Dos cosas que molan


Interrumpimos la programación habitual para informar de dos sucesos que me tienen comido el coco últimamente.

1: tengo un telescopio, y está cargado

Resulta que mi vecino de abajo se ha mudado, y como buen gringo tenía muchos trastos (esto nos pasa a todos en las mudanzas, pero los gringos son especialistas en acumular). Entre las cosas que no quería llevarse a su nuevo hogar y que nos ha acabado endiñando hay un aparato de aire acondicionado y una barbacoa (sospecho que ambos se los donaremos a alguien cuando nos vayamos sin haberlos usado), pero también esta preciosidad.

tele

Que vale, es un telescopio de reflexión normalito y de principiante pero es mío y eso equivale a que para mí sea el más bonito del mundo.

Al principio tuve mucho lío y como tanta rueda y tanta llave amedrentan un poco, básicamente ni lo toqué y lo dejé como elemento decorativo en un rincón (que dicho sea de paso, ¡cuánto viste un telescopio en una habitación!), pero por fin hace unos días me pude poner en serio a aprender a usarlo, montarlo y desmontarlo.

El uso del telescopio en sí viene a ser tan fácil como parece, lo que tiene un poco de truco es la estructura sobre la que se coloca, conocida como montura ecuatorial.

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Traspasando el límite del bosque en las White Mountains


Cuando uno viaja por los Apalaches del norte estando acostumbrado a las cordilleras europeas (o las de otros lugares de Estados Unidos, como las sierras de California) puede llamarle la atención que sus relieves son más bien suaves y sus cotas modestas. Para el senderista esto se traduce en que las rutas no son especialmente duras, el paisaje es relativamente uniforme y, bueno, digamos que uno puede dejarse llevar por la impresión de que los Apalaches, como montañas, son relativamente facilonas. Esta era más o menos mi opinión, aunque siempre añadía el corolario de que a los Apalaches hay que tratarlos con mucho respeto, puesto que es uno de los relieves más vetustos del planeta. Pero sí, en general esa ha sido siempre la impresión que me llevé desde la primera vez que visité las Green Mountains en Vermont, las White Mountains en New Hampshire y Maine y las Adirondacks en Nueva York (el año pasado, pero de las que ni hubo post). Estas son las tres principales unidades orográficas que componen los Apalaches del norte. Los característicos “relieves apalachianos” (ridge and valley, de los que hablamos aquí), también presentes en Sierra Morena, en realidad aparecen mucho más al sur.

NortheastAppalachiansMap

El pasado fin de semana pude ampliar mis horizontes gracias al Monte Washington, en New Hampshire, la máxima cota de los Apalaches del norte, con 1917 m de altitud. Efectivamente, sigue tratándose de una montaña modesta, que no llega a los 2000 metros (aunque como te lo ponen en pies, siempre parece más), pero que al menos sí que supone cierto desafío para el caminante y, lo que es más importante para nosotros, un mayor interés botánico.

Cima del Mt. Washington

Lo reconozco: había infravalorado a los Apalaches. Los apreciaba especialmente por el orgasmo visual que causan sus colores en otoño, y los he disfrutado muchas veces hasta el punto de sentirme ya un poco como en casa. Aunque había oído hablar de la “región alpina”, la imaginaba más como algo anecdótico, como las cumbres de Table Rock, y no como unas montañas que legítimamente sobrepasan el límite del bosque (la cota por encima de la cual no pueden crecer árboles).

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Feed me!

Tenemos la suerte de que muchas floristerías y viveros incluyen en su oferta muchas especies populares de plantas carnívoras. Esto hace posible que podamos tener en casa macetas con dioneas, nepentes o droseras y comprobar de primera mano cómo funcionan sus adaptaciones destinadas a digerir animales y desmitificar el aspecto intimidatorio que se nos ha transmitido de estas plantas tan interesantes. A pesar de lo familiares que nos puedan resultar, hay que acordarse de que el origen de estas plantas está, obviamente, en la naturaleza, así que observarlas en su hábitat tiene un interés añadido.

Si os interesan las plantas carnívoras, quizá el este de Norteamérica sea el lugar del mundo más interesante, pues es aquí (sobre todo en latitudes relativamente bajas) donde se dan cita una gran mayoría de géneros carismáticos de carnívoras: es el hogar de Dionaea, el centro de radiación de Sarracenia, y se dan especies de Utricularia y Drosera, y en algunos lugares también se da Pinguicula. Tan sólo se echaría en falta el género Nepenthes (distribuido sobre todo en el sureste asiático) para tener agrupado, digamos, el elenco  de las carnívoras más famosas (faltarían algunas más, pero creo que estas son las más famosas).

La mayor parte de esta fiesta botánica me pilla un poco lejos, pero este año sí que quería sacarme una espinita y visitar a una de las especies más espectaculares de planta carnívora en su hábitat natural que sí que es autóctona en Connecticut. Se trata de Sarracenia purpurea, o como la llaman aquí, “pitcher plant” (la planta jarra). Las sarracenias son endémicas, como decía, de Norteamérica (sobre todo de su parte oriental), y esta especie en concreto es la más ampliamente distribuida y la única que se extiende por climas fríos, estando presente incluso en gran parte de Canadá, sin embargo, hasta la fecha sólo la había visto en jardines botánicos e invernaderos, ¡un error imperdonable teniéndolas tan accesibles!

Este fin de semana estuve en una turbera en el pueblo de Willington. La mayor parte de esta turbera estaba ya cubierta por arbustos, pero aún quedaba una zona despejada, recubierta por los musgos de turbera y matorrales bajos de ericáceas. Visitar una turbera como es debido normalmente implica descalzarse (o quedarse en sandalias) y prepararse para el agua, el barro y los mosquitos, pero siempre es garantía de pasar un buen rato.

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Aunque ya había estado en varias turberas por la zona sin encontrar la sarracenia, no esperaba el éxito de esta visita, pues esos enormes floripondios colgantes que veis son todos justamente de esta planta carnívora.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEspectacular paisaje

Sobre la flor volveremos luego, que tiene su miga, pero lo primero que quería ver eran las hojas de la planta, y me llamó mucho la atención así de entrada lo discretas que son comparadas con las flores. Acostumbrado a verlas en rosetas en los invernaderos, a primera vista costaba localizarlas, escondidas entre los esfagnos y dispersas.

OLYMPUS DIGITAL CAMERATrampa de Sarracenia purpurea, abriéndose entre el musgo de turbera

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Principia, número 0


Hace unos meses anunciábamos el lanzamiento de nuestra nueva web de cultura y ciencia  Principia (organizando para la ocasión la celebración del Sci-Fest en Cuenca) en la que soy editor adjunto. No sé si comenté en su momento que gran parte de los que integramos el proyecto veníamos de la anterior revista científica digital JOF, de la que mucho aprendimos y a la que aportamos lo que pudimos, pero que, de alguna manera, nos dejó con ganas de más. Durante este tiempo, Principia ha estado publicando periódicamente artículos originales de divulgación científica. Hasta aquí todo más o menos normal, dentro de lo que podría esperarse de semejante grupo de individuos. Sin embargo, los que participamos en la línea editorial de Principia quisimos, desde el primer momento, desarrollar una seña de identidad propia caracterizada por unos textos ágiles, (pensados para que los disfruten lectores que no necesariamente sean asiduos de temas científicos) y por ilustraciones originales realizadas expresamente a partir del propio texto por un nuevo equipo artístico. Arte, ciencia, cultura, a fin de cuentas, para el disfrute del lector.

Hoy vengo con más novedades. Después de un buen empacho de trabajo extra, tenemos el enorme orgullo de presentaros el número cero de la revista Principia en papel.

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Se me hace un poco raro (por la falta de costumbre) esto de haceros publicidad de algo en lo que yo mismo participo, pero a la vez es una recomendación totalmente sincera: más de cuarenta personas hemos estado trabajando para hacer esto posible, un equipo que va desde  investigadores de distintos campos científicos, docentes universitarios, escritores, ilustradores y diseñadores profesionales, todos al servicio de la idea que comentaba al principio: unos textos que vayan más allá de la divulgación a la que estamos acostumbrados, capaces de enganchar a lectores nuevos y que a la vez deleite por su acabado estético, inspirado por esos mismos textos y creados expresamente para la revista.

principiacero2La financiación de este proyecto la estamos haciendo a través de una campaña de crowdfunding. En el enlace podréis conocer todos los detalles de este número piloto, que ya está listo para salir a la luz. Todo el contenido, tanto textos como ilustraciones, es completamente inédito y suponen 96 páginas de la mejor calidad que hemos sido capaces, pues entendemos que una revista como esta debe concebirse como un objeto de coleccionismo que aporte algo más de lo que ya estamos haciendo en la web.

Como digo, en la campaña podéis consultar las distintas modalidades de mecenazgo, pero la revista en sí (de la que habrá una tirada de 2000 ejemplares) se puede adquirir desde 25 euros en el territorio peninsular. Existen, además, muchos “extras” que podéis añadir, incluyendo bolsas serigrafiadas y láminas con algunas de las ilustraciones exclusivas reproducidas en alta calidad. El dinero irá destinado a hacer posible esta tirada y a remunerar a los que hemos contribuido a hacerla posible sin necesidad de recurrir a la publicidad.

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Nuestra idea es que si este proyecto piloto recibe vuestro apoyo, continuaremos publicando dos revistas al año, pero obviamente el momento más crítico para el éxito de Principia como revista de papel es este número cero, el embrión. Por eso, aunque de verdad que me siento un poco incómodo pidiéndoos algo, a la vez os digo con sinceridad que si os recomiendo apoyar Principia es porque creo que os va a gustar, y mucho. Sé que por aquí pasáis lectores de todo tipo (muchos de vosotros silenciosos), una mezcla muy diversa que lee lo que dejo caer por aquí y que no necesariamente sois biólogos ni lectores compulsivos de las novedades más punteras de la genómica o de la botánica, pero si conozco algo a mis lectores, a la vez sé qué tipo de cosas pueden llamar vuestra atención, y humildemente creo que esta es una de ellas.

Si piensas que este proyecto merece su oportunidad, hay muchas formas de las que puedes ayudarnos: por supuesto que te animamos a que nos apoyes en la campaña de crowdfunding y te lleves tu revista, pero además te agradecemos que nos des difusión entre tu entorno en redes sociales y a través del boca-oreja de toda la vida. Confiamos, de verdad, en que merecerá la pena.

PD: En este número cero firmo, junto a Aitor Ameztegui (Forestalia) un artículo sobre las secuoyas de California titulado “El ocaso de los gigantes”

Los orígenes de Blasia pusilla (un desahogo botanofricáceo)


Tengo unos días con mucho lío, pero he hecho un pequeño descubrimiento que sé que a una parte, quizá minoritaria, de mis lectores les va a hacer gracia, así que voy a probar a escribir un post así de corrido sin pensármelo mucho: esta es una historia de briófitos, simbiosis y latinajos que se ha desarrollado en un periodo de 72 horas y que me ha dejado con muy buen sabor de boca, así que aquí os la cuento.

Hace unos días un colega mío se pone en contacto conmigo porque a su vez un colega suyo está buscando material de la hepática Blasia pusilla. Resulta que cerca de donde estamos mi jefe tiene localizada una población y este colega de mi colega nos pide por favor que si le podemos mandar una muestra que la quieren cultivar y sacar el ARN o no sé qué historias. Como yo ando con un mono de campo que no puedo con la vida (después de un invierno demasiado largo) me presto voluntario pese a que las hepáticas no son lo mío y a que no he visto una Blasia en el campo never de never. Total, que digo que sí y me pongo a buscar qué pinta tienen las blasias, descubriendo que se caracterizan sobre todo por dos cosas:

1. Unas estructuras relacionadas con la reproducción asexual con forma de botellita y 2. Unos puntos oscuros que son, en realidad, colonias simbiontes de cianobacterias.

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Pinta de Blasia pusilla. Nótense las estructuras botelliformes (en fino, receptáculo), en detalle a la derecha por Des Callaghan. Producen propágulos asexuales en la punta.

Volveremos sobre el asunto de las cianobacterias más adelante. La cuestión es que embauqué a un par de estudiantes insensatos el domingo por la mañana y después de perdernos un par de veces intentando dar con el lugar, finalmente llegamos y, pese a la incertidumbre sobre si la encontraríamos o no, allí estaba la Blasia, en la cuneta de un nada romántico ni prístino camino de tierra. No resultó tener demasiadas estructuras botelláceas de esas, pero los puntos oscuros de cianobacterias la delataban. A cambio resultó estar plagada de esporófitos (la generación que libera las esporas después de la reproducción sexual).

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Panoramas botánicos de California


Ya ha pasado más de un año desde mi viaje a California, del cual nunca hubo reseña en el bloj. En parte es porque me pilló flojo de fuerzas ponerme a filtrar todas las fotos a la vuelta como hacía antes: clasificarlas en flickr, georreferenciarlas, identificar todas las especies posibles etc. Lo malo es que lo fui dejando, dejando y al final nunca llegué a hacerlo… hasta ahora. Los posts naturalistas de viajes solían darme antes muchas satisfacciones, pero no sé si es porque llevan mucho trabajo hacerlo (para el poco feedback que dan, ya estoy echando balones fuera), o que en el caso de California conseguí pocas fotos de fauna interesantes, al final nunca me animé a lanzarme. Lo malo, me doy cuenta, es que aquel viaje me lo preparé demasiado rápido y no pude asimilar con calma lo aprendido, algo para lo que los posts en el bloj siempre me vinieron muy bien. Por este motivo me estoy pensando hacer un post o una miniserie de vegetación de California (con el único y egoísta objetivo de recordar y fijar lo observado), y entre que me decido o no, al menos voy a subir algunas de las imágenes que más me están gustando estos días de retorno a flickr.

(click en los panoramas para ampliar)

OLYMPUS DIGITAL CAMERAVistas de la ladera este de Sierra Nevada (la de California, claro) desde los alrededores de Bridgeport, en el margen de la meseta conocida como The Great Basin, una inmensa cuenca endorreica que ocupa gran parte de Nevada. Aunque esta foto no es representativa, está dominada por Artemisia tridentata y Chrysothamnus nauseosus

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Dibujando al nenúfar gigante


Hoy se publica mi primera entrada en Principia, la revista digital de cultura científica en la que participo sobre todo como editor adjunto y en la que nos damos cita muchos de los integrantes de la antigua JOF (además de muchas nuevas y magníficas incorporaciones). Por si aún no os habíais enterado de su existencia, aprovecho la ocasión, claro, para recomendaros que le echéis un vistazo y que, esperamos, estéis de acuerdo en que merece la pena seguirla muy de cerca.

Como decía, sale hoy una contribución mía que espero que os guste y que lleva por título

El nenúfar gigante que cautivó a Inglaterra

Obviamente, dadle al enlace para leerlo, comentar y todo lo demás, pero puesto que me dejé algunas cosas en el tintero quería aprovechar el bloj para añadir un apéndice a ese artículo. En 1851, un par de años después de que se consiguiera que Victoria amazonica floreciese en los invernaderos europeos, William J. Hooker (el entonces director de los Kew Gardens) y Walter H. Fitch (el ilustrador botánico de Kew por aquella época) publicaron una pequeña obra que incluía cuatro deslumbrantes litrografías del nenúfar más grande del mundo, con sus hojas capaces de mantener a flote a un niño y sus inmensas flores que sólo viven 48 horas. Estas ilustraciones fueron las que dieron a conocer esta especie a botánicos, jardineros y curiosos y me apetecía ponerlas por aquí para nuestro disfrute. Espero que además os guste la historia.

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