque me convencieron los argumentos por todos conocidos del software libre y porque me habían hablado muy bien de ubuntu y de su versatilidad respecto a las primeras distribuciones con interfaz gráfico que conocía de vissta (Red Hat). Las ganas de aprender y las convicciones sobre futuros réditos de eficacia, rendimiento y molonidad me hicieron superar bastantes obstáculos que no me esperaba simplemente para hacer funcionar el aparato con normalidad (sonido, conectividad con la wifi o con la impresora, etc), lo típico. Al contrario de lo que esperaba, no fui capaz de resolver este tipo de problemas sin ayuda, pero es cierto que los amigos linuxeros se apiadan de los novatos, y fui tirando, con la esperanza de irme volviendo autónomo con el tiempo.

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Cuatro cosas que España puede aprender de Estados Unidos


Este post es una respuesta a “4 Things America Can Learn From Spain“, del blog de Trevor HuxhamA Texan in Spain“. Trevor da clases de inglés en Santiago de Compostela y dedica su blog a contar cómo es España desde el punto de vista, quizá algo indulgente, de un estadounidense. Desde que lo empecé a leer (con motivo de una necesaria guía para extranjeros sobre los cafés, en el que tuve el honor de ser citado) no he podido evitar verlo como una especie de reflejo de mi propia experiencia a este lado del Atlántico. Resulta más fácil entender las singularidades cuando se miran con cierta perspectiva, por eso me interesa especialmente qué puede llamarle la atención de España a un visitante, especialmente si es estadounidense, porque de alguna forma es como ver el lado opuesto del salto cultural transatlántico que yo mismo experimento. Pues eso, recomendado queda.

Aquí ya he dedicado bastante a contar lo que me llama la atención de Connecticut, desde acontecimientos singulares como nevadas de 70 cm, explosiones demográficas de cigarras, la espectacularidad del otoño y una vieja monografía de naturaleza de Nueva Inglaterra. Sin embargo al hablar de diferencias culturales creo que en retrospectiva me he cebado más con cosas que no me gustaban, como la dependencia del coche o el nacionalismo universitario, y eso es un poco injusto. Así que leyendo el post de Trevor he querido hacer también un ejercicio constructivo y hacer una lista personal de cuatro cosas estadounidenses que a mí me gustaría ver más en España.

1. Vivir en un huso horario que te corresponde

Vale, a mí también me gusta esa sensación de las tardes de verano españolas que parece que no se acaban nunca, pero la temporada que llevo viviendo fuera me ha convencido de que el desbarajuste horario que tenemos no es saludable. Ya sé que esto se está empezando a tomar en serio y que quizá regresemos al huso horario del que nunca debimos salir; si acaba ocurriendo creo que será para mejor.

Vivir más cerca de tu hora solar significa levantarse con menos pereza y de forma más natural (ayuda el no tener persianas, y no sé qué fue antes, si el huevo o la gallina, pero ahora creo que las persianas opacas españolas de hermética oscuridad son un invento demoníaco). Los conceptos de “tarde” y “temprano” se acaban adelantando una hora, y a la larga (opino) contribuyen a tener un ritmo más sano: las siete de la mañana no es “temprano”, sino que durante gran parte del año (a la misma latitud que Barcelona) ya luce el sol y casi que la cama te echa. Me ocurre con mucha frecuencia que me despierto a la hora adecuada antes de que suene la alarma del despertador, y en general llevo el insomnio (que sufro crónicamente) mucho mejor que en España. Incluso en fin de semana me despierto antes y me cunde más el día.

Aunque creo que debe existir un sano término medio entre comer en 10 minutos delante del ordenador y tirarte dos horas de sobremesa, me estoy acostumbrando a comer al mediodía (al mediodía de verdad: las doce) y a cenar pronto (a las siete, si se puede). No sé si esto es la herejía celtibérica definitiva, pero la verdad es que no me parece mal sistema y no me importaría mantenerlo independientemente de dónde acabe viviendo. Paradójicamente, acostarme un poco antes de domingo a jueves también me ayuda a dormir mejor (¡sobre todo ahora con el nuevo colchón de memory foam!), y esto, para un insomne, la verdad es que vale mucho.

2. Practicar la urbanidad… o lo que sea

Porque no sé muy bien cómo llamar al hecho de que aquí veo mucho más frecuente que la gente se comporte como debe comportarse, y esto se ve en infinidad de situaciones diarias. Voy a poner un ejemplo de nuestro viaje por California el verano pasado, en el que pasamos varias noches en campings. Al contrario de la idea que yo conocía de camping detestable, lleno hasta los topes, ruidosos, y sucios, los campings californianos resultaron ser un auténtico paraíso: tranquilos, espaciosos, muy cuidados, y llenos de gente respetuosa… vamos, que casi no notabas diferencia entre estar en un camping o acampar por ahí en mitad de un State Forest (que también lo hicimos, porque está permitido y la gente no lo deja todo hecho una pocilga). Lo fascinante es que en muchos de estos campings no veías ni siquiera al propio personal de la instalación: a la entrada había unos sobrecitos y en función de las noches que ibas a estar tú metías tu dinero en el sobre y lo dejabas en un buzón. Punto. Ahí nadie comprobaba si metías la cantidad justa ni si hacías un simpa. Este sistema en España se colapsaría en una semana, vamos, ¡es que hasta dudo que no nadie se llevarase el buzón lleno de sobres!

A este tipo de detalles me refiero: la mayoría de la gente cumple con una serie de normas básicas de convivencia, con mucha menos tendencia a la picaresca, el engaño o la falta de consideración. En mi recientes vacaciones en Madrid del mes pasado hubo muchas cosas que me llamaron la atención muy negativamente, unas más tópicas que otras, empezando por el ruido animal que había en la propia terminal del aeropuerto donde salía el vuelo (plagado de españoles gritándose unos a otros sin motivo) y acabando con camareros realmente maleducados con los que casi había que disculparse por pedirles que hiciesen su trabajo. Quizá ninguna de estas actitudes me hubiese extrañado mucho hace unos años, pero supusieron un curioso contraste con la amabilidad americana, que aunque a veces es excesiva, contribuye a hacer el día a día más agradable.

A veces me sorprendo conservando ciertos hábitos fosilizados con los años. Cierro concienzudamente la puerta de la oficina por miedo a que me roben el portátil, como pasaba a veces en mi antigua universidad; mis compañeros deben pensar que soy un poco raro, siempre pendiente de dejar la puerta cerrada, cuando nadie lo hace aunque vayan a salir del edificio. Sigo pasando un breve momento de tensión antes de comprobar que no me han robado la bici, pese a saber que aunque la hubiese dejado sin cadena seguiría estando allí (en el portal de mi casa en Madrid, una lucecita que compré no duró ni doce horas sin que desapareciera misteriosamente). El propio buzón de mi apartamento ni siquiera tiene llave. Esto al principio me ponía un poco nervioso, pero poco a poco voy asumiendo que nadie va a robarme el correo.

3. Creer que la diversidad es una virtud, e intentar llevarlo a la práctica

Vaya por delante que Estados Unidos sigue siendo un país de grandes desigualdades de todo tipo y que están lejos de quedar resueltas. Profundizar en este tema daría para mucho y no es lo que yo pretendo aquí, pero antes de caer en la tentación de señalar las carencias ajenas habría que ver hasta qué punto se ignora en España el hecho de que pese a la significativa población inmigrante, los puestos de trabajo de determinada enjundia siguen estando copados por españoles blancos, generalmente varones.

Soy consciente de que mi visión está muy limitada a lo que tengo alrededor, pero cuando me fijo en la composición multirracial y multinacional de mi departamento, creo que la universidad española está a años luz de conseguir algo así, y de hecho dudo que haya intención alguna de lograrlo. En el mismo pasillo donde trabajo hay gente de China, Irán, Bélgica, Sudáfrica, Nueva Zelanda, Irlanda o Colombia. Conozco a profesores universitarios ya con su tenure track completo de distintas etnias, y en mi propio laboratorio tan solo una persona es estadounidense. Desde hace un par de años, la universidad empezó a tomarse en serio estudios como este sobre el sesgo involuntario a favor de los hombres, y desde entonces las candidaturas a nuevas plazas se hacen a través de solicitudes sin mención al sexo de la persona candidata. Las becas y proyectos se basan en la igualdad de oportunidades, pero se considera un valor añadido (hasta el punto de determinar que se reciba o no financiación) la participación de minorías raciales y el estímulo en la educación y divulgación en comunidades poco favorecidas, y así un larguísimo etcétera. Podemos ponernos todo lo cínicos que queramos sobre la persistencia de desigualdades, pero opino que los estadounidenses están haciendo mucho más por evitar que los motivos de raza, nacionalidad y sexo estén detrás de esas desigualdades que nada que yo haya visto en España. ¿Exagero si digo que ante una misma oferta de trabajo tiene más posibilidades un español en Estados Unidos que un estadounidense en España?

Ser extranjero es una putada en cualquier parte: eres una persona “de segunda” para la administración, te ahogan en papeleos, en tasas, en esperas, te deniegan permisos, créditos y tienes que aprender a sobreviviren un mundo al que no estás acostumbrado con unas reglas que nadie te explica y que a veces tienes que aprender por ensayo y error. Pese a todo, y después de haber pisado ya mi buena docena y pico de países, creo que puedo decir que en ningún sitio que conozca es más fácil normalizarse siendo extranjero y pasar a ser “uno más” como en Estados Unidos, un país levantado por emigrantes, a fin de cuentas.

4. Ser visionarios

De nuevo, esto estará muy sesgado por cuál es mi ambiente ahora, y por lo limitado de mi experiencia laboral al mundo de la investigación científica, pero es que probablemente una de las cosas que más me gusta de vivir en Estados Unidos tiene que ver con algunos aspectos del ambiente de trabajo. Algo hay en todo ello de aquella dicotomía quijote/supermán de la que hablé en su momento, de ser un visionario, de saltar sin red y tener fe en la máxima de que el trabajo duro se verá recompensado (máxima que sigo sin creerme, como buen sanchopanza, pero que es necesaria para entender el caldo de cultivo necesario para que surja el milagro). Esa ingenuidad, esa ausencia de miedo a la derrota, esa confianza en uno mismo, reconozco que muy a menudo me produce auténtica envidia.

En el día a día de la investigación, eso se traduce en que los doctorandos son más libres a la hora de elegir sus proyectos, más apasionados, más propensos a caer en errores quizá, pero a la larga más capaces de superarlos con éxito, de trabajar de forma independiente. Se valora muchísimo la figura del mentor académico, que muestra un interés verdadero y desinteresado en el éxito y desarrollo de su discípulo (me vais a perdonar que me ahorre aquí una triste comparación).Es mucho más frecuente que la gente se alegre genuinamente del éxito ajeno, se es más abierto a la colaboración y el trabajo bien hecho se te reconoce sin ninguna traba. A la larga esto se traduce en una forma distinta de investigar y de trabajar.

No sé si esto es una tontería mía, pero viendo el estado de depresión colectiva de España, creo que si algo le vendría bien ahora es deshacerse de la muy pesada certeza de que nada de lo que se haga importa, que el trágico destino ya está escrito y que no se puede cambiar. Creo que una buena dosis de ingenuidad, de confianza en que los lastres, disfunciones, maldiciones y parásitos nacionales se pueden desterrar y que se puede iniciar un proyecto nuevo, es un remedio a considerar. Tener una visión no es garantía de que se cumpla, pero es razonable pensar que sí es una condición indispensable.

Living in America: urbanismo


Del choque cultural transatlántico quedaba por contar qué otro aspecto de la vida en EE.UU. me recuerda a un videojuego, y después de Los Sims tocaba hablar del SimCity. Que los estadounidenses dependen del coche muchísimo no es ninguna novedad, pero diría que las diferencias en el modo de entender el pueblo o ciudad y la dependencia del coche es lo que menos me gusta de este país, una de esas diferencias de concepto a la que mejor no darle muchas vueltas porque no vas a llegar a entenderla.

Mi mención al SimCity se explica de una forma curiosa. No sé si conocéis esa saga de videojuegos de gestión en los que eres el alcalde de una ciudad y vas construyéndola, ampliándola y solucionando los problemillas que pueda haber, desde terremotos a una invasión extraterrestre. Lo que hace un alcalde todos los días, vaya. A mí me gustaba mucho cuando tenía tiempo para esas cosas, y aunque viví la primera versión, las que más jugué fueron la de simcity2000 y 3000. En ellas calificas los terrenos de acuerdo a tres tipos de zonas distintas (residencial, comercial e industrial), las conectas con carreteras y vas añadiendo servicios, como escuelas y hospitales, y si tienes un día Fabra, puedes poner un aeropuerto internacional en tu aldea, sólo por hacer la gracia.

simcity

Gran juego

Una de las primeras cosas que intenté hacer era reproducir la localidad donde vivía en aquel entonces (Coslada, una ciudad dormitorio cercana a Madrid), y mis reproducciones siempre resultaron bastante mediocres. Intentaba reconstruir mi barrio, con sus bloques de pisos, pero en el juego la tendencia era siempre a colocar casas unifamiliares, que para mí eran sinónimo de residencias de lujo (algo que en mi barrio no había), y sólo conseguía algo parecido a un bloque si ponía zonas residenciales de muy alta densidad, que resultaban en unos edificios horribles y monstruosos que no venían a cuento, si no querías construir un “Manhattan”. Otro problema eran las carreteras. ¡Sólo había carreteras! ¿Cómo poner las plazoletas, bulevares, etc que tenía mi barrio? ¡No había manera! Además, entendía eso de que las fábricas estuviesen lejos, pero, ¿Qué sentido tenían las zonas comerciales segregadas? En mi barrio si querías comprar algo te ibas a las tiendas que estaban en los propios bajos de los bloques de pisos, todo estaba junto, no existía esa distinción residencial-comercial. El manual de instrucciones (sí, tuve el SimCity2000 original) decía que la idea era poner zonas comerciales en el centro, pero yo pensaba que incluso en el centro de Madrid la gente también vivía ahí, no sólo compraba. En fin, que nunca conseguí hacer una versión pasable de Coslada, y aunque disfruté mucho del juego (cumpliendo algunas hazañas tales como crear y mantener una ciudad de 500.000 habitantes en la que toda la energía procedía de fuentes renovables y toda la basura se reciclaba), siempre pensé que no poder reconstruir mi entorno se debía a que la simulación era muy básica y no daba para más.

¡Qué equivocado estaba!

Viviendo en Estados Unidos me he acordado a menudo del SimCity en un sentido muy positivo: ¡los diseñadores, lo clavaron! Con SimCity3000 podría levantar ahora mismo una réplica exacta de mi pueblo actual, sin echar nada en falta. La simulación era básicamente bastante buena, la diferencia, obviamente, es que se inspiraba en el urbanismo estadounidense. Algunos productos de aquella simulación, como tiendecitas aisladas en mitad de la nada, carreteras como única vía de comunicación o zonas de negocios donde no vive nadie han resultado ser el fiel reflejo de la realidad urbanística de todo un país.

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