El gazapo botánico de Tarantino


Kill_BillEn este bloj se ha cultivado una afición un tanto maniática en alguna que otra ocasión: la de intentar comprobar si las localizaciones de rodaje de algunas películas se han elegido con criterio botánico. Ya hace tanto tiempo que no hago ninguna crítica de este tipo que merece la pena recordar que hemos hablado de cómo podríamos saber que cierta escena de “No es país para viejos” tenía, forzosamente, que estar rodada en Texas o muy cerca, o que el Ché acabó en Sierra Morena cuando debía estar en Bolivia. También dijimos por qué cierto punto de la provincia de Granada no era mal lugar para alguna escena de “Doctor Zhivago” o por qué la vegetación del interior del palacio de Darío III de Persia en “Alejandro Magno” no es muy convincente.

No siempre se puede afinar una posición geográfica gracias a las plantas que se dejan ver en la cámara, pero cuando se puede me gusta valorar si la elección ha sido buena o no. Son críticas menores, porque uno no aspira a que todo el mundo comparta ciertas obsesiones profesionales, pero me parece entretenido hacerlo aunque para el director esas decisiones sean puro atrezzo. No deja de ser, de todas formas, una manifestación de cuánto ignoramos a las plantas en nuestra vida.

Pero en fin, a lo que iba hoy. El otro día revisitando Kill Bill, me volvió a ocurrir. Un casi imperceptible pantallazo azul en alguna neurona remota del córtex prefrontal. Justo unos momentos después de las escenas de la capilla donde tenía lugar el ensayo de la boda de La Novia (Uma Thurman), ensayo en el que entran Bill y sus chicas y la lían parda. Pues bien, en teoría esta capilla está cerca de la ciudad de El Paso, en Texas, como se dice claramente.

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Segundos después vemos cómo el chérif se aproxima al lugar recorriendo un paisaje desértico. Hasta aquí nada que objetar.

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Farlow Herbarium y charla para el NEBC


Este fin de semana estuve trasteando en Cambridge (el de aquí, no el de allí) porque me invitaron a dar la charla del encuentro mensual del New England Botanical Club. Normalmente no voy contando por aquí mis bolos, pero la singularidad de la ocasión y el interés de varios de vosotros me hizo comprometerme a rendir cuentas así que allá voy.

El NEBC es, creo, la segunda sociedad botánica más antigua de EE.UU., creada en 1896 por William Farlow, el primer catedrático de botánica criptogámica de Estados Unidos. Publican una revista de flora local desde 1899 (Rhodora), muy conocida por los botánicos de la zona, y llevan ininterrumpidamente reuniéndose y montando saraos estos 120 años, siempre con la intención de conocer y promocionar el estudio de las plantas de Nueva Inglaterra y como punto de encuentro de los botánicos de la zona. Como Farlow era profesor en Harvard, desde sus orígenes la sociedad ha estado ligada a esta universidad y a su museo de Historia Natural, y este es uno de los motivos por los que esta charla era especial para mí, ¡que no todos los días se tiene la oportunidad de hablar en un sitio así!

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Bioblitz en la UConn este fin de semana (pasaos, si eso)


squarelogo2Este fin de semana, como gran traca final poco antes de mis (¡merecidérrimas!) vacaciones, tenemos sarao en el campus de Storrs: un  bioblitz. Como quizá sepáis o recordéis, un bioblitz es una suerte de maratón científico-educativo en la que un grupo de taxónomos o naturalistas expertos en distintos grupos de organismos intentan identificar todas las especies que puedan en un área concreta durante 24 horas ininterrumpidas. Esta actividad está abierta al público (niños incluidos) para que vean cómo los biólogos manipulan serpientes, cazan mariposas o identifican algas al microscopio y finaliza con un gran recuento final de todas las especies.

En el mundo sajón son relativamente frecuentes, pero me da la impresión de que al menos en España son bastante desconocidos (con excepciones, claro, como el que se organiza regularmente en Barcelona). Ya conté en su día la impresión tan estupenda que me causó la primera vez, así que no voy a insistir sobre ello más que para decir que alguien que conozco que ha organizado bastantes dice que puede cambiar la vida de una persona. Esto puede parecer exagerado, pero que si ves hablar el empolloncete este de las gafas en el vídeo de abajo lo mismo sí que te crees que estos saraos son fábricas potenciales de crear naturalistas como churros, cosa que no le vendría nada mal al mundo.

Bueno, pues yo hasta ahora había participado en dos biobltzs, bioblisztztz… ¡BIOBLITZES!, en ambos como especialista en musgos, y por lo tanto disfrutando de la parte buena (el campo, la interacción con el público y la comida gratis). Sin embargo, en el bioblitz de este fin de semana me estreno como organizador de saraos, puesto que tanto la iniciativa como el desarrollo partió de un grupo de postdocs del departamento.

Organizar una feria de estas es algo muy distinto a participar de ellas como naturalista, y dos días antes de la fecha señalada ando a la vez expectante y un poco cansado ya de tratar con ciertos “elementos”. Una lección importante que me llevo de esto es que cuando organizas algo, todo el mundo no implicado en dicha organización parece tener clarísimo cómo deben hacerse las cosas, mucho mejor que los implicados. Curiosísimo, ¿verdad?

En fin, que menos mal que para bien o para mal, este fin de semana todo se acaba, así que aprovecho para hacer como hace todo el mundo con los saraos e invitaros a todos a venir si os dejáis caer por Storrs, Connecticut.

En la web están todos los detalles. Hemos conseguido expertos en en porrón de organismos distintos (Desde microhongos a roedores pasando por plantas acuáticas, odonatos, reptiles,… todos los flancos están cubiertos) y hay organizadas muchas actividades interesantes (construye tu propio microscopio, biomonitorización de los ultrasonidos de los murciélagos, etc). Tenemos montado un proyecto en iNaturalist para llevar el seguimiento de las especies (este fue realmente el motivo por el que empecé a reexplorar iNaturalist hace poco), y en general todo parece listo. Si por algún motivo de fuerza mayor (el Océano Atlántico, el Golfo de México o alguna otra contrariedad de igual o mayor calado) no podéis venir, también se puede seguir todo por tuiter.

Y que Darwin nos pille confesados.

Cita en las afueras (redux)

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La sonda New Horizons está a punto de llegar a Plutón. No llega para quedarse, sino que básicamente va a pasar de largo a toda leche a su lado, aprovechando el singular acercamiento para tirarle fotos y hacerle mediciones con toda la parafernalia de cacharrines que las sondas espaciales suelen tener. Es como cuando vas en coche autobús, pongamos, a Tarancón, y a la altura de Perales de Tajuña te das cuenta de que se ve un poco más adelante algo que te interesa (pongamos, un aguilucho cenizo posado en un poste), y como buenamente puedes sacas la cámara a toda prisa y tiras cuatro fotos malas y movidas mientras ves por la ventanilla cómo tu sujeto se queda atrás a toda velocidad. Esto es lo que la NASA llama un flyby, con la diferencia de que tú vas (recordemos) a Tarancón, y de paso le haces un flyby a un aguilucho cenizo, pero la New Horizons debe su viaje y, de hecho, toda su existencia a ese flyby a Plutón, y en lugar de dirigirse a Tarancón va, básicamente, al vacío cósmico (como si siguieras por la Nacional 3 pasado Tarancón bien lejos, como si fueses, ¡yo qué sé! ¡A Buñol!, solo que mucho más lejos todavía). Afortunadamente, un flyby a Plutón lleva más tiempo que uno a un aguilucho cenizo y a la sonda le dará tiempo a tomar algo más que cuatro fotos movidas, y de hecho nos va a mostrar Plutón tan bien que, seguramente, vamos a necesitar pañales en unos días.

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Así ve Plutón New Horizons ahora. Unas imágenes con inminente fecha de caducidad y de las que nos olvidaremos pronto, cuando veamos Plutón en toda su gloria

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Dos cosas que molan


Interrumpimos la programación habitual para informar de dos sucesos que me tienen comido el coco últimamente.

1: tengo un telescopio, y está cargado

Resulta que mi vecino de abajo se ha mudado, y como buen gringo tenía muchos trastos (esto nos pasa a todos en las mudanzas, pero los gringos son especialistas en acumular). Entre las cosas que no quería llevarse a su nuevo hogar y que nos ha acabado endiñando hay un aparato de aire acondicionado y una barbacoa (sospecho que ambos se los donaremos a alguien cuando nos vayamos sin haberlos usado), pero también esta preciosidad.

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Que vale, es un telescopio de reflexión normalito y de principiante pero es mío y eso equivale a que para mí sea el más bonito del mundo.

Al principio tuve mucho lío y como tanta rueda y tanta llave amedrentan un poco, básicamente ni lo toqué y lo dejé como elemento decorativo en un rincón (que dicho sea de paso, ¡cuánto viste un telescopio en una habitación!), pero por fin hace unos días me pude poner en serio a aprender a usarlo, montarlo y desmontarlo.

El uso del telescopio en sí viene a ser tan fácil como parece, lo que tiene un poco de truco es la estructura sobre la que se coloca, conocida como montura ecuatorial.

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Traspasando el límite del bosque en las White Mountains


Cuando uno viaja por los Apalaches del norte estando acostumbrado a las cordilleras europeas (o las de otros lugares de Estados Unidos, como las sierras de California) puede llamarle la atención que sus relieves son más bien suaves y sus cotas modestas. Para el senderista esto se traduce en que las rutas no son especialmente duras, el paisaje es relativamente uniforme y, bueno, digamos que uno puede dejarse llevar por la impresión de que los Apalaches, como montañas, son relativamente facilonas. Esta era más o menos mi opinión, aunque siempre añadía el corolario de que a los Apalaches hay que tratarlos con mucho respeto, puesto que es uno de los relieves más vetustos del planeta. Pero sí, en general esa ha sido siempre la impresión que me llevé desde la primera vez que visité las Green Mountains en Vermont, las White Mountains en New Hampshire y Maine y las Adirondacks en Nueva York (el año pasado, pero de las que ni hubo post). Estas son las tres principales unidades orográficas que componen los Apalaches del norte. Los característicos “relieves apalachianos” (ridge and valley, de los que hablamos aquí), también presentes en Sierra Morena, en realidad aparecen mucho más al sur.

NortheastAppalachiansMap

El pasado fin de semana pude ampliar mis horizontes gracias al Monte Washington, en New Hampshire, la máxima cota de los Apalaches del norte, con 1917 m de altitud. Efectivamente, sigue tratándose de una montaña modesta, que no llega a los 2000 metros (aunque como te lo ponen en pies, siempre parece más), pero que al menos sí que supone cierto desafío para el caminante y, lo que es más importante para nosotros, un mayor interés botánico.

Cima del Mt. Washington

Lo reconozco: había infravalorado a los Apalaches. Los apreciaba especialmente por el orgasmo visual que causan sus colores en otoño, y los he disfrutado muchas veces hasta el punto de sentirme ya un poco como en casa. Aunque había oído hablar de la “región alpina”, la imaginaba más como algo anecdótico, como las cumbres de Table Rock, y no como unas montañas que legítimamente sobrepasan el límite del bosque (la cota por encima de la cual no pueden crecer árboles).

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Feed me!

Tenemos la suerte de que muchas floristerías y viveros incluyen en su oferta muchas especies populares de plantas carnívoras. Esto hace posible que podamos tener en casa macetas con dioneas, nepentes o droseras y comprobar de primera mano cómo funcionan sus adaptaciones destinadas a digerir animales y desmitificar el aspecto intimidatorio que se nos ha transmitido de estas plantas tan interesantes. A pesar de lo familiares que nos puedan resultar, hay que acordarse de que el origen de estas plantas está, obviamente, en la naturaleza, así que observarlas en su hábitat tiene un interés añadido.

Si os interesan las plantas carnívoras, quizá el este de Norteamérica sea el lugar del mundo más interesante, pues es aquí (sobre todo en latitudes relativamente bajas) donde se dan cita una gran mayoría de géneros carismáticos de carnívoras: es el hogar de Dionaea, el centro de radiación de Sarracenia, y se dan especies de Utricularia y Drosera, y en algunos lugares también se da Pinguicula. Tan sólo se echaría en falta el género Nepenthes (distribuido sobre todo en el sureste asiático) para tener agrupado, digamos, el elenco  de las carnívoras más famosas (faltarían algunas más, pero creo que estas son las más famosas).

La mayor parte de esta fiesta botánica me pilla un poco lejos, pero este año sí que quería sacarme una espinita y visitar a una de las especies más espectaculares de planta carnívora en su hábitat natural que sí que es autóctona en Connecticut. Se trata de Sarracenia purpurea, o como la llaman aquí, “pitcher plant” (la planta jarra). Las sarracenias son endémicas, como decía, de Norteamérica (sobre todo de su parte oriental), y esta especie en concreto es la más ampliamente distribuida y la única que se extiende por climas fríos, estando presente incluso en gran parte de Canadá, sin embargo, hasta la fecha sólo la había visto en jardines botánicos e invernaderos, ¡un error imperdonable teniéndolas tan accesibles!

Este fin de semana estuve en una turbera en el pueblo de Willington. La mayor parte de esta turbera estaba ya cubierta por arbustos, pero aún quedaba una zona despejada, recubierta por los musgos de turbera y matorrales bajos de ericáceas. Visitar una turbera como es debido normalmente implica descalzarse (o quedarse en sandalias) y prepararse para el agua, el barro y los mosquitos, pero siempre es garantía de pasar un buen rato.

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Aunque ya había estado en varias turberas por la zona sin encontrar la sarracenia, no esperaba el éxito de esta visita, pues esos enormes floripondios colgantes que veis son todos justamente de esta planta carnívora.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEspectacular paisaje

Sobre la flor volveremos luego, que tiene su miga, pero lo primero que quería ver eran las hojas de la planta, y me llamó mucho la atención así de entrada lo discretas que son comparadas con las flores. Acostumbrado a verlas en rosetas en los invernaderos, a primera vista costaba localizarlas, escondidas entre los esfagnos y dispersas.

OLYMPUS DIGITAL CAMERATrampa de Sarracenia purpurea, abriéndose entre el musgo de turbera

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