La catarsis


Dos ancianos se dan la mano por encima de un muro de piedra durante algún tipo de celebración al aire libre.

Photograph, Union and Confederate veterans shaking hands at 1938 Gettysburg Reunion Still Pictures ID number: 111-SC-109197 Rediscovery ID number: 19837 DTCW Exhibtion ID number: 8.2.8 18737_2009_001

Hay más gente alrededor, inmersos en algún tipo de actividad que puede hacernos creer, si no prestamos demasiada atención, que este gesto es una reacción espontánea de saludo y que no encierra nada del otro mundo. Sin embargo sólo tenemos que dedicar unos instantes más a inspeccionar la instantánea para darnos cuenta de que la mayoría de las personas que vemos, en realidad, llevan uniforme. Esta imagen, sacada de los Archivos Nacionales, fue tomada en 1938 en Gettysburg, y quienes se dan la mano son dos veteranos de la guerra civil estadounidense que combatieron en sendos bandos de dicha batalla 75 años antes, en 1863. Esta imagen me ha dejado fascinado. Voy a intentar contar por qué.

A ver por dónde empiezo. Imagino que por aquí:

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Este es el “For the People“, un juego de mesa sobre la guerra civil estadounidense que me agencié allá por el año 2008 y al que apenas había podido dar un tiento. Resulta que estoy aficionando a mi vecino a este tipo de wargames y cuando descubrí que además le interesaba el escenario de la guerra civil, planeé traérmelo en mi próximo viaje a España (normalmente los alquilamos en una tienda de Manchester, pero este no lo tienen) y la promesa está cumplida: aquí lo tengo.

A veces me he preguntado por qué me gustan los wargames, el Civilization y la guerra así en general cuando soy un pacifista redomado. Y cuando digo pacifista quiero decir un auténtico cagao: a los nueve años ya perdía el sueño pensando en qué narices habría que alegar para poder ser objetor de conciencia y no tener que hacer la mili (gracias Aznar, por ahorrarme incluso ese trámite). Creo que la respuesta está en la misma línea de por qué (dicen) a los niños les gustan los dinosaurios: parece ser que es porque son monstruosos, pero inofensivos. La guerra, vista desde la distancia, desde la historia, te permite recrearte en el morbo, el sufrimiento y el horror desde la comodidad del salón de tu casa. (Esa es una de las condiciones, claro: no es lo mismo recrearse con las guerras napoleónicas que con la de Siria). Lo que más me gusta de estos juegos (al igual que le ocurre al ajedrecista, que practica también una abstracción de un juego de guerra) es la tensión de tener que tomar decisiones difíciles, de sentirte inofensivamente presionado por la simulación de algo que, de ser cierto, sería terrible. Una gimnasia mental, en definitiva, capaz de dejarte cuerpo y espírito como si te hubiese pasado una apisonadora encima después de una partida intensa, pero sabiendo que en el campo de batalla no quedan más muertos que cuadraditos de cartulina (Y qué bien sienta cuando además, ganas).

Los juegos de este tipo tienen, claro, mucho peso histórico. Como de la guerra civil estadounidense sabía más bien poco, hace algunas semanas que empecé a documentarme para ponerme un poco al día con el juego y disfrutarlo más. Para ello me he valido sobre todo de este documental de Ken Burns. A ver cómo os lo explico: es una puta maravilla, con diferencia el mejor documental de historia que he visto nunca; os lo recomiendo fervientemente. Ya sé que a la mayoría de nosotros este conflicto nos pilla muy lejano, pero de verdad que es un episodio histórico que merece conocerse. Son nueve capítulos y están disponibles en Netflix, por si tenéis, además dicen que este mes van a sacar una versión en alta definición (no soy, ni mucho menos, original diciendo que es una obra maestra del género).

Como no os voy a resumir el documental, voy a destacar sólo los dos aspectos que me han sorprendido más. El primero es que fue una guerra muy sangrienta y muy macabra. “Como todas las guerras”, me diréis, y bueno, sí, es verdad, pero hay una serie de detalles escabrosos que el documental es especialmente eficaz transmitiendo. Por ejemplo: la cantidad de personas que murieron por enfermedades debido a condiciones insalubres-muchas más que en una batalla propiamente dicha-, el hecho de que varias veces tocara librar una batalla donde anteriormente ya había habido alguna -y los restos de los soldados muertos en la misma aún no se hubiesen retirado o descompuesto-, la anticipación de la guerra de trincheras en Vicksburg, la presencia de campos de prisioneros donde se llegaba a morir de hambre o la presencia de niños de 12 y 13 años en las líneas conferadas al final del conflicto. Se calcula que murieron, entre unas cosas y otras, entre 620.000 y 750.000 personas, un 2% de la población del país. La distancia en el tiempo y el espacio es lo de menos: Tucídides puede conmovernos ahora con la que pasaron los atenienses en Siracusa porque podemos ponernos en la piel de los que sufren un horror de estas características y de imaginarnos el infierno que debe ser no ver escapatoria de una situación así, aunque sea en Kentucky. (Y sí, resulta difícil mantener el hilo de este texto en las guerras históricas, no en las presentes).

Un pequeño inciso sobre este tema: es tan lamentable como curioso que las guerras se alimenten de forma tan constante de gente joven “rebelde” o insatisfecha que muy alegremente va en busca de aventuras sin tener ni puñetera idea de en qué se está metiendo (perfectamente reflejado en Gallipoli, por ejemplo). Esto se ve muy bien en el documental de Burns con los diarios de algunos yogurines a los que les dieron un fusil y un reluciente uniforme nuevo, y no es muy diferente de los anuncios publicitarios para alistarte en el ejército que nos ponen aquí en el cine. Fin del inciso.

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El segundo elemento que me ha llamado la atención es lo épica que resulta la narrativa de esta guerra. Me diréis que es difícil distinguir qué fue antes, si el huevo o la gallina, y que posiblemente el documental sea bueno precisamente porque consigue mantener un hilo narrativo eficazmente, y además en el país de las epicidades hollywoodienses por antonomasia. Vale, pero creo que hay algo más allá, algo que objetivamente la predispone a que se cuente de forma épica. Para empezar, tenemos una causa con la que aún hoy podemos sentirnos conmovidos: la esclavitud.

Estar en contra de la esclavitud es como estar en contra de Hitler: seguro que la historia es mucho más compleja, pero nuestra atención es capturada inmediatamente por los cabronazos que se ceban contra una parte de la humanidad. Mucho se ha dicho sobre si la esclavitud era o no el problema que subyacía durante toda la guerra, y ciertamente se pueden hacer muchas interpretaciones sobre otro tipo de factores que había por ahí (equilibrios de poder, modelos económicos, etc), pero al final, todo acaba conduciendo a la esclavitud, pues era esta institución la que sostenía toda la economía sureña y que los estados confederados quisieron mantener a toda costa. Además es bastante obvio que esta fue una cuestión fundamental y explícita con dos bandos muy definidos conforme la guerra se desarrolló (¡ved el documental, cojones!). Hoy en día pensar en quién merecía ser el heredero del trono de España tras Carlos II o quién debía controlar las rutas comerciales de tal o cual región nos pueden dejar bastante fríos como para identificarnos con soldadoes de hace siglos, pero conocer los detalles de cómo vivieron los negros de la época esta guerra no, no te deja indiferente en absoluto.

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Además, esta guerra cuenta con un actor que es el perfecto héroe trágico: Abraham Lincoln. No es de extrañar que este señor pasase a los altares de la historia de su país, ya que cumple paso a paso todos los puntos de inflexión que un héroe debe atravesar: se convierte en “el elegido” (por mandato popular, nada menos) pese a no tenerlas todas consigo, rechaza originalmente su misión (coger el toro por los cuernos y posicionarse claramente como un abolicionista) para finalmente aceptarla (Proclamación de Emancipación), ganarse con ellos muchos enemigos y, cuando parece que está todo perdido, salir triunfante política (reelección) y militarmente (victoria) y cuando ya ha pasado lo más duro (y corres el riesgo de no ser tan buen estadista en la paz como lo fuiste en la guerra) morir heroicamente cuando todo el mundo te adora. Evidentemente, mucho de lo que sabemos de Lincoln está adornado por quienes escribieron la historia, pero hay que reconocer que el tío se lo puso muy fácil a su propia leyenda.

Hay un momento de Lincoln que me gusta especialmente. El 28 de marzo de 1865, cuando la guerra estaba a punto de acabar y la victoria de la Unión era inminente, Lincoln se reunió con los generales Grant y Sherman en un barco de vapor para discutir las maniobras finales. Este momento es el que refleja el cuadro “The Peacemakers“, cuya mejor versión está justamente en la Casa Blanca.

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Aparte de las cuestiones militares, parece ser que ese día Lincoln se preocupó especialmente en planear cómo sería la postguerra, cómo gestionar un país dividido que estaba obligado a unir otra vez a dos bandos que se habían hecho atrocidades espantosas imposibles de olvidar y que seguía teniendo visiones completamente diferentes sobre aspectos que hasta hacía muy pocos años eran cotidianos en sus vidas. Creo que esa visión de futuro y la intención moderada dice bastante de este señor. No hicieron lo mismo otros presidentes posteriores, que sí se afanaron más en la humillación de los vencidos, y quizá esa, entre otras, sea la razón de que la reconstrucción del país y la asimilación de las enseñanzas de la guerra dejara, de hecho, mucho que desear (aunque ese es otro tema).

Y ahora, volvamos a la foto. La friolera de 75 años después de Gettysburg se organiza un sarao, como sólo podrían organizarlo los americanos (no fue, en absoluto, el primero) donde se consigue reunir a los protagonistas directos de aquella guerra que aún sobrevivían (y que a buen seguro seguían marcados por lo que allí vivieron. Media de edad: 94 años). Entre los actos, discutiblemente simbólicos (o quizá sólo propagandísticos, según lo cínicos que nos pongamos), está el de estrecharse la mano por encima del muro de piedra sobre el que se desarrolló una de las mayores escabechinas de la guerra. A mí, la verdad es que ese gesto me llegó.

¿Es esto una catarsis de verdad? En el vídeo se les ve, diría que radiantes, encantados de encontrarse en ese lugar, con esa compañía. Puedo llegar a entender que cuando se da la oportunidad de que pase algo así, se facilita que la memoria de esa guerra no pase a la siguiente generación como algo pendiente.

Esto puede dar para mucho, pero lo que me pregunté cuando vi esto fue si sería posible concebir algo parecido con veteranos de la batalla del Ebro, que comenzó precisamente un mes después de ese apretón de manos (y de la que han pasado 77 años). Y no sé qué pensaréis vosotros, pero creo que la mera idea de algo semejante es completamente impensable. La guerra civil española no tuvo una narrativa épica liderada por una causa de los vencedores de la que hoy nadie pudiese sacar pecho, hubo un ensañamiento sanguinario contra los vencidos durante décadas, no tuvo ningún Lincoln y no tuvo ningún héroe (si acaso héroes quijotescos, como hubiese defendido Kazantzakis, héroes de la derrota). Si realmente existen las catarsis después de una guerra, los cierres de las heridas con apretones de manos, hemos estado muy lejos de conseguir algo parecido, y la oportunidad de hacerlo mientras aún vivan testigos directos de nuestra guerra civil, puede considerarse prácticamente desvanecida. Nos quedan muchos deberes pendientes antes de llegar a ese punto, y ya es tarde para una fotografía equivalente (y además, aunque no quiero que esto acabe como un monólogo de Goyo Jiménez, no somos americanos).

Ya os contaré qué tal nos va con el “For the People“, pero para desengrasar y no ponernos muy serios, acabo con una cita de las memorias de Grant (también forman parte de la documentación pre-juego) que me ha gustado. No viene muy a cuento, pero quizá os prepare para las batallas ¡de tablero! que os toque librar.

The place where Harris had been encamped a few days before was visible, but the troops were gone. My heart resumed its place. It occurred to me at once that Harris had been as much afraid of me as I had been of him. This was a view of the question I had never taken before; but it was one I never forgot afterwards. From that event to the close of the war, I never experienced trepidation upon confronting an enemy, though I always felt more or less anxiety. I never forgot that he had as much reason to fear my forces as I had his. The lesson was valuable.

11 thoughts on “La catarsis

  1. agu2v 10 septiembre 2015 / 10:50

    Bueno, pues queda apuntada la recomendación por si algún día de estos tengo tiempo. A la cola de las cosas pendientes para ver :P.

    Ahora bien, los motivos reales de la guerra no sé cuáles serían exactamente. Es verdad que la esclavitud era una parte importante de ellos: imponer la economía del norte a la del sur, quizá motivos raciales para que no hubiera tantos negros en los EEUU (esto me lo comentó hace poco alguien), pero no tuvo nada de liberadora ni de grandes ideales. La prueba es que los negros siguieron siendo ciudadanos de segunda hasta los años 60 del siglo XX. Vaya, qué grandes personas los abolicionistas.

    Aunque, y quizá ahí esté la diferencia con la guerra civil española, es verdad que allí ganaron los menos malos, y aquí lo hicieron los peores. Eso hace mucho también y sobre todo en la posguerra. Los EEUU son un país de gestos grandilocuentes, que luego esconden las mismas miserias que en todas partes, y creo que aunque aquí no haya habido una reconciliación tan cinematográfica, sí que hubo una parecida en la Transición (que, como en EEUU, sirvió para que siguieran mandando los que ya mandaban y que la gente de a pie no se matara entre ellos); que yo no la he vivido, pero creo que fue parecida a nivel social y mediático. Quizá nos falte un buen documental sobre ello.

    Por cierto, siguiendo con las recomendaciones, te recomiendo una peli que he visto hace poco de temática muy parecida, aunque ambientada en la guerra del Cáucaso de hace 20 años; es decir, bastante más fresca aunque igual de lejana, quizá: Mandarinas ( http://www.imdb.com/title/tt2991224/?ref_=fn_al_tt_1 ).

  2. agu2v 10 septiembre 2015 / 11:02

    Ahora que caigo, seguro que el Sr. Cinéfilo ya te ha puesto la peli :P. Pero bueno, ahí queda para que la vean los demás comentaristas, si les apetece.

    Por cierto, que se me ha olvidado comentar, que para guerra sangrienta y escabrosa, la Guerra de la Tripla Alianza ( https://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_de_la_Triple_Alianza ) donde murió el ¡¡¡¡90 %!!!! de los hombres de Paraguay, que además era un país como el doble de grande de lo que es ahora. Guerra, además, alentada por el Reino Unido para que se mataran entre los pobres imbéciles de Sudamérica y tener ellos más vía libre para su economía. De nuevo: por qué no conocemos tanto sobre esa guerra y las consecuencias tan terribles que tuvo? Porque no hay buenos documentales sobre ello.

  3. lalo 10 septiembre 2015 / 20:16

    A riesgo de ser “ese tío” que siempre habla de su experiencia (o de su país), algo que siempre me ha resultado muy interesante, es que en esa misma época en México hubo una guerra, primero entre conservadores y liberales y luego una guerra del gobierno liberal contra los invasores franceses que junto a los conservadores buscaban imponer a un emperador de la casa de Habsburgo. Y a ambos lados de la frontera había interés en que uno u otro bando ganara en la otra guerra. De hecho algunos historiadores que hablan de paralelismos entre el presidente de México de aquella época (Benito Juárez) y Abraham Lincoln

  4. Copépodo 11 septiembre 2015 / 5:01

    Agus: ¡Gracias por las recomendaciones! Lo del papel de la esclavitud lo digo porque luego ha habido mucho revisionismo. La primera vez que leí sobre el tema de hecho me quedó claro que la esclavitud era un asunto secundario y que la causa era un choque de economías (industrializada frente a agrícola), pero en el fondo todo vuelve a lo mismo, porque la economía sureña sólo se sostenía gracias a la muy lucrativa institución de la esclavitud. De hecho las tensiones sobre mantener la esclavitud a toda costa en los estados del sur y en los territorios incorporados al sur de la famosa línea Mason-Dixon fueron fundamentales tanto para la guerra como para el equilibrio político que se rompió con la incorporación de California y los estados que llegaron después (y la subsiguiente elección de Lincoln). Yo ahora mismo sí que estoy bastante convencido de que la esclavitud estaba desde el principio en el meollo de todo el asunto, y aunque las motivaciones para abolirla dependerían de las personas: seguro que habría gente defendiendo algún tipo de interés económico o político, pero desde luego que había mucha, mucha gente con verdaderos intereses humanitarios en el asunto, empezando por los negros del norte. Creo que he dejado bastante claros todos los “peros” que se le pueden poner a la epicidad narrativa de la guerra y a la decepcionante trayectoria de los derechos civiles de los negros después de la guerra civil, pero me parece un poco injusto que le eches la culpa de ello precisamente a los abolicionistas. Habría que informarse de lo que pasó en la llamada “Reconstrucción”, pero por lo que he asomado la nariz en el asunto, es más complejo de lo que parece (y de hecho acabé borrando un par de párrafos que había escrito al respecto para este texto porque, como digo, ahí hay mucha tela que cortar).

    Radagast: Ha costado unos meses, pero el que la sigue la consigue

    Lalo: para nada, claro que se agradece, si yo he contado esto porque es inevitable que me interese por los lugares donde paso, que si hubiese acabado en México, seguro que estaría contando la historia de Juárez. Lo que hay que hacer (en la línea que proponía Agus) es ¡un documental épico!

  5. Sardaukar 16 septiembre 2015 / 15:35

    Abraso de Bergara (o de Vergara, no lo sé).

  6. Anónimo 23 septiembre 2015 / 14:22

    Anoche terminé de chuparme todita la serie documental, que me ha hecho aprender lo suyo. Gracias. Es pronto para que aclare mis ideas lo bastante como para hacer un comentario útil sobre el asunto de la guerra, y lo más probable es que tanta claridad no llegue nunca. Pero si me atrevo a señalar -un poco al hilo de lo que dices de los dinosaurios- que las tragedias de fogueo son un ingrediente esencial del hechizo en el que caemos los naturalistas: la se diría que sádica actitud del parasitoide que hizo nada menos que a Darwin dudar nada menos que de Dios tendría menos gracia si el devorado vivo fuera uno de nuestros niños.

    Veo que el bueno de Burns tiene otra serie sobre el jazz y otra sobre el Salvaje Oeste. Habrá que meterse con ellas, miaja a miaja.

  7. Copépodo 4 octubre 2015 / 22:56

    Anónimo: Con lo de tragedia de fogueo, ¿Te refieres a las que no nos tocan de cerca? Me alegro mucho de que te haya gustado el documental

  8. Luis C. 5 octubre 2015 / 10:41

    Pues a eso precisamente me refiero. Va a ser verdad eso que dicen de los buenos entendedores: les basta con pocas palabras, por malas que sean. Mi bottom line es que el predominio del placer sobre la compasión que quienes conocemos la trama sentimos al ir por el campo y ver lagartijillas ensartadas por un alcaudón u hojas de Pinguicula convertidas en un remedo de Gettysburg está en la base de que nos aterre la idea de que la Tierra se banalice y se convierta en un océano plagado de medusas sobre el que flotan monótonos mosaicos de maizales, campos de soja y plantaciones de eucalipto, con un puñado de bullies cosmopolitas en los baldíos, unas pocas plagas desheredadas saltando de acá para allá y algún que otro listillo, córvido casi seguro, volando de silo en silo. Incluso en el caso improbable de que un mundo así pudiera proporcionarle al diorama urbano todos los recursos para seguir abasteciendo sus bodas, bautizos, comuniones, quedadas de Star Trek, concentraciones moteras, finales de la Champions, desfiles del Orgullo Gay, festivales de Benicassim, Jornadas de la Juventud, peregrinaciones a La Meca, Premios Princesa de Asturias y secuelas de Torrente, los naturalistas nos moriríamos de pena y aburrimiento, y ese es para mí un argumento poderoso para pelear por la preservación de la famosa biodiversidad. Ahora bien, el siniestro encanto del Plasmodium, la Loa y la Wuchereria ya no basta para disuadirnos de firmar donde haga falta el certificado de extinción de dichas criaturas, tan culpables e inocentes como todas las demás.

  9. Copépodo 8 octubre 2015 / 2:02

    Luis: No tengo muy claro si el horror morboso irresistible de conocer los detalles truculentos de una batalla que ni nos va ni nos viene es sólo patrimonio de los naturalistas. Lo que sí sé es que sabes describir perfectamente una distopía capaz de poner los pelos de punta ESPECIALMENTE a los naturalistas. Sobre todo sabiendo que a la princesa de Asturias le valdrían las flores de plástico. Muchas gracias por firmar ;-)

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