Mis vacaciones en España contadas para americanos

Dear friends,

Muchos de vosotros me habéis preguntado estos días por mis vacaciones en España (Spain). Sé que lo hacéis en un 70% porque es lo que se espera de vosotros. Qué bien mandaos y qué majos sois. Para evitar malentendidos, voy a satisfacer al otro 30% (el de la verdadera curiosidad) con este post al que os remitiré cuando queráis algún detalle en concreto. Y así de paso practicais el español (aunque os ayudaré con las palabras más difíciles).

En resumen: me he tirado tres semanas en España y han sido unas vacaciones que podríamos caracterizar como cojonudas (fucking awesome). Algunos me ponéis cara de huevo cuando os digo que han sido tres semanas, tres, como los tres Dominios o las tres patas del banco. Sí señores, tres semanas sin ningún tipo de remordimiento y sin mirar el correo electrónico del trabajo. Aquí viene la primera revelación: me parece una desgracia que este detalle os resulte llamativo. Para explicar un poco este problemilla del choque cultural os aclaro que a las personas del otro lado del Atlántico se nos ocurren un montón de cosas con las que llenar el tiempo en lugar de trabajar. Sé que en este mismo momento estáis pensando que soy un vago, así que vamos a dejarlo aquí porque si no, no llegamos a nada.

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Bioblitz en la UConn este fin de semana (pasaos, si eso)


squarelogo2Este fin de semana, como gran traca final poco antes de mis (¡merecidérrimas!) vacaciones, tenemos sarao en el campus de Storrs: un  bioblitz. Como quizá sepáis o recordéis, un bioblitz es una suerte de maratón científico-educativo en la que un grupo de taxónomos o naturalistas expertos en distintos grupos de organismos intentan identificar todas las especies que puedan en un área concreta durante 24 horas ininterrumpidas. Esta actividad está abierta al público (niños incluidos) para que vean cómo los biólogos manipulan serpientes, cazan mariposas o identifican algas al microscopio y finaliza con un gran recuento final de todas las especies.

En el mundo sajón son relativamente frecuentes, pero me da la impresión de que al menos en España son bastante desconocidos (con excepciones, claro, como el que se organiza regularmente en Barcelona). Ya conté en su día la impresión tan estupenda que me causó la primera vez, así que no voy a insistir sobre ello más que para decir que alguien que conozco que ha organizado bastantes dice que puede cambiar la vida de una persona. Esto puede parecer exagerado, pero que si ves hablar el empolloncete este de las gafas en el vídeo de abajo lo mismo sí que te crees que estos saraos son fábricas potenciales de crear naturalistas como churros, cosa que no le vendría nada mal al mundo.

Bueno, pues yo hasta ahora había participado en dos biobltzs, bioblisztztz… ¡BIOBLITZES!, en ambos como especialista en musgos, y por lo tanto disfrutando de la parte buena (el campo, la interacción con el público y la comida gratis). Sin embargo, en el bioblitz de este fin de semana me estreno como organizador de saraos, puesto que tanto la iniciativa como el desarrollo partió de un grupo de postdocs del departamento.

Organizar una feria de estas es algo muy distinto a participar de ellas como naturalista, y dos días antes de la fecha señalada ando a la vez expectante y un poco cansado ya de tratar con ciertos “elementos”. Una lección importante que me llevo de esto es que cuando organizas algo, todo el mundo no implicado en dicha organización parece tener clarísimo cómo deben hacerse las cosas, mucho mejor que los implicados. Curiosísimo, ¿verdad?

En fin, que menos mal que para bien o para mal, este fin de semana todo se acaba, así que aprovecho para hacer como hace todo el mundo con los saraos e invitaros a todos a venir si os dejáis caer por Storrs, Connecticut.

En la web están todos los detalles. Hemos conseguido expertos en en porrón de organismos distintos (Desde microhongos a roedores pasando por plantas acuáticas, odonatos, reptiles,… todos los flancos están cubiertos) y hay organizadas muchas actividades interesantes (construye tu propio microscopio, biomonitorización de los ultrasonidos de los murciélagos, etc). Tenemos montado un proyecto en iNaturalist para llevar el seguimiento de las especies (este fue realmente el motivo por el que empecé a reexplorar iNaturalist hace poco), y en general todo parece listo. Si por algún motivo de fuerza mayor (el Océano Atlántico, el Golfo de México o alguna otra contrariedad de igual o mayor calado) no podéis venir, también se puede seguir todo por tuiter.

Y que Darwin nos pille confesados.

Cita en las afueras (redux)

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La sonda New Horizons está a punto de llegar a Plutón. No llega para quedarse, sino que básicamente va a pasar de largo a toda leche a su lado, aprovechando el singular acercamiento para tirarle fotos y hacerle mediciones con toda la parafernalia de cacharrines que las sondas espaciales suelen tener. Es como cuando vas en coche autobús, pongamos, a Tarancón, y a la altura de Perales de Tajuña te das cuenta de que se ve un poco más adelante algo que te interesa (pongamos, un aguilucho cenizo posado en un poste), y como buenamente puedes sacas la cámara a toda prisa y tiras cuatro fotos malas y movidas mientras ves por la ventanilla cómo tu sujeto se queda atrás a toda velocidad. Esto es lo que la NASA llama un flyby, con la diferencia de que tú vas (recordemos) a Tarancón, y de paso le haces un flyby a un aguilucho cenizo, pero la New Horizons debe su viaje y, de hecho, toda su existencia a ese flyby a Plutón, y en lugar de dirigirse a Tarancón va, básicamente, al vacío cósmico (como si siguieras por la Nacional 3 pasado Tarancón bien lejos, como si fueses, ¡yo qué sé! ¡A Buñol!, solo que mucho más lejos todavía). Afortunadamente, un flyby a Plutón lleva más tiempo que uno a un aguilucho cenizo y a la sonda le dará tiempo a tomar algo más que cuatro fotos movidas, y de hecho nos va a mostrar Plutón tan bien que, seguramente, vamos a necesitar pañales en unos días.

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Así ve Plutón New Horizons ahora. Unas imágenes con inminente fecha de caducidad y de las que nos olvidaremos pronto, cuando veamos Plutón en toda su gloria

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Dos cosas que molan


Interrumpimos la programación habitual para informar de dos sucesos que me tienen comido el coco últimamente.

1: tengo un telescopio, y está cargado

Resulta que mi vecino de abajo se ha mudado, y como buen gringo tenía muchos trastos (esto nos pasa a todos en las mudanzas, pero los gringos son especialistas en acumular). Entre las cosas que no quería llevarse a su nuevo hogar y que nos ha acabado endiñando hay un aparato de aire acondicionado y una barbacoa (sospecho que ambos se los donaremos a alguien cuando nos vayamos sin haberlos usado), pero también esta preciosidad.

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Que vale, es un telescopio de reflexión normalito y de principiante pero es mío y eso equivale a que para mí sea el más bonito del mundo.

Al principio tuve mucho lío y como tanta rueda y tanta llave amedrentan un poco, básicamente ni lo toqué y lo dejé como elemento decorativo en un rincón (que dicho sea de paso, ¡cuánto viste un telescopio en una habitación!), pero por fin hace unos días me pude poner en serio a aprender a usarlo, montarlo y desmontarlo.

El uso del telescopio en sí viene a ser tan fácil como parece, lo que tiene un poco de truco es la estructura sobre la que se coloca, conocida como montura ecuatorial.

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Elogio de Parque Jurásico


Este fin de semana fui a ver Jurassic World, y pese a que mis expectativas estaban por los suelos, me pareció una basura. Me diréis que era de esperar y que quién me mandaba, y tendríais toda la razón. No vengo a lamentarme por lo ocurrido porque me lo he buscado. Lo que sí vengo a hacer es despacharme sobre algunas divagaciones a las que les he ido dando vueltas en las últimas horas.

¿Por qué no me ha gustado la película? Mucho se ha hablado en los últimos meses de la oportunidad perdida de representar a los dinosaurios desde un punto de vista más acorde con el conocimiento científico actual (con plumas, y toda la pesca), y hay quien se ha quejado de lo sexista que resulta. Siendo ambos ejemplos ciertos, ninguno impide por sí mismo que hubiese sido buena. De entrada yo hubiese pensado que el problema de una película como esta es que es totalmente previsible, pero luego me he dado cuenta de que no: lo que la hace terrible son unos personajes planos, dignos de haber salido de la mente de un chaval de guardería, y una trama, por decir algo, grotesca y ridícula.

Quiero decir: ¿qué debe tener una película de esta franquicia de forma obligatoria? Dinosaurios que, pese a todas las precauciones, escapan del control de los seres humanos, los persiguen y se los comen. Hasta ahí bien. El error creo que viene al pensar que nada más es necesario, e incluso dar por hecho que ni siquiera el espectador quiere ningún elemento extra (como unos personjes creíbles o un guión mínimamente interesante) porque hay un acuerdo tácito sobre qué es lo que se va a ver, y hay que darlo pronto y sin introducciones, no vaya a ser que el público se desoriente y le dé por (Dios no lo quiera) ¡pensar!

De alguna forma los creadores de Jurassic World creyeron que deberían hacer la versión mesozoica de una película porno.

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Traspasando el límite del bosque en las White Mountains


Cuando uno viaja por los Apalaches del norte estando acostumbrado a las cordilleras europeas (o las de otros lugares de Estados Unidos, como las sierras de California) puede llamarle la atención que sus relieves son más bien suaves y sus cotas modestas. Para el senderista esto se traduce en que las rutas no son especialmente duras, el paisaje es relativamente uniforme y, bueno, digamos que uno puede dejarse llevar por la impresión de que los Apalaches, como montañas, son relativamente facilonas. Esta era más o menos mi opinión, aunque siempre añadía el corolario de que a los Apalaches hay que tratarlos con mucho respeto, puesto que es uno de los relieves más vetustos del planeta. Pero sí, en general esa ha sido siempre la impresión que me llevé desde la primera vez que visité las Green Mountains en Vermont, las White Mountains en New Hampshire y Maine y las Adirondacks en Nueva York (el año pasado, pero de las que ni hubo post). Estas son las tres principales unidades orográficas que componen los Apalaches del norte. Los característicos “relieves apalachianos” (ridge and valley, de los que hablamos aquí), también presentes en Sierra Morena, en realidad aparecen mucho más al sur.

NortheastAppalachiansMap

El pasado fin de semana pude ampliar mis horizontes gracias al Monte Washington, en New Hampshire, la máxima cota de los Apalaches del norte, con 1917 m de altitud. Efectivamente, sigue tratándose de una montaña modesta, que no llega a los 2000 metros (aunque como te lo ponen en pies, siempre parece más), pero que al menos sí que supone cierto desafío para el caminante y, lo que es más importante para nosotros, un mayor interés botánico.

Cima del Mt. Washington

Lo reconozco: había infravalorado a los Apalaches. Los apreciaba especialmente por el orgasmo visual que causan sus colores en otoño, y los he disfrutado muchas veces hasta el punto de sentirme ya un poco como en casa. Aunque había oído hablar de la “región alpina”, la imaginaba más como algo anecdótico, como las cumbres de Table Rock, y no como unas montañas que legítimamente sobrepasan el límite del bosque (la cota por encima de la cual no pueden crecer árboles).

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Feed me!

Tenemos la suerte de que muchas floristerías y viveros incluyen en su oferta muchas especies populares de plantas carnívoras. Esto hace posible que podamos tener en casa macetas con dioneas, nepentes o droseras y comprobar de primera mano cómo funcionan sus adaptaciones destinadas a digerir animales y desmitificar el aspecto intimidatorio que se nos ha transmitido de estas plantas tan interesantes. A pesar de lo familiares que nos puedan resultar, hay que acordarse de que el origen de estas plantas está, obviamente, en la naturaleza, así que observarlas en su hábitat tiene un interés añadido.

Si os interesan las plantas carnívoras, quizá el este de Norteamérica sea el lugar del mundo más interesante, pues es aquí (sobre todo en latitudes relativamente bajas) donde se dan cita una gran mayoría de géneros carismáticos de carnívoras: es el hogar de Dionaea, el centro de radiación de Sarracenia, y se dan especies de Utricularia y Drosera, y en algunos lugares también se da Pinguicula. Tan sólo se echaría en falta el género Nepenthes (distribuido sobre todo en el sureste asiático) para tener agrupado, digamos, el elenco  de las carnívoras más famosas (faltarían algunas más, pero creo que estas son las más famosas).

La mayor parte de esta fiesta botánica me pilla un poco lejos, pero este año sí que quería sacarme una espinita y visitar a una de las especies más espectaculares de planta carnívora en su hábitat natural que sí que es autóctona en Connecticut. Se trata de Sarracenia purpurea, o como la llaman aquí, “pitcher plant” (la planta jarra). Las sarracenias son endémicas, como decía, de Norteamérica (sobre todo de su parte oriental), y esta especie en concreto es la más ampliamente distribuida y la única que se extiende por climas fríos, estando presente incluso en gran parte de Canadá, sin embargo, hasta la fecha sólo la había visto en jardines botánicos e invernaderos, ¡un error imperdonable teniéndolas tan accesibles!

Este fin de semana estuve en una turbera en el pueblo de Willington. La mayor parte de esta turbera estaba ya cubierta por arbustos, pero aún quedaba una zona despejada, recubierta por los musgos de turbera y matorrales bajos de ericáceas. Visitar una turbera como es debido normalmente implica descalzarse (o quedarse en sandalias) y prepararse para el agua, el barro y los mosquitos, pero siempre es garantía de pasar un buen rato.

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Aunque ya había estado en varias turberas por la zona sin encontrar la sarracenia, no esperaba el éxito de esta visita, pues esos enormes floripondios colgantes que veis son todos justamente de esta planta carnívora.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEspectacular paisaje

Sobre la flor volveremos luego, que tiene su miga, pero lo primero que quería ver eran las hojas de la planta, y me llamó mucho la atención así de entrada lo discretas que son comparadas con las flores. Acostumbrado a verlas en rosetas en los invernaderos, a primera vista costaba localizarlas, escondidas entre los esfagnos y dispersas.

OLYMPUS DIGITAL CAMERATrampa de Sarracenia purpurea, abriéndose entre el musgo de turbera

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