Algunos invertebrados del infralitoral mediterráneo


Durante los últimos años he tenido la oportunidad de bucear en lugares tan extraordinarios como el Caribe o el Mar Rojo. Pese a la conocida espectacularidad de estos mares, puedo decir que personalmente no me parece que nuestro Mediterráneo desmerezca en cuanto a la belleza e interés de su vida submarina. Llevaba ya muchos años sin bucear en el Mare Nostrum y desde luego que esa añoranza sólo podrá saldarse en su momento con unas cuantas inmersiones, pero a falta de pan buenas son tortas y este fin de semana he podido resarcirme un poco con unos remojones en apnea en la costa murciana. Hacer fotos en apnea de animales que se mueven rápido, como los peces, tiene complicaciones insalvables para los patosos como yo, así que me he centrado en las comunidades que vivían en las rocas. De todas formas creo que me gustan más que los susodichos bancos de peces y los bichos grandes (sin despreciar el mero que vi tambíen, “así de grande”, pero del que no queda prueba fotográfica). Aquí cuelgo algunas imágenes para continuar reanimando el bloj. (Este post está dedicado a Trebol_a que me recomendó varios lugares costero de interés, y concretamente las fotos se tomaron en la Azohía).

Para empezar hay que decir que la pared rocosa de esta zona es muy vertical y está en primer lugar dominada por comunidades de algas de diversos tipos, entre las que las rodófitas son muy abundantes incluso a escasa profundidad:

Castañuelas

Comunidad de algas rojas

Enseguida nos encontramos con un extraplomo en el que se resguardan otros organismos distintos, mucho menos fotófilos, lo que nos permite examinar distintos ambientes en muy poco espacio.

Banco de castañuelas

Comunidad de un extraplomo infralitoral

Por último, a unos 5 metros, encontramos por fin el fondo, cubierto por una impresionante pradera de Posidonia oceanica.

Castañuela (Chromis chromis)

Posidonia oceanica

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Aperitivo de imágenes etíopes


Para empezar a despertar este bloj senil y en decadencia tras un nuevo letargo, os dejo, como tenía por costumbre, un aperitivo en 12 imágenes del viaje del verano por Etiopía. Durante las próximas semanas, cuando las fotos estén ya procesadas y la información del cuaderno de campo completada debidamente, podréis ver por aquí una nueva serie monográfica de la franquicia “La naturaleza de… contada para europeos” (capítulos anteriores: ::1:: ::2:: ::3::), en cinco fascículos.


Feligrés contemplando la iglesia monolítica de San Jorge en Lalibela

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Grupo de pelícanos (Pelecanus onocrotalus) en el Chamo, uno de los múltiples lagos que se extienden por el fondo del Valle del Rift

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Ejemplares de cebra común (Equus quagga), en el Parque Nacional de las Llanuras de Nechisar.

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Babuinos (Papio anubis) disfrutando, tan panchos, del atardecer

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Figuras de madera (wagas) de una aldea konso, representando familiares fallecidos o “héroes” que mataron a un animal peligroso o a un enemigo

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Caralluma speciosa en flor. Una impresionante apocinácea presente en las sabanas del valle del Omo

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Mujeres hamer vendiendo cerámica en el mercado de Dimeka

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Macho de Agama lionotus con librea nupcial

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La comida habitual en Etiopía: la enjera. Se trata de una torta hecha con un cereal típico, el tef, al que se añaden distintas salsas o guisos

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Machos de antílope bohor (Redunca redunca), acordando educadamente qué serie van a ver esta noche en la tele

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El bosque de Harenna, uno de los mejores ejemplos de ecosistema afromontano que quedan en África

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Un lobo etíope (Canis simensis), el cánido más amenazado del mundo, busca alimento en la meseta del Sanetti, a más de 4.000 metros de altitud

Degustación de flora sahariana


Puesta de sol en Erg Chebbi
Atardecer en el Erg Chebbi

Como sabéis, hace poco que estuve de vacaciones en Marruecos, país que he tenido la suerte de visitar un par de veces. Este ha sido un viaje muy especial por varios motivos, y concretamente se han combinado dos circunstancias por primera vez en mis peripecias: ha sido un viaje botánico, y ha sido totalmente “de placer”. Normalmente, si el viaje es botánico, es por trabajo y no hay tiempo de recrearse mucho, y cuando el viaje es por vacaciones, no todos los que vamos somos botánicos y naturalistas y, bueno, tampoco se puede uno recrear mucho so pena de que le llamen pesado (cosa que pasa de todas formas). En este caso, todos los viajeros éramos botánicos y no estábamos presionados por ninguna agenda más que la de hacer lo que nos gustara. Tremenda combinación. Lo que empezaba siendo una parada de cinco minutos para comprobar qué era aquel arbusto que se veía junto al camino acababa convirtiéndose en un inventario cada vez mayor, con claves, lupas y fotografías hasta que nos daban las uvas.

Podría contaros muchas cosas, pero me gustaría empezar por una brevísima invitación a una flora muy particular: la del mayor desierto cálido del mundo. Para un naturalista, la flora del Sáhara es una llamada a prestar atención a los detalles, a saber apreciar la belleza de las pequeñas cosas y a no dejarse confundir por las apariencias. Lo que a primera vista pueden parecer una matojo espinoso de vida miserable, blanquecino e inerte, puede conmover con unas flores delicadamente perfectas, un aroma penetrante o una adaptación insólita. Para las plantas, por su parte, vivir en el Sáhara es un desafío; las respuestas a la aridez extrema y a la insolación insoportable incluyen, en efecto, colores cenicientos, espinas, látex irritante, reducción de tamaños, compactación del cormo, semillas y frutos que se dispersan fácilmente por el viento o raíces profundísimas que abarcan territorios desproporcionadamente amplios alrededor de los vástagos fotosintéticos. ¿Es necesaria una sensibilidad especial para apreciar estos tesoros vegetales? Pues vosotros me diréis, pero los desiertos tienen encanto, de eso no hay duda.

Marruecos, en efecto, ofrece la posibilidad de asomarse al Sáhara. La mayor parte de los viajeros aficionados al país conocerá el valle del Ziz y el Erg Chebbi, que ofrecen una variedad de paisajes muy impactante y a la que se puede acceder sin mucha complicación. El recorrido sobre el que se basa esta degustación empieza alrededor de las gargantas del río Ziz, llegando desde Midelt, para después pasar por Er-Rachidia, llegar hasta Erfoud y desde ahí, alcanzar las arenas del Erg Chebbi, bordeándolo hasta Merzouga y tirar para el oeste, hacia Rissani y más allá, donde nos esperan otras sorpresas distintas. Nosotros tuvimos la inmensa fortuna de contar en la comitiva con una persona que se conoce Marruecos y su flora muy bien, con muchos viajes de experiencia por estos lugares. Al viajero botánico en general, y al que necesite “guía” en particular, les serán inmensamente útiles, si no imprescindibles, la Flore et végétation du Sahara de Ozenda y también la Guía de árboles y arbustos del Norte de África de Jesús Charco. Obviamente lo que se muestra a continuación es sólo un “pase de modelos” de un puñado de especies escogidas según me ha dado un poco la gana, y no es ni una selección completa ni sigue ningún criterio concreto.

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La naturaleza de Madagascar contada para europeos (6/6): Información práctica

Dos perfiles de vegetación que resumen visualmente el viaje

La serie sobre naturaleza de Madagascar llega a su fin. No me queda mucho que añadir a los aspectos de naturaleza en sí, pero siguiendo el ejemplo de Javier Mosquera (La Vida Maravillosa) relatando hace poco sus aventuras por Costa Rica, de lectura muy recomendable, he pensado que puede ser útil incluir aquí algunos detalles prácticos para naturalistas potenciales que vayan a visitar Madagascar o para curiosos en general. Además de añadir algunas otras fotillos pondré también páginas del cuaderno de campo del viaje porque me consta que os gusta y porque ya sabéis lo que insisto en lo imprescindible que es el cuaderno de campo, y esta serie es una muestra de ello: el cuaderno es una pieza clave para consultar a la vuelta, completar información y reconstruir las experiencias. Sin él no podría haber escrito esta serie y muchos datos del viaje se habrían perdido.

Aclaración: esto no pretende sustituir la información disponible en cualquier guía de viaje, que viene a ser imprencindible por la gran cantidad de información que se necesita, pero a veces se echa de menos en ellas información específica para viajeros exigentes en cuanto a la observación de flora y fauna salvaje y ya que he ido, pues quizá a alguien en mi situación le interese mi experiencia. Obviamente sólo puedo hablar de los lugares que he visitado.

RN7

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La naturaleza de Madagascar contada para europeos (5/6): la pluvisilva montana


Pluvisilva de Mantadia

Después de haber recorrido desiertos espinosos, bosques de baobabs y llanuras interminables, nuestro viaje por la naturaleza de Madagascar llega a su punto culminante. En la franja oriental de la isla, los vientos alisios chocan con las montañas descargando enormes cantidades de agua durante todo el año y permitiendo que se desarrolle el bioma tropical por antonomasia donde se derrocha vida en todas sus formas: la pluvisilva.

Al igual que en el resto del país, lo que originalmente debió ser una franja continua de selva impenetrable hoy está gravemente deforestado. Sin embargo, aún quedan bosques bien conservados en algunos enclaves montañosos. Durante mi viaje pude visitar tres parques nacionales en la zona de pluvisilva montana (Mantadia, Andasibe y Ranomafana), todos ellos de grandísimo interés. Me quedé con las ganas (otra vez será) de visitar alguna de las pluvisilvas de tierras bajas, donde al parecer el desarrollo forestal es aún más espectacular.

Geográficamente estas pluvisilvas son algo atípicas ya que, como decía, se deben más a las lluvias orográficas que a su posición cercana al ecuador, pero por lo demás las características que definen estos bosques (temperaturas altas y estables y precipitación muy abundante a lo largo de todo el año) son exactamente las mismas, si bien en su versión montala las pluvisilvas son algo más frescas y cobra mucha importancia la niebla y la “lluvia horizontal“. (click en todas las fotos para ampliar)

Parque Nacional de Andasibe

En este momento lo que me gustaría transmitiros es qué se siente en el interior de una pluvisilva. Lo de poner la coletilla “para europeos” en las series de este tipo es precisamente porque la mayoría de los naturalistas europeos no tenemos la oportunidad de visitar lugares como este, o al menos no muy frecuentemente. Además, las pluvisilvas vienen a ser un poco como la meca de los aficionados a la flora y la fauna, el “no va más” de la diversidad, al menos en nuestras fantasías. Muchas de las sensaciones ya las habréis oído antes: las pluvisilvas son muy incómodas. Hace calor y una humedad sofocante, subir cuestas pequeñas te hace sudar como un pollo, llueve constantemente y de forma intermitente; sin el chubasquero te empapas y con él te cueces. El suelo laterítico resbala mucho cuando está mojado (o sea, siempre), en muchas zonas es un auténtico barrizal y acabas rebozado en él. Por suerte, Madagascar no tiene animales de los que haya que tener cuidado (venenosos, etc), aunque de la nada empiezan a salir diminutas sanguijuelas que se te suben por el cuerpo. No hacen nada, pero son un poco incordio.

Sanguijuela

En resumen, una pluvisilva es el lugar donde preferiría hallarme en este mismo momento en lugar de estar con mi pijama y mis zapatillas calentito.

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La naturaleza de Madagascar contada para europeos (4/6): las tierras altas

Camino a Ifasina

Retomamos el recorrido por la naturaleza de Madagascar ascendiendo desde el oeste, dejando atrás el bosque caducifolio, hasta la parte central de la isla por una pendiente bastante suave que acaba por alcanzar la cordillera principal, próxima a la costa este. Estas montañas recorren prácticamente todo Madagascar a lo largo y su descenso hacia el Índico es mucho más acusado. Es importante entender esta “asimetría topográfica”, ya que si viésemos un perfil de relieve de la isla apreciaríamos que las montañas orientales suponen una barrera para las perturbaciones atmosféricas y es la principal causante de que la máxima precipitación se produzca precisamente en esa franja de tierra escarpada, propiciando de esta forma la aparición de pluvisilva. Por el contrario, el resto del terreno queda a la sombra de las lluvias y comparativamente resultan mucho más secos.

En el área central que nos ocupa (izquierda), las temperaturas son mucho más frescas que en la costa (incluso frías entre junio y septiembre) y aunque también se sigue dando una estación húmeda y una seca, los niveles de precipitación son intermedios entre el oriente hiperhúmedo y el oeste, con sequía una vez al año. Por esta relativa benignidad del clima y porque son las condiciones óptimas para el cultivo del arroz, la región central de Madagascar tiene un pasado dilatado e intenso de explotación por el ser humano que hace que sea quizá el bioma más alterado de todos. Es prácticamente imposible encontrar áreas bien conservadas y los puntos de flora y fauna más interesantes se agregan en reductos montañosos, muchos de ellos sagrados, donde sobrevive la biota autóctona.

Extensiones muy vastas del centro de la isla están deforestadas y roturadas para el cultivo del arroz en terrazas muy características. En la mayoría de los campos se consiguen dos cosechas al año. Los betsileo, expertos en el tema, consiguen tres. Entre cosecha y cosecha muchas de estas etnias aprovechas para hacer ladrillos y cocerlos con el sedimento de las terrazas, construyendo después unas casas características que unidas a los arrozales y a las repoblaciones de pinos, putos-eucaliptos y acacias configuran gran parte del paisaje malgache. (click en todas las fotos para ampliar).

Arrozales

Arrozales Arrozales betsileo

Madagascar es, en gran parte, tal que asín.

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Cosas que aprendí en Madagascar sobre la muerte

No todo es naturaleza en un viaje, y menos si el país que se visita es tan sorprendente y a veces desconcertante como Madagascar. La verdad es que es de agradecer darse cuenta de que a pesar del avance de la “aldea global” sigue habiendo regiones del mundo donde la forma de pensar es asombrosamente peculiar, y posiblemente de la cultura malgache lo que más me ha sorprendido es el tipo de relación tan especial que tienen con la muerte. Aquí no pretendo juzgar ni concluir nada sobre todo aquello (aunque frivolice, para no variar), tan sólo os lo cuento como me lo contaron a mí y nos asombremos juntos.

Hay que empezar diciendo que no hay una única cultura malgache. En la actualidad se reconocen 18 etnias distintas en la isla. En el mapa de la izquierda se muestra aproximadamente el área donde viven aquellas de las que voy a hablar en esta entrada. Como es de esperar esto dará lugar a tradiciones distintas, pero quizá habría que empezar por qué es lo que todos los malgaches tienen en común en cuanto a creencias. Oficialmente más de la mitad de los malgaches son seguidores de una religión monoteísta como el cristianismo o el islam. Oficialmente. En la práctica, de forma más o menos entrevelada, los malgaches practican el culto a sus ancestros muertos o “razana“. A los razana se les honra, se les venera y se les respeta porque influyen en el devenir de los acontecimientos de nuestra vida (quién mejor que ellos para inmiscuirse en nuestros asuntos, pues llevamos su sangre), y conseguir su gracia puede facilitarnos mucho la vida, mejorar la cosecha de arroz o mantener sanos nuestros cebúes de la jubilación.

Al menos en la región de los sakalava, congraciarse con los razana depende de tu comportamiento diario, pero existe la posibilidad de ganarse sus favores de forma especial con la ayuda de ciertos sacerdotes de las zonas rurales. Los sakalava son la raza más “africana” de Madagascar, como se manifiesta tanto por sus rasgos físicos como por el dialecto del malgache que hablan, que tiene muchos préstamos del bantú. Me consta que tradicionalmente emplean una planta capaz de “ungir” a la persona de turno con una especie de gracia o “mal de ojo” a la inversa tras un ritual y que se le conoce como gri-gri, aunque por desgracia no pude saber qué tipo de planta era. Ciertos baobabs de gran tamaño también se consideran sagrados y capaces de modificar la relación con los razana.

Baobab sagrado (Adansonia grandidieri)

Baobab sagrado cerca de Morondava. Se le echan más de mil años de edad.

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