Principia, número 0


Hace unos meses anunciábamos el lanzamiento de nuestra nueva web de cultura y ciencia  Principia (organizando para la ocasión la celebración del Sci-Fest en Cuenca) en la que soy editor adjunto. No sé si comenté en su momento que gran parte de los que integramos el proyecto veníamos de la anterior revista científica digital JOF, de la que mucho aprendimos y a la que aportamos lo que pudimos, pero que, de alguna manera, nos dejó con ganas de más. Durante este tiempo, Principia ha estado publicando periódicamente artículos originales de divulgación científica. Hasta aquí todo más o menos normal, dentro de lo que podría esperarse de semejante grupo de individuos. Sin embargo, los que participamos en la línea editorial de Principia quisimos, desde el primer momento, desarrollar una seña de identidad propia caracterizada por unos textos ágiles, (pensados para que los disfruten lectores que no necesariamente sean asiduos de temas científicos) y por ilustraciones originales realizadas expresamente a partir del propio texto por un nuevo equipo artístico. Arte, ciencia, cultura, a fin de cuentas, para el disfrute del lector.

Hoy vengo con más novedades. Después de un buen empacho de trabajo extra, tenemos el enorme orgullo de presentaros el número cero de la revista Principia en papel.

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Se me hace un poco raro (por la falta de costumbre) esto de haceros publicidad de algo en lo que yo mismo participo, pero a la vez es una recomendación totalmente sincera: más de cuarenta personas hemos estado trabajando para hacer esto posible, un equipo que va desde  investigadores de distintos campos científicos, docentes universitarios, escritores, ilustradores y diseñadores profesionales, todos al servicio de la idea que comentaba al principio: unos textos que vayan más allá de la divulgación a la que estamos acostumbrados, capaces de enganchar a lectores nuevos y que a la vez deleite por su acabado estético, inspirado por esos mismos textos y creados expresamente para la revista.

principiacero2La financiación de este proyecto la estamos haciendo a través de una campaña de crowdfunding. En el enlace podréis conocer todos los detalles de este número piloto, que ya está listo para salir a la luz. Todo el contenido, tanto textos como ilustraciones, es completamente inédito y suponen 96 páginas de la mejor calidad que hemos sido capaces, pues entendemos que una revista como esta debe concebirse como un objeto de coleccionismo que aporte algo más de lo que ya estamos haciendo en la web.

Como digo, en la campaña podéis consultar las distintas modalidades de mecenazgo, pero la revista en sí (de la que habrá una tirada de 2000 ejemplares) se puede adquirir desde 25 euros en el territorio peninsular. Existen, además, muchos “extras” que podéis añadir, incluyendo bolsas serigrafiadas y láminas con algunas de las ilustraciones exclusivas reproducidas en alta calidad. El dinero irá destinado a hacer posible esta tirada y a remunerar a los que hemos contribuido a hacerla posible sin necesidad de recurrir a la publicidad.

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Nuestra idea es que si este proyecto piloto recibe vuestro apoyo, continuaremos publicando dos revistas al año, pero obviamente el momento más crítico para el éxito de Principia como revista de papel es este número cero, el embrión. Por eso, aunque de verdad que me siento un poco incómodo pidiéndoos algo, a la vez os digo con sinceridad que si os recomiendo apoyar Principia es porque creo que os va a gustar, y mucho. Sé que por aquí pasáis lectores de todo tipo (muchos de vosotros silenciosos), una mezcla muy diversa que lee lo que dejo caer por aquí y que no necesariamente sois biólogos ni lectores compulsivos de las novedades más punteras de la genómica o de la botánica, pero si conozco algo a mis lectores, a la vez sé qué tipo de cosas pueden llamar vuestra atención, y humildemente creo que esta es una de ellas.

Si piensas que este proyecto merece su oportunidad, hay muchas formas de las que puedes ayudarnos: por supuesto que te animamos a que nos apoyes en la campaña de crowdfunding y te lleves tu revista, pero además te agradecemos que nos des difusión entre tu entorno en redes sociales y a través del boca-oreja de toda la vida. Confiamos, de verdad, en que merecerá la pena.

PD: En este número cero firmo, junto a Aitor Ameztegui (Forestalia) un artículo sobre las secuoyas de California titulado “El ocaso de los gigantes”

Los orígenes de Blasia pusilla (un desahogo botanofricáceo)


Tengo unos días con mucho lío, pero he hecho un pequeño descubrimiento que sé que a una parte, quizá minoritaria, de mis lectores les va a hacer gracia, así que voy a probar a escribir un post así de corrido sin pensármelo mucho: esta es una historia de briófitos, simbiosis y latinajos que se ha desarrollado en un periodo de 72 horas y que me ha dejado con muy buen sabor de boca, así que aquí os la cuento.

Hace unos días un colega mío se pone en contacto conmigo porque a su vez un colega suyo está buscando material de la hepática Blasia pusilla. Resulta que cerca de donde estamos mi jefe tiene localizada una población y este colega de mi colega nos pide por favor que si le podemos mandar una muestra que la quieren cultivar y sacar el ARN o no sé qué historias. Como yo ando con un mono de campo que no puedo con la vida (después de un invierno demasiado largo) me presto voluntario pese a que las hepáticas no son lo mío y a que no he visto una Blasia en el campo never de never. Total, que digo que sí y me pongo a buscar qué pinta tienen las blasias, descubriendo que se caracterizan sobre todo por dos cosas:

1. Unas estructuras relacionadas con la reproducción asexual con forma de botellita y 2. Unos puntos oscuros que son, en realidad, colonias simbiontes de cianobacterias.

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Pinta de Blasia pusilla. Nótense las estructuras botelliformes (en fino, receptáculo), en detalle a la derecha por Des Callaghan. Producen propágulos asexuales en la punta.

Volveremos sobre el asunto de las cianobacterias más adelante. La cuestión es que embauqué a un par de estudiantes insensatos el domingo por la mañana y después de perdernos un par de veces intentando dar con el lugar, finalmente llegamos y, pese a la incertidumbre sobre si la encontraríamos o no, allí estaba la Blasia, en la cuneta de un nada romántico ni prístino camino de tierra. No resultó tener demasiadas estructuras botelláceas de esas, pero los puntos oscuros de cianobacterias la delataban. A cambio resultó estar plagada de esporófitos (la generación que libera las esporas después de la reproducción sexual).

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magdalena =/= muffin

Carta abierta a un muffin-negacionista

Querido muffin-negacionista:

Yo te entiendo. La vida de aquellos que son los elegidos para conservar sellados y purísimos los tarros de las esencias es muy dura. Nunca estamos a salvo de que se nos cuelen por la puerta de atrás costumbres extranjeras, palabras innecesarias y manías propias de hipsters y afrancesados. No hay más que mirar la burbuja de los gintonics que ha convertido el bareto de la esquina en un lugar llamado The Juniper Experience en el que te cobran sólo por mirar. En el día de difuntos te toca expulsar del portal a escobazos a unos niños disfrazados de Spongebob que te piden chuches. Acabas tan traumatizado que en lugar de ir a ponerle crisantemos al nicho de la tía Paquita te dedicas a ver otra vez la primera temporada de True Detective subtitulada por The_F**ckng_Boss_95. Todos sabemos que de no haber sido por los niños, hubieses ido al cementerio. De verdad. Tu familia ha desistido de la lucha por que a tus sobris les entreguen los regalos SS.MM. lor Reyes Magos. La presión por “tener más tiempo para jugar con los juguetes” está dándole cierta ventaja a Santa. Son tiempos duros.

Esto de la globalización y el postmodernismo online es una continua decepción, y yo simpatizo de verdad con tus causas, o al menos con algunas: a las cosas hay que llamarlas por su nombre, y hay que estar siempre pendiente de que los eufemismos no nos den gato por liebre, ya sea en el telediario o en el mercado.

Pero todo tiene un límite.

Ahora, por favor toma asiento.

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Divagación sobre el libro electrónico en general y el kindle en particular


En el que se cuentan a destiempo las virtudes y los vicios de un ingenio adquirido hace dos años como si fuera cosa novedosa y merecedora de interés a pesar de tratarse de una cuestión conocida por todos y de debate obsoleto

Lo he dicho varias veces, pero me voy a repetir: echo de menos mis libros. “Sufro” pensando que están metidos en cajas en un garaje en lugar de junto a mí, como les corresponde. Me acuerdo de ellos a menudo, y en muchas ocasiones he echado en falta alguno en concreto que hubiese necesitado consultar. Otras muchas veces simplemente echo de menos tenerlos ahí. Me he dado cuenta de que antes, cuando estaba en casa sin nada en concreto que hacer, matando el tiempo, a veces simplemente me plantaba frente a una estantería y me ponía a navegar por los lomos, a veces incluso acariciándolos con la mano además de con la mirada, o incluso accediendo al segundo (y a veces hasta el tercer) nivel de profundidad de las baldas más pobladas, como quien pasa revista a un batallón, cediendo de vez en cuando al impulso de elegir a uno de ellos sólo por el gusto de releer algún capítulo suelto, alguna frase, comprobar alguna ilustración, algún dato, o lo que fuese. A veces la inspección duraba sólo unos segundos, y otras veces me quedaba con ganas de más, y el libro en cuestión pasaba a la mesilla de noche o al escritorio para una relectura parcial o total. La mayor parte de las veces el gesto se repetía unas cuantas veces hasta dejarme satisfecho o hasta que tuviese que ponerme con otra cosa.

Nunca vi como una actividad productiva estos ataques de vagabundeo literario, sino más bien un resultado de mi indecisión, pero ahora que llevo, literalmente, años sin poder hacerlo me doy cuenta de cómo esos momentos a la deriva tenían un efecto sedante e inspirador. Esta es una de las cosas que estoy aprendiendo con su ausencia: es cierto que una biblioteca es un conjunto de libros (o sea, de textos), pero para mí existe un valor añadido en el hecho de que se trata de una acumulación de objetos físicos.

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Rebelde sin motivo

rsc1No sé si os pasa igual a vosotros: hay algunas películas que nunca he visto pero cuyos arquetipos y situaciones tengo interiorizadas por aquello de que en su día se convirtieron en clásicos del séptimo arte y tanto su trama como sus personajes forman parte de la conciencia colectiva, si es que tal cosa existe. Eso no quiere decir que ese preconcepto sea acertado, claro. Una de esas películas icónicas era (sí, era) Rebelde sin causa (Rebel without a cause, 1955).

Si la habéis visto, ya me diréis si vuestra idea preconcebida de la película estaba equivocada, como me pasaba a mí, y si aún pertenecéis al grupo de los que no la han disfrutado, además de animaros a subsanar esa carencia, os pregunto para empezar qué se os viene a la cabeza si se os menciona esta película. En mi caso, yo pensaba que trataba de un verdadero “rebelde sin causa”, es decir, de un chico con actitud rebelde pero que no tiene una justificación para serlo: le gustaría ir contra el sistema, luchar, rebelarse, ir contra lo establecido, pero (¡ay, desgracia!) le falta una causa verdadera y honorable por la que luchar. Previsiblemente, el protagonista acaba rebelándose contra lo que le rodea pero sin justificación razonable, desencadenando problemas a su alrededor y quedando en evidencia como las pataletas de alguien que lo tiene todo y que desperdicia la oportunidad de canalizar su angst postadolescente en algo positivo.

Me interesa saber si creéis que el peliculero soy sólo yo, porque ahora que lo pienso no sé muy bien de dónde me había sacado yo toda esta empanada mental, pero la cuestión es que las escenas fragmentarias de esta película que había visto (como la pelea a navajazos o el “chicken game“) lo que me sugerían era justamente eso: un guaperas de tres al cuarto metiéndose en problemas constantemente, un icono de una rebeldía adolescente improductiva. Mal: todo el mundo sabe que si eres un adolescente, varón y blanco con una vida demasiado benévola y/o privilegiada tu destino cinematográfico debe ser ir a una guerra en la que no se te haya perdido nada, que seguro que se te pasa la tontería.

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Panoramas botánicos de California


Ya ha pasado más de un año desde mi viaje a California, del cual nunca hubo reseña en el bloj. En parte es porque me pilló flojo de fuerzas ponerme a filtrar todas las fotos a la vuelta como hacía antes: clasificarlas en flickr, georreferenciarlas, identificar todas las especies posibles etc. Lo malo es que lo fui dejando, dejando y al final nunca llegué a hacerlo… hasta ahora. Los posts naturalistas de viajes solían darme antes muchas satisfacciones, pero no sé si es porque llevan mucho trabajo hacerlo (para el poco feedback que dan, ya estoy echando balones fuera), o que en el caso de California conseguí pocas fotos de fauna interesantes, al final nunca me animé a lanzarme. Lo malo, me doy cuenta, es que aquel viaje me lo preparé demasiado rápido y no pude asimilar con calma lo aprendido, algo para lo que los posts en el bloj siempre me vinieron muy bien. Por este motivo me estoy pensando hacer un post o una miniserie de vegetación de California (con el único y egoísta objetivo de recordar y fijar lo observado), y entre que me decido o no, al menos voy a subir algunas de las imágenes que más me están gustando estos días de retorno a flickr.

(click en los panoramas para ampliar)

OLYMPUS DIGITAL CAMERAVistas de la ladera este de Sierra Nevada (la de California, claro) desde los alrededores de Bridgeport, en el margen de la meseta conocida como The Great Basin, una inmensa cuenca endorreica que ocupa gran parte de Nevada. Aunque esta foto no es representativa, está dominada por Artemisia tridentata y Chrysothamnus nauseosus

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Mis pecados americanos (2 de n): el cactus blossom


A menudo se dice que en Estados Unidos se come mal, de forma poco saludable. Esto hay que aclararlo, porque no es cierto así como suena: aquí se come como tú quieras comer, y nada te impide tener la dieta más saludable del mundo siempre y cuando estés dispuesto a buscar ingredientes de buena calidad y a dedicarle el tiempo necesario a cocinar. Siendo esto una verdad aplicable a casi cualquier lugar del mundo, también hay que decir que lo que sí es cierto es que comer bien en Estados Unidos sale más caro que en España.

Al contrario de lo que podría parecer, uno de los elementos que más estoy disfrutando de la vida en el yanqui es justamente la gastronomía. En gran medida se debe a que Nueva Inglaterra en general, y esta esquina de Connecticut en particular, mantiene una saludable actividad de la agricultura y ganadería minorista que permite disfrutar de materias primas estupendas. Por supuesto, echo de menos muchos productos patrios que aquí son completamente imposibles de encontrar (a no ser que los consigas de importación en alguna tienda española de Hartford o Nueva York, a precios astronómicos): además del jamón ibérico (que no podía faltar en la lista), un buen surtido de quesos a precios razonables, la variedad de pescado a la que te tiene acostumbrado Mercamadrid y algunas de mis frutas favoritas como el melón “de Villaconejos” y los higos.

A cambio, tengo que decir que la leche que tomo aquí es la mejor que he probado nunca, que los yogures y derivados no tienen nada que envidiar a los que se hacen en Grecia, que hay unas frutas y verduras de temporada que son una gozada y que el marisco local me ha dado alguna sorpresa agradable. Estas cosas también hay que decirlas, porque hay mucho provincianismo gastronómico y al final acabamos tomándonos demasiado en serio que los plátanos de Canarias son, objetiva y claramente, superiores a todos los demás, y tampoco es eso.

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