Divagación sobre el libro electrónico en general y el kindle en particular


En el que se cuentan a destiempo las virtudes y los vicios de un ingenio adquirido hace dos años como si fuera cosa novedosa y merecedora de interés a pesar de tratarse de una cuestión conocida por todos y de debate obsoleto

Lo he dicho varias veces, pero me voy a repetir: echo de menos mis libros. “Sufro” pensando que están metidos en cajas en un garaje en lugar de junto a mí, como les corresponde. Me acuerdo de ellos a menudo, y en muchas ocasiones he echado en falta alguno en concreto que hubiese necesitado consultar. Otras muchas veces simplemente echo de menos tenerlos ahí. Me he dado cuenta de que antes, cuando estaba en casa sin nada en concreto que hacer, matando el tiempo, a veces simplemente me plantaba frente a una estantería y me ponía a navegar por los lomos, a veces incluso acariciándolos con la mano además de con la mirada, o incluso accediendo al segundo (y a veces hasta el tercer) nivel de profundidad de las baldas más pobladas, como quien pasa revista a un batallón, cediendo de vez en cuando al impulso de elegir a uno de ellos sólo por el gusto de releer algún capítulo suelto, alguna frase, comprobar alguna ilustración, algún dato, o lo que fuese. A veces la inspección duraba sólo unos segundos, y otras veces me quedaba con ganas de más, y el libro en cuestión pasaba a la mesilla de noche o al escritorio para una relectura parcial o total. La mayor parte de las veces el gesto se repetía unas cuantas veces hasta dejarme satisfecho o hasta que tuviese que ponerme con otra cosa.

Nunca vi como una actividad productiva estos ataques de vagabundeo literario, sino más bien un resultado de mi indecisión, pero ahora que llevo, literalmente, años sin poder hacerlo me doy cuenta de cómo esos momentos a la deriva tenían un efecto sedante e inspirador. Esta es una de las cosas que estoy aprendiendo con su ausencia: es cierto que una biblioteca es un conjunto de libros (o sea, de textos), pero para mí existe un valor añadido en el hecho de que se trata de una acumulación de objetos físicos.

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Rebelde sin motivo

rsc1No sé si os pasa igual a vosotros: hay algunas películas que nunca he visto pero cuyos arquetipos y situaciones tengo interiorizadas por aquello de que en su día se convirtieron en clásicos del séptimo arte y tanto su trama como sus personajes forman parte de la conciencia colectiva, si es que tal cosa existe. Eso no quiere decir que ese preconcepto sea acertado, claro. Una de esas películas icónicas era (sí, era) Rebelde sin causa (Rebel without a cause, 1955).

Si la habéis visto, ya me diréis si vuestra idea preconcebida de la película estaba equivocada, como me pasaba a mí, y si aún pertenecéis al grupo de los que no la han disfrutado, además de animaros a subsanar esa carencia, os pregunto para empezar qué se os viene a la cabeza si se os menciona esta película. En mi caso, yo pensaba que trataba de un verdadero “rebelde sin causa”, es decir, de un chico con actitud rebelde pero que no tiene una justificación para serlo: le gustaría ir contra el sistema, luchar, rebelarse, ir contra lo establecido, pero (¡ay, desgracia!) le falta una causa verdadera y honorable por la que luchar. Previsiblemente, el protagonista acaba rebelándose contra lo que le rodea pero sin justificación razonable, desencadenando problemas a su alrededor y quedando en evidencia como las pataletas de alguien que lo tiene todo y que desperdicia la oportunidad de canalizar su angst postadolescente en algo positivo.

Me interesa saber si creéis que el peliculero soy sólo yo, porque ahora que lo pienso no sé muy bien de dónde me había sacado yo toda esta empanada mental, pero la cuestión es que las escenas fragmentarias de esta película que había visto (como la pelea a navajazos o el “chicken game“) lo que me sugerían era justamente eso: un guaperas de tres al cuarto metiéndose en problemas constantemente, un icono de una rebeldía adolescente improductiva. Mal: todo el mundo sabe que si eres un adolescente, varón y blanco con una vida demasiado benévola y/o privilegiada tu destino cinematográfico debe ser ir a una guerra en la que no se te haya perdido nada, que seguro que se te pasa la tontería.

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Panoramas botánicos de California


Ya ha pasado más de un año desde mi viaje a California, del cual nunca hubo reseña en el bloj. En parte es porque me pilló flojo de fuerzas ponerme a filtrar todas las fotos a la vuelta como hacía antes: clasificarlas en flickr, georreferenciarlas, identificar todas las especies posibles etc. Lo malo es que lo fui dejando, dejando y al final nunca llegué a hacerlo… hasta ahora. Los posts naturalistas de viajes solían darme antes muchas satisfacciones, pero no sé si es porque llevan mucho trabajo hacerlo (para el poco feedback que dan, ya estoy echando balones fuera), o que en el caso de California conseguí pocas fotos de fauna interesantes, al final nunca me animé a lanzarme. Lo malo, me doy cuenta, es que aquel viaje me lo preparé demasiado rápido y no pude asimilar con calma lo aprendido, algo para lo que los posts en el bloj siempre me vinieron muy bien. Por este motivo me estoy pensando hacer un post o una miniserie de vegetación de California (con el único y egoísta objetivo de recordar y fijar lo observado), y entre que me decido o no, al menos voy a subir algunas de las imágenes que más me están gustando estos días de retorno a flickr.

(click en los panoramas para ampliar)

OLYMPUS DIGITAL CAMERAVistas de la ladera este de Sierra Nevada (la de California, claro) desde los alrededores de Bridgeport, en el margen de la meseta conocida como The Great Basin, una inmensa cuenca endorreica que ocupa gran parte de Nevada. Aunque esta foto no es representativa, está dominada por Artemisia tridentata y Chrysothamnus nauseosus

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Mis pecados americanos (2 de n): el cactus blossom


A menudo se dice que en Estados Unidos se come mal, de forma poco saludable. Esto hay que aclararlo, porque no es cierto así como suena: aquí se come como tú quieras comer, y nada te impide tener la dieta más saludable del mundo siempre y cuando estés dispuesto a buscar ingredientes de buena calidad y a dedicarle el tiempo necesario a cocinar. Siendo esto una verdad aplicable a casi cualquier lugar del mundo, también hay que decir que lo que sí es cierto es que comer bien en Estados Unidos sale más caro que en España.

Al contrario de lo que podría parecer, uno de los elementos que más estoy disfrutando de la vida en el yanqui es justamente la gastronomía. En gran medida se debe a que Nueva Inglaterra en general, y esta esquina de Connecticut en particular, mantiene una saludable actividad de la agricultura y ganadería minorista que permite disfrutar de materias primas estupendas. Por supuesto, echo de menos muchos productos patrios que aquí son completamente imposibles de encontrar (a no ser que los consigas de importación en alguna tienda española de Hartford o Nueva York, a precios astronómicos): además del jamón ibérico (que no podía faltar en la lista), un buen surtido de quesos a precios razonables, la variedad de pescado a la que te tiene acostumbrado Mercamadrid y algunas de mis frutas favoritas como el melón “de Villaconejos” y los higos.

A cambio, tengo que decir que la leche que tomo aquí es la mejor que he probado nunca, que los yogures y derivados no tienen nada que envidiar a los que se hacen en Grecia, que hay unas frutas y verduras de temporada que son una gozada y que el marisco local me ha dado alguna sorpresa agradable. Estas cosas también hay que decirlas, porque hay mucho provincianismo gastronómico y al final acabamos tomándonos demasiado en serio que los plátanos de Canarias son, objetiva y claramente, superiores a todos los demás, y tampoco es eso.

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Dibujando al nenúfar gigante


Hoy se publica mi primera entrada en Principia, la revista digital de cultura científica en la que participo sobre todo como editor adjunto y en la que nos damos cita muchos de los integrantes de la antigua JOF (además de muchas nuevas y magníficas incorporaciones). Por si aún no os habíais enterado de su existencia, aprovecho la ocasión, claro, para recomendaros que le echéis un vistazo y que, esperamos, estéis de acuerdo en que merece la pena seguirla muy de cerca.

Como decía, sale hoy una contribución mía que espero que os guste y que lleva por título

El nenúfar gigante que cautivó a Inglaterra

Obviamente, dadle al enlace para leerlo, comentar y todo lo demás, pero puesto que me dejé algunas cosas en el tintero quería aprovechar el bloj para añadir un apéndice a ese artículo. En 1851, un par de años después de que se consiguiera que Victoria amazonica floreciese en los invernaderos europeos, William J. Hooker (el entonces director de los Kew Gardens) y Walter H. Fitch (el ilustrador botánico de Kew por aquella época) publicaron una pequeña obra que incluía cuatro deslumbrantes litrografías del nenúfar más grande del mundo, con sus hojas capaces de mantener a flote a un niño y sus inmensas flores que sólo viven 48 horas. Estas ilustraciones fueron las que dieron a conocer esta especie a botánicos, jardineros y curiosos y me apetecía ponerlas por aquí para nuestro disfrute. Espero que además os guste la historia.

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Mis pecados americanos (1 de n): me gusta Nueva York


Tarde o temprano tenía que pasar, por aquello de que nunca te bañas dos veces en el mismo río, y todo eso: tras dos años en el yanqui, ya no soy el mismo que cuando vine, y he cambiado de opinión o adoptado nuevas costumbres. Todas ellas se deben a lo que he aprendido de esta experiencia, y hay bastante de prejuicios superados. Los voy a llamar “pecados” por lo que tienen de traición a mi yo del pasado, pero más por hacer la gracia que otra cosa: en el fondo estoy contento de ver que sigo siendo capaz de aprender cosas nuevas. Además, ¡Que le den a mi yo del pasado! ¿Qué ha hecho por mí? Empecemos:

Manhattan, desde el "Top of the Rock"

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La retorcida ortodoxia de las orquídeas


Terminé el último post con esta imagen de unas flores epífitas creciendo cerca de la ciudad cubana de Baracoa, preguntando al respetable si había algo en ellas que resultara especialmente llamativo. Hoy toca desvelar el misterio.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEstas flores pertenecen, sospecho, a la especie Prosthechea cochleata, llamada también “black orchid” en Belice (donde se le considera la flora nacional) o “pulpitos” en español y quizá sin necesidad de estos datos muchos la hubiéseis reconocido como una orquídea.

No cabe duda que las orquídeas son unas plantas a las que les sobran cualidades para fascinarnos. Aunque su belleza pueda sugerirnos fragilidad o rareza, estamos ante, quizá, la familia de angiospermas con mayor éxito evolutivo (con más de 25.000 especies), y está claro que uno de los motivos de este éxito se debe precisamente a la sofisticación de sus flores.

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